CAPITULO 22
El hombre que nunca murió
La oscuridad se apoderó de la cámara.
Solo el sonido del pesado mecanismo cerrándose rompía el silencio.
Después...
nada.
Elena sintió la mano de Lucien sujetando la suya con tanta fuerza que casi le dolía.
Pero no intentó soltarse.
Por primera vez comprendía que aquel agarre no nacía del deseo de controlarla.
Nacía del miedo.
Un miedo que jamás había visto en él.
—Keller.
La voz de Lucien volvió a sonar firme.
—Informe.
Una linterna volvió a encenderse.
Keller examinó la puerta metálica.
Golpeó varias veces con el mango del arma.
No cedió ni un milímetro.
—Está bloqueada desde fuera.
Julián caminó hasta el panel del mecanismo.
—No hay alimentación eléctrica.
Alguien cortó el sistema.
Victoria respiró hondo.
—Entonces la grabación...
—Fue preparada.
respondió Lucien.
Sus ojos seguían clavados en la pantalla apagada.
Como si esperara volver a ver el rostro de su padre.
Elena lo observó.
Nunca lo había visto así.
No parecía enfadado.
Parecía...
herido.
—Lucien...
Él no respondió.
—Mírame.
Esta vez sí levantó la vista.
Había algo extraño en sus ojos.
Por primera vez desde que lo conocía...
parecía perdido.
—Yo vi su cuerpo.
murmuró.
—¿Qué?
—Estuve en su funeral.
Lo enterré.
Vi cómo cerraban el ataúd.
No puede estar vivo.
Elena dio un paso hacia él.
—Entonces alguien quiere que lo creas.
Lucien negó lentamente.
—No.
Si esa grabación es reciente...
solo existen dos posibilidades.
—¿Cuáles?
—Que mi padre nunca muriera...
o que alguien lleve años utilizando su identidad.
El silencio volvió a caer.
Ninguna de las dos respuestas era tranquilizadora.
...
Julián seguía revisando la caja encontrada sobre la mesa.
Entre los documentos apareció un segundo compartimento oculto.
—Aquí hay algo.
Sacó un pequeño casete.
Mucho más antiguo que el primero.
Y una nota escrita a mano.
"Solo cuando Richard regrese."
Todos intercambiaron miradas.
Lucien tomó la cinta.
Su respiración se volvió más lenta.
—Parece que mi madre esperaba este momento.
Julián conectó un viejo reproductor.
La pantalla volvió a iluminarse.
Esta vez apareció una mujer.
Cabello oscuro.
Rostro sereno.
Ojos muy parecidos a los de Lucien.
Elena comprendió inmediatamente quién era.
La madre de Lucien.
Ella sonreía con tristeza.
—Si estás viendo esto...
significa que he fracasado.
Y también significa que Richard ha regresado.
Lucien dejó escapar el aire lentamente.
No apartó la vista ni un solo segundo.
—Lucien...
si sigues vivo...
necesito que me escuches.
No eres el hombre que tu padre quiso construir.
Nunca lo fuiste.
Y nunca permitas que te convenzan de lo contrario.
Los ojos de Lucien comenzaron a humedecerse.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Era la primera vez que él volvía a escuchar la voz de su madre después de tantos años.
La mujer continuó.
—Si Elena está contigo...
protégela.
Porque el verdadero objetivo de Richard nunca fue Valmere.
Siempre fue ella.
La imagen comenzó a llenarse de interferencias.
Antes de desaparecer por completo...
la mujer dijo una última frase.
Una frase que dejó a todos helados.
—Y recuerda...
tu padre nunca trabajó para Gabriel.
Gabriel siempre trabajó para tu padre.
La grabación terminó.
El silencio se volvió insoportable.
Lucien permanecía inmóvil.
Toda su vida acababa de derrumbarse en menos de un minuto.
El hombre al que había odiado.
El hombre al que creía muerto.
El hombre que pensaba haber sido una pieza más dentro de Valmere...
era, en realidad...
quien había estado moviendo todas las piezas desde el principio.
...
Un fuerte golpe resonó detrás de la puerta.
Después otro.
Y otro más.
Todos levantaron las armas.
No sabían si alguien intentaba entrar...
o si alguien quería impedir que salieran.
Lucien dio un paso al frente.
Su expresión había cambiado.
La duda había desaparecido.
En su lugar solo quedaba una determinación fría.
Miró a Elena.
Esta vez no intentó convencerla de quedarse atrás.
Solo extendió la mano.
Ella la tomó sin pensarlo.
Lucien entrelazó sus dedos.
—Pase lo que pase...
no voy a soltarte.
Elena sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Y por primera vez...
Lucien creyó esas dos palabras más que cualquier promesa que hubiera escuchado en toda su vida.
Entonces...
la puerta comenzó a abrirse desde el otro lado.