Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 33 La puerta de embarque
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Capítulo 33 La puerta de embarque

A las siete y media de la mañana, la nave principal de la Terminal A en Ezeiza vibraba bajo un murmullo continuo.

El zumbido de los motores de la climatización industrial resecaba la garganta, compitiendo con los anuncios en cuatro idiomas que escupían los altavoces empotrados en las vigas de hormigón visto.

Los carros de equipaje rodaban sobre el suelo de granito pulido en un traqueteo incesante.

El aire olía a café descafeinado servido en vasos de cartón, al queroseno quemado por las turbinas que maniobraban en la pista lejana y a ese aroma artificial, dulce y aséptico, que escapaba de las tiendas libres de impuestos.

El empleado de la aerolínea colocó la etiqueta con el código de barras en el asa de mi segunda maleta. La cinta transportadora de goma negra tragó el bulto rígido con un chasquido sordo.

—Vuelo directo a Fráncfort con conexión inmediata a Berlín-Brandeburgo, señorita Vega —dijo el hombre tras el mostrador, devolviéndome el resguardo impreso junto con la tarjeta de embarque plastificada—. Puerta cuatro. Embarque a las ocho y diez en punto.

Caminé hacia el cordón negro que delimitaba el acceso a los controles de seguridad y migraciones.

Renzo avanzaba a dos pasos de distancia, marcando el paso con esa economía precisa que absorbía las irregularidades del suelo sin esfuerzo.

Se detuvo justo antes de la línea amarilla pintada sobre las baldosas.

No llevaba equipaje ni abrigo; vestía el pantalón oscuro de corte sastre y la camisa blanca de hilo con el cuello abierto.

Metió las manos en los bolsillos delanteros.

Mantuvo la espalda recta, los hombros alineados y la barbilla alta, plantado sobre el granito con la solidez de quien habita su propio centro y no le pide permiso al mundo para ocupar su espacio.

Nos quedamos frente a frente.

La luz blanca de los tubos fluorescentes caía plana sobre su rostro, dibujando ojeras finas bajo sus ojos oscuros y acentuando la línea dura que le partía el entrecejo.

Alrededor, los pasajeros se despedían entre abrazos atropellados y promesas apresuradas de llamadas telefónicas.

Entre nosotros no había espacio para la histeria.

Habíamos quemado las palabras en el piso de la calle Defensa.

—Tenés que pasar —dijo él. Su voz sonó baja, raspada por el aire acondicionado, pero desprovista de aspereza.

—Faltan cuarenta minutos —respondí, buscando un anclaje que no existía.

—No regales tiempo en la fila, Sofía. El avión no espera a los que dudan en el pasillo.

Di un paso al frente. Mis sandalias cruzaron la franja amarilla.

Anulé el metro de distancia que nos separaba y apoyé ambas palmas abiertas sobre el pecho de su camisa.

La tela fina estaba tibia. Sentí bajo mis yemas la dureza de sus costillas y el latido firme, regular, de su corazón.

Incliné el rostro hacia su cuello y aspiré hondo: el rastro amargo del tabaco rubio, el jabón blanco neutro y la salitre seca del río que llevaba adherida a la piel desde la noche del galpón.

Renzo sacó las manos de los bolsillos. Subió el brazo derecho y me sujetó la nuca con los dedos abiertos. Su palma ardía contra el nacimiento de mi pelo, sosteniéndome sin apretar, con una contención que frenaba cualquier temblor. Acercó su cabeza hasta juntar su frente con la mía.

Fueron tres segundos exactos. Tres segundos en los que el zumbido de la terminal, los altavoces y las ruedas de las maletas se disolvieron en un vacío absoluto.

Podía oír el paso pausado de su respiración templada rozándome los labios.

No intentó besarme. No cerró los brazos para atraparme contra su cuerpo.

Era un contacto puro, sobrio, una forma de sellar el pacto sin pedir tregua.

Soltó el aire despacio por la nariz. La brisa tibia de su aliento me acarició la barbilla.

Apartó la mano de mi nuca con una lentitud milimétrica. Dejó caer los brazos a los costados.

—Andá —dijo.

Di media vuelta sobre las baldosas. Caminé los cuatro metros que me separaban de la primera cabina de cristal blindado.

Saqué el pasaporte español de la solapa de la gabardina y se lo entregué al funcionario de migraciones a través de la ranura inferior.

El policía cotejó la fotografía, tecleó en su terminal con desgana y estampó el sello de salida con un golpe seco de caucho sobre la hoja en blanco.

—Buen viaje, señorita.

Recogí el documento. Coloqué la mochila en la bandeja de plástico del escáner de rayos X y crucé el arco detector de metales.

La máquina no emitió ningún pitido. Recogí la bolsa del rodillo, pasé el brazo por la correa de lona y caminé tres pasos hacia el pasillo en recodo que conducía a las puertas de embarque internacionales.

Justo antes de doblar la esquina ciega de plástico blanco, me detuve.

Giré el torso.

Al otro lado de las mamparas de vidrio que dividían la zona pública del área restringida, Renzo permanecía inmóvil en el mismo punto de la baldosa. La multitud de viajeros pasaba a su alrededor como un torrente de sombras apresuradas, pero él no se movía. Tenía los ojos clavados en mi figura.

Al verme girar, despegó el brazo derecho del costado.

Alzó la mano abierta a la altura del hombro, con los dedos rectos y firmes, en ese mismo gesto sobrio con el que despedía a los alumnos veteranos sobre las tablas de Balcarce cuando terminaba la ronda de medianoche.

Movió apenas los labios, pronunciando dos palabras en un susurro que el cristal amortiguó por completo:

—Hasta siempre, gallega.

Sostuve su mirada un segundo antes de dar un paso atrás y dejar que el muro blanco borrara la pista de baile para siempre.