Hasta que seas mía CAPITULO 11 #3
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CAPITULO 11 #3

—Me dijiste que fue un accidente.

—Elena…

—¿Cómo murió?

Lucien se acercó.

—No tienes que escuchar esto ahora.

Ella se volvió hacia él.

—No vuelvas a decidir qué puedo escuchar.

Lucien se detuvo.

Elena miró a su padre.

—Dímelo.

Julián respiró lentamente.

—La encontraron al pie de un acantilado.

—Eso ya lo sé.

—No cayó.

Elena sintió un zumbido en los oídos.

—¿La empujaron?

—Sí.

—¿Adrian?

Julián negó.

Victoria levantó la mirada.

—Entonces ¿quién?

Julián observó a Lucien.

Elena siguió sus ojos.

—No.

Lucien endureció el rostro.

—¿Qué estás insinuando?

—No lo insinúo.

Julián se puso de pie con dificultad.

—Richard estaba con ella la noche en que murió.

Elena sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

Lucien no apartó la mirada.

—Mi padre murió tres años después.

—Eso no cambia nada.

—¿Tienes pruebas?

—Vi su automóvil.

—Eso no demuestra que la matara.

—Encontré sangre de ella en el asiento.

Victoria se apoyó contra la mesa.

—Richard mató a la madre de Elena.

—No —dijo Lucien.

La respuesta salió demasiado rápida.

Demasiado personal.

Julián lo miró.

—Quieres creer que tu padre tuvo límites.

—Quiero hechos.

—El hecho es que Clara tenía las dos partes de la clave. Richard fue a buscarla. Esa noche murió.

Elena sintió que el nombre de su madre le dolía.

Clara.

Hacía años que nadie lo pronunciaba así.

—¿Por qué no lo denunciaste?

—Porque al día siguiente recibí una fotografía tuya saliendo de la escuela.

Elena dejó de respirar.

—¿Qué?

—Con una nota.

—¿Qué decía?

Julián cerró los ojos.

—Que si hablaba, tú serías la siguiente.

Lucien apretó los puños.

—¿Firmada?

—No.

—Entonces no sabes si fue Richard.

—¿Quién más?

Victoria soltó una risa amarga.

—Adrian.

Todos la miraron.

—Era su forma de trabajar —continuó—. Fotografías. Amenazas indirectas. Hacer que la víctima culpara a otra persona.

Julián negó.

—Richard sabía dónde estudiaba Elena.

—También Adrian.

—Tú quieres limpiarlo de todo.

—No. Quiero saber quién convirtió mi vida en una mentira.

Keller se acercó a la ventana.

—Tenemos vehículos entrando.

Lucien tomó su arma.

—¿Nuestros hombres?

Keller escuchó el comunicador.

—Sí.

Un segundo después, varios hombres de seguridad entraron en el almacén.

—Zona asegurada —informó uno—. Encontramos tres atacantes heridos en la estación. Ninguno es Adrian Vale.

—¿Cámaras de carretera? —preguntó Lucien.

—Un vehículo salió hacia el norte hace siete minutos.

—Síganlo.

—Ya lo estamos haciendo.

Lucien guardó el arma.

—Nos vamos.

Victoria tomó la carpeta.

Lucien extendió la mano.

—Dámela.

—No.

—Está vinculada a mi familia.

—También a la mía.

—Están intentando matarnos por ella.

—Precisamente por eso no te la daré.

Lucien dio un paso.

Victoria levantó la pistola.

Elena se interpuso.

—Basta.

Ambos la miraron.

—La carpeta se queda conmigo.

Victoria soltó una risa incrédula.

—¿Perdón?

—Soy la única aquí que no ha pasado años ocultando información.

—No sabes protegerla.

—Entonces enséñame.

Lucien negó.

—No.

Elena se volvió hacia él.

—No te pedí permiso.

—Esa carpeta te convierte en un objetivo.

—Ya soy un objetivo.

—No voy a aumentar el riesgo.

—Tú no vas a decidirlo.

Lucien se acercó.

Su voz bajó.

—No después de lo que ocurrió esta noche.

—Precisamente después de lo que ocurrió esta noche.

Elena sostuvo su mirada.

—Estoy cansada de correr detrás de las verdades que ustedes deciden soltarme. La carpeta viene conmigo.

—Elena.

—Si intentas quitármela, me iré con Victoria.

