CAPITULO28
Hasta que seas mía
El disparo atravesó el aire.
Lucien apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Se lanzó contra Elena y la cubrió con su cuerpo mientras ambos caían al suelo.
La bala pasó a pocos centímetros de ellos y se incrustó en una de las columnas de acero.
El impacto hizo vibrar la vieja estructura.
Durante un segundo...
Lucien dejó de escuchar los gritos.
Los pasos.
Las armas preparándose.
Solo escuchó la respiración de Elena debajo de él.
—Mírame.
Su voz salió más desesperada de lo que habría querido.
Elena abrió los ojos.
—Estoy bien.
Lucien recorrió su rostro con la mirada.
Después sus hombros.
Sus brazos.
Buscaba sangre.
Una herida.
Cualquier señal de que había llegado demasiado tarde.
Pero Elena estaba ilesa.
—No me alcanzó.
susurró ella.
Lucien cerró los ojos apenas un instante.
Apoyó la frente contra la suya.
La había recuperado.
Y casi había vuelto a perderla.
—Lucien...
Él se levantó lentamente.
Después la ayudó a ponerse de pie y la colocó detrás de sí.
Cuando volvió a mirar a Gabriel...
algo había cambiado en su rostro.
No era rabia.
La rabia podía nublar el juicio.
Aquello era mucho más peligroso.
Era decisión.
...
Gabriel mantenía el fusil levantado.
El humo salía todavía del cañón.
—Solo quería llamar tu atención.
dijo con una sonrisa torcida.
Lucien apuntó directamente hacia él.
—Ya la tienes.
Los hombres de Keller rodearon la sala.
Richard permanecía junto a la mesa.
Inmóvil.
Su expresión no mostraba sorpresa.
Ni miedo.
Solo una silenciosa decepción.
—Fallaste.
dijo Richard.
Gabriel soltó una carcajada.
—No estaba intentando matarla.
Richard inclinó apenas la cabeza.
—Eso no mejora tu situación.
—¿Mi situación?
Gabriel avanzó un paso.
—Pasé veinte años construyendo tu imperio mientras tú te escondías como un cadáver.
Controlé tus empresas.
Eliminé tus enemigos.
Protegí Valmere.
Y ahora apareces para entregárselo todo a él.
Señaló a Lucien con el arma.
—A un hijo que te desprecia.
Richard apoyó las manos sobre el bastón.
—Nunca construiste mi imperio.
Lo administraste.
Gabriel dejó de sonreír.
Richard continuó con la misma calma.
—Confundiste la cercanía con la igualdad.
Creíste que sentarte a mi mesa te convertía en mi heredero.
Pero nunca comprendiste algo esencial.
—¿Qué cosa?
—Un hombre que necesita que le entreguen el poder jamás será capaz de conservarlo.
El silencio cayó sobre la fábrica.
Gabriel apretó el arma con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
Lucien no apartó la pistola.
—Baja el fusil.
—¿Y dejar que él decida cómo termina esto?
Gabriel negó lentamente.
—No.
Ya he obedecido demasiado tiempo.
...
Elena permanecía detrás de Lucien.
Podía sentir la tensión en su espalda.
La forma en que contenía la respiración.
Lucien estaba a un solo movimiento de disparar.
Pero Gabriel no era el único peligro.
Los hombres de Richard seguían distribuidos entre las sombras.
Los de Keller ocupaban las entradas.
Un error podía iniciar una masacre.
Elena observó la mesa.
La carpeta de Valmere continuaba allí.
Había caído abierta durante la explosión.
Varias fotografías estaban esparcidas sobre el suelo.
Rostros.
Niños.
Familias.
Personas convertidas en números.
Elena reconoció su propia imagen entre los documentos.
E-17.
Una vida reducida a una letra y dos cifras.
Sintió que algo dentro de ella se rompía.
No por miedo.
Por indignación.
Durante demasiado tiempo todos habían hablado de ella como una pieza.
Gabriel quería utilizarla.
Richard la había seleccionado.
Valmere había decidido que su existencia servía para completar un plan.
Incluso Lucien, al principio, había creído que protegerla significaba decidir por ella.
Aquello terminaba esa noche.
Elena salió de detrás de Lucien.
Él extendió inmediatamente un brazo.
—Elena, no.
—Estoy cansada de que hablen de mí como si no estuviera aquí.
Gabriel la miró con diversión.
—La invitada quiere participar.
Ella ignoró la provocación.
Se acercó a la carpeta y recogió una de las fotografías.
Era una imagen suya tomada años atrás.
No recordaba el lugar.
Ni el momento.
Alguien la había observado mucho antes de que conociera la existencia de Valmere.
—¿Cuántas personas?
preguntó.
Nadie respondió.
Elena levantó la vista hacia Richard.
—¿Cuántas vidas destruyeron para construir esto?
Richard sostuvo su mirada.
—Demasiadas.
—Eso no es una respuesta.
—Ciento treinta y siete sujetos registrados.
Elena sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Registrados?
Richard comprendió la acusación escondida en aquella palabra.
—Hubo otros.
—¿Niños?
Richard guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
Elena dejó caer la fotografía.
—Entonces no se atreva a hablar de Valmere como si hubiera sido un legado.
Fue una jaula.
Una construida con personas que nunca pudieron elegir.
Richard bajó lentamente la mirada.
Gabriel, en cambio, sonrió.
—La elección es una ilusión.
Elena se volvió hacia él.
—Eso es lo que dicen los hombres que necesitan controlar a los demás.
La sonrisa de Gabriel desapareció.
—Ten cuidado.
—¿O qué?
¿Volverás a disparar sin tener el valor de apuntarme realmente?
Lucien la observó.
No quería que estuviera expuesta.
Cada instinto le exigía apartarla de allí.
