Hasta que seas mía CAPITULO 21 #2
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CAPITULO 21 #2

—Eso sigue sonando a control.

—Lo es.

La respuesta llegó sin vacilar.

Lucien sostuvo su mirada.

—No voy a insultarte fingiendo que no quiero control sobre la situación.

Quiero saber dónde estás.

Quiero saber que estás viva.

Quiero tener la capacidad de llegar hasta ti si algo ocurre.

—¿Aunque yo no esté de acuerdo?

—Por eso te estoy preguntando ahora.

Extendió la pulsera sobre su palma.

—La decisión es tuya.

Elena miró el pequeño objeto.

Después miró a Lucien.

—¿Y respetarás mi respuesta?

—Aunque no me guste.

—Eso debe costarte mucho.

—Más de lo que imaginas.

Ella tomó la pulsera.

No se la colocó inmediatamente.

—Quiero una condición.

Lucien arqueó una ceja.

—Te escucho.

—No usarás esto para vigilar cada lugar al que vaya.

Solo si existe una emergencia.

—Definamos emergencia.

—No aparecer porque llevo veinte minutos fuera de una habitación.

—Treinta.

—Una hora.

—Cuarenta minutos.

Elena sonrió sin querer.

—Cincuenta.

—Hecho.

Lucien extendió la mano.

Ella colocó la suya sobre la de él.

—Hecho.

Él no soltó sus dedos.

—También quiero otra condición.

Elena frunció el ceño.

—El trato ya estaba cerrado.

—Los buenos contratos siempre tienen cláusulas adicionales.

—Eso suena a trampa.

—Probablemente.

Ella intentó retirar la mano.

Lucien la sostuvo con un poco más de firmeza.

—Cuando salgas de la propiedad, me informarás.

—¿Informarte o pedirte permiso?

—Informarme.

—¿Y si dices que no puedo ir?

—Discutiremos.

—¿Discutiremos?

—Hasta que comprendas que tengo razón.

Elena soltó una risa incrédula.

—Eso no es discutir.

—Para mí sí.

—Eres un tirano.

—Un tirano que está intentando negociar.

—Mal.

—Pero lo intento.

Ella negó con la cabeza.

—Está bien.

Te informaré.

Pero no pediré permiso.

Lucien inclinó el rostro hacia ella.

—Veremos.

—No.

No veremos.

—Elena.

La forma en que pronunció su nombre hizo que el tono juguetón desapareciera.

No fue una amenaza.

Fue algo más íntimo.

Más profundo.

Lucien levantó la pulsera.

—Dame la mano.

Ella extendió la muñeca.

Él colocó el metal alrededor de su piel.

Sus dedos trabajaron lentamente sobre el cierre.

Cuando terminó, no apartó la mano.

El pulgar de Lucien recorrió la parte interior de su muñeca.

Justo sobre el pulso.

Elena contuvo la respiración.

—Estás nerviosa.

murmuró él.

—No.

—Tu pulso dice otra cosa.

—Quizás es porque estás demasiado cerca.

Lucien levantó los ojos.

—Puedo alejarme.

Elena sabía que debía decir que sí.

En cambio, permaneció en silencio.

Él dio un pequeño paso hacia ella.

Sus cuerpos casi se rozaron.

—Eso pensé.

susurró.

Elena intentó mantener la voz firme.

—No uses siempre mi silencio como una respuesta.

—Entonces responde.

—¿A qué?

—¿Quieres que me aleje?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Lucien no se movió.

No intentó tocarla más.

Esperó.

Elena miró la mano que aún rodeaba su muñeca.

Después levantó los ojos.

—No.

Fue apenas un susurro.

Pero él lo escuchó.

La expresión de Lucien cambió.

No sonrió.

No hizo ningún gesto triunfante.

Solo la miró con una intensidad que hizo que Elena sintiera que acababa de cruzar una línea invisible.

Su mano ascendió lentamente por el brazo de ella.

Hasta su hombro.

Después rozó el costado de su cuello.

—Ten cuidado con lo que me permites.

dijo en voz baja.

