Hasta que seas mía CAPITULO28 #2
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CAPITULO28 #2

—Entonces terminaremos como empezó todo.

Entre cenizas.

Richard lo observó.

—Siempre fuiste predecible.

—Y tú siempre fuiste un viejo arrogante.

Gabriel cambió el arma de dirección.

Apuntó hacia Richard.

—Se acabó tu reinado.

Disparó.

Richard giró apenas.

La bala le atravesó el hombro y lo lanzó contra la mesa.

El bastón cayó al suelo.

Los hombres de Keller abrieron fuego.

Gabriel se lanzó detrás de una de las máquinas.

La sala estalló en disparos.

—¡Elena, al suelo!

gritó Lucien.

La cubrió mientras Keller y sus hombres respondían.

Las balas chocaban contra las columnas.

Las lámparas se balanceaban.

El gas continuaba escapando.

Victoria señaló una puerta lateral.

—¡La salida está por ahí!

Lucien tomó la mano de Elena.

Comenzaron a correr.

Entonces ella se detuvo.

Richard permanecía en el suelo.

La sangre se extendía por su camisa.

Una viga había caído frente a él, bloqueándole el camino.

—Lucien...

Él miró hacia su padre.

Durante un segundo no se movió.

Aquel hombre había destruido su infancia.

Había convertido el amor en una debilidad.

Había creado Valmere.

Había provocado la muerte de su madre.

Dejarlo allí habría sido sencillo.

Quizás incluso justo.

Richard levantó la vista.

—Vete.

Lucien permaneció inmóvil.

—No necesito que me salves.

—Nunca lo necesitaste.

respondió Lucien.

Soltó la mano de Elena y regresó.

Keller intentó detenerlo.

—¡La estructura no resistirá!

Lucien levantó la viga con ayuda de uno de los hombres.

Richard trató de ponerse de pie.

La herida lo hizo tambalearse.

Lucien lo sostuvo.

Padre e hijo se miraron.

—¿Por qué?

preguntó Richard.

Lucien pasó su brazo por encima de sus hombros.

—Porque no voy a permitir que seas tú quien decida en qué clase de hombre me convierto.

Lo ayudó a avanzar.

Elena regresó y tomó a Richard por el otro lado.

Él la observó sorprendido.

—No confunda esto con perdón.

dijo ella.

—No lo haré.

...

Un disparo resonó detrás de ellos.

Gabriel salió de su escondite.

Tenía sangre en el rostro y una herida en el costado.

Pero seguía sosteniendo el fusil.

—Nadie se va.

Lucien dejó a Richard apoyado contra una columna.

Se colocó frente a Elena.

Gabriel sonrió.

—Otra vez protegiéndola.

—No.

Elena apareció al lado de Lucien.

No detrás.

Gabriel frunció el ceño.

Ella sostenía la pistola que había caído junto al bastón de Richard.

La levantó con ambas manos.

—Esta vez estamos juntos.

Gabriel apuntó.

—No vas a dispararme.

Elena sostuvo el arma con firmeza.

—No quiero hacerlo.

Pero no voy a permitir que vuelvas a decidir por mí.

Gabriel dio un paso.

Lucien vio el movimiento de su dedo sobre el gatillo.

El disparo atravesó la fábrica.

Gabriel quedó inmóvil.

El fusil cayó de sus manos.

Miró la sangre que comenzaba a extenderse por su pecho.

Después dirigió la vista hacia Richard.

Como si todavía esperara una orden.

Una aprobación.

Algo.

Richard no dijo nada.

Gabriel cayó de rodillas.

Después se desplomó sobre el suelo.

Elena continuó sosteniendo el arma.

Sus manos comenzaron a temblar.

Lucien se acercó lentamente.

—Elena.

Ella no reaccionó.

—Mírame.

Sus ojos encontraron los de él.

Lucien tomó el arma con cuidado y la apartó.

—Se terminó.

—Intentó dispararte.

—Lo sé.

—Yo...

—Me salvaste.

Elena negó, respirando con dificultad.

—No quería matarlo.

Lucien sostuvo su rostro entre las manos.

—No tienes que convertir este momento en algo que no fue.

Elegiste vivir.

Elegiste que nosotros viviéramos.

Ella cerró los ojos.

Lucien la abrazó.

Solo un instante.

No podían quedarse.

La alarma de presión cambió de tono.

Victoria gritó desde la salida.

—¡Ahora!

...

Todos comenzaron a correr.

Keller ayudó a Richard.

Julián llevaba la computadora con la copia de los archivos.

Las luces del techo explotaron una tras otra.

La fábrica parecía desmoronarse alrededor de ellos.

Cuando alcanzaron la puerta principal...

una explosión sacudió el edificio.

La onda expansiva los lanzó hacia el exterior.

Lucien cayó sobre el barro.

Elena rodó a pocos metros.

—¡Elena!

Se levantó ignorando el dolor y corrió hacia ella.

Elena se incorporó con dificultad.

Lucien cayó de rodillas a su lado.

—Estoy bien.

dijo ella antes de que pudiera preguntarlo.

Él la abrazó.

Esta vez no fue un gesto breve.

Ni contenido.

La estrechó como si necesitara convencer a su cuerpo de que de verdad había terminado.

Detrás de ellos...

las llamas comenzaron a devorar la fábrica Ashcroft.

Las ventanas estallaron.

El techo se hundió.

Décadas de secretos desaparecieron entre fuego y humo.

Richard permanecía sentado junto a una ambulancia.

Los paramédicos intentaban atender su herida.

Él no apartaba la mirada de Lucien.

La policía rodeaba el lugar.

Los agentes se acercaban.

No habría otra desaparición.

No habría una nueva mentira.

