CAPITULO 20
Las cicatrices que no se ven
El viaje comenzó antes del amanecer.
La lluvia había desaparecido, pero una neblina espesa cubría la carretera y convertía el bosque en una sucesión de sombras inmóviles.
Keller conducía.
Victoria dormía en el asiento trasero con la cabeza apoyada contra la ventana.
Julián permanecía en el otro vehículo, todavía débil por la herida.
Adrian viajaba esposado y vigilado por dos hombres de Lucien.
Elena iba sentada junto a él.
Durante casi una hora no intercambiaron una sola palabra.
Lucien observaba la carretera como si esperara que alguien apareciera entre los árboles en cualquier momento.
Su postura seguía siendo firme.
Impecable.
Controlada.
Pero Elena comenzaba a reconocer las pequeñas señales que los demás no veían.
La tensión en su mandíbula.
La forma en que movía el pulgar sobre el anillo oscuro que llevaba en la mano derecha.
La manera en que revisaba el espejo cada pocos minutos.
No estaba tranquilo.
Solo era experto fingiendo estarlo.
Elena giró ligeramente hacia él.
Lucien lo notó sin necesidad de mirarla.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Llevas varios minutos observándome.
Ella volvió la vista hacia la ventana.
—Estás imaginando cosas.
—Nunca imagino lo que puedo comprobar.
Elena dejó escapar una pequeña risa.
—Qué respuesta tan arrogante.
—No es arrogancia si tengo razón.
Ella negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Y seguiré diciéndolo.
Lucien sonrió apenas.
Fue un gesto breve.
Casi invisible.
Pero Elena lo vio.
Y, por alguna razón, sintió una pequeña satisfacción al saber que ella había provocado aquella sonrisa.
Volvió a mirarlo.
—¿Por qué sonríes?
—Porque hace unos días no habrías soportado estar sentada tan cerca de mí durante tanto tiempo.
Elena arqueó una ceja.
—No te emociones.
No significa nada.
—Por supuesto.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
La calma con la que respondió la irritó.
Él sabía exactamente cómo provocarla sin levantar la voz.
Sin tocarla.
Sin hacer más que mirarla como si conociera algo que ella todavía no se atrevía a admitir.
Elena cruzó los brazos.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras lo que estoy pensando.
Lucien giró finalmente hacia ella.
Sus ojos recorrieron su rostro despacio.
Sin prisa.
—No necesito saber lo que estás pensando.
—¿Por qué?
—Tu cuerpo suele responder antes que tú.
Elena sintió calor en las mejillas.
—No tienes remedio.
—Nunca dije que lo tuviera.
Keller carraspeó desde el asiento delantero.
No parecía dispuesto a mirar por el espejo.
—Podemos detenernos en la antigua estación que está a unos kilómetros.
Necesitamos revisar los vehículos.
Lucien volvió la atención hacia la carretera.
—Hazlo.
Elena agradeció la interrupción.
Aunque el calor bajo su piel tardó mucho más en desaparecer.
...
La estación de servicio llevaba años abandonada.
Los antiguos surtidores estaban cubiertos de óxido.
Las ventanas del pequeño edificio habían sido selladas con tablas.
Un cartel torcido se movía con el viento, produciendo un chirrido lento y constante.
Keller y los demás inspeccionaron el lugar antes de permitir que todos bajaran.
Lucien caminó hacia la parte trasera del edificio.
Elena lo observó alejarse.
Llevaba el abrigo oscuro abierto y una mano cerca del arma escondida bajo la chaqueta.
Parecía incapaz de relajarse incluso cuando todo estaba en silencio.
Victoria apareció a su lado con dos botellas de agua.
Le ofreció una.
—Puedes seguirlo.
Elena la miró.
—No pensaba hacerlo.
Victoria sonrió.
—Claro que no.
—Solo estaba viendo hacia dónde iba.
—Eso mismo.
Elena tomó la botella con algo más de fuerza de la necesaria.
—No empieces.
—No estoy diciendo nada.
—Tu cara está diciendo demasiado.
Victoria levantó las manos.
—Está bien.
No me meteré.
Por ahora.
Elena intentó ignorarla.
Duró menos de treinta segundos.
Terminó caminando en la misma dirección que Lucien.
Lo encontró detrás del edificio, junto a una cerca de madera destruida.
Miraba hacia el bosque.
No pareció sorprendido al escucharla acercarse.
—Sabía que vendrías.
Elena se detuvo a pocos pasos.
—Qué presumido.
—No es presunción.
—¿Otra vez vas a decir que es porque tienes razón?
—Pensaba hacerlo.
Ella rodó los ojos.
—Solo vine a darte esto.
Le tendió la botella de agua.
Lucien la tomó sin apartar los ojos de ella.
Sus dedos se rozaron.
Fue un contacto breve.
Suficiente para que Elena retirara la mano un poco más rápido de lo necesario.
Él lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—Gracias.
Elena miró el bosque.
—¿Siempre haces eso?
—¿Qué cosa?
—Alejarte de todos.
Lucien abrió la botella.
Bebió un poco antes de responder.
—A veces necesito silencio.
—Ya estabas en silencio dentro del vehículo.
—No es lo mismo.
Ella se apoyó contra uno de los postes de la cerca.
—¿Cuál es la diferencia?
Lucien observó la línea oscura de los árboles.
—Dentro del vehículo tenía que estar atento a todos.
Aquí solo tengo que estar atento a lo que intente acercarse.
Elena lo estudió durante unos segundos.
—Nunca descansas.
—Descansar es un lujo.
—No.
Es una necesidad.
—Para la mayoría.
—También para ti.
