Hasta que seas mía CAPITULO 20 #2
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CAPITULO 20 #2

preguntó él.

—Nada.

—Otra mentira.

—Es extraño verte así.

—¿Así cómo?

—Humano.

Lucien arqueó una ceja.

—Tendré que asegurarme de que nadie más lo descubra.

—Tu reputación estaría en peligro.

—Exactamente.

Elena volvió a mirar las cicatrices.

Esta vez apoyó toda la mano sobre su antebrazo.

El pulso de Lucien golpeaba bajo su palma.

Fuerte.

Más rápido de lo que esperaba.

Él no estaba tan tranquilo como parecía.

Elena deslizó el pulgar sobre una de las marcas.

—¿Te duelen?

—No.

—Mientes.

—Ya no duelen físicamente.

Ella comprendió lo que no había dicho.

Las heridas habían cerrado.

El recuerdo no.

—Lo siento.

susurró.

Lucien negó despacio.

—No quiero que sientas lástima por mí.

—No es lástima.

—Entonces, ¿qué es?

Elena lo miró.

No encontró una palabra suficiente.

Era compasión.

Rabia.

Ternura.

Y algo más.

Algo que cada día resultaba más difícil ignorar.

—No lo sé.

respondió con sinceridad.

Lucien observó su mano sobre él.

—Eso empieza a convertirse en tu respuesta favorita.

—Porque últimamente todo es demasiado confuso.

—Yo no estoy confundido.

Elena levantó la vista.

—Nunca lo estás.

—No cuando se trata de ti.

El tono de su voz cambió.

Más bajo.

Más profundo.

Elena sintió que el aire entre ambos se volvía más denso.

Lucien giró ligeramente el brazo hasta atrapar la mano de ella entre sus dedos.

No apretó.

Solo la sostuvo.

—Sé exactamente lo que quiero.

Ella tragó saliva.

—Eso ya lo has dejado bastante claro.

—No.

Apenas he comenzado.

Elena intentó retirar la mano.

Lucien la dejó hacerlo.

Sin oponer resistencia.

Aquella libertad la desconcertó más que cualquier intento de detenerla.

Él volvió a cubrir las cicatrices con la manga.

—Será mejor que regresemos.

Elena no se movió.

—¿Por qué haces eso?

Lucien la miró.

—¿Qué cosa?

—Te acercas.

Dices algo que me deja sin saber qué responder.

Y después te alejas como si no hubiera pasado nada.

—Pensé que querías espacio.

—No dije eso.

—Tampoco dijiste lo contrario.

Elena apretó los labios.

Odiaba que siempre encontrara la forma de devolverle sus propias palabras.

Lucien se puso de pie.

Ella hizo lo mismo.

Quedaron frente a frente.

Más cerca de lo necesario.

—¿Qué quieres que haga, Elena?

preguntó él.

La pregunta no sonó inocente.

Sus ojos descendieron un instante hacia sus labios.

Después volvieron a los de ella.

Elena sintió que el corazón se aceleraba.

—No lo sé.

Lucien levantó una mano.

Rozó su mejilla con el dorso de los dedos.

—Entonces no haré nada.

—¿Por qué?

—Porque cuando te toque como realmente quiero hacerlo...

no quiero dudas en tus ojos.

Elena dejó de respirar durante un segundo.

Lucien apartó la mano.

Pero ella no quería que lo hiciera.

Aquella certeza apareció con una claridad aterradora.

No quería perder el calor de sus dedos.

No quería que volviera a levantar una barrera entre ellos.

Antes de pensarlo demasiado, se acercó y apoyó la frente contra su pecho.

Lucien se quedó inmóvil.

Elena escuchó el fuerte latido de su corazón bajo la camisa.

No dijo nada.

Tampoco él.

Lentamente, ella rodeó su cintura con los brazos.

Lo abrazó.

Fue un gesto sencillo.

Casi tímido.

Pero para Lucien significó más que cualquier declaración.

Sus manos permanecieron suspendidas a ambos lados de su cuerpo.

Como si temiera que tocarla pudiera romper aquel momento.

Elena cerró los ojos.

El calor de él la envolvía.

Su aroma.

La firmeza de su cuerpo.

La seguridad que transmitía incluso cuando era ella quien intentaba sostenerlo.

—No tienes que hacerlo todo solo.

murmuró.

Lucien bajó la mirada hacia ella.

—Es la única manera que conozco.

—Puedes aprender otra.

—¿Vas a enseñarme?

Elena sonrió contra su pecho.

—Tal vez.

Lucien dejó escapar una respiración lenta.

Después apoyó una mano sobre su espalda.

La otra rodeó su cintura.

No con desesperación.

Con firmeza.

Como si llevara años esperando descubrir cómo se sentía tenerla así.

Elena sintió que su abrazo se cerraba alrededor de ella.

