Hasta que seas mía CAPITULO 25
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CAPITULO 25

El ultimátum

La lluvia no había cesado.

El cielo permanecía cubierto por un manto gris que hacía parecer la mañana tan oscura como la noche.

Ashcroft Manor se había convertido en una fortaleza.

Guardias patrullaban cada entrada.

Francotiradores vigilaban los tejados.

Las cámaras habían sido sustituidas.

Keller no dejaba absolutamente nada al azar.

Aun así...

nadie se sentía seguro.

...

Lucien observaba el bosque desde el despacho.

Detrás de él, Elena permanecía en silencio.

—¿En qué piensas?

preguntó ella.

Él tardó varios segundos en responder.

—En que mi padre nunca hacía un movimiento inútil.

Ella se acercó.

—¿Crees que vendrá?

Lucien negó lentamente.

—No.

Eso sería demasiado sencillo.

Richard siempre conseguía que los demás hicieran el trabajo por él.

Como si aquellas palabras hubieran invocado algo...

el comunicador de Keller sonó.

—Señor.

Encontramos algo en la entrada principal.

...

Cinco minutos después...

todos estaban reunidos frente al enorme portón de hierro.

No había vehículos.

No había personas.

Solo una pequeña caja de madera.

Perfectamente colocada en el centro del camino.

Keller levantó una mano.

—Nadie la toque.

Dos especialistas revisaron la caja.

No había explosivos.

Ni trampas.

Solo una cerradura.

Lucien dio un paso al frente.

Introdujo la llave que llevaba colgada al cuello desde hacía años.

La misma llave que nunca había sabido para qué servía.

Encajó.

Un clic.

La caja se abrió.

Dentro había un sobre negro.

Con una única hoja.

Lucien reconoció inmediatamente la caligrafía.

La había visto cientos de veces durante su infancia.

Era la letra de Richard Ashcroft.

Desdobló lentamente el papel.

Solo había unas pocas líneas.

"Sabía que aún conservabas la llave.

Nunca aprendiste a soltar el pasado.

Me alegra comprobar que algunas cosas nunca cambian.

Tienes cuarenta y ocho horas.

Ven solo.

O haré que todo aquello que intentaste proteger desaparezca.

—Richard."

El silencio fue absoluto.

Victoria rompió el mutismo.

—Es una trampa.

—Lo sé.

respondió Lucien.

Julián negó con la cabeza.

—Ni siquiera sabemos dónde quiere que vayas.

Lucien dio la vuelta al papel.

En la parte trasera había unas coordenadas.

Keller las introdujo en la tableta.

Su expresión cambió.

—Una antigua fábrica Ashcroft.

Abandonada hace más de veinte años.

Lucien sonrió apenas.

—No está abandonada.

Nunca lo estuvo.

...

Elena observaba el papel.

Algo llamó su atención.

Una frase.

Muy pequeña.

Escrita al margen.

Como si hubiera sido añadida después.

"Trae a la chica.

O la encontraré yo."

Un escalofrío recorrió su espalda.

Lucien también lo leyó.

Sin decir una palabra...

arrugó el papel entre los dedos.

—No va a tocarte.

Elena levantó la vista.

—Lucien...

Él la miró fijamente.

—No mientras yo siga respirando.

...

Las siguientes horas transcurrieron entre preparativos.

Keller organizó rutas de escape.

Victoria revisó todas las comunicaciones.

Julián intentó averiguar qué había ocurrido realmente en aquella fábrica.

Pero cuanto más investigaba...

menos información encontraba.

Como si alguien hubiera borrado veinte años de historia.

...

Al caer la noche...

Elena salió al balcón.

Necesitaba aire.

La lluvia se había convertido en una fina llovizna.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Escuchó unos pasos detrás de ella.

Era Lucien.

Se colocó a su lado.

Ninguno habló.

Durante unos segundos solo contemplaron el bosque.

—¿Tienes miedo?

preguntó él.

Elena sonrió con sinceridad.

—Mucho.

Lucien bajó la mirada.

—Yo también.

Ella lo observó sorprendida.

Era la primera vez que lo escuchaba admitir algo así.

—La diferencia...

continuó él.

...es que antes solo tenía miedo de perderme a mí mismo.

Ahora...

tengo miedo de perderte a ti.

Elena sintió un nudo en la garganta.

Sin pensarlo...

tomó su mano.

Lucien entrelazó lentamente sus dedos con los de ella.

No hacía falta decir nada más.

...

El sonido de una explosión hizo temblar toda la mansión.

Las ventanas vibraron.

Las alarmas comenzaron a sonar.

—¡Ataque!

gritó uno de los guardias.

Otra explosión.

Después otra.

Las luces parpadearon.

Keller apareció corriendo.

—¡Han volado el muro norte!

Disparos.

Muchos disparos.

Los hombres de seguridad respondieron inmediatamente.

El jardín se convirtió en un campo de batalla.

Lucien desenfundó su arma.

—Victoria, saca a Elena por el túnel de emergencia.

—No.

respondió Elena.

—Elena...

—No pienso esconderme.

Lucien iba a responder...

cuando una voz resonó por los altavoces de toda la finca.

Una voz tranquila.

Elegante.

Casi amable.

—Buenas noches, Lucien.

Toda la mansión quedó en silencio.

Incluso los disparos parecieron detenerse por un instante.

La voz continuó.

—Siempre te enseñé que un buen ajedrecista nunca mueve una pieza sin conocer la siguiente.

Lamento comprobar que olvidaste la lección.

Lucien apretó la mandíbula.

—Richard...

—No.

corrigió aquella voz.

—No me llames todavía padre.

Aún no te lo has ganado.

Elena sintió un escalofrío.

Había algo profundamente inquietante en aquel hombre.

No necesitaba gritar.

No necesitaba amenazar.

Cada palabra parecía cuidadosamente calculada.

—Te di cuarenta y ocho horas.

Y ya has empezado a perder.

Lucien avanzó unos pasos.

—¿Qué quieres?

Una breve pausa.

Después...

una suave risa.

—No quiero nada.

Solo deseo recuperar aquello que siempre me perteneció.

El comunicador de Keller sonó desesperadamente.

—¡Señor!

¡Tenemos una brecha en el ala oeste!

¡Hay hombres dentro de la mansión!

Lucien giró inmediatamente.

—¡Protejan a Elena!

Pero ya era demasiado tarde.

Las luces se apagaron.

Toda la casa quedó completamente a oscuras.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Cuando la electricidad volvió...

Elena ya no estaba.

Solo quedaba una pequeña cadena de plata sobre el suelo.

La misma que Lucien le había regalado semanas atrás.

Lucien la recogió lentamente.

Su respiración se volvió pesada.

Muy pesada.

Keller llegó corriendo.

—¡La estamos buscando!

Lucien cerró la mano alrededor de la cadena.

Sus ojos dejaron de mostrar cualquier emoción.

Solo quedaba una determinación helada.

Porque Richard acababa de cometer el único error que jamás debía haber cometido.

No había secuestrado a una simple mujer.

Había tomado aquello que Lucien estaba dispuesto a destruir el mundo entero por recuperar.