Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9)
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Capítulo 1 La luz cenital de Plaza Dorrego
Caminé esquivando los adoquines sueltos, con los ojos entrecerrados ante la resolana que rebotaba en las fachadas de azulejos rotos y rejas de fundición.
Plaza Dorrego se abría al fondo como un hormiguero en pausa: el rumor de los vasos de sifón golpeando las mesas de chapa de los cafetines de esquina, el olor rancio a café torrefacto quemado y ese tufo persistente a polvo de anticuario que subía desde los zaguanes abiertos.
Los turistas se amontonaban alrededor de un par de bailarines de exhibición que giraban con sonrisas automáticas para las cámaras de los teléfonos móviles.
Aceleré el paso. No había cruzado el Atlántico con un contrato editorial bajo el brazo para coleccionar postales complacientes ni estampas de museo dócil.
Buscaba el pulso real, la fricción previa al simulacro.
Me desvié hacia el margen oeste de la plaza, donde la sombra de los plátanos de sombra aliviaba la piedra caliente.
Frente al portón entreabierto de un taller de carpintería que anunciaba reparación de instrumentos de cuerda, el aire olía distinto: viruta fresca de cedro y cola caliente de ebanista.
Dos hombres discutían en el umbral, recortados contra la penumbra del fondo.
Uno era un anciano de bata gris y gafas sobre la frente; el otro, un hombre de espaldas anchas, hombros caídos con una pesadez rotunda y los antebrazos morenos desnudos hasta el codo.
La camisa blanca de hilo se le pegaba a los omóplatos por el sudor.
—No te voy a rebajar un peso la afinación de los peines, Renzo —decía el viejo con voz cascada, limpiándose los dedos en un trapo sucio de barniz—. El nogal está seco y las lengüetas no aguantan otra paliza.
El hombre al que llamaba Renzo apoyó las palmas abiertas sobre el quicio de madera carcomida. La tensión le dibujó un mapa afilado de tendones y venas gruesas en los brazos.
—Si no cierro el fuelle este fin de semana, Don Anselmo, el lunes no abrimos la puerta —soltó él, con un tono bajo, seco, desprovisto de queja pero cargado de un filo áspero que cortaba la resolana—. El local se sostiene con lo que suena en la pista, no con promesas.
Esa postura corporal condensaba todo el ensayo visual que me habían encargado.
La resistencia física al borde de la fractura.
Di un paso lateral hacia el cordón de la vereda, apoyando la espalda contra el tronco nudoso de un plátano para anclar el tiro.
Quité la tapa del objetivo con el índice derecho.
Deslicé el anillo de enfoque: cincuenta milímetros, apertura dos punto ocho para disolver el fondo del callejón y recortar la nuca oscura, el sudor brillando en la base del cuello y la mandíbula apretada del hombre frente al artesano.
Apoyé el borde del visor en mi ceja derecha.
El mundo quedó reducido al rectángulo de cristal luminoso.
Medí la luz cenital que caía implacable sobre su hombro.
Contuve la respiración en el diafragma, aguardando el instante en que él descargara de nuevo la mano contra el marco.
El índice presionó el disparador.
El chasquido seco, metálico e inconfundible del obturador de plano focal rasgó el murmullo de la plaza.
Renzo interrumpió la réplica a mitad de frase.
Se quedó rígido durante una fracción de segundo; luego, con una cadencia deliberada que no admitía despiste, giró el torso y clavó los ojos directamente en mi posición.
Tenía el iris casi negro, la piel curtida por el sol del río y una aspereza en la mirada que me golpeó como una ráfaga térmica.
No había sorpresa en su expresión: solo hostilidad pura, un desdén inmediato hacia la intrusa que pretendía adueñarse de su rabia sin pagar peaje.
Aparté la cámara de la cara, pero no bajé la cabeza.
Sostuve la fijeza de sus pupilas con la respiración contenida.
—¿Te parece que esto es un zoológico, flaca? —soltó con voz pausada, dando un paso al frente sobre los adoquines rotos.
—Estoy trabajando en la vía pública —contesté con mi acento de Madrid intacto, manteniendo el peso del cuerpo repartido sobre ambos talones para no ceder terreno.
Renzo no contestó con palabras. Avanzó dos zancadas largas, cruzando el ancho de la vereda con una economía de movimiento tan precisa que parecía no tocar las hendiduras del empedrado.
Se plantó a medio metro de mi hombro. El calor que desprendía su piel traía un olor limpio a jabón blanco mezclado con tabaco rubio y la transpiración acumulada de la tarde.
Su sombra cubrió por completo mi torso, anulando el resplandor de la plaza.
—Guardá eso —ordenó en un susurro gélido, señalando la lente con el mentón mientras Don Anselmo se replegaba en el taller—. En este barrio las fotos se pagan o se piden con permiso. Y vos no hiciste ninguna de las dos cosas.
Mi índice derecho, aún pegado a la palanca de avance de la película, tembló una fracción de segundo contra el metal estriado. Bajé el cuerpo de la Leica hasta la altura del pecho sin soltar la empuñadura.
—No busco postales de recuerdo —dije, sintiendo la garganta seca por el polvo en suspensión.
Renzo ladeó la cabeza con una sonrisa breve que no llegó a sus ojos oscuros.
—Entonces te equivocaste de avión.
Dio media vuelta sobre las suelas de cuero de sus zapatos desgastados, dejando que el eco de sus pasos sobre el adoquinado marcara la distancia que acababa de abrir entre los dos.