Hasta que seas mía CAPITULO 12
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CAPITULO 12

La casa donde empezó todo

El silencio dentro del automóvil era insoportable.

Nadie parecía dispuesto a hablar después de la llamada que acababa de recibir Lucien.

Richard Ashcroft.

Muerto hacía cuatro años.

Y, según el informe que acababa de escuchar...

acababan de encontrar su cuerpo.

Todavía caliente.

Elena seguía mirando la fotografía que descansaba sobre sus piernas.

Las letras de su madre parecían cobrar vida con cada segundo que pasaba.

"Las tres partes están juntas."

Toda su infancia había girado alrededor de una mentira.

Su padre.

Richard.

Valmere.

El incendio.

Nada era como ella creía.

Ni siquiera sabía ya quiénes eran los buenos.

—¿Estás pensando lo mismo que yo?

La voz de Lucien rompió el silencio.

Ella no levantó la vista.

—Depende.

—Richard no puede estar muerto dos veces.

—Eso parece bastante lógico.

—Entonces alguien quiere que pensemos una de las dos cosas.

—¿Cuáles?

—Que fingió su muerte...

...o que el hombre enterrado hace cuatro años nunca fue Richard Ashcroft.

Victoria soltó una pequeña carcajada desde el asiento delantero.

—Ahora empiezas a hacer las preguntas correctas.

Lucien no respondió.

Miraba por la ventana.

Pensaba.

Elena podía verlo.

Cada vez que Lucien intentaba ordenar información nueva, su mandíbula se tensaba ligeramente.

Era un gesto casi imperceptible.

Pero ella comenzaba a reconocerlo.

Y eso le molestaba.

Porque significaba que empezaba a conocerlo.

Demasiado.

El automóvil abandonó la carretera principal.

Los edificios desaparecieron.

El bosque comenzó a rodearlos.

La lluvia había cesado.

Solo quedaba la niebla deslizándose entre los árboles.

—¿Falta mucho? —preguntó Keller por el comunicador.

Elena observó el camino.

Una sensación extraña apareció dentro de ella.

Como un recuerdo intentando abrirse paso.

—No...

Todos la miraron.

—¿Qué ocurre?

Ella frunció el ceño.

—Creo...

Creo que ya estuve aquí.

Victoria giró lentamente.

—¿Lo recuerdas?

—No exactamente.

Solo...

cerró los ojos un instante.

Una bicicleta roja.

Un columpio.

El olor a pan recién hecho.

La risa de una mujer.

Su madre.

Abrió los ojos de golpe.

—Sigue derecho.

Keller obedeció.

Nadie preguntó cómo lo sabía.

Cinco minutos después apareció una vieja carretera de piedra.

Cubierta por ramas.

Como si nadie hubiera pasado por allí en décadas.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—Es aquí.

Lucien la observó.

—¿Estás segura?

Ella asintió lentamente.

—Sí.

No sabía cómo.

Simplemente...

lo sabía.

El vehículo avanzó despacio.

Hasta que el bosque terminó.

Entonces apareció.

La casa.

Era pequeña.

Mucho más de lo que Elena había imaginado durante toda su vida.

De madera blanca.

Con el techo parcialmente derrumbado.

Las ventanas rotas.

La pintura desgastada por el tiempo.

Pero seguía en pie.

Elena dejó de respirar.

—Mamá...

susurró.

El automóvil se detuvo.

Durante varios segundos nadie salió.

Era como si todos comprendieran que estaban entrando en un lugar sagrado para ella.

Lucien abrió primero la puerta.

Después rodeó el vehículo.

Sin decir una palabra.

Abrió la puerta de Elena.

Ella lo miró.

—No hacía falta.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo haces?

Lucien sonrió apenas.

—Porque quiero.

Elena bajó del automóvil.

Sintió el aire frío sobre el rostro.

La casa parecía observarla.

Esperarla.

Como si hubiera sabido que algún día volvería.

Victoria permanecía inmóvil.

—Nunca había estado aquí.

Julián bajó del otro vehículo con ayuda de Keller.

Su rostro perdió el color al ver la fachada.

—Pensé...

que ya no existía.

Elena caminó lentamente hacia la entrada.

Cada paso despertaba un recuerdo difuso.

Las flores.

Una ventana.

Una canción.

Una caja musical.

La puerta principal estaba abierta.