—¿Por qué?

—Porque recuerdo cada concesión.

Elena sintió el calor de sus dedos.

—No fue una concesión.

—¿Qué fue entonces?

Ella no encontró una respuesta.

Lucien inclinó ligeramente la cabeza.

Sus labios quedaron cerca de la sien de Elena.

—Eso pensé.

La soltó antes de que ella pudiera recuperar el equilibrio.

Se alejó hacia la puerta.

Elena lo observó, confundida.

—¿Te vas?

Él se detuvo.

—Necesitas descansar.

—No pareces preocupado por eso hace un segundo.

Lucien giró hacia ella.

—Precisamente por eso me voy.

Elena sintió una mezcla de frustración y deseo.

Él lo vio.

La sonrisa que apareció en su rostro fue lenta.

Oscura.

—¿Qué?

preguntó ella.

—Nada.

—Mientes muy mal.

—Estoy aprendiendo algo sobre ti.

—¿Qué cosa?

Lucien apoyó una mano sobre el marco de la puerta.

—Que te molesta mucho más cuando me retiro...

que cuando me acerco.

Elena cruzó los brazos.

—Eso no es cierto.

—Entonces no tendrás problema en verme marchar.

Abrió la puerta.

Ella permaneció inmóvil.

No iba a detenerlo.

No le daría esa satisfacción.

Lucien salió.

La puerta comenzó a cerrarse.

—Lucien.

Él la detuvo antes de que se cerrara por completo.

Asomó el rostro.

—¿Sí?

Elena dudó.

No sabía por qué lo había llamado.

Quizás solo quería comprobar que regresaría.

Quizás quería prolongar aquel momento.

—¿Dónde está tu habitación?

La mirada de Lucien se volvió más intensa.

Señaló la pared situada detrás de la cama.

—Al otro lado.

Elena miró hacia ella.

—¿Tan cerca?

—Te lo advirtieron abajo.

—No pensé que fuera literalmente al lado.

—Hay una puerta que conecta ambas habitaciones.

Elena giró bruscamente.

Había una puerta estrecha junto a la chimenea.

Casi se confundía con la pared.

—¿Está cerrada?

—Por tu lado.

Lucien sacó una llave del bolsillo.

La colocó sobre la mesa cercana a la entrada.

—También por el mío.

Elena lo miró.

—Entonces, ¿por qué me das la llave?

—Porque quiero que sepas que tú decides si esa puerta permanece cerrada.

Sus ojos se encontraron.

El significado era evidente.

No se trataba solo de una puerta.

Lucien inclinó levemente la cabeza.

—Descansa.

Esta vez salió sin detenerse.

Elena cerró la puerta principal.

Después se giró hacia la pequeña llave sobre la mesa.

Permaneció observándola durante varios segundos.

Finalmente caminó hasta la puerta que comunicaba ambas habitaciones.

Colocó una mano sobre el picaporte.

No lo giró.

Al otro lado no se escuchaba nada.

Se preguntó si Lucien estaría allí.

Si también observaba la misma puerta.

Si pensaba en ella.

Elena apartó la mano.

No estaba preparada.

Todavía no.

...

La cena se sirvió al anochecer.

La larga mesa del comedor podía albergar a más de veinte personas.

Sin embargo, solo estaban Lucien, Elena, Victoria, Keller y Julián.

Adrian permanecía bajo vigilancia.

Dos guardias custodiaban las entradas.

Lucien se sentó en la cabecera.

Elena ocupó el lugar a su derecha.

Nadie se lo indicó.

Simplemente encontró la silla separada para ella.

Victoria levantó una ceja al verlo.

Elena fingió no notarlo.

Durante la cena discutieron las siguientes acciones.

Keller había enviado hombres para revisar la casa de infancia de Elena.

No encontraron nuevos rastros.

Los hombres de Gabriel habían desaparecido.

Julián extendió varios documentos sobre la mesa.

—Encontré algo sobre la llave que Clara dejó.

Elena dejó los cubiertos.

—¿Qué?

Julián mostró una copia ampliada del símbolo grabado en el metal.

