CAPITULO 15
Lo que nunca te dije
La lluvia comenzó poco después del anochecer.
Las gotas golpeaban el techo de la vieja cabaña con un ritmo constante.
Afuera, el bosque había desaparecido bajo la niebla.
Nadie hablaba.
Victoria permanecía junto a Julián, que dormía profundamente después de que Keller lograra estabilizar la hemorragia.
Adrian seguía atado a una silla en una habitación contigua.
Lucien no había querido correr riesgos.
Keller vigilaba desde una de las ventanas.
Solo se escuchaba el fuego crepitando dentro de la chimenea.
Elena sostenía una taza de café entre las manos.
No tenía sueño.
Después de todo lo ocurrido, sentía que cerrar los ojos era un lujo que ya no podía permitirse.
—No deberías estar despierta.
Levantó la vista.
Lucien acababa de entrar a la cocina.
Ya se había cambiado la camisa ensangrentada.
La venda que ella le había colocado asomaba por debajo de una camiseta negra.
—Tú tampoco duermes.
Él sonrió apenas.
—Hace años que no sé hacerlo bien.
Elena observó la taza.
—¿Pesadillas?
Lucien tardó unos segundos en responder.
—Recuerdos.
Ella le sirvió otra taza de café.
Él la aceptó.
Por primera vez desde que se conocían...
compartían el silencio sin incomodidad.
Era extraño.
Y agradable.
—¿Siempre fuiste así?
preguntó Elena.
—¿Así cómo?
—Como si cargaras el peso del mundo.
Lucien soltó una risa muy baja.
—No.
Cuando era niño era bastante insoportable.
Ella levantó una ceja.
—Eso sí me cuesta creerlo.
—Mi padre decía que hablaba demasiado.
—¿Y ahora?
—Ahora casi no hablo.
—¿Qué cambió?
Lucien miró las llamas.
Su expresión se volvió distante.
—La primera vez que vi morir a alguien.
Elena dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Nunca lo había visto hablar de sí mismo.
—¿Cuántos años tenías?
—Dieciséis.
—¿Quién era?
Lucien guardó silencio.
Durante tanto tiempo había evitado esa conversación...
que las palabras parecían haberse oxidado.
—Mi madre.
Elena sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento...
Él negó con la cabeza.
—No fue una enfermedad.
No fue un accidente.
La asesinaron.
La habitación volvió a quedar en silencio.
—¿Valmere?
Lucien asintió.
—Mi padre nunca volvió a ser el mismo.
Yo tampoco.
Elena comprendió muchas cosas en ese instante.
La frialdad.
El control.
La necesidad de preverlo todo.
No había nacido así.
La vida lo había convertido en eso.
—¿Y desde entonces decidiste no confiar en nadie?
Lucien sonrió con tristeza.
—Era más fácil.
Ella lo observó unos segundos.
—Hasta que aparecí yo.
Él levantó lentamente la mirada.
—No.
Hasta que tuve miedo de perderte.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Elena sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
No esperaba una confesión.
Mucho menos tan directa.
Lucien respiró hondo.
—No esperaba decir eso.
—Lo imaginé.
—No suelo hablar de lo que siento.
Ella sonrió.
—Créeme...
eso ya lo había notado.
Los dos rieron muy suavemente.
Era la primera risa sincera que compartían desde que todo comenzó.
Después volvió el silencio.
Pero esta vez...
era distinto.
Más cálido.
Más cercano.
Elena caminó hasta la ventana.
La lluvia seguía cayendo.
—Hay algo que nunca entendí.
Lucien se acercó.
—¿Qué cosa?
—Si sabías quién era...
¿por qué no te acercaste de otra manera?
¿Por qué comprar mis fotografías?
¿Por qué vigilarme?
¿Por qué asustarme?
Lucien cerró los ojos un instante.
Aquella era la pregunta que más había temido.
—Porque no sabía cómo hacerlo.
Ella giró lentamente.
Él continuó hablando.
—Durante años imaginé ese momento.
Pensé en cientos de formas de encontrarte.
Pero cuando finalmente estuve frente a ti...
me di cuenta de que no sabía cómo acercarme sin ponerte en peligro.
—Así que decidiste convertirte en el hombre más misterioso del planeta.
Él soltó una pequeña risa.
—No fue mi mejor decisión.
—No.
Definitivamente no.
Elena negó con la cabeza.
—Llegué a pensar que estabas completamente loco.
—¿Y ahora?
Ella lo miró fijamente.
Durante varios segundos.
—Ahora...
creo que solo estabas desesperado.
Lucien sintió un alivio que no recordaba haber sentido nunca.
No porque ella lo hubiera perdonado.
Todavía no.
Sino porque comenzaba a entenderlo.
Y eso...
era mucho más importante.
En ese instante, un trueno iluminó la habitación.
La luz se fue.
Toda la cabaña quedó completamente a oscuras.
Elena dio un pequeño sobresalto.
Lucien reaccionó por instinto.
Buscó su mano.
Ella no la apartó.
Permanecieron así unos segundos.
Solo escuchando la lluvia.
Cuando Keller logró encender una lámpara de emergencia...
los encontró todavía tomados de la mano.
Ninguno parecía haberse dado cuenta.
Los dos la soltaron al mismo tiempo.
Victoria apareció desde el pasillo con una sonrisa divertida.
—Interrumpo algo.
—Sí.
respondieron los dos al mismo tiempo.
Victoria soltó una carcajada.
—Perfecto.
Eso significa que por fin están empezando a parecer una pareja normal.
Elena sintió que las mejillas le ardían.
Lucien carraspeó.
—No somos...
Antes de terminar la frase...
un disparo atravesó la ventana principal.
El vidrio explotó sobre el suelo.
La bala impactó exactamente donde Lucien había estado un segundo antes.
Keller desenfundó inmediatamente.
—¡Todos al suelo!
Otro disparo.
Después otro.
Y otro más.
Las luces de varios vehículos comenzaron a verse entre los árboles.
Lucien observó el bosque.
Esta vez...
no eran soldados.
No eran mercenarios.
Eran personas con máscaras blancas.
Y en el centro del grupo...
alguien sostenía un viejo bastón de madera con el emblema de Valmere tallado en la empuñadura.
Adrian, desde la habitación donde estaba retenido, comenzó a reír.
Una risa completamente distinta a las anteriores.
No era arrogante.
Era resignada.
—Se acabó...
murmuró.
—Él vino en persona.