CAPITULO 14
Refugio
La explosión hizo temblar los cimientos de la casa.
Las ventanas estallaron en miles de fragmentos.
Elena se agachó por instinto.
Lucien la cubrió inmediatamente con su cuerpo.
Los cristales golpearon su espalda.
—¿Estás bien? —preguntó sin apartarse.
Ella asintió, todavía aturdida.
Afuera se escuchaban disparos por todas partes.
Ya nadie distinguía quién atacaba a quién.
Los hombres de Adrian respondían al fuego.
Pero los recién llegados avanzaban con una precisión aterradora.
No gritaban.
No corrían.
Simplemente avanzaban.
Como si hubieran hecho aquello cientos de veces.
Keller apareció jadeando.
—Tenemos menos de dos minutos.
Lucien levantó la vista.
—¿El túnel?
—Es la única salida.
Victoria ayudó a Julián a levantarse.
—Muévanse.
Ahora.
Adrian seguía inmóvil cerca de la puerta.
Observaba el exterior con una expresión que Elena jamás habría imaginado en él.
Miedo.
No fingido.
Real.
Lucien lo miró.
—Vienes con nosotros.
Adrian soltó una risa amarga.
—¿Piensas rescatarme?
—Pienso impedir que mueras antes de responder mis preguntas.
—Siempre tan práctico.
Otra explosión sacudió la casa.
Parte del techo comenzó a derrumbarse.
Keller abrió el paso hacia el túnel oculto.
Uno por uno comenzaron a descender.
Victoria.
Julián.
Elena.
Después Keller.
Lucien permaneció arriba.
Esperando.
Adrian comprendió.
—No confías en que baje primero.
—No.
—Haces bien.
Por primera vez desde que apareció...
Adrian obedeció sin discutir.
Descendió lentamente.
Lucien fue el último.
Empujó la trampilla.
Un estruendo sacudió la casa justo cuando el mecanismo se cerró sobre sus cabezas.
La oscuridad los envolvió.
Solo la linterna de Keller iluminaba el estrecho pasillo.
El aire era frío.
Pesado.
Olía a tierra húmeda.
Caminaron en silencio durante varios minutos.
Solo se escuchaban sus respiraciones.
Y el sonido lejano de explosiones apagándose poco a poco.
Hasta que Elena tropezó.
Lucien la sostuvo antes de que cayera.
—Lo siento...
—No te disculpes.
Ella retiró la mano con rapidez.
Pero durante un instante había sentido el calor de la suya.
No dijo nada.
Continuaron avanzando.
El túnel parecía interminable.
Después de casi veinte minutos...
la galería comenzó a ascender.
Keller empujó una vieja puerta metálica.
El aire fresco entró de golpe.
Habían salido al otro lado de la montaña.
Frente a ellos se alzaba una antigua cabaña de madera.
Pequeña.
Oculta entre los árboles.
Parecía abandonada.
Lucien sonrió apenas.
—Mi abuelo la construyó.
Victoria levantó una ceja.
—Nunca dijiste que existía.
—Porque nadie debía conocerla.
Entraron.
El interior era sencillo.
Una chimenea.
Dos habitaciones.
Una cocina pequeña.
Muebles antiguos cubiertos por sábanas blancas.
Pero todo estaba sorprendentemente limpio.
Keller comenzó a cerrar puertas y ventanas.
—Estamos seguros por unas horas.
Solo unas horas.
Julián cayó sentado sobre una silla.
Su respiración era cada vez más pesada.
Victoria comenzó a revisar la herida de su costado.
Elena observó alrededor.
Después miró a Lucien.
Él estaba de pie frente a la ventana.
Mirando el bosque.
Como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento.
Ella se acercó despacio.
—Gracias.
Lucien no respondió enseguida.
—¿Por qué?
—Por no dejarme.
Él soltó una pequeña sonrisa.
—Nunca fue una opción.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Elena bajó la mirada.
Sentía el corazón demasiado rápido.
Lucien también guardó silencio.
Había querido decir otra cosa.
Pero todavía no era el momento.
Entonces Keller interrumpió.
—Señor...
Tiene un corte bastante profundo.
Lucien bajó la vista.
No se había dado cuenta.
Un fragmento de vidrio le había abierto el hombro durante la explosión.
La camisa estaba completamente manchada de sangre.
Elena frunció el ceño.
—Siéntate.
—No es necesario.
—No era una sugerencia.
Victoria sonrió discretamente.
Keller desvió la mirada para ocultar una sonrisa.
Lucien suspiró.
—Está bien.
Se sentó frente a la chimenea.
Elena buscó el botiquín de la cabaña.
Regresó con alcohol, vendas y aguja para sutura.
Lucien levantó una ceja.
—¿Sabes coser heridas?
—Mi madre era médica.
Me enseñó cuando era pequeña.
Comenzó a limpiar la sangre.
Lucien apenas hizo un gesto.
—¿No duele?
—Sí.
—No lo parece.
—Estoy acostumbrado.
Ella dejó de limpiar un instante.
—Eso es triste.
Lucien la miró.
Era la primera vez que alguien sentía lástima por él.
Y curiosamente...
no le molestó.
Elena continuó cosiendo la herida.
Sus manos temblaban un poco.
No por miedo.
Por la cercanía.
Estaban demasiado cerca.
Podía sentir el calor de su piel.
El aroma de su perfume mezclado con el humo de la chimenea.
Lucien la observaba en silencio.
Nunca antes alguien lo había cuidado de aquella manera.
Sin obligación.
Sin interés.
Solo porque quería ayudarlo.
—Listo.
Ella hizo el último nudo.
Levantó la vista.
Sus rostros quedaron a pocos centímetros.
Demasiado cerca.
Durante unos segundos...
ninguno habló.
Ninguno se movió.
El mundo pareció desaparecer.
Solo existían ellos.
Elena sintió la respiración de Lucien rozar sus labios.
Él levantó muy lentamente una mano.
Acarició con suavidad un mechón de cabello que había caído sobre el rostro de ella.
No hubo fuerza.
Ni posesión.
Solo una delicadeza que Elena jamás habría esperado de él.
Ella no se apartó.
Pero antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo...
el teléfono satelital de Keller comenzó a sonar.
Todos se sobresaltaron.
Keller respondió de inmediato.
Escuchó durante apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—Señor Ashcroft...
Lucien se puso de pie.
—¿Qué sucede?
Keller tragó saliva.
—Acaban de identificar a los hombres que atacaron la casa.
Lucien esperó.
La respuesta llegó como un disparo.
—No trabajan para Adrian...
Trabajan para Gabriel Mercer.
Y hace una hora...
alguien vació la tumba donde supuestamente estaba enterrado Richard Ashcroft.