Lucien soltó una risa sin humor.
—No sabes mucho sobre mí.
—Entonces cuéntame.
La respuesta salió antes de que Elena pudiera pensarlo.
Lucien giró lentamente hacia ella.
Por un instante pareció desconcertado.
No porque la pregunta fuera difícil.
Sino porque nadie parecía habérsela hecho antes.
Elena sostuvo su mirada.
—Siempre dices que no te conozco.
Quizás deberías darme la oportunidad de hacerlo.
El viento movió las ramas sobre ellos.
Lucien permaneció en silencio.
Después bajó la vista hacia la botella que sostenía.
—Cuando era niño, mi padre me enseñó que las personas que conocen tus debilidades terminan utilizándolas contra ti.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la razón por la que no suelo responder preguntas personales.
—Yo no soy tu enemiga.
Lucien levantó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces háblame.
Él la observó durante varios segundos.
Había algo diferente en su expresión.
No era dureza.
Era duda.
Una duda auténtica.
Como si abrir aquella puerta pudiera resultar más peligroso que enfrentarse a un hombre armado.
Finalmente se sentó sobre una parte baja del muro de piedra que rodeaba la estación.
Elena ocupó el espacio a su lado, dejando una distancia prudente entre ambos.
Lucien apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—No recuerdo una sola Navidad completa.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo que no la recuerdas?
—No había celebraciones en mi casa.
No como las que aparecen en las películas.
Mi padre consideraba que eran una distracción.
Elena lo miró con incredulidad.
—¿Ni regalos?
—Recibía libros.
Mapas.
Armas de entrenamiento cuando fui mayor.
—Eso no son regalos para un niño.
—En la familia Ashcroft nadie era tratado como un niño durante demasiado tiempo.
Su voz permanecía calmada.
Demasiado calmada.
Como si estuviera hablando de otra persona.
Elena sintió un peso en el pecho.
—¿Y tu madre?
Lucien tardó en responder.
—Intentaba protegerme cuando podía.
—¿La querías?
Él sonrió con tristeza.
—Era la única persona a la que quería sin miedo.
Elena recordó lo que él le había contado en la cabaña.
Su madre había sido asesinada.
Aquella pérdida todavía vivía dentro de él.
No como una herida abierta.
Como una cicatriz que jamás había cerrado correctamente.
—¿Qué ocurrió después de que murió?
Lucien levantó la vista hacia el bosque.
—Mi padre se volvió más duro.
Tal vez pensaba que así evitaría perderme también.
—Eso no justifica lo que hizo.
—Nunca dije que lo justificara.
—Pero sigues defendiéndolo.
—Es complicado odiar al hombre al que pasaste toda tu infancia intentando complacer.
Elena bajó la mirada.
Aquella frase contenía más dolor que cualquier grito.
—¿Qué quería de ti?
—Perfección.
—Nadie puede ser perfecto.
—Lo descubrí demasiado tarde.
Lucien comenzó a remangarse la camisa.
Elena vio primero una línea blanca cerca de su muñeca.
Después otra cicatriz más gruesa en el antebrazo.
Y otra.
Algunas eran antiguas.
Otras parecían el resultado de cortes profundos.
Elena contuvo el aire.
—Lucien...
Él observó las marcas sin emoción aparente.
—Cada error tenía una consecuencia.
—¿Tu padre te hizo eso?
—No siempre directamente.
Había hombres encargados de mi entrenamiento.
Si fallaba...
ellos sabían qué hacer.
Elena sintió rabia.
Una rabia fría y dolorosa.
—Eras un niño.
—Para él era un heredero.
—Eras un niño.
repitió ella.
Lucien levantó la mirada.
La firmeza de su voz pareció atravesarlo.
Elena acercó lentamente una mano.
Se detuvo antes de tocarlo.
—¿Puedo?
Él observó sus dedos suspendidos sobre su piel.
Después asintió.
Elena rozó la primera cicatriz con la yema de los dedos.
Lucien se quedó completamente inmóvil.
El contacto era suave.
Casi reverente.
Ella siguió la línea blanca hasta donde desaparecía bajo la manga.
Después tocó otra.
Y otra más.
No había miedo en su expresión.
Tampoco lástima.
Solo una ternura que él no sabía cómo recibir.
Lucien cerró los ojos por un instante.
Había soportado golpes.
Cuchillos.
Balas.
Había aprendido a no reaccionar al dolor.
Pero aquella caricia lo desarmaba de una forma que nada más había conseguido.
Elena levantó la vista.
—Nadie debió hacerte esto.
Él abrió los ojos.
—Ya pasó.
—No.
Las cosas así no pasan.
Solo aprendemos a esconderlas mejor.
Lucien sostuvo su mirada.
—Hablas como si supieras mucho sobre esconder heridas.
Elena retiró los dedos lentamente.
—Todos escondemos algo.
—¿Qué escondes tú?
Ella bajó la mirada.
—Hoy estamos hablando de ti.
—Conveniente.
—No intentes cambiar el tema.
Lucien sonrió apenas.
—No me gusta ser el único expuesto.
—Ahora entiendes cómo me he sentido desde que apareciste en mi vida.
Él inclinó la cabeza.
—Yo nunca te obligué a contarme nada.
—No.
Solo investigaste cada parte de mi existencia sin permiso.
—Funcionó más rápido.
Elena le dio un pequeño golpe en el brazo.
Lucien soltó una risa auténtica.
Ella se quedó mirándolo.
La expresión dura desaparecía cuando sonreía.
Por un instante no parecía el hombre que todos temían.
Parecía alguien más joven.
Alguien que todavía podía haber sido distinto.
—¿Qué?