Crujió apenas cuando la empujó.

El interior olía a polvo.

Madera húmeda.

Tiempo.

Todo permanecía cubierto por una gruesa capa gris.

Un sofá.

Una mesa.

Una pequeña cocina.

Era como entrar en una fotografía olvidada.

Elena caminó despacio.

Sus dedos rozaban los muebles.

—Aquí...

Su voz tembló.

—Aquí aprendí a caminar.

Todos la observaron.

—¿Lo recuerdas? —preguntó Victoria.

—No.

Pero...

lo siento.

Era imposible explicarlo.

Había lugares que el corazón reconocía antes que la memoria.

Lucien permanecía cerca.

No demasiado.

Solo lo suficiente para alcanzarla si algo ocurría.

Ella lo notó.

No dijo nada.

Llegaron a una habitación pequeña.

Había dibujos infantiles todavía pegados a una pared.

Elena sintió que las lágrimas amenazaban con salir.

Uno de aquellos dibujos llevaba una firma.

Torpe.

Con letras enormes.

ELENA.

Su propia letra.

Se acercó lentamente.

Pasó los dedos sobre el papel.

Sonrió sin darse cuenta.

—Tenía cinco años.

Julián observaba desde la puerta.

No había entrado.

—Tu madre nunca quiso quitarlos.

Elena giró hacia él.

—¿Venían aquí después de mudarnos?

Él negó.

—No.

Fue la última habitación que dejó intacta.

Elena respiró hondo.

—¿Entonces quién los cuidó?

Nadie respondió.

Lucien recorrió el lugar con la mirada.

Había algo extraño.

Demasiado limpio.

El polvo cubría todo.

Excepto...

una esquina.

—Keller.

—Ya lo vi.

El suelo.

Había marcas recientes.

Como si alguien hubiera movido un mueble hacía muy poco.

Lucien se acercó.

Empujó una vieja cómoda.

Debajo apareció una trampilla.

Todos quedaron inmóviles.

Victoria habló primero.

—No estaba en los planos.

Lucien se arrodilló.

Quitó el candado oxidado.

No estaba cerrado.

Solo colocado para aparentarlo.

—Alguien vino antes que nosotros.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Adrian?

—Tal vez.

Lucien abrió lentamente la trampilla.

Oscuridad.

Una escalera descendía hacia un pequeño sótano.

El aire era mucho más frío.

Keller sacó una linterna.

—Bajo primero.

—No.

Lucien tomó la linterna.

—Voy yo.

Elena negó.

—Voy contigo.

—No.

—Ya basta.

Lucien la miró.

—No pienso dejarte sola arriba.

—Ni yo abajo.

Durante unos segundos ninguno cedió.

Victoria sonrió.

—Son agotadores.

Keller resopló.

—Cada vez más.

Finalmente Lucien suspiró.

—No te separarás de mí.

—No pienso hacerlo.

Bajaron juntos.

Peldaño por peldaño.

El sótano era pequeño.

Solo había estanterías vacías.

Cajas.

Herramientas oxidadas.

Y una mecedora.

Elena sintió que el pecho se le cerraba.

La reconocía.

Su madre se sentaba allí para leerle cuentos.

Sin saber por qué...

comenzó a llorar.

No hizo ruido.

Las lágrimas simplemente aparecieron.

Lucien se acercó despacio.

No dijo nada.

No intentó abrazarla.

Solo permaneció a su lado.

Esperando.

Elena apoyó una mano sobre la vieja mecedora.

Todavía se movía.

Muy lentamente.

Como si alguien acabara de levantarse.

Ella se quedó inmóvil.

Lucien también lo vio.

La mecedora seguía balanceándose.

Muy despacio.

Los dos levantaron la mirada al mismo tiempo.

Había alguien más allí abajo.

Lucien levantó lentamente la linterna.

El haz de luz recorrió el pequeño sótano.

La mecedora seguía balanceándose.

Una...

dos...

tres veces.

Después se detuvo.

No había nadie.

Elena respiró profundamente.

—La vi moverse.

—Yo también.

Lucien avanzó despacio.

Su mano descansaba sobre el arma, pero todavía no la había desenfundado.

Revisó cada rincón.

Detrás de las estanterías.

Entre las cajas.

Bajo la vieja mesa de trabajo.

Nada.

—No hay nadie.

Elena negó con la cabeza.

—Alguien estuvo aquí.