Seguro.

Protector.

Posesivo.

Y, por primera vez, no quiso escapar.

Permanecieron así durante varios segundos.

Hasta que Elena comenzó a separarse.

La mano de Lucien se cerró ligeramente sobre su cintura.

No la retuvo por la fuerza.

Solo evitó que la distancia creciera demasiado rápido.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué pasa?

Lucien la observó en silencio.

Sus ojos parecían más oscuros.

Más intensos.

—Nada.

—Mientes muy mal.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Solo estoy intentando entender algo.

—¿Qué cosa?

Lucien deslizó un dedo por su mejilla.

Después bajó hasta el borde de su mandíbula.

—Cómo una mujer puede abrazarme así...

y al mismo tiempo volverme completamente incapaz de pensar.

Elena sintió calor en todo el cuerpo.

Intentó apartarse un poco.

La mano sobre su cintura no desapareció.

Lucien inclinó la cabeza.

No había amenaza en su gesto.

Había control.

Una seguridad peligrosa que la obligaba a recordar quién era el hombre que tenía delante.

—Lucien...

—Tranquila.

No voy a tomar algo que no quieras darme.

Sus dedos recorrieron lentamente el costado de Elena antes de detenerse sobre su cintura.

La mirada de él descendió hasta su boca.

—Pero no confundas mi paciencia con falta de deseo.

Elena tragó saliva.

—Nunca lo haría.

—Bien.

Porque estoy utilizando cada parte de mi autocontrol para no besarte ahora mismo.

El corazón de Elena golpeó con fuerza.

Lucien acercó el rostro hasta que sus frentes se rozaron.

Su respiración calentó los labios de ella.

No avanzó más.

No necesitaba hacerlo.

La cercanía bastaba para volver imposible cualquier pensamiento coherente.

—Dime que me aleje.

susurró.

Elena abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Lucien esperó.

Ella sabía que podía pedírselo.

Él obedecería.

Pero no quería hacerlo.

Aquella verdad la dejó inmóvil.

—Eso pensé.

murmuró él.

Elena levantó la mirada.

—Eres demasiado seguro de ti mismo.

—No.

Solo sé reconocer cuándo alguien desea algo que todavía no se atreve a pedir.

—No sabes lo que deseo.

Lucien sonrió.

Lento.

Provocador.

—Entonces demuéstrame que estoy equivocado.

Elena sostuvo su mirada.

Durante un instante imaginó acortar la distancia.

Tocar sus labios.

Descubrir cómo se sentiría perderse en él.

El impulso fue tan fuerte que tuvo que apretar los dedos contra su camisa.

Lucien bajó la vista hacia sus manos.

Después volvió a mirarla.

—Cada vez te cuesta más huir.

—No estoy huyendo.

—No.

Esta vez no.

La satisfacción en su voz la hizo reaccionar.

Elena se apartó finalmente.

Lucien la dejó ir.

Sin perseguirla.

Sin intentar detenerla.

Ella respiró hondo, intentando recuperar el control.

Él acomodó lentamente el puño de su camisa.

Como si aquel momento no hubiera estado a punto de destruir también su propia calma.

—Deberíamos volver.

dijo Elena.

—Sí.

Lucien dio un paso hacia la estación.

Ella comenzó a seguirlo.

Después de unos metros, él se detuvo.

No se giró de inmediato.

—Elena.

—¿Qué?

Lucien volvió el rostro apenas lo suficiente para mirarla por encima del hombro.

—Nunca voy a obligarte a darme algo que no quieras.

Ella esperó.

Sabía que no había terminado.

La sonrisa que apareció en sus labios era la misma del hombre que la había inquietado desde el primer encuentro.

Dominante.

Elegante.

Peligrosamente paciente.

—Pero el día que seas tú quien me lo pida...

hizo una pausa.

...ya no voy a detenerme.

Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Lucien continuó caminando.

Ella permaneció inmóvil durante algunos segundos.

Observándolo alejarse con la seguridad de quien acababa de hacer una promesa.

No una amenaza.

Una promesa.

Y lo peor no era que Elena le creyera.

Lo peor era que una parte de ella comenzaba a desear que aquel día llegara.

Cuando finalmente regresó hacia los vehículos, Lucien ya hablaba con Keller como si nada hubiera ocurrido.

Pero al verla acercarse, sus ojos se detuvieron sobre ella.

Solo un instante.

Suficiente.

Elena comprendió que él también seguía sintiendo aquel momento sobre la piel.

Lucien apartó la mirada primero.

Sin embargo, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

No era arrogancia.

Era certeza.

Porque por primera vez desde que había entrado en la vida de Elena...

ella no había huido de él.

Había sido ella quien se acercó.

Ella quien lo tocó.

Ella quien lo abrazó.

Y Lucien Ashcroft sabía reconocer una victoria cuando la tenía delante.