Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 6 Sombras sobre Caminito
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Capítulo 6 Sombras sobre Caminito

El andén de la estación Constitución hedía a gasóleo rancio, grasa de locomotoras y café recalentado de quiosco.

Eran las dos de la tarde y el calor de enero caía aplastado bajo la marquesina de vidrio y hierro.

Renzo me esperaba junto al molinete de salida, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de gabardina gris y una camisa azul oscura de mangas remangadas hasta los codos.

No dijo buenos días. Hizo un gesto seco con la cabeza hacia la dársena exterior y echó a andar.

Subimos al veintinueve. El colectivo arrancó con un sacudón que me obligó a buscar el pasamanos con el antebrazo para no perder el equilibrio; Renzo, en cambio, absorbió el balanceo con una flexión imperceptible de las rodillas, apoyando la espalda contra el panel divisorio sin sujetarse de nada.

—En Caminito no vas a encontrar nada que no hayan visto ya en diez mil folletos de agencias de viajes —dijo él, mirando a través del vidrio rayado el desfile de fachadas bajas y carteles de gomerías de la avenida Almirante Brown.

—No voy a Caminito —respondí, pasando el pulgar por la tapa plástica del objetivo.

—Ya sé adónde vas. Vas adonde te lleve yo.

Cruzamos el puente sobre las vías y nos bajamos seis paradas antes de la plazoleta turística.

A doscientos metros de la ribera del Riachuelo, el aire cambió de golpe: el cauce inmóvil y viscoso desprendía un hedor denso a hidrocarburos, cieno estancado y chatarra en descomposición.

El pavimento desapareció para dar paso a un callejón de tierra apisonada y cascotes entre hileras de conventillos de dos plantas.

Las paredes combinaban retales de chapa acanalada oxidada por los años con maderas pintadas de un azul cobalto tan desvaído que mostraba la fibra carcomida.

En los balcones corridos, las sábanas blancas colgadas de cuerdas de esparto latigaban con desgana bajo un cielo que empezaba a cerrarse en un tono plomizo y grasiento.

Renzo se detuvo frente a un portón de tablones desparejos.

—Sacala —dijo, señalando la mochila de lona encerada con el mentón.

Abrí la cremallera de latón. El metal plateado de la Leica M6 brilló bajo la resolana turbia.

Me pasé la correa de cuero por el cuello, retiré la tapa y verifiqué el visor: película Ilford cargada en cuatrocientos asas, velocidad a una doscientos cincuentava y el diafragma a cinco con seis para atrapar el detalle del óxido.

Cruzamos el patio común. Tres chicos, ninguno mayor de veinte años, ensayaban sobre un entarimado de pino improvisado sobre cajones de cerveza.

Uno de ellos marcaba el ritmo golpeando un nudillo contra una mesa de chapa.

La chica llevaba zapatillas de lona con la puntera desgarrada y una falda de percal atada a la cintura con un nudo ciego; giraba con el mentón alto, trazando cortes limpios sobre la madera que crujía a cada pisada.

Al notar mi presencia, el muchacho detuvo el golpe.

Los tres miraron la cámara con recelo.

No disparé. Bajé el cuerpo de la Leica a la altura del pecho, apoyé la espalda contra el pilar de hierro de la galería y los saludé con una inclinación de cabeza. Esperé a que la música en sus cabezas volviera a sonar.

Cuando la pareja retomó el cruce de piernas, concentrada en corregir el apoyo del metatarso, alcé el visor despacio.

El encuadre absorbió la aspereza: la ropa tendida de fondo, la humedad brillante en los pómulos de la bailarina y las grietas de la tabla cediendo bajo el peso.

Presioné el obturador con suavidad. El chasquido seco se fundió con el crujido de la madera.

Renzo observaba apoyado en el marco del zaguán, con los brazos cruzados sobre el pecho. No intervenía.

Sus pupilas negras no vigilaban a los chicos; escrutaban cada uno de mis movimientos, la distancia que dejaba entre mi cuerpo y los bailarines, la forma en que esperaba a que terminaran el compás antes de desplazarme hacia el flanco izquierdo.

Había una tensión muda en su mandíbula que no tenía nada que ver con la hostilidad del primer día.

El cielo se quebró sin aviso de truenos.

Una ráfaga de viento helado barrió el callejón, levantando una polvareda de tierra y hojas secas, y tras ella se desplomó un aguacero denso, una muralla de agua tropical que borró las siluetas de las barcazas en el río en cuestión de segundos.

—¡Adentro! —gritó Renzo, agarrándome del antebrazo con una fuerza que me sacó del patio en dos zancadas.

Cruzamos un pasillo lateral y nos metimos de golpe bajo el alero de zinc de un taller naval clausurado.

El espacio no medía más de un metro de ancho.

El agua rebotaba en el barro de la calle con la furia de una pedrea, salpicando el borde de mis botines.

El ruido de las gotas estrellándose contra las planchas metálicas sobre nuestras cabezas era ensordecedor, un estruendo continuo que anulaba cualquier rumor de la ciudad.

Quedamos atrapados hombro con hombro contra la pared de chapa.

El calor acumulado en el metal y la humedad del aguacero creaban una burbuja sofocante.

El brazo derecho de Renzo aplastaba el mío; a través de la tela empapada de mi camisa de lino sentía la quemadura de su piel, el latido regular y firme de su bíceps.

El aire se volvió espeso, cargado de óxido mojado, alquitrán de barco y el amargor salino del río.

Giré el rostro apenas unos centímetros. Renzo no miraba la cortina de lluvia. Tenía los ojos fijos en mí. Tenía la camisa pegada al pecho por las primeras gotas que nos habían alcanzado en la carrera y un hilillo de agua le corría por la curva de la oreja hasta perderse en el nacimiento del cuello.

Alzó la mano izquierda despacio. Con la yema del pulgar, áspera y callosa, apartó un mechón de pelo chorreante que se me había pegado a la sien.

La punta de sus dedos rozó el contorno de mi pómulo. No fue un roce accidental; se demoró una fracción de segundo en la comisura de mi mandíbula, ejerciendo una presión mínima que me dejó sin aire en los pulmones.

No bajé la cámara para resguardarla del salitre. No di un paso atrás hacia la cortina de agua. Sostuve la fijeza oscura de sus ojos, notando cómo su respiración agitada se acompasaba con la mía en ese hueco de chapa.

Apreté los dedos sobre la empuñadura de magnesio.

—¿Por qué me trajiste acá, Renzo?