Hasta que seas mía CAPITULO 21
77%

CAPITULO 21

La habitación de al lado

La finca Ashcroft apareció entre la niebla poco antes del mediodía.

Se alzaba sobre una colina rodeada por un bosque tan extenso que parecía no tener final.

La casa era enorme.

Muros de piedra oscura.

Ventanales altos.

Torres estrechas.

Y un portón de hierro que se abrió lentamente cuando los vehículos se aproximaron.

Elena observó la propiedad a través de la ventana.

Había algo imponente en aquel lugar.

No era solo su tamaño.

Era la sensación de que cada pared guardaba secretos que nadie se atrevía a pronunciar.

Lucien permanecía sentado junto a ella.

Desde la conversación en la estación apenas habían hablado.

Sin embargo, el silencio ya no era el mismo.

Elena todavía podía sentir el peso de su mano sobre la cintura.

El calor de su respiración cerca de sus labios.

Y aquella promesa.

El día que seas tú quien me lo pida...

ya no voy a detenerme.

Intentó apartar el recuerdo.

No lo consiguió.

Lucien giró ligeramente el rostro.

—Estás demasiado callada.

Elena mantuvo la mirada en la casa.

—Estoy observando.

—Llevas varios minutos viendo la misma ventana.

Ella lo miró de reojo.

—¿También controlas cuánto tiempo observo cada cosa?

—Solo cuando estás fingiendo hacerlo para evitar mirarme.

Elena sintió que las mejillas se le calentaban.

—No estoy evitándote.

—Entonces mírame.

La orden fue pronunciada con calma.

Sin elevar la voz.

Aun así, algo dentro de ella respondió antes de que pudiera impedirlo.

Giró hacia él.

Lucien ya la estaba observando.

La satisfacción que apareció en sus ojos fue pequeña.

Pero evidente.

—¿Contento?

preguntó ella.

—Mucho.

—Eres imposible.

—Y tú obedeces mejor de lo que quieres admitir.

Elena abrió la boca, ofendida.

Lucien sonrió.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando sabes que tengo razón.

—No tienes razón.

—Acabas de mirarme porque te lo pedí.

—No fue una orden.

—Claro que lo fue.

Ella cruzó los brazos.

—Entonces no volverá a ocurrir.

Lucien se inclinó apenas hacia ella.

No lo suficiente para tocarla.

Solo para reducir el espacio entre ambos.

—Eso también lo veremos.

El vehículo se detuvo antes de que Elena encontrara una respuesta.

Keller bajó primero.

Dos hombres armados se acercaron inmediatamente para abrir las puertas.

Lucien descendió y examinó los alrededores.

Después se giró hacia Elena.

Le ofreció la mano.

Ella observó sus dedos durante un instante.

Podía bajar sola.

No necesitaba ayuda.

Pero después de lo ocurrido en la estación, rechazarlo se sentiría como una retirada.

Colocó la mano sobre la suya.

Lucien cerró los dedos alrededor de ella.

Firme.

Seguro.

Elena bajó del vehículo.

Él no la soltó inmediatamente.

Su pulgar rozó una vez los nudillos de ella.

Un gesto tan discreto que nadie más pareció notarlo.

Nadie excepto Victoria.

La joven bajó del otro vehículo y ocultó una sonrisa.

Elena retiró la mano.

Lucien la dejó hacerlo.

Pero la mirada que le dirigió parecía decir que recordaba perfectamente cómo ella lo había abrazado horas antes.

Adrian fue sacado del último automóvil.

Llevaba las muñecas esposadas y el rostro más pálido que de costumbre.

Dos guardias lo colocaron junto a Julián.

Lucien cambió de expresión al verlo.

La calidez desapareció.

—Llévenlo a la habitación de seguridad.

Adrian observó la casa.

—No has cambiado nada.

Lucien endureció la mandíbula.

—Tú no estás aquí para hacer turismo.

—Richard me trajo muchas veces cuando eras niño.

Lucien dio un paso hacia él.