Richard Ashcroft tendría que responder por todo lo que había hecho.

Lucien se acercó a él.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Los archivos están fuera.

dijo Lucien.

—Lo sé.

—Valmere terminó.

Richard observó las llamas.

—Debió terminar hace mucho.

Un agente se colocó detrás de él.

Richard extendió las manos sin oponer resistencia.

Antes de que se lo llevaran...

miró a Elena.

Después a Lucien.

—Tu madre tenía razón.

Lucien no respondió.

—Siempre creyó que alguien te enseñaría que amar no era rendirse.

Richard bajó la mirada hacia las manos entrelazadas de ambos.

—Era elegir algo por encima del miedo.

Lucien sostuvo su mirada.

—Ella no me enseñó a pertenecerle.

Me enseñó a ser libre.

Richard asintió lentamente.

—Entonces no cometas mi último error.

—¿Cuál?

—No confundas el miedo a perderla con el derecho a poseerla.

Los agentes comenzaron a llevárselo.

Lucien observó cómo se alejaba.

El hombre que había dominado su vida ya no parecía un rey.

Solo un hombre herido.

Cansado.

Obligado finalmente a enfrentar las ruinas que había dejado detrás.

...

La lluvia comenzó a caer con más fuerza.

Elena se acercó a Lucien.

Él continuaba mirando las llamas.

—¿Qué sientes?

preguntó ella.

Lucien tardó en responder.

—Pensé que cuando descubriera la verdad sentiría alivio.

—¿Y no lo sientes?

—Siento que pasé tantos años persiguiendo este momento...

que no sé quién soy sin esa guerra.

Elena tomó su mano.

—No tienes que saberlo esta noche.

Lucien la miró.

La lluvia recorría el rostro de Elena.

Había cansancio en sus ojos.

Miedo.

Dolor.

Pero también había algo que él jamás había podido exigirle.

Confianza.

—Cuando te llevaron...

dijo Lucien.

—pensé que había vuelto a convertirme en el hombre que era antes de conocerte.

—¿Qué hombre?

—Uno capaz de destruir todo con tal de recuperar aquello que consideraba suyo.

Elena guardó silencio.

Lucien soltó lentamente su mano.

No porque quisiera alejarse.

Porque necesitaba que ella comprendiera.

—Durante mucho tiempo dije que serías mía.

Como si repetirlo pudiera convertirlo en verdad.

Como si desearte me diera algún derecho sobre ti.

Elena sostuvo su mirada.

—Y ahora...

continuó él.

—entiendo que nunca quise que fueras mía de esa manera.

Quería que me eligieras.

Incluso si eso significaba darte la libertad de marcharte.

Elena sintió un nudo en la garganta.

Lucien dio un paso atrás.

—Cuando salgamos de aquí...

no habrá guardias siguiéndote.

No habrá puertas cerradas.

No habrá condiciones.

Puedes regresar a tu vida.

Puedes ir a cualquier lugar.

Y si decides no volver a verme...

lo aceptaré.

Cada palabra parecía herirlo.

Pero no retrocedió.

No intentó suavizarlas.

Por primera vez estaba entregándole algo que nunca había sabido ofrecer.

Una elección verdadera.

Elena lo contempló durante varios segundos.

Después se acercó.

—¿Terminaste?

Lucien frunció ligeramente el ceño.

—Sí.

Elena tomó su rostro entre las manos.

—Entonces escúchame tú.

Él permaneció inmóvil.

—No me quedé porque las puertas estuvieran cerradas.

No regresé por miedo.

Y no vine contigo esta noche porque creyera que te pertenecía.

Lucien dejó de respirar.

Elena acercó su frente a la de él.

—Te elegí cada vez que pude haberme marchado.

Te elegí cuando me mostraste tus cicatrices.

Cuando me entregaste aquella llave.

Cuando preferiste bajar el arma antes que convertirte en él.

Y te elijo ahora.

Lucien cerró los ojos.

Sus manos permanecieron a los lados.

No se atrevía a tocarla.

—Elena...

—No soy tuya porque tú lo hayas decidido.

susurró ella.

—Soy tuya porque yo quiero serlo.

Lucien abrió los ojos.

Elena sonrió entre lágrimas.

—Y tú eres mío por la misma razón.

Algo en el rostro de Lucien se quebró.

Toda la dureza.

Toda la disciplina.

Todos los años fingiendo que no necesitaba a nadie.

Levantó una mano y acarició lentamente su mejilla.

Esperó.

Elena fue quien cerró la distancia.

Sus labios se encontraron bajo la lluvia.

No fue un beso desesperado.

Ni una promesa nacida del peligro.

Fue lento.

Consciente.

Elegido.

Lucien la rodeó con los brazos.

Elena se aferró a él.

A su alrededor continuaban las sirenas.

Las luces.

Los agentes.

El fuego consumiendo el último vestigio de Valmere.

Pero durante ese instante...

nada de aquello pudo alcanzarlos.

Cuando se separaron...

Lucien mantuvo su frente junto a la de ella.

—Hasta que seas mía.

murmuró.

Elena acarició la cicatriz de su ceja.

—No.

Lucien la miró.

Ella sonrió.

—Hasta que decidamos seguir eligiéndonos.

Lucien comprendió.

Y por primera vez...

aquellas palabras no sonaron como una derrota.

Sonaron como libertad.

Tomó su mano.

Juntos comenzaron a caminar lejos de la fábrica.

Lejos de Richard.

Lejos de la historia que otros habían escrito para ellos.

El pasado ardía a sus espaldas.

El futuro permanecía abierto frente a ambos.

Y esa vez...

ninguno necesitó saber adónde conducía el camino.

Era suficiente con haberlo elegido juntos.