—No abre una cerradura convencional.

Es parte de un mecanismo construido para las bóvedas originales de Valmere.

Lucien observó el dibujo.

—¿Dónde está la bóveda?

—Aquí.

El silencio cayó sobre la mesa.

Elena miró alrededor.

—¿En esta casa?

Julián asintió.

—Según los planos antiguos, hay una cámara debajo de la finca.

Fue sellada hace veintisiete años.

—El año en que nací.

dijo Elena.

—Exactamente.

Lucien tomó los documentos.

Su expresión se endureció.

—Nunca vi estos planos.

—Porque alguien eliminó esa sección de los archivos Ashcroft.

Victoria se inclinó hacia delante.

—¿Quién tenía acceso?

Julián miró a Lucien.

—Richard.

Y otra persona.

—¿Quién?

Julián tardó en responder.

—Tu madre.

Lucien quedó inmóvil.

Elena observó cómo sus dedos apretaban el papel.

—¿Estás seguro?

preguntó él.

—Su firma aparece en la autorización para sellar la cámara.

La fecha es de tres días antes de su muerte.

Lucien volvió a mirar el documento.

Elena sintió el impulso de tocar su mano.

No lo hizo.

Había demasiadas personas observando.

Pero Lucien pareció sentir su intención.

Giró levemente hacia ella.

Sus ojos se encontraron.

Elena no necesitó decir nada.

Estoy aquí.

La tensión en la mandíbula de él disminuyó.

Keller rompió el silencio.

—Podemos inspeccionar el sótano mañana.

—No.

dijo Lucien.

—¿Señor?

—Lo haremos esta noche.

Elena sostuvo su mirada.

—Voy contigo.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Ella dejó los cubiertos.

—Acabas de prometerme que no volverías a ocultarme información.

—No estoy ocultándote nada.

Estoy evitando que entres en una cámara que podría estar llena de trampas.

—La llave la dejó mi madre.

El mensaje era para mí.

Lucien se inclinó ligeramente hacia ella.

—Precisamente por eso podría ser peligroso.

—No puedes dejarme afuera de esto.

—Puedo si creo que tu vida corre peligro.

—Entonces todo lo que dijiste antes era mentira.

Los demás guardaron silencio.

Lucien sostuvo su mirada.

—No te mentí.

—Dijiste que la decisión era mía.

—Sobre la pulsera.

No sobre caminar hacia una posible trampa.

Elena se puso de pie.

—No voy a quedarme encerrada en una habitación mientras todos deciden mi vida.

Lucien también se levantó.

—Siéntate.

El tono de su voz hizo que Keller apartara la mirada.

Victoria contuvo la respiración.

Elena permaneció de pie.

—No.

Algo oscuro apareció en los ojos de Lucien.

—Elena.

—No soy una de tus empleadas.

No puedes darme órdenes cada vez que algo no te gusta.

Él rodeó lentamente la mesa.

Se detuvo frente a ella.

—No te doy órdenes porque algo no me guste.

Te las doy cuando existe la posibilidad de que mueras.

—Eso sigue sin darte derecho a controlarlo todo.

Lucien bajó la voz.

—Cuando se trata de mantenerte viva, tomaré todos los derechos que sean necesarios.

—Aunque yo no quiera.

—Aunque me odies por hacerlo.

Elena sintió rabia.

Pero detrás de la rabia también reconoció el miedo en él.

Un miedo profundo.

Brutal.

Lucien no temía perder la discusión.

Temía perderla a ella.

—No puedes protegerme de todo.

dijo Elena, más despacio.

—Puedo intentarlo.

—Y vas a destruirte haciéndolo.

—Ese es mi problema.

—No.

Ya no es solo tuyo.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Lucien se quedó inmóvil.

Todos en la mesa parecieron desaparecer.

Solo quedaron ellos.

Elena respiró hondo.

—Si vas a arriesgarte para abrir esa cámara...

yo necesito estar allí.

No voy a esperar sin saber si volverás.

La expresión de Lucien cambió.

La dureza seguía presente.