—Mi padre está muerto.

—¿Estás seguro?

El silencio cayó sobre todos.

Lucien lo miró fijamente.

Adrian sonrió con cansancio.

—Eso pensé.

Keller hizo una señal.

Los guardias comenzaron a llevárselo.

Antes de entrar, Adrian volvió el rostro hacia Elena.

—No abras ninguna puerta que Lucien te diga que permanezca cerrada.

Lucien lo sujetó del brazo.

—No vuelvas a darle instrucciones.

Adrian sostuvo su mirada.

—¿Temes lo que pueda encontrar?

—Temo perder la paciencia contigo.

—Eso ocurre con demasiada facilidad cuando ella está presente.

Lucien apretó los dedos.

Elena se acercó.

—Lucien.

Él no respondió.

—Déjalo.

La tensión en su mano disminuyó.

Lucien soltó a Adrian.

Los guardias se lo llevaron.

Elena observó cómo desaparecía dentro de la casa.

—Sabe cómo provocarte.

—Lo intenta.

—Y lo consigue.

Lucien la miró.

—Solo cuando te utiliza para hacerlo.

—No necesito que pelees cada vez que alguien me dirija la palabra.

—No estaba peleando.

—Lo sujetaste como si quisieras arrancarle el brazo.

—Todavía lo tiene.

Elena negó con la cabeza.

—Eso no mejora tu argumento.

Lucien se acercó.

—No necesito mejorarlo.

Adrian quiere sembrar dudas entre nosotros.

—¿Entre nosotros?

Él sostuvo su mirada.

—Sí.

Entre nosotros.

Elena sintió que aquellas palabras pesaban más de lo que deberían.

Lucien continuó:

—Quiere que desconfíes de mí.

—¿Hay algo que deba saber?

—Hay muchas cosas que debes saber.

—Entonces cuéntamelas.

Él permaneció en silencio.

Elena sintió una punzada de decepción.

—Eso imaginé.

Intentó entrar a la casa.

Lucien sujetó suavemente su muñeca.

No con fuerza.

Solo lo necesario para detenerla.

—No he dicho que vaya a ocultártelas.

Elena se giró.

—Pero tampoco has dicho que vayas a contármelas.

Lucien bajó la vista hacia la mano que sujetaba.

La liberó lentamente.

—Te contaré todo lo que conozco sobre esta casa.

—¿Todo?

—Todo lo que pueda demostrar.

Ella levantó una ceja.

—Esa condición suena conveniente.

—Suena responsable.

—¿Y lo que no puedes demostrar?

—Te diré que es una sospecha.

Elena lo estudió durante varios segundos.

—Está bien.

Lucien inclinó la cabeza.

—¿Eso significa que confías en mí?

—Significa que estoy dispuesta a escucharte.

—Por ahora me basta.

...

El interior de la finca era aún más imponente.

El vestíbulo tenía un techo elevado y una escalera doble que ascendía hacia el segundo piso.

Retratos antiguos cubrían las paredes.

Hombres y mujeres de expresión severa parecían vigilar a quienes atravesaban la entrada.

En el centro se alzaba una enorme lámpara de cristal.

La luz natural apenas atravesaba los vitrales oscuros.

Una mujer mayor se acercó a Lucien.

Vestía de negro y llevaba el cabello gris recogido cuidadosamente.

—Señor Ashcroft.

Lucien inclinó ligeramente la cabeza.

—Señora Whitmore.

La mujer lo abrazó antes de que él pudiera impedirlo.

Lucien permaneció rígido durante un segundo.

Después colocó una mano sobre su espalda.

Elena sonrió al ver la escena.

La señora Whitmore se apartó y lo examinó de arriba abajo.

—Está herido otra vez.

—No es grave.

—Siempre dice lo mismo.

Después miró a Elena.

Sus ojos claros la estudiaron con atención.

—Así que usted es Elena.

Elena se sorprendió.

—¿Me conoce?

La mujer miró a Lucien.

—Su nombre lleva años recorriendo esta casa.