Protegerla.
Pero también comprendió que hacerlo sería repetir el mismo error.
Elena no necesitaba que alguien hablara por ella.
Necesitaba que la escucharan.
...
Richard caminó hacia los documentos.
Cada paso parecía costarle más que el anterior.
Se agachó con dificultad y recogió la fotografía de Elena.
—Ella tiene razón.
Gabriel lo miró con incredulidad.
—¿Ahora también vas a pedir perdón?
Richard observó la imagen durante unos segundos.
—El arrepentimiento no borra las consecuencias.
—Entonces no sirve para nada.
—Sirve para impedir que el error continúe.
Richard dejó la fotografía sobre la mesa.
Después miró a Lucien.
—Valmere comenzó antes de que nacieras.
Tu abuelo estaba convencido de que nuestra familia se debilitaba.
Creía que la sangre podía perfeccionarse.
Que la inteligencia, la resistencia y la obediencia podían seleccionarse igual que las características de un animal.
Lucien sintió asco.
—Y tú continuaste su trabajo.
—Sí.
Richard no intentó negarlo.
No buscó excusas.
—Lo convertí en algo más grande.
Más organizado.
Más cruel.
Porque durante muchos años creí que la eficiencia podía justificar cualquier método.
—¿Mi madre lo sabía?
La pregunta cambió el rostro de Richard.
Fue apenas un movimiento.
Una sombra atravesando sus ojos.
Pero Lucien lo vio.
—Descubrió una parte.
respondió Richard.
—¿Qué parte?
—Los seguimientos.
Los expedientes.
Los matrimonios arreglados entre familias seleccionadas.
Todavía no conocía los experimentos.
—¿Y cuando lo descubrió?
Richard respiró profundamente.
—Intentó sacarte de la casa.
Lucien permaneció inmóvil.
Algo dentro de él ya conocía la respuesta.
Aun así...
necesitaba escucharla.
—¿La mataste?
Elena contuvo la respiración.
Incluso Gabriel guardó silencio.
Richard levantó lentamente la vista.
—No ordené su muerte.
Lucien apretó la mandíbula.
—Eso decía la carta de Clara.
—Clara decía la verdad.
—Pero tú la pusiste en peligro.
Richard no respondió de inmediato.
—Sí.
Aquella palabra cayó con más fuerza que cualquier explicación.
—Tu madre robó varios archivos.
Intentó entregárselos a un fiscal.
Gabriel recibió la orden de recuperarlos.
Lucien giró hacia él.
Gabriel no mostró remordimiento.
Richard continuó.
—Yo ordené que la detuvieran.
Que la trajeran de vuelta.
No que la mataran.
—Pero murió.
—Porque Gabriel decidió que viva representaba un riesgo.
El arma de Lucien cambió de dirección.
Ahora apuntaba directamente al pecho de Gabriel.
—¿Es cierto?
Gabriel sostuvo su mirada.
—Tu madre tomó una decisión.
—Respóndeme.
—Sí.
Elena vio cómo la respiración de Lucien se detenía.
Durante años había perseguido una verdad.
Había imaginado rostros.
Culpables.
Motivos.
Y ahora el hombre responsable estaba frente a él.
Sin arrepentimiento.
Sin miedo.
Gabriel sonrió apenas.
—Ella iba a destruirlo todo.
—Era mi madre.
—Era una amenaza.
El disparo de Lucien habría sido inmediato.
Pero Elena tomó su mano.
No intentó bajar el arma.
Solo la sostuvo.
Lucien la miró.
—No te estoy pidiendo que lo perdones.
susurró ella.
—Entonces suéltame.
—Te estoy pidiendo que decidas quién quieres ser después de esta noche.
Gabriel soltó una risa burlona.
—Ahí está.
La debilidad.
Lucien volvió a mirarlo.
—No.
Su voz era tranquila.
—Ella es la razón por la que todavía puedo elegir.
...
Richard cerró los ojos.
—Fui yo quien creó a Gabriel.
dijo.
—Le enseñé que la lealtad solo tenía valor mientras fuera útil.
Que la compasión era una enfermedad.
Que las personas podían sacrificarse para proteger una idea.
Lucien bajó apenas el arma.
No porque hubiera perdonado.
Sino porque comenzaba a comprender la verdadera forma de aquella tragedia.
Richard no había disparado contra su madre.
Pero había construido al hombre que lo hizo.
Había creado el sistema que convirtió su muerte en una decisión lógica.
—Eres responsable.
dijo Lucien.
Richard asintió.
—Sí.
—No basta con admitirlo.
—Lo sé.
—No vas a salir de aquí como un hombre arrepentido que merece compasión.
Richard lo observó con una extraña serenidad.
—Nunca la pedí.
...
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.
Julián levantó la mirada de la computadora.
—La policía federal está a seis minutos.
Toda la información fue enviada.
Cuentas.
Nombres.
Ubicaciones.
Valmere terminó.
Richard cerró los ojos un instante.
Gabriel giró hacia Julián.
—¿Qué hiciste?
—Lo que ustedes creyeron imposible.
Sacarlo todo a la luz.
Gabriel levantó el fusil.
Keller reaccionó.
—¡Baja el arma!
Pero Gabriel no apuntó hacia Julián.
Apuntó hacia los servidores.
—Si yo no puedo tenerlo...
nadie lo tendrá.
Disparó una ráfaga.
Las balas golpearon las máquinas.
Chispas.
Metal.
Cristales rotos.
Uno de los proyectiles perforó una tubería.
Un sonido agudo comenzó a extenderse por la fábrica.
Keller miró hacia arriba.
—¡Es la línea de gas!
Victoria corrió hacia la consola.
—La presión está aumentando.
Tenemos que salir.
Gabriel retrocedió lentamente.