Hasta que seas mía CAPITULO 13
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CAPITULO 13

El enemigo de mi padre

Los aplausos cesaron.

El silencio que quedó después resultó mucho más inquietante.

Adrian Vale permanecía inmóvil en el marco de la puerta.

Elegante.

Impecablemente vestido.

No llevaba el aspecto de un hombre que acababa de atravesar un bosque para encontrar una casa abandonada.

Parecía alguien que llegaba a una reunión de negocios.

Sonreía.

Como si ya supiera cómo terminaría todo aquello.

Lucien no bajó el arma.

—Un paso más y disparo.

Adrian inclinó ligeramente la cabeza.

—No lo harás.

—Pruébame.

—Te conozco desde que eras un niño, Lucien.

La sonrisa de Adrian se ensanchó.

—Siempre apuntas al pecho.

Nunca a la cabeza.

Porque aún necesitas respuestas.

Lucien no respondió.

Pero Elena notó cómo el dedo que descansaba sobre el gatillo se tensó apenas un milímetro.

Adrian lo había leído.

Sabía exactamente cómo funcionaba.

—¿Quién eres? —preguntó Elena.

Los ojos del hombre se posaron sobre ella.

Había algo extraño en aquella mirada.

No era odio.

No era cariño.

Era...

curiosidad.

Como si durante años hubiera esperado conocerla.

—Así que tú eres Elena.

—Te hice una pregunta.

—Y yo llevo veintitrés años esperando este momento.

Victoria levantó su arma.

—No juegues.

Adrian ni siquiera la miró.

—Sigues apuntándome igual que tu madre.

Victoria sintió un escalofrío.

—No vuelvas a nombrarla.

—¿Por qué?

¿Todavía prefieres recordar a la mujer que inventaste en tu cabeza?

—Cállate.

—La verdadera Evelyn nunca fue una santa.

Lucien dio un paso al frente.

—No has venido a hablar de muertos.

—No.

He venido por el sobre.

Todos miraron instintivamente la pequeña caja musical que Elena todavía sostenía entre las manos.

Adrian sonrió.

—Gracias por encontrarla.

Me ahorraron años de búsqueda.

Elena dio un paso atrás.

—No pienso darte nada.

—Lo sé.

Por eso traje un plan alternativo.

Silbó.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después...

el sonido de motores.

Muchos.

Keller corrió hacia la ventana.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Señor...

Nos rodearon.

Lucien se acercó.

Cinco camionetas negras acababan de detenerse alrededor de la casa.

Hombres armados descendían una tras otra.

—¿Cuántos?

—Al menos veinte.

Victoria soltó una maldición.

—Nunca vienes solo.

Adrian volvió a sonreír.

—Los años enseñan prudencia.

Lucien hizo un cálculo rápido.

Dos cargadores.

Keller.

Victoria.

Él.

Demasiados enemigos.

Muy pocas posibilidades.

Adrian habló con absoluta tranquilidad.

—Escúchame bien, Lucien.

No quiero matar a nadie.

Solo necesito el sobre.

—Mientes.

—No.

Si quisiera entrar disparando...

ya habría empezado.

Elena observó atentamente al hombre.

Había algo raro.

Demasiado seguro.

Como si realmente creyera que obtendría lo que buscaba sin necesidad de violencia.

Eso significaba una sola cosa.

Sabía algo que ellos ignoraban.

—¿Qué contiene el sobre? —preguntó.

Adrian volvió a mirarla.

—La respuesta a la única pregunta que nunca te atreviste a hacer.

—No necesito tus acertijos.

—Claro que sí.

Toda tu vida has buscado saber quién mató a tu madre.

Pero jamás preguntaste...

por qué ella decidió morir.

El corazón de Elena dio un vuelco.

—¿Qué acabas de decir?

Julián dio un paso adelante.

—¡No le escuches!

Adrian sonrió sin apartar los ojos de Elena.

—Interesante.

Tu padre se pone nervioso únicamente cuando digo la verdad.

—¡Cállate!

—¿Nunca te pareció extraño?

—¿Qué?

—Que una mujer que llevaba veinte años escondiéndose apareciera de repente sola en un acantilado.

Elena sintió que le faltaba el aire.

Lucien habló inmediatamente.

—No.

No vas a manipularla.

Adrian levantó ambas manos.

—No necesito hacerlo.

Solo necesito que ella piense.

Eso basta.

Victoria observó a Lucien.

Por primera vez lo vio realmente preocupado.

No por el sobre.

No por el libro.

Por Elena.

Adrian continuó.

—¿Sabes cuál fue el último regalo que Clara recibió antes de morir?

Elena negó lentamente.

—Una fotografía.

La misma que tienes ahí.

La diferencia es que la suya tenía una persona más.

Lucien sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—No.

Simplemente alguien la recortó.

Elena recordó inmediatamente la fotografía encontrada semanas atrás.

La que había llegado por mensaje.

La que parecía incompleta.

—¿Quién la recortó?

—Pregúntale a tu padre.

Todos miraron a Julián.

Su rostro estaba completamente blanco.

—No le respondas.

Adrian soltó una carcajada.

