CAPITULO27
La caída del rey
Lucien apenas alcanzó a llegar hasta Elena cuando una segunda explosión sacudió la fábrica.
El suelo vibró bajo sus pies.
Fragmentos de concreto comenzaron a desprenderse del techo.
Los hombres ocultos entre las sombras desenfundaron sus armas.
Richard, sin embargo...
no se movió.
Seguía de pie junto a la mesa.
Con una serenidad casi insultante.
Como si el caos hubiera sido previsto desde mucho antes.
Lucien cortó las bridas que sujetaban las manos de Elena.
—¿Estás herida?
Ella negó inmediatamente.
—No.
—¿Te hicieron algo?
—No.
Lucien respiró por primera vez desde que había entrado.
Apoyó una mano en su mejilla apenas un instante.
Solo para comprobar que realmente estaba allí.
Viva.
Elena cubrió esa mano con la suya.
—Estoy bien.
Una nueva ráfaga de disparos resonó en la planta superior.
Keller.
Había llegado.
Richard suspiró.
—Siempre tan impaciente.
Lucien volvió a apuntarle.
—Se acabó.
Richard arqueó una ceja.
—¿De verdad lo crees?
Levantó lentamente una mano.
Ninguno de sus hombres disparó.
Todos permanecieron inmóviles.
Esperando.
—Lucien...
¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
Silencio.
—Tú todavía crees que esto puede terminar con una bala.
Yo entendí hace mucho que las guerras verdaderas se ganan mucho antes del primer disparo.
Keller irrumpió en la enorme sala acompañado por varios hombres.
—¡Señor!
Las armas apuntaron inmediatamente hacia Richard.
Pero él ni siquiera las miró.
Observaba únicamente a Lucien.
—Puedes matarme.
Nunca te lo he impedido.
Lucien mantuvo el dedo sobre el gatillo.
Richard dio un paso más.
—Hazlo.
El silencio se volvió insoportable.
Elena miró a Lucien.
Conocía esa expresión.
Sabía que estaba luchando contra algo mucho más grande que la rabia.
Richard sonrió apenas.
—¿Ves?
Todavía no puedes.
Porque aún necesitas respuestas.
Lucien apretó los dientes.
Cada palabra era cierta.
Y eso lo enfurecía todavía más.
...
Victoria apareció desde otra de las entradas.
—¡Lucien!
Encontramos un servidor.
Toda la información de Valmere está aquí.
Richard soltó una pequeña carcajada.
—Claro que está ahí.
Todos la observaron desconcertados.
—¿Creían que destruiría el trabajo de treinta años?
Sería una falta de respeto.
Julián abrió rápidamente una computadora portátil.
Comenzó a copiar toda la información.
Miles de archivos aparecieron en la pantalla.
Fotografías.
Contratos.
Experimentos.
Registros financieros.
Nombres.
Fechas.
Era suficiente para derrumbar todo un imperio.
Richard ni siquiera intentó impedirlo.
Lucien comenzó a entender.
—Lo sabías...
Richard asintió.
—Por supuesto.
—Nos dejaste encontrar todo.
—Exactamente.
Elena dio un paso adelante.
—¿Por qué?
Richard la observó con una extraña mezcla de admiración y melancolía.
—Porque hay un momento en la vida de todo hijo...
en el que debe dejar de vivir bajo la sombra de su padre.
Miró nuevamente a Lucien.
—Ese momento ha llegado.
Antes de que alguien pudiera comprender aquellas palabras...
sonó un disparo.
Todos giraron inmediatamente.
Uno de los hombres de Richard cayó al suelo.
Después otro.
Y otro.
Los disparos no provenían de Keller.
Venían desde el fondo de la fábrica.
Una figura apareció lentamente entre el humo.
Gabriel Mercer.
Llevaba sangre en el rostro.
Su traje estaba roto.
Y sostenía un fusil automático.
Richard lo miró con absoluta tranquilidad.
—Llegas tarde.
Gabriel sonrió con desprecio.
—No.
Llego justo cuando dejas de serme útil.
Lucien frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Gabriel comenzó a avanzar.
—Richard siempre creyó que podía controlar a todo el mundo.
A mí también.
Se equivocó.
Richard permanecía inmóvil.
—Sabía que algún día intentarías traicionarme.
Gabriel soltó una carcajada.
—Entonces también sabías que iba a quedarme con Valmere.
—No.
respondió Richard con calma.
Sabía que morirías intentándolo.
Por primera vez...
Gabriel perdió la sonrisa.
...
La tensión podía romperse con solo respirar.
Richard.
Gabriel.
Lucien.
Tres hombres.
Tres generaciones de una misma guerra.
Y en medio...
Elena.
Ella observó a Lucien.
Comprendió algo que nadie más había visto.
Richard y Gabriel seguían hablando.
Seguían enfrentándose.
Seguían jugando.
Lucien ya no.
Él solo la miraba a ella.
Como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Ella tomó lentamente su mano.
Él respondió al instante.
—Nos vamos.
susurró Lucien.
—¿Y ellos?
preguntó Elena.
Lucien desvió la mirada hacia Richard.
Por primera vez en toda su vida...
no sintió odio.
Sintió algo muy diferente.
Lástima.
—Ellos llevan demasiado tiempo luchando por un reino que ya no existe.
Richard escuchó aquellas palabras.
Y sonrió.
No era una sonrisa de victoria.
Era la sonrisa de un padre que acababa de comprender que su hijo había elegido un camino completamente distinto al suyo.
Un camino que él jamás habría sido capaz de recorrer.
Pero antes de que Lucien y Elena alcanzaran la salida...
una única bala rompió el silencio.
El disparo no iba dirigido a Lucien.
Ni a Richard.
Iba dirigido directamente hacia Elena.