Hasta que seas mía CAPITULO 26
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CAPITULO 26

La guarida del rey

La fábrica Ashcroft permanecía en pie como un cadáver que se negaba a desaparecer.

Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de humedad.

Las ventanas rotas dejaban entrar el viento de la madrugada.

El enorme edificio llevaba décadas figurando como abandonado.

Pero Lucien supo que aquello era una mentira desde el momento en que cruzó el portón principal.

Demasiado limpio.

Demasiado silencioso.

Demasiado perfecto.

Detrás de él, Keller sujetó su rifle.

—Aún podemos entrar por tres puntos distintos.

Lucien negó con la cabeza.

—No.

—Lucien...

—Si cruzamos esa puerta con un ejército...

mi padre matará a Elena antes de que demos diez pasos.

Victoria dio un paso adelante.

—Entonces iremos contigo.

Lucien la miró.

—No.

Julián apretó los puños.

—Es un suicidio.

Lucien sonrió apenas.

Una sonrisa cansada.

—No vine a ganar una guerra.

Vine a traerla de vuelta.

Sacó la pistola de la funda.

Comprobó el cargador.

Respiró profundamente.

Después comenzó a caminar.

Solo.

Las enormes puertas metálicas se abrieron lentamente.

Nadie las empujó.

Como si alguien hubiera estado esperándolo.

...

El interior era inmenso.

Antiguas máquinas industriales permanecían inmóviles bajo gruesas capas de polvo.

Lámparas colgantes iluminaban únicamente el centro del edificio.

Todo lo demás permanecía oculto entre sombras.

Lucien avanzó sin dejar de apuntar.

No encontró guardias.

No encontró cámaras.

No encontró resistencia.

Solo silencio.

Hasta que una voz rompió la oscuridad.

—Llegaste cinco minutos tarde, hijo.

Lucien se detuvo.

Aquella voz.

La conocía demasiado bien.

Giró lentamente.

En el centro de la sala había una mesa de madera antigua.

Dos sillones.

Una botella de whisky.

Dos vasos.

Y un hombre.

Cabello completamente gris.

Traje negro impecable.

Guantes de cuero.

Un bastón descansaba junto a su silla.

Richard Ashcroft levantó el vaso con absoluta tranquilidad.

Como si estuviera esperando la visita de un viejo amigo.

Lucien levantó el arma.

No temblaba.

Pero su respiración sí.

Richard dio un pequeño sorbo.

—Todavía sostienes la pistola igual que cuando tenías doce años.

Lucien permaneció inmóvil.

—El dedo demasiado tenso.

Richard sonrió.

—Siempre te dije que así fallarías el primer disparo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucien.

Nadie más podía saber aquello.

Nadie.

Richard dejó el vaso sobre la mesa.

—Me alegra comprobar que aún recuerdas mis lecciones.

—Cállate.

Richard sonrió con paciencia.

—Veo que también heredaste el mal carácter de tu madre.

Lucien dio un paso al frente.

—¿Dónde está Elena?

Richard señaló tranquilamente hacia el otro extremo de la sala.

Lucien giró inmediatamente.

Allí estaba.

Sentada en una silla.

Las manos sujetas con bridas.

Pero...

estaba ilesa.

No había golpes.

No había sangre.

Ni una sola herida.

Cuando Elena levantó la cabeza y lo vio...

sus ojos se llenaron de alivio.

—Lucien...

Él dio un paso hacia ella.

Richard habló sin levantar la voz.

—No te preocupes.

No voy a impedir que la mires.

Lucien volvió a apuntarle.

—Si le hiciste daño...

—No.

respondió Richard.

Con absoluta calma.

—Jamás tocaría a una invitada de esa manera.

Elena observó a aquel hombre con incredulidad.

No entendía nada.

Richard volvió a llenar su vaso.

—Perdona el inconveniente, Elena.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Necesitaba asegurarme de que Lucien finalmente viniera por voluntad propia.