Lucien iluminó el suelo.

Las tablas estaban cubiertas de polvo... excepto por una franja que atravesaba el sótano hasta la pared del fondo.

Como si un objeto pesado hubiera sido arrastrado hacía muy poco.

—Mira esto.

Elena se acercó.

—¿Qué es?

Lucien pasó los dedos sobre la madera.

El polvo desapareció.

—Una marca reciente.

Keller bajó la escalera.

—¿Encontraron algo?

Lucien señaló el suelo.

—Alguien movió algo muy pesado.

Victoria también descendió.

Su mirada recorrió la habitación.

—No estaba así.

Julián permanecía arriba.

No quiso bajar.

Elena levantó la vista.

—¿Papá?

No hubo respuesta.

Solo silencio.

Lucien siguió la marca hasta la pared.

Golpeó la madera con los nudillos.

Sonido hueco.

Volvió a hacerlo unos centímetros más allá.

Esta vez el sonido fue sólido.

—Hay un espacio detrás.

Keller comenzó a buscar algún mecanismo.

Después de unos segundos encontró un pequeño clavo de bronce casi invisible.

Tiró de él.

Se escuchó un clic.

Toda la pared tembló ligeramente.

Una sección comenzó a abrirse lentamente.

Detrás apareció una habitación oculta.

El aire era mucho más frío.

Olía a humedad.

Y a papel viejo.

Elena sintió un escalofrío.

Entraron.

Era un despacho.

Pequeño.

Había un escritorio antiguo.

Una lámpara de aceite.

Dos libreros.

Y cientos de documentos.

Lucien permaneció inmóvil.

—Esto...

es imposible.

Victoria pasó la mano sobre uno de los estantes.

—Mi madre nunca habló de este lugar.

Elena se acercó al escritorio.

Había fotografías.

Cartas.

Planos.

Mapas.

Todo perfectamente organizado.

Como si alguien hubiera trabajado allí durante años.

Entonces vio un marco de madera.

Lo tomó.

Era una fotografía.

Su madre.

Clara.

Sonriendo.

Tenía apenas unos veinticinco años.

Junto a ella estaba Evelyn.

Las dos abrazadas.

Parecían felices.

Elena sonrió entre lágrimas.

—Nunca había visto esta foto...

Dio la vuelta al marco.

Había una dedicatoria.

"Las hermanas que la vida me regaló."

Firmado:

Evelyn.

Victoria sintió un nudo en la garganta.

—Ella quería mucho a tu madre.

—Ella también la quería.

Elena pasó lentamente los dedos sobre la fotografía.

Lucien continuó revisando el despacho.

Encontró varios archivadores.

Todos etiquetados.

VALMERE.

ASHCROFT.

MERCER.

VALE.

Y uno más.

CLARA.

Lucien abrió ese primero.

Había decenas de cartas.

Todas escritas por la madre de Elena.

Las primeras eran antiguas.

Las últimas...

no tanto.

Lucien frunció el ceño.

—Esto no puede ser.

Elena levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

Él sacó una carta.

La fecha estaba escrita en la esquina superior.

Dieciocho de abril.

Solo cuatro años atrás.

Elena sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Pero...

Mamá murió hace veinte años.

Lucien abrió lentamente el sobre.

Dentro solo había una hoja.

Escrita con la misma letra que aparecía en la fotografía.

Leyó en silencio.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué dice?

Lucien tardó varios segundos en responder.

Finalmente entregó la hoja a Elena.

Ella comenzó a leer.

"Si alguien encuentra esta carta...

significa que fracasé.

Richard no es el enemigo que todos creen.

Hay alguien mucho peor.

Si Elena sigue viva...

aléjenla de Adrian.

Él no busca el libro.

Busca a mi hija."

Las manos de Elena comenzaron a temblar.

Siguió leyendo.

"Si alguna vez regresas a esta casa...

no confíes en nadie.

Ni siquiera en Julián.

Todos ocultamos una parte de la verdad."

El silencio fue absoluto.

Victoria miró lentamente a Julián, que seguía arriba.

—Ni siquiera en él...

Lucien tomó aire lentamente.

Nunca lo había visto tan desconcertado.

Elena volvió a mirar la carta.

Había una última línea.

Muy pequeña.

Casi escondida.

"La llave no está enterrada.

Está donde siempre duerme la música."

