Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 3 La distancia de seguridad
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Capítulo 3 La distancia de seguridad

No moví el pie del último peldaño de la escalera. Mantuve la suela de mi botín anclada a la chapa de hierro fundido, sintiendo la vibración amortiguada del parqué que aún resonaba bajo los pasos de los alumnos en el fondo del sótano.

Renzo me sacaba casi una cabeza; el calor que despedía su piel húmeda traía el amargor del tabaco negro impregnado en las cortinas de terciopelo y ese olor penetrante a calicanto mojado que brotaba de las paredes subterráneas.

Sostuve su mirada fija sin pestañear.

Deslicé la mano derecha hacia la cremallera de mi bandolera de lona encerada, desabroché el broche de latón y extraje dos cartulinas plastificadas junto con un pliego doblado que llevaba el sello seco de la Fundación Hispanoamericana de Cultura. Se las extendí a la altura de su pecho.

—Acreditación de prensa internacional y carta de asignación de proyecto. No soy una turista con ganas de safari, Mansilla.

Renzo no bajó la vista de inmediato. Sus pupilas oscuras recorrieron el contorno de mi rostro, deteniéndose en la tensión de mi mandíbula antes de reparar en los documentos que sostenía en el aire.

Al fondo de la nave abovedada, una de las chicas del ensayo dejó caer una botella de plástico sobre una silla de enea; el crujido seco resonó contra el ladrillo visto.

—Cartulinas con sellos oficiales —soltó él, ladeando la cabeza con una mueca que no llegaba a ser sonrisa—.

Vienen tres veces por temporada desde Europa con carpetas idénticas.

Se sientan a un costado, disparan cuatro carretes a los viejos que arrastran los pies y después publican un catálogo brillante sobre la tristeza de extramuros para cobrar una beca. Extractivismo ilustrado, le dicen.

—Documento procesos de preservación barrial. Es un ensayo sobre la resistencia de los clubes independientes frente al avance de los hoteles boutique y los espectáculos para cruceros.

—¿Resistencia? —Renzo dio medio paso al frente.

La puntera gastada de su zapato de baile rozó la goma de mi bota—.

No tenés la menor idea de lo que pesa esta baldosa, gallega.

Te pensás que el tango se explica con un gran angular y grano forzado a cuatrocientos asas.

Esto no es un museo a punto de caer para que vos hagas carrera en Madrid.

Esto es la vida de la gente que vive arriba y que mañana se puede quedar sin techo si un fondo de inversión pone la plata.

—Por eso mismo estoy aquí —repliqué, bajando el tono de voz para no competir con el eco del sótano—. Si cierran este sótano sin que nadie registre lo que pasaba sobre esta madera, dentro de dos años no habrá más que un bar de copas con luces led y fotos de Gardel impresas en manteles de papel.

Renzo estiró el brazo y me arrebató la acreditación de los dedos con un tirón seco. El roce de sus yemas sobre mi piel fue áspero, una fricción endurecida por la brea y el cuero que me erizó los vellos del antebrazo. Acercó la tarjeta a la luz amarillenta que caía de una de las tulipas.

—Sofía Vega —leyó en un murmullo pausado, arrastrando las eses con esa cadencia porteña que sonaba a reproche antiguo—. Fotografía documental y ensayo visual.

Me miró de nuevo. Había algo en su postura que contradecía la soberbia de sus palabras: una fatiga sorda en la comisura de los labios, la crispación de los nudillos cerrados sobre la cartulina.

No estaba defendiendo su ego; estaba parapetado tras la única trinchera que le quedaba antes de que el asedio inmobiliario terminara por devorarlo todo.

—No me voy a ir de Buenos Aires sin este trabajo —añadí, manteniendo los hombros firmes bajo el peso de la Leica—. Con tu permiso o desde la vereda de enfrente.

Renzo soltó el aire despacio por la nariz.

Dio media vuelta a la credencial entre el pulgar y el índice, midiendo la flexibilidad del plástico.

Luego, con un movimiento deliberado que esquivó mis manos extendidas, dejó caer la tarjeta sobre el visor metálico de mi cámara.

El chasquido del plástico golpeando el borde cromado sonó nítido en el silencio tenso que se había adueñado del rellano.

—Mañana a las ocho en el Británico —dijo, dándome la espalda para regresar hacia la pista—. Si llegás un minuto tarde, considerá que esta puerta no vuelve a abrirse.