El silencio volvió a apoderarse de la sala.

Lucien sintió que algo no encajaba.

Richard nunca había necesitado secuestrar a nadie.

Entonces...

¿por qué hacerlo ahora?

Como si pudiera leer sus pensamientos...

Richard respondió.

—Porque nunca fuiste bueno obedeciendo órdenes.

Pero siempre has sido excelente siguiendo tu corazón.

Lucien apretó la mandíbula.

—No juegues conmigo.

Richard negó lentamente.

—Nunca estoy jugando.

Se levantó con ayuda del bastón.

Caminó despacio.

Cada paso transmitía una tranquilidad inquietante.

Se detuvo frente a un enorme retrato cubierto por una tela negra.

Retiró la tela.

Debajo apareció una fotografía antigua.

Una familia.

Richard.

Una mujer de cabello oscuro.

Y un niño de unos ocho años.

Lucien.

Él observó aquella imagen en silencio.

No la había visto desde la muerte de su madre.

Richard acarició suavemente el marco.

—¿Sabes cuál fue mi mayor error?

Lucien no respondió.

—Creer que podía convertirte en alguien exactamente igual a mí.

Se volvió lentamente hacia él.

—Y fracasé.

Lucien sintió una mezcla de rabia y desconcierto.

Aquellas palabras no eran las que esperaba escuchar.

—Pensé que el miedo era suficiente.

Pensé que la disciplina bastaría.

Pensé que podía arrancarte cualquier debilidad.

Richard bajó la mirada unos segundos.

—Hasta que apareció ella.

Miró directamente a Elena.

—Y entendí que no había fracasado contigo...

Había subestimado el poder de una decisión.

Elena observó a Lucien.

Él también estaba desconcertado.

Richard dio unos pasos más.

—¿Sabes por qué desaparecí tantos años?

Silencio.

—Porque necesitaba enemigos.

Los verdaderos imperios no sobreviven gracias al amor.

Sobreviven porque todos necesitan un monstruo al que temer.

Lucien frunció el ceño.

—¿Gabriel?

Richard sonrió.

—Gabriel fue útil.

Inteligente.

Ambicioso.

Pero jamás fue el arquitecto.

Solo un hombre convencido de que movía las piezas...

cuando en realidad siempre fue una de ellas.

Elena sintió un escalofrío.

Toda la historia que conocían comenzaba a desmoronarse.

Richard se acercó a la mesa.

Abrió lentamente un viejo cajón.

Sacó una carpeta de cuero.

La dejó frente a Lucien.

—Aquí está toda la verdad sobre Valmere.

Sobre tu madre.

Sobre ti.

Y sobre Elena.

Lucien no movió un músculo.

—No voy a creer una sola palabra que salga de tu boca.

Richard sonrió con auténtica satisfacción.

—Eso esperaba escuchar.

Empujó la carpeta hacia él.

—Por eso no quiero que me creas.

Quiero que leas.

Lucien observó la carpeta.

Después miró a Elena.

Ella negó muy ligeramente con la cabeza.

No por miedo.

Sino porque presentía que, una vez abierta...

ya no habría forma de volver atrás.

Lucien tomó aire lentamente.

Y extendió la mano hacia los documentos.

Justo antes de que sus dedos tocaran la cubierta...

una detonación ensordecedora hizo temblar toda la fábrica.

Las luces parpadearon.

El polvo cayó del techo.

Richard levantó la vista por primera vez con sorpresa.

Otra explosión.

Después una tercera.

La radio de uno de los hombres ocultos en las sombras comenzó a sonar.

—¡Señor Ashcroft!

¡Han entrado!

Richard sonrió apenas.

—Veo que Keller decidió desobedecer.

Lucien aprovechó ese instante.

Corrió hacia Elena.

Y por primera vez desde que había entrado en aquella fábrica...

Richard dejó de controlar completamente la partida.