CAPITULO 23
El enemigo dentro de la casa
El chirrido del acero retumbó por toda la cámara subterránea.
La pesada puerta comenzó a abrirse apenas unos centímetros.
Keller clavó la barra metálica entre los engranajes y empujó con todas sus fuerzas.
—¡Ahora!
Lucien, Julián y dos hombres más ayudaron a mover la compuerta.
El metal terminó cediendo.
Un aire frío descendió desde el pasillo superior.
Durante unos segundos nadie habló.
Todos seguían procesando las palabras que habían escuchado.
Richard...
Vivo.
O al menos eso era lo que alguien quería hacerles creer.
Lucien guardó cuidadosamente las cintas de Clara dentro de su chaqueta.
Aquellas grabaciones acababan de convertirse en lo más valioso que poseía.
—Nos vamos.
Subieron las escaleras rápidamente.
Cada paso aumentaba la sensación de que algo iba mal.
Cuando atravesaron la puerta de la biblioteca...
la mansión estaba completamente a oscuras.
Ni una sola lámpara permanecía encendida.
Solo la luz de la luna entraba por los enormes ventanales.
Victoria frunció el ceño.
—El generador debería haberse activado.
Keller levantó el arma.
—No me gusta esto.
Lucien observó el silencio que envolvía toda la casa.
Demasiado silencio.
No había personal.
No había escoltas.
No había movimiento.
Como si la finca hubiera quedado abandonada.
—Dividíos.
Nadie va solo.
Cinco minutos.
Si alguien encuentra algo...
lo comunica inmediatamente.
Todos asintieron.
Elena permaneció junto a Lucien.
Él la miró de reojo.
—Podrías quedarte aquí.
Ella negó con la cabeza.
—Ya sabes la respuesta.
Lucien dejó escapar una leve sonrisa.
—Sí...
ya la sé.
...
El despacho estaba abierto.
La cerradura había sido forzada.
Lucien entró primero.
El cajón donde Julián había guardado los documentos de la bóveda permanecía abierto.
Vacío.
Julián llegó unos segundos después.
Su expresión cambió por completo.
—No...
No puede ser...
Registró desesperadamente cada cajón.
Cada estante.
Cada carpeta.
Nada.
—Se llevaron todo.
Victoria observó las marcas sobre el escritorio.
—Hace poco.
Muy poco.
Lucien permanecía inmóvil.
No parecía sorprendido.
Solo pensativo.
—Nos encerraron abajo.
Mientras estábamos allí...
alguien registró toda la casa.
Keller comprendió antes que nadie.
—Conocían el mecanismo de la bóveda.
Lucien asintió lentamente.
—Exacto.
Eso significa que quien hizo esto...
conoce Ashcroft Manor mejor que nosotros.
Un escalofrío recorrió la habitación.
...
El comunicador de Keller sonó.
—¡Señor!
Era uno de los guardias.
Su voz sonaba agitada.
—Venga inmediatamente.
Lucien no perdió un segundo.
Todos corrieron hacia el ala este de la mansión.
La puerta de la habitación donde mantenían encerrado a Adrian estaba abierta.
Dos escoltas permanecían inconscientes en el suelo.
No tenían heridas graves.
Solo un fuerte golpe en la cabeza.
Las esposas colgaban abiertas.
La cama...
vacía.
Adrian había desaparecido.
Elena sintió un nudo en el estómago.
Lucien recorrió lentamente la habitación.
No tardó en detenerse frente a la pared.
Había una frase escrita con sangre.
Tres palabras.
"YA VIENE."
El silencio fue absoluto.
Incluso Keller tragó saliva.
—¿Es sangre de Adrian?
preguntó Elena.
Victoria se acercó.
La observó unos segundos.
—No.
No es suficiente.
Probablemente utilizó la de uno de los guardias.
Lucien seguía mirando aquellas palabras.
No parecían una amenaza.
Parecían...
un aviso.
...
Un estruendo rompió el silencio.
El enorme ventanal del pasillo explotó en mil pedazos.
Todos reaccionaron al instante.
—¡Al suelo!
gritó Keller.
Un disparo atravesó el corredor.
La bala impactó contra una columna de mármol.
Lucien empujó a Elena detrás de una pared.
Otro disparo.
Más cerca.
—Francotirador.
murmuró Keller.
Lucien sacó su arma.
Esperó el momento justo para asomarse.
Entonces...
un tercer disparo resonó.
Esta vez iba directo hacia él.
—¡LUCIEN!
Antes de que pudiera reaccionar...
Elena lo sujetó del brazo y lo hizo caer al suelo.
La bala pasó exactamente por el lugar donde un segundo antes estaba su cabeza.
El cristal explotó detrás de ellos.
Lucien respiró con dificultad.
Miró a Elena.
Ella seguía sujetándolo.
Temblaba.
Pero no lo soltaba.
—¿Estás bien?
preguntó él.
Ella lo observó con una mezcla de miedo y rabia.
—¿Tú estás bien?
Lucien tardó unos segundos en responder.
Nunca nadie...
había arriesgado su vida por él.
No recordaba la última vez que alguien lo protegió.
Probablemente...
nunca había ocurrido.
Sin decir una palabra...
apoyó brevemente una mano sobre la de Elena.
Fue un gesto pequeño.
Pero para él significaba mucho más de lo que cualquiera podría imaginar.
...
Keller consiguió localizar la posición del tirador.
Cuando los hombres llegaron...
ya no había nadie.
Solo encontraron un rifle abandonado.
Y una tarjeta negra.
Sin huellas.
Sin nombre.
Únicamente un símbolo grabado en plata.
Un cuervo con las alas abiertas.
Lucien sintió un escalofrío.
Hacía muchos años que no veía aquel emblema.
Demasiados.
...
La electricidad volvió de golpe.
Las lámparas comenzaron a encenderse una tras otra.
Todos levantaron la vista.
Al mismo tiempo...
las pantallas del sistema de vigilancia cobraron vida.
Durante apenas dos segundos apareció una imagen.
Un hombre.
De espaldas.
Vestía un impecable traje negro.
Cabello gris.
Un bastón de madera oscura descansaba entre sus manos.
No se veía su rostro.
Solo su voz.
Profunda.
Serena.
Inconfundible.
—Qué rápido aprendieron a confiar el uno en el otro...
La imagen desapareció.
Las pantallas volvieron a negro.
Nadie dijo una palabra.
Lucien permanecía inmóvil.
Su respiración era tan lenta que parecía contener el tiempo.
Elena lo observó.
Nunca lo había visto tan pálido.
—Lucien...
susurró.
Él no apartó la vista de la pantalla.
Solo respondió con una voz apenas audible.
—Esa...
es la voz de mi padre.
Un silencio pesado cayó sobre toda la mansión.
Porque si Richard Ashcroft realmente seguía vivo...
entonces el hombre al que Lucien había enterrado años atrás...
jamás había muerto.