Capítulo 7 La llamada desde Madrid
El agua de la tormenta me chorreaba todavía por la nuca cuando empujé la cancela de madera de mi departamento.
Al entrar, el aire rancio y tibio de los techos altos de la calle Defensa me golpeó la cara con ese olor persistente a pino tea añeja, humedad concentrada y yeso cuarteado.
Dejé la mochila de lona sobre la banqueta del zaguán con un movimiento torpe de hombros.
Tenía los botines empapados de barro del Riachuelo, los calcetines pegados a los dedos y la gabardina corta color arena pesando como una armadura de plomo.
Me quité la prenda a tirones. Gotas espesas caían del dobladillo sobre el suelo encerado, formando un charco oscuro junto a la entrada.
Fui hacia el ventanal que daba al patio interior, descorrí el cerrojo herrumbroso y colgué la tela mojada de una percha de alambre, dejándola oscilar contra el vidrio empañado.
Afuera, el crepúsculo se desplomaba en un tono gris azulado sobre los tejados de chapa; el cielo descargaba los últimos relámpagos mudos sobre la cúpula lejana de San Pedro Telmo.
Fui a la cocina. Llené la pava de aluminio bajo el chorro áspero de la canilla y la planté sobre la hornalla encendida.
Necesitaba el calor del agua en el mate para quitarme de la piel la quemadura fría de la lluvia, pero sobre todo para borrar la fricción de los dedos de Renzo apartándome el pelo bajo el alero de zinc.
Todavía sentía la callosidad de su pulgar en el hueso de la mandíbula, una marca física que ninguna corriente de aire lograba evaporar.
Abrí mi libreta de campo sobre la mesa de pino del salón. Las notas a lápiz estaban ligeramente corridas por la humedad: «Compás quebrado. La Boca. Contención en el metatarso. Resistencia barrial sin folclore».
El tono de llamada de Skype rompió el zumbido de la pava con un chirrido digital que me erizó los brazos.
El portátil, abierto junto a los chasis de película expuestos, parpadeaba con una insistencia agresiva. En el centro de la pantalla brillaba el nombre de Clara.
Aparté la silla de pino, me senté con la espalda rígida y pulsé la tecla verde.
La imagen de mi editora apareció nítida contra el fondo blanco de su despacho en el barrio de Salamanca: jersey de cuello alto de cachemira, gafas de pasta negra y un café humeante en taza de porcelana fina. La diferencia térmica y horaria entre Madrid y Buenos Aires nos separaba como un abismo.
—Por fin te dignas a conectar, Sofía —soltó ella sin preámbulos, ajustándose las gafas con el índice—. Llevo dos horas descargando los contactos de la primera tanda que subiste al servidor.
—Acabo de entrar al departamento tras una tormenta en La Boca —respondí con voz neutra, pasándome el dorso de la mano por la frente para secarme una gota de sudor frío.
Clara no me miró a los ojos a través de la cámara; sus pupilas recorrían las miniaturas en su monitor secundario. Escuché el repiqueteo seco de sus uñas sobre el teclado.
—Tenemos un problema grave de enfoque, querida. Estas fotos parecen un parte de guerra en un suburbio industrial. Conventillos descascarillados, chapas podridas, chavales con zapatillas rotas bailando sobre tablones de obra... ¿Dónde está el Buenos Aires que pactamos con el consejo editorial?
—El consejo editorial aprobó un ensayo documental sobre la realidad del tango independiente —dije, apoyando los codos en la madera para sostener la mirada—. Eso es exactamente lo que hay en esos contactos.
—Lo que hay ahí es miseria estetizada y eso no vende ni trescientas copias en las librerías europeas —repuso Clara, girando el rostro hacia la pantalla con una mueca de fastidio—.
El público quiere la elegancia de San Telmo, los adoquines dorados, vestidos de satén con aberturas pronunciadas y esa melancolía refinada de salón histórico.
Necesitamos postales cromáticas de Caminito que den ganas de comprar un billete de avión, no un informe de servicios sociales.
El agua de la pava empezó a borbotear con furia en la cocina. No me levanté a apagarla.
—Caminito es un decorado de cartón piedra para cruceristas que bajan tres horas a comprar alfajores industriales —contesté, sintiendo un nudo seco en la garganta—.
Lo que sobrevive en los sótanos de Balcarce no tiene nada que ver con vestidos de satén.
Es gente que ensaya sin luz para que no les rematen el club.
Es sudor, madera crujiendo y dignidad. Si falseo eso para ponerle un filtro complaciente, el libro no vale nada.
—El libro vale lo que cuesta la subvención que te pagó el billete transatlántico, Sofía —cortó Clara, alzando la voz con una frialdad administrativa que me paralizó los dedos sobre la mesa—. No estás en Argentina para hacer militancia barrial ni para salvarle la vida a ningún bailarín local.
La acusación cayó en el salón con el peso de una losa. El rostro de Renzo bajo la lluvia, su mandíbula tensa al hablar del desalojo de la pensión de Piedras y la forma en que defendía cada baldosa me cruzaron la memoria como un relámpago.
—No estoy salvando a nadie —dije despacio, midiendo cada sílaba—.
Estoy haciendo el trabajo por el que renuncié a mi estudio en Madrid.
Si querías postales turísticas, debiste contratar a un fotógrafo de catálogos comerciales.
Yo no voy a vestir a esa gente con disfraces para que en Europa aplaudan una mentira.
Clara cruzó los brazos sobre el pecho. La luz fría de su oficina le endurecía las líneas de la boca.
—Te voy a dar una sola oportunidad, y tómalo como el favor de una vieja amiga antes que como una orden editorial.
Tienes dieciocho días exactos para reconducir la serie.
Habla con las academias céntricas, contrata a una pareja profesional si hace falta y mándame material luminoso, elegante y vendible.
—¿Y si me niego? —pregunté, sin retirar la vista de la lente del portátil.
—Si en dieciocho días no tengo esas pruebas en el servidor, la fundación retira los fondos del proyecto, cancelamos la edición del volumen y te pagas tú misma el regreso a Madrid —dijo ella, con una calma implacable—.
Y sabes de sobra que tu cuenta bancaria no aguanta un mes por libre en Sudamérica.
—Clara...
—Dieciocho días, Sofía. O el tango de postal que pide el mercado, o estás fuera.
La pantalla parpadeó en negro antes de que pudiera replicar. El pitido de desconexión resonó en la penumbra como una bofetada metálica.
Bajé la tapa del ordenador de golpe.
El chasquido del plástico cerrándose sonó seco en el silencio del departamento.
En la cocina, la pava silbaba con un quejido agudo y constante. Me levanté arrastrando las suelas empapadas, corté el gas y me apoyé con las dos palmas sobre la mesada de granito frío, esperando a que el temblor de mis manos se disipara.
Al regresar al salón, la oscuridad del crepúsculo llenaba casi por completo los ángulos de la habitación.
En el centro de la mesa de pino, el cuerpo de metal de la Leica M6 reposaba entre las notas de campo desordenadas. Sobre su chasis cromado brillaba una fina película de agua, reflejando el destello intermitente de las farolas de la calle Defensa que acababan de encenderse.