Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 2 El fuelle en la penumbra
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Capítulo 2 El fuelle en la penumbra

El portal estrecho de la calle Balcarce carecía de letrero comercial o timbre a la vista.

Guiada por la dirección garabateada con tinta azul en mi libreta de campo —una nota que mi contacto en Madrid me entregó antes de facturar las maletas—, empujé la reja de hierro forjado.

La cerradura cedió sin ruido y dio paso a un zaguán oscuro que olía a humedad añeja de río y a calicanto antiguo.

Al fondo, una escalera de caracol de peldaños de hierro fundido descendía en una espiral ciega hacia las entrañas del edificio.

Aferré la correa de la Leica contra mi pecho para amortiguar el roce metálico contra los botones de mi camisa.

Conforme bajaba los escalones gastados, el aire se tornaba más fresco y denso, cargado de esa condensación fluvial que impregna los subterráneos porteños.

Antes de alcanzar el último tramo, me llegó la primera vibración física: el golpe seco de varias suelas de cuero percutiendo al unísono sobre una tarima y el resoplido áspero, casi asmático, de un bandoneón grabado en una cinta magnetofónica.

Al pisar la baldosa del sótano, el espacio se abrió bajo una bóveda de ladrillo visto. Cuatro parejas ensayaban en el centro de un salón rectangular iluminado apenas por tres tulipas de vidrio ambarino suspendidas de cables desnudos.

El suelo de parqué de roble brillaba bajo una capa uniforme de cera virgen, despidiendo un aroma tibio que se mezclaba con la transpiración limpia de los bailarines.

En el centro del círculo, con los brazos en jarras y los talones clavados en la madera, estaba el hombre de Plaza Dorrego.

Llevaba la misma camisa blanca de hilo con las mangas recogidas sobre los antebrazos y el pantalón de pinzas oscuro. Se movía alrededor de una pareja de jóvenes, marcando el compás con chasquidos secos de los dedos de la mano derecha.

—El peso en el metatarso, Martín —ordenó él con un tono bajo pero tajante, sin elevar la voz por encima del compás—. Si caes de talón, quebrás la línea de ella. El tango no es una marcha militar; es sostener la caída sin tocar el fondo.

La chica ajustó el hombro contra el pecho de su compañero.

Renzo dio dos pasos lentos alrededor de ellos, corrigió la inclinación de la espalda del muchacho con un toque de nudillos en el omóplato y retrocedió sobre la madera.

Tenía esa soltura elástica de los cuerpos acostumbrados a medir distancias mínimas en el espacio.

Permanecí inmóvil junto a la balaustrada de la escalera, con las manos apoyadas en la correa de cuero de mi cámara.

Quise mantener la distancia aséptica del fotógrafo que aún no decide el encuadre, pero la presencia física de la danza en esa sala abovedada desarmaba cualquier cálculo previo.

No había lentejuelas, ni trajes de fantasía, ni las poses forzadas de las terrazas turísticas de la tarde.

Era pura gravedad, un diálogo de huesos y fricción.

El bandoneón en la cinta alcanzó el cierre de la frase musical con tres acordes sincopados.

Justo antes del último silencio, Renzo giró la cabeza hacia la penumbra del acceso y sus ojos dieron de lleno contra mi silueta en el último peldaño.

No mostró sorpresa ni detuvo el ensayo con un aspaviento. Aguardó el remate exacto del fuelle, alzó la palma izquierda hacia los bailarines y soltó dos palabras secas:

—Diez minutos. Tomen aire.

Las parejas rompieron el abrazo, secándose la frente y buscando botellas de agua en las sillas de enea arrimadas a los muros.

Renzo no se cambió los zapatos de suela de cuero pulido. Avanzó hacia mí con paso pausado, cruzando la pista encerada en línea recta. Conforme acortaba los metros, la luz mortecina de las tulipas dibujó el brillo del sudor en su cuello y el pliegue duro de su entrecejo.

Se detuvo a un palmo escaso de mi hombro, lo bastante cerca como para que el calor residual de su cuerpo templara el aire fresco del sótano.

Sacó del bolsillo trasero un pañuelo de algodón blanco doblado. Se secó la garganta con un ademán mecánico, sin apartar sus pupilas oscuras de las mías.

—¿No te quedó claro lo que te dije en la plaza? —preguntó en un susurro grave, guardándose el pañuelo en la palma cerrada.

—Me dieron esta dirección en Madrid como el único espacio que mantiene la práctica original —respondí con firmeza, sosteniendo su escrutinio sin retroceder un milímetro hacia el escalón superior.

—Te informaron mal —repuso él, ladeando el rostro con un gesto árido mientras señalaba la escalera de caracol con la barbilla—: acá no entran turistas con ganas de safari.