Capítulo 8 El secreto del luthier
El asfalto de la calle Defensa conservaba el vaho pegajoso de la tormenta de la tarde anterior.
Bajé el último tramo de la escalera de mármol del edificio con la bolsa de lona al hombro y empujé la cancela de hierro fundido.
El aire de las nueve de la mañana ya pesaba sobre las sienes con ese bochorno previo al mediodía de enero.
Renzo estaba apoyado contra el quicio exterior.
Llevaba un pantalón de hilo gris plomo y una camisa blanca limpia, arremangada con dos dobleces exactos sobre los antebrazos.
Tenía un cigarrillo rubio apagado entre los labios y la vista fija en las baldosas agrietadas de la vereda de enfrente.
Al escuchar el golpe del cerrojo a mi espalda, se quitó el tabaco de la boca con dos dedos y lo guardó en el bolsillo superior.
No hizo preguntas sobre el aguacero en La Boca ni mencionó el alero de zinc. Tampoco yo abrí la boca sobre la llamada de Clara ni sobre el ultimátum que me quemaba en la libreta.
—Don Anselmo terminó de ajustar las lengüetas —dijo él, señalando el Pasaje San Lorenzo con un golpe seco de cabeza—. Necesito que vengas a escuchar cómo abre el aire.
—Tengo que cargar película antes de entrar —contesté, tocando el cierre metálico de la Leica M6 bajo la gabardina liviana.
—En ese sótano no hay luz para diapositivas —repuso él, echando a andar sin esperarme—. Apurá el paso.
Caminamos tres cuadras sorteando los charcos turbios que el sol empezaba a evaporar.
El Pasaje San Lorenzo se abría angosto, custodiado por fachadas del siglo dieciocho y farolas coloniales que proyectaban sombras oblicuas sobre los adoquines húmedos.
Renzo descendió cuatro escalones de piedra desgastada hacia un semisótano cuya puerta de madera desvencijada tenía una placa de bronce pulido: Luthiers de fuelle. Fundado en 1948.
Al cruzar el umbral, el calor de la calle quedó cortado de cuajo por una atmósfera densa, seca y silenciosa.
La estancia olía a cola caliente de ebanista hirviendo en un cazo eléctrico, a viruta fresca de cedro recién cepillado y a ese rastro penetrante de alcohol de barniz que se pega al paladar.
Dos bombillas de filamento incandescente colgaban de cables trenzados sobre bancos de carpintero atestados de limas, leznas de acero, planchas de zinc y tiras de badana blanca.
Don Anselmo levantó los ojos miopes tras unas gafas de concha sujetas con cinta adhesiva. Tenía las uñas manchadas de goma laca y un delantal de cuero sobre la ropa de paño.
—Puntual como reloj de estación, pibe —dijo el viejo, secándose las manos en un trapo de algodón basto.
—No quería dejar la máquina sola en el banco —respondió Renzo.
Avanzó hacia la mesa central con una lentitud que no le había visto en la pista.
Sobre una gamuza verde descansaba un bandoneón Doble A de setenta y un botones, con las cajas de madera de palisandro lustradas a muñeca y los esquineros de alpaca relucientes.
Renzo no lo tocó de inmediato. Se inclinó, apoyó las palmas abiertas a los lados del fuelle y respiró el olor del instrumento como quien busca el latido de un animal dormido.
Luego, con un movimiento que desprendía una devoción filial despojada de artificio, deslizó los pulgares por las presillas de cuero gastado y levantó los diez kilos de madera y metal sin el menor crujido.
Abrió el abanico despacio. El aire entró por las válvulas con un suspiro áspero, puro, libre de silbidos parásitos. Presionó dos teclas del teclado derecho: brotó un acorde menor, bronco y limpio, que hizo vibrar las virutas de madera sobre el banco de trabajo.
—Ese es el temple de 1938 —murmuró el anciano, sonriendo con la encía desdentada mientras señalaba el fuelle con una espátula—. Las lengüetas de zinc alemán no se quejan si sabés tratarlas con la muñeca.
—Están vivas, don Anselmo —dijo Renzo, con un hilo de voz baja que sonó casi como un rezo—. Tienen el peso exacto.
Se sentó en una banqueta de tres patas junto a la ventana enrejada para probar la respuesta del aire en los registros graves. Me apoyé contra el marco de una estantería repleta de piezas de nácar y fuelles desguazados.
Levanté la Leica sin hacer ruido.
El encuadre absorbió la escena con una nitidez dolorosa: la luz amarillenta recortando el perfil afilado de Renzo, la inclinación de su cabeza sobre el teclado y la delicadeza casi quirúrgica con la que sus dedos curtidos acariciaban las botoneras de marfil.
No había rastro de la soberbia con la que me había acorralado en la plaza; solo quedaba un hombre custodiando una memoria que se le escurría entre las manos.
Don Anselmo se acercó a mi lado arrastrando las zapatillas de paño. Se apoyó en el estante y me miró de soslayo, observando la cámara con curiosidad benévola.
—Lindo aparato —susurró el artesano, bajando la voz para no tapar los compases cortos que Renzo desgranaba en la penumbra—. Se nota que sabe mirar donde duele, señorita.
—Intento no inventar nada —respondí, bajando la cámara a la altura del pecho.
El anciano movió la cabeza con resignación y se limpió el serrín del brazo.
—Este muchacho se va a matar de un disgusto —dijo en un murmullo que apenas cruzó el espacio entre nosotros—.
Ayer vinieron los tasadores del fideicomiso a la puerta de Balcarce.
Pusieron precio de remate al subsuelo. Los socios de la mutual le propusieron armar una colecta con los comerciantes de la avenida y pedir un crédito cooperativo para salvar la escritura, pero él no quiso ni escuchar.
Dice que no va a pasar la gorra para pedir limosna por lo que es suyo por derecho de sangre.
Clavé la vista en la espalda de Renzo. La camisa blanca se tensaba sobre sus omóplatos al compás de cada apertura de fuelle.
—Si no junta la plata, lo cierran —añadió Don Anselmo con amargura—. Y el orgullo no sirve para pagar una hipoteca bancaria, mi hija.
Renzo detuvo la marcha de golpe. El último acorde se apagó en el sótano con una sequedad que sonó a sentencia. Cerró el fuelle despacio, calzó el pasador de seguridad de alpaca y se levantó de la banqueta sin mirar hacia nuestro rincón.
Caminó hacia la mesa, abrió el estuche rígido de cuero cuarteado que descansaba sobre el suelo y depositó el bandoneón en su lecho de terciopelo morado. Encajó las dos trabas metálicas con dos golpes secos de los nudillos.
Agarró el asa de cuero y avanzó hacia la salida. Al llegar a mi altura, frenó el paso.
Sus ojos oscuros, cargados de esa misma dureza hosca del primer día, me recorrieron el rostro hasta dar con la tensión de mi boca. Supo de inmediato que había escuchado cada palabra del viejo.
Inclinó el torso apenas un centímetro hacia mi oído, tan cerca que el olor a madera barnizada de su ropa me nubló el juicio.
—No me mires con lástima, gallega —soltó en un susurro áspero que me quemó la oreja—. Acá no se rinde nadie.
Empujó la puerta de madera con el hombro y subió los escalones hacia el bochorno de la vereda sin volverse a mirar.