Capítulo 4 Café y medialunas en el Británico
A las ocho menos diez me senté junto al ventanal curvado del Bar Británico.
La madera oscura de la mesa conservaba el cerco blanquecino de tazas pretéritas y el cristal grueso, rayado por décadas de arenisca y viento, deformaba las copas macizas de los gomeros y tipas de Parque Lezama.
Enfrente, el asfalto de la calle Brasil empezaba a exhalar ese olor espeso de la mañana porteña: nafta mal quemada de los colectivos, polvo seco barrido de las aceras y el vaho caliente de la manteca hojaldrada que salía a ráfagas de las cocinas del fondo.
La puerta de vaivén chirrió al abrirse.
Renzo entró sin mirar a los costados. Traía el pelo oscuro todavía húmedo del agua del grifo y una campera liviana de gabardina azul marino, descolorida en los puños y con el cuello alzado contra el relente de primera hora.
Al verme, no aceleró el paso ni esbozó el menor conato de saludo.
Caminó con esa parsimonia elástica de quien mide el equilibrio antes de asentar la suela, arrastró la silla de enfrente con un crujido breve y se sentó sin quitarse la chaqueta.
El mozo, un anciano de chaleco negro gastado y bigote ralo, se acercó al instante arrastrando los pies. Dejó un vaso de agua con gas frente a él sin mediar palabra.
—Traé dos cortados en jarrito y dos medialunas de grasa, Manuel —dijo Renzo con voz ronca, sin consultar la carta ni preguntarme qué deseaba tomar.
Manuel asintió con una inclinación de párpados y dio media vuelta hacia la barra de estaño.
—Puntual —dije, apoyando los antebrazos sobre la mesa para acortar el aire que nos separaba.
—En Balcarce el que llega tarde encuentra la persiana baja —repuso él. Miró la carpeta blanca con membrete europeo y soltó una exhalación corta por la nariz—. ¿Eso es lo que querés que firme?
—Son autorizaciones estándar de registro documental. Garantizan que el material solo se usará para el ensayo editorial y la exhibición cultural. Nada de publicidad comercial ni cesión a bancos de imágenes.
Renzo tamborileó con la yema del pulgar contra el borde del vaso de soda.
—Papeles que dicen que lo que nosotros sudamos en el subsuelo es propiedad de una fundación en Madrid.
—Dicen que respeto tu trabajo y el de tu gente —repliqué, sosteniéndole la mirada con los ojos entornados—. Podría haberme quedado en la acera con un teleobjetivo sacando fotos de lejos sin pedirte permiso a vos ni a nadie.
—Probá a pararte en esa esquina con un trípode media hora y fijate cuánto te dura la cámara.
El mozo regresó con una bandeja redonda de alpaca. Depositó los dos jarritos de café oscuro, cuya espuma tostada desprendía un perfume amargo y penetrante, y un plato de loza blanca con dos medialunas doradas, brillantes por el almíbar y densas de grasa de pella.
Renzo esperó a que el hombre se alejara. Tomó la taza con la mano derecha, sopló apenas y bebió un sorbo largo. Al tragar, se le marcó una línea tensa en la nuez.
—Ayer desalojaron la pensión de la calle Piedras —soltó de golpe, con el tono neutro que se usa para dar las malas noticias que ya no sorprenden a nadie—.
Catorce familias afuera. Dicen que van a levantar un hotel temático de tango.
Con pista de vidrio templado y réplicas de farolas de chapa en el vestíbulo.
Todo muy auténtico, muy para que ustedes vengan a emocionarse con la decadencia ajena.
—Yo no compro pisos en San Telmo, Renzo.
—Pero vivís de empaquetar lo que queda de nosotros antes de que nos tiren al río.
Venís de afuera, sacás las fotos con esa máquina que vale lo que este club gana en un año, te volvés a tu casa y acá seguimos peleando contra las órdenes de remate.
Para vos esto es una escala en el currículum.
Una temporada pintoresca para lavar culpas de primer mundo.
Apreté los dedos contra el canto de nogal de la mesa.
El café humeaba entre los dos como una frontera.
La acusación no era nueva; la había escuchado en redacciones, en pasillos ministeriales y en bocas que pretendían ser más amables que la suya.
Pero dicha en ese salón de techos altos, con el rumor de los plátanos secos azotando el ventanal, tuvo el peso de una bofetada física.
—Rompí con mi pareja hace cuatro meses —solté en un murmullo cortante, sintiendo la boca seca—.
Compartíamos estudio en Malasaña y una agencia de prensa.
Descubrí que llevaba un año vendiendo mis descartes a revistas de sociedad para pagar deudas que no eran mías.
Agarré mis dos cuerpos analógicos, liquidé mi parte y me subí al primer billete que no fuera de ida y vuelta a ninguna parte.
Renzo dejó la taza en el platillo. El metal de la cucharilla tintineó contra la loza.
—No busco una postal pintoresca para mi currículum —continué, mirándolo fijamente a los ojos sin pestañear—.
Busco un sitio donde lo que se hace con las manos y el cuerpo no sea una mentira calculada.
Si tu tango es de verdad, entra en el encuadre.
Si es una pose de resentido, me ahorro el revelado.
El silencio se instaló entre nosotros con la densidad de una losa.
Afuera, un golpe de viento dobló las ramas bajas de Parque Lezama, levantando una polvareda gris que chocó contra el ventanal.
Renzo no apartó la vista de mi rostro. Sus pupilas oscuras recorrieron mis ojeras, la rigidez con la que sostenía los hombros y los nudillos blancos sobre la mesa.
La máscara de aspereza que llevaba puesta desde el zaguán de Plaza Dorrego pareció ceder un milímetro, dejando al descubierto una fatiga tan antigua como la mía.
Alzó la mano con lentitud calculada. Con dos dedos firmes, empujó el platillo de loza blanca por la superficie encerada hasta situar una de las medialunas a escasos centímetros de mis manos. Luego, abrió las dos palmas y las apoyó de plano sobre la madera de nogal.
—Te dejo entrar al subsuelo —dijo, bajando el registro de la voz hasta convertirlo en una advertencia privada—. Pero la Leica se queda en el fondo de la mochila hasta que entiendas el código de la baldosa. Si no sabés pisar, no sabés mirar.