Elena frunció el ceño.

—¿La música?

Victoria comenzó a pensar.

—¿Un piano?

Lucien negó.

—No había piano.

Elena cerró los ojos.

Intentó recordar.

Su madre.

Cantando.

Una melodía.

Una habitación iluminada por el sol.

Y una pequeña caja.

La caja musical.

Abrió los ojos de golpe.

—La caja.

Corrió escaleras arriba.

Los demás fueron detrás.

Entró directamente a la habitación infantil.

Comenzó a buscar desesperadamente.

Abrió cajones.

Viejos armarios.

Cajas llenas de juguetes.

Nada.

Respiraba cada vez más rápido.

—Tiene que estar aquí...

Lucien se acercó.

—Tranquila.

—No puedo.

—Respira.

—No puedo.

Lucien tomó suavemente sus hombros.

—Mírame.

Ella levantó la vista.

Por primera vez desde que comenzó toda aquella pesadilla...

sus ojos se encontraron sin rabia.

Sin discusiones.

Solo miedo.

Lucien habló muy despacio.

—La encontraremos.

Te lo prometo.

Elena sintió que las lágrimas volvían.

—Siempre prometes cosas imposibles.

—Y sigo aquí.

Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Eso es desesperadamente arrogante.

—Lo sé.

Por primera vez...

él sonrió de verdad.

No era la sonrisa segura del empresario.

Ni la del hombre acostumbrado a controlar cada situación.

Era cálida.

Humana.

Elena sintió algo extraño dentro del pecho.

Un calor inesperado.

Apartó la mirada rápidamente.

No era el momento.

No podía permitirse sentir aquello.

Entonces...

Escucharon un golpe.

Todos giraron.

Julián permanecía inmóvil frente a la vieja chimenea.

Su mano temblaba.

Miraba un pequeño ladrillo.

—No puede ser...

susurró.

Elena se acercó.

—¿Qué ocurre?

Julián tocó el ladrillo.

—Tu madre...

Siempre escondía las cosas aquí.

Presionó la pieza.

Se escuchó un mecanismo.

El ladrillo salió lentamente.

Detrás había un pequeño compartimiento.

Todos contuvieron la respiración.

Dentro descansaba una diminuta caja de madera.

Tallada completamente a mano.

Con una bailarina dorada sobre la tapa.

La caja musical.

Elena sintió que el corazón se detenía.

La tomó con ambas manos.

Todavía olía ligeramente a lavanda.

Exactamente igual que recordaba.

Había una pequeña llave al costado.

La giró lentamente.

La melodía comenzó a sonar.

Era la canción que su madre le cantaba para dormir.

Elena cerró los ojos.

Durante unos segundos volvió a ser una niña.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas.

Lucien no dijo absolutamente nada.

Solo permaneció a su lado.

Respetando aquel momento.

Cuando la música terminó...

se escuchó un clic.

La bailarina dejó de girar.

Y el fondo de la caja se abrió solo.

Dentro no había joyas.

Ni dinero.

Había un pequeño sobre negro.

Sellado con cera.

En el sello aparecía el emblema de Valmere.

Y debajo...

una llave plateada.

Muy antigua.

Elena tomó el sobre.

En el frente solo había una frase escrita con la letra de su madre.

"Para mi pequeña Elena.

Ábrelo únicamente cuando descubras quién es Lucien Ashcroft en realidad."

Elena sintió que toda la habitación desaparecía.

Lentamente levantó la cabeza.

Miró a Lucien.

Él estaba completamente pálido.

—Yo...

susurró.

Pero no pudo terminar la frase.

Porque alguien acababa de entrar en la casa.

El sonido de unos aplausos resonó detrás de ellos.

Lentos.

Irónicos.

Todos se giraron.

Un hombre alto permanecía apoyado contra el marco de la puerta.

Cabello oscuro.

Abrigo negro.

Elegante.

Sonreía con absoluta tranquilidad.

Como si hubiera estado esperando aquel momento durante años.

Miró directamente a Elena.

Después a Lucien.

Y finalmente dijo:

—Qué conmovedor.

La familia Ashcroft siempre llega justo cuando necesito que alguien haga el trabajo por mí.

Lucien levantó el arma.

Su rostro perdió todo rastro de calma.

—Adrian...

El hombre sonrió todavía más.

—Hola, Lucien.

Ha pasado demasiado tiempo.