Lucien carraspeó.

—Señora Whitmore.

—¿Qué?

No he dicho nada que no sea cierto.

Elena giró hacia él.

—¿Años?

Lucien evitó responder.

La mujer sonrió.

—Preparé la habitación del ala este.

—No.

dijo Lucien.

La señora Whitmore frunció el ceño.

—¿No?

—Elena se quedará en el ala oeste.

Cerca de mi habitación.

Elena levantó la vista.

—Puedo dormir en cualquier lugar.

Lucien no la miró.

—No.

La zona este tiene demasiados accesos.

—Hay guardias por toda la propiedad.

—No son suficientes.

La señora Whitmore observó a ambos con una expresión divertida.

—Entonces utilizará la habitación azul.

Lucien asintió.

—Perfecto.

—¿Dónde queda?

preguntó Elena.

La mujer sonrió todavía más.

—Junto a la habitación del señor Ashcroft.

Elena miró a Lucien.

Él mantuvo una expresión completamente seria.

Demasiado seria.

—Qué conveniente.

murmuró ella.

—Es seguridad.

respondió él.

—Por supuesto.

—No pongas ese tono.

—¿Cuál?

—El que utilizas cuando no me crees.

—Quizás porque no te creo.

Lucien se acercó lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.

—Si quisiera tenerte más cerca...

no te colocaría en la habitación de al lado.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Dónde me colocarías?

La mirada de Lucien bajó lentamente hasta sus labios.

Después regresó a sus ojos.

—No hagas preguntas cuya respuesta todavía no estás preparada para escuchar.

La señora Whitmore carraspeó.

Lucien se apartó.

Elena intentó fingir que su corazón no se había acelerado.

No funcionó.

...

La habitación azul era amplia y luminosa.

Las paredes estaban cubiertas por papel tapiz de color gris azulado.

Una chimenea ocupaba un extremo.

Frente a ella había dos sillones y una pequeña mesa.

La cama era enorme.

Demasiado grande para una sola persona.

Elena dejó su bolso sobre una silla.

Al acercarse al balcón, vio el bosque extendiéndose bajo la colina.

Desde allí, la finca parecía completamente aislada.

La puerta se abrió detrás de ella.

Lucien entró sin hacer ruido.

—¿Siempre entras sin tocar?

preguntó Elena.

—Toqué dos veces.

—No te escuché.

—Estabas distraída.

Ella se giró.

Él llevaba una caja pequeña entre las manos.

—¿Qué es eso?

Lucien la colocó sobre la cama.

—Ábrela.

Elena se acercó con cautela.

—¿Debería preocuparme?

—Siempre.

—Eso no ayuda.

Levantó la tapa.

Dentro había un teléfono nuevo.

Una tarjeta magnética.

Y una pulsera fina de metal oscuro.

Elena tomó el teléfono.

—¿Otro dispositivo para rastrearme?

—Sí.

Ella lo miró sorprendida por la sinceridad.

Lucien continuó:

—El teléfono tiene una línea segura.

La tarjeta abre las habitaciones principales y las salidas de emergencia.

La pulsera activa una alarma silenciosa si presionas el cierre durante tres segundos.

—¿También tiene rastreador?

—Sí.

—Al menos ya no intentas ocultarlo.

—Ocultártelo fue un error.

Elena dejó el teléfono en la caja.

—Fue una invasión.

—También.

La respuesta la desconcertó.

Lucien parecía estar haciendo un esfuerzo auténtico por no justificarse.

—¿Y si no quiero usarla?

preguntó ella, levantando la pulsera.

—No te obligaré.

—Pero quieres que lo haga.

—Sí.

—¿Por qué?

Lucien se acercó.

Tomó la pulsera de sus dedos.

—Porque Gabriel consiguió llegar hasta nosotros en una cabaña que nadie debía conocer.

Porque hay hombres dentro de Valmere que llevan años esperando encontrarte.

Y porque no pienso perderte por algo que pude haber evitado.

Elena observó su rostro.