—Siempre haciendo lo mismo.

Escondiendo.

Callando.

Protegiendo.

¿Sabes qué consiguió con eso?

Elena no respondió.

—Que terminaras exactamente donde él más temía.

Al lado de un Ashcroft.

Lucien avanzó.

—Basta.

—¿Te duele escuchar eso?

—Me da igual lo que digas de mí.

—No hablo de ti.

Hablo de Richard.

Lucien endureció la mandíbula.

—Mi padre está muerto.

—Eso creen ustedes.

Otra vez.

El silencio cayó sobre la habitación.

Elena recordó la llamada.

El supuesto cadáver.

El cuerpo caliente.

Nada encajaba.

Adrian observó sus rostros uno por uno.

Disfrutaba cada segundo.

—Todos siguen buscando a Richard.

Pero llevan años persiguiendo al hombre equivocado.

Victoria frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Adrian sonrió.

—Richard Ashcroft nunca fue quien dirigía Valmere.

Lucien abrió mucho los ojos.

—No.

—Sí.

Richard obedecía órdenes.

—¿De quién?

Adrian miró directamente a Elena.

—De la única persona que todavía no sospechas.

Elena sintió un escalofrío.

Su mente comenzó a buscar nombres.

Richard.

Adrian.

Gabriel.

Marcus.

Victoria.

Julián.

No.

No podía ser ninguno de ellos.

Adrian vio la confusión en su rostro.

—Todavía no.

Aún no estás preparada.

Pero pronto lo entenderás.

Keller habló por el comunicador.

—Los hombres rodean la entrada trasera.

También el lado este.

No tenemos salida.

Lucien respiró profundamente.

Pensaba.

Calculaba.

Elena lo conocía lo suficiente para saber que estaba buscando una única posibilidad.

Entonces recordó algo.

La habitación secreta.

Los documentos.

Los planos.

—Lucien.

Él la miró.

—Los mapas.

—¿Qué pasa con ellos?

—Había uno del terreno.

Lucien comprendió al instante.

Corrió hacia el despacho oculto.

Comenzó a revisar frenéticamente los cajones.

Después encontró un viejo plano amarillento.

Lo abrió sobre el escritorio.

Sus ojos recorrieron cada línea.

Hasta detenerse en una esquina.

Sonrió.

Muy levemente.

—Aquí.

Keller se acercó.

—¿Qué encontró?

Lucien señaló un pequeño pasadizo dibujado bajo la casa.

—Un túnel.

Victoria abrió mucho los ojos.

—Mi madre nunca habló de eso.

—Porque probablemente nadie debía conocerlo.

Adrian permanecía inmóvil.

No parecía preocupado.

Eso inquietó todavía más a Lucien.

—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.

Él no respondió.

Seguía mirando el plano.

Había algo más.

Una anotación escrita a mano.

Con la misma letra de Clara.

"Solo una salida.

Nunca la uses si él todavía respira."

Lucien levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién?

Adrian dejó escapar una pequeña risa.

—Por fin llegaste a esa parte.

Elena sintió que el miedo volvía a crecer.

—¿Quién respira?

Adrian respondió sin borrar la sonrisa.

—Gabriel Mercer.

La habitación quedó completamente inmóvil.

Victoria fue la primera en reaccionar.

—Gabriel murió en el incendio.

—Eso les hicieron creer.

Lucien recordó las palabras del atacante del hotel.

"Pregúntale por Gabriel."

Recordó el informe oculto.

Recordó a su padre cubierto de sangre.

Todo comenzaba a cambiar otra vez.

—Está vivo...

susurró.

Adrian asintió lentamente.

—Mucho más vivo de lo que imaginas.

Y lleva veinte años esperando volver por ustedes.

El comunicador de Keller volvió a sonar.

Esta vez con interferencias.

Una voz desesperada consiguió abrirse paso.

—¡Señor Ashcroft!

¡Retírense inmediatamente!

¡No son los hombres de Adrian!

Lucien sintió que el estómago se le helaba.

—¿Qué?

—¡Acaba de llegar otro grupo!

¡No responden a nadie!

¡Están disparando contra todos!

Desde el exterior comenzaron a escucharse ráfagas de fusil.

Gritos.

Explosiones.

Los hombres de Adrian comenzaron a caer.

Adrian dejó de sonreír.

Por primera vez.

—No...

murmuró.

Eso no estaba previsto.

Lucien lo miró fijamente.

—¿Quiénes son?

Adrian giró lentamente hacia la ventana.

Su expresión había cambiado por completo.

Ya no parecía el hombre que controlaba la situación.

Parecía...

asustado.

—Llegó demasiado pronto...

susurró.

Una explosión hizo temblar toda la casa.

El techo dejó caer polvo sobre ellos.

Después...

una voz grave resonó desde el exterior mediante un altavoz.

Una voz tranquila.

Segura.

Terriblemente fría.

—Entréguenme a Elena Álvarez...

...y dejaré con vida al resto.

Nadie habló.

Lucien miró a Elena.

Después levantó lentamente el arma.

Y respondió en voz baja, pero con una convicción absoluta.

—Tendrán que pasar sobre mi cadáver.