Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 5 El código de la baldosa
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Capítulo 5 El código de la baldosa

El cerrojo de hierro forjado encajó en el marco con un chasquido sordo que resonó por toda la nave abovedada.

Renzo retiró la mano del pasador, se dio la vuelta despacio y apoyó la espalda contra la madera maciza de la puerta de entrada.

Faltaban sesenta minutos exactos para que los músicos bajaran las escaleras con sus fundas de cuero gastado.

El sótano de Balcarce conservaba esa penumbra fresca de mediodía, un silencio mineral roto únicamente por el crujido de las vigas centenarias y el goteo lejano de una arqueta pluvial.

Desde el tragaluz superior, un tajo oblicuo de luz blanca cortaba el aire estancado, dibujando miles de motas de polvo suspendidas sobre la pista.

Su mano se interpuso con un gesto seco. No llegó a tocar la tela; plantó la palma abierta en el aire, a escasos centímetros de mis nudillos.

—El trato fue claro en el Británico —dijo en un tono rasposo, casi neutro, sin levantar la voz—. Esa máquina se queda adentro.

—Solo pensaba montar el objetivo de treinta y cinco milímetros para ganar tiempo —respondí, retirando los dedos de la cremallera sin bajar los hombros.

—Tiempo es lo que te sobra; lo que te falta es suelo.

Dio un paso hacia el centro del salón. El parqué de roble, encerado la víspera con pasta virgen de abejas, devolvía un brillo mate bajo las tulipas apagadas.

Olía a madera frotada, a jabón blanco neutro y a ese poso de sudor frío adherido a los muros de calicanto. Renzo señaló mis pies con la barbilla.

—Sacate los botines.

Parpadeé una vez. El peso de mis botas de cuero con suela de caucho me anclaba al suelo, eran mi armadura en cada viaje, mi garantía de escape si las cosas se torcían en un callejón desconocido.

—¿Es una broma? —pregunté, sosteniéndole la mirada.

—Con esa goma en la planta no sentís si el piso está derecho o si se te hunde la cadera —replicó él, cruzándose de brazos con una lentitud exasperante—. En medias. Subí a la tarima.

Apreté la mandíbula. Desaté los cordones encerados con tirones cortos, saqué los talones y dejé los dos botines alineados junto a las patas de la silla.

Al pisar las tablas con los calcetines de algodón gris, el frío de la madera me subió como una descarga eléctrica por los tobillos.

Caminé tres metros hacia el centro de la pista.

La superficie estaba resbaladiza, pulida por años de giros y fricción constante.

Renzo se colocó justo enfrente. No se quitó los zapatos de baile; sus suelas de cuero liso producían un susurro limpio cada vez que desplazaba el empeine. Se detuvo a dos palmos de distancia, lo bastante cerca como para que el calor de su respiración templara el aire fresco que nos rodeaba.

—No me mires a los ojos —ordenó—. Mirá tu propio pecho.

—Sé perfectamente dónde tengo el cuerpo, Mansilla.

—No sabés nada. Caminás como si estuvieras huyendo de una patrulla en Madrid. Tenés el peso colgado de los hombros y las costillas trabadas.

Extendió los brazos sin llegar a rozarme. Colocó las palmas paralelas a mis costados, a una pulgada de la tela de mi blusa de popelín.

—Aflojá las rodillas —marcó con voz seca—. El metatarso sostiene la caída. Respirá cuando yo inhale. Si tu aire va a contratiempo del mío, el choque nos parte al medio antes del cuarto compás.

Inhaló hondo. Su pecho, bajo el lino blanco arrugado de la camisa, se expandió hasta casi rozar los botones de mi ropa.

Intenté compaginar el ritmo, pero el aire se me atascaba en la garganta ante esa cercanía despojada de cortesía.

Renzo no me tocaba, pero la frontera invisible entre los dos vibraba con la aspereza de un cable de alta tensión.

—Ahora, atrás —dijo de improviso—. El eje no se busca con la cabeza; se entrega a la pierna que queda de sostén.

Di un paso hacia atrás. Busqué la tabla con la punta del pie, pero apoyé el talón antes de tiempo.

El algodón resbaló sobre una película densa de cera virgen.

Sentí el vacío debajo de la pelvis, el desequilibrio quebrándome la columna hacia la izquierda y la certeza ridícula de que me estrellaría de espaldas contra el parqué.

No llegué a tocar el suelo.

El brazo derecho de Renzo me rodeó la cintura como una barra de hierro.

Su palma, ancha y áspera por las callosidades del trabajo, se clavó en el hueco exacto sobre mi cadera, frenando la caída en seco con una violencia calculada que me sacó el aire de los pulmones.

Con el mismo impulso, tiró de mí hacia arriba y me pegó a su cuerpo para neutralizar la inercia.

La distancia desapareció en un parpadeo.

Mi pecho chocó contra su esternón, duro y caliente bajo la camisa.

Apoyé una mano en su hombro derecho por puro instinto de supervivencia; la tela de su ropa desprendía ese aroma a tabaco rubio, sándalo amargo y piel templada por el esfuerzo que me nubló la vista.

Sus dedos no aflojaron la presión sobre mis costillas.

Me sostenía suspendida a un centímetro del piso, midiendo el peso de mis huesos contra los suyos con una firmeza que no admitía retirada.

El corazón me golpeaba las costillas a un ritmo frenético, un galope desordenado que él debió de sentir directamente contra su propio pecho.

Quise apartarme, recuperar la vertical y soltar una frase cortante que devolviera las cosas a su cauce profesional, pero mis piernas parecían de trapo y la mano de Renzo sobre mi cintura quemaba a través del popelín.

Él no apartó el rostro. Inclinó la cabeza apenas un milímetro, buscando el nacimiento de mi cuello.

Sentí su respiración agitada golpeándome la mandíbula con ráfagas tibias.

Sus ojos negros, fijos en mi boca entreabierta, estaban desprovistos de burla; tenían esa fijeza oscura y peligrosa de quien acaba de descubrir una grieta insalvable en la muralla del otro.

—Te advertí que la madera no perdona la soberbia —murmuró a un centímetro escaso de mi oído, con una voz tan baja y áspera que me vibró en la base del cráneo.

Tragué saliva, incapaz de soltar la camisa de su hombro.

—Ya recuperé el apoyo —mentí en un susurro entrecortado.

Renzo apretó los dedos un milímetro más contra mi cadera antes de empezar a soltarme con una lentitud deliberada.

—Si no sabés dónde tenés el peso, Sofía, el visor solo te va a mostrar mentiras.