El rostro de Lucien cambió.

No mucho.

Pero Elena lo vio.

La amenaza lo había golpeado.

Victoria sonrió.

—Me agrada.

—No hables —dijo Lucien.

—También me agrada cuando te enfadas.

Lucien ignoró el comentario.

Miró a Elena.

—La llevarás únicamente si permanece en una caja de seguridad.

—Que yo pueda abrir.

—Sí.

—Sin copias ocultas.

—No puedo prometer eso.

—Entonces me voy con ella.

Lucien cerró los ojos un instante.

—Sin copias ocultas.

Elena tomó la carpeta de las manos de Victoria.

—Bien.

Julián la observó con preocupación.

—No sabes lo que estás sosteniendo.

Elena lo miró.

—Tú tampoco sabes quién soy ahora.

Salieron del almacén.

La lluvia había disminuido.

El cielo comenzaba a aclararse.

Había vehículos de seguridad por todas partes.

Lucien ordenó que Julián fuera atendido en una casa cercana.

Victoria insistió en ir con ellos.

—No confío en ti —le dijo Lucien.

—El sentimiento es mutuo.

—No era una conversación.

—Nunca lo es contigo.

Elena subió al vehículo con la carpeta sobre las piernas.

Julián fue trasladado en otro automóvil con Keller.

Victoria tomó el asiento delantero.

Lucien se sentó junto a Elena.

Durante varios minutos, nadie habló.

Elena abrió la carpeta.

Lucien puso una mano sobre ella.

—Ahora no.

—Dijiste que era mía.

—Dije que podías llevarla.

—No juegues con las palabras.

—Estás agotada.

—No necesito descansar.

—Casi te disparan dos veces en una noche.

—A ti te dispararon de verdad.

—No cambia mi argumento.

Elena apartó su mano.

—Quiero ver la fotografía.

Buscó entre las páginas.

La encontró.

La imagen de los cinco.

En la parte trasera había algo que no habían visto antes.

Una anotación en tinta azul.

Victoria se volvió desde el asiento delantero.

—¿Qué dice?

Elena acercó la fotografía a la luz.

La letra era femenina.

Temblorosa.

Reconoció la forma de las letras.

Había visto esa escritura en tarjetas de cumpleaños.

En notas dentro de sus almuerzos.

En recetas guardadas durante años.

Era la letra de su madre.

Leyó en voz alta:

—“Julián cree que la clave está dividida entre nosotros. No sabe que Richard me entregó la suya.”

Elena sintió que el corazón se detenía.

Lucien tomó la fotografía.

Continuó leyendo:

—“Las tres partes están juntas. Si algo me ocurre, Elena las encontrará cuando regrese al lugar donde comenzó nuestra historia.”

Julián había mentido otra vez.

La madre de Elena había tenido la clave completa.

Victoria miró por encima del hombro.

—¿Qué lugar?

Elena siguió leyendo.

Debajo del mensaje aparecía una sola palabra.

No era un nombre.

Era una fecha.

El día de su nacimiento.

Lucien levantó la mirada.

—El lugar donde comenzó tu historia.

Elena sintió que una imagen olvidada regresaba.

Una casa pequeña.

Un jardín de lavanda.

Una caja musical junto a una ventana.

Y una frase que su madre repetía cada cumpleaños:

Allí fue donde te elegimos.

Elena cerró la carpeta.

—Sé dónde está.

Lucien la observó.

—¿La clave?

—Sí.

—¿Dónde?

Elena miró por la ventana.

El amanecer comenzaba a romper sobre las montañas.

—En la casa donde nací.

Victoria se volvió completamente.

—¿Dónde está esa casa?

Elena no respondió.

Lucien sostuvo su mirada.

—Elena.

Ella apretó la carpeta contra el pecho.

—No voy a decírselo a ninguno de ustedes.

El vehículo continuó avanzando.

Nadie habló.

Hasta que el teléfono de Lucien sonó.

Él respondió.

Escuchó durante varios segundos.

Su rostro perdió toda expresión.

—Repítelo.

Elena sintió que algo estaba mal.

Lucien terminó la llamada.

—¿Qué pasó?

Él la miró.

—El equipo que seguía a Adrian encontró su vehículo.

—¿Lo atraparon?

—No.

—¿Entonces?

Lucien apretó el teléfono.

—Dentro había un cuerpo.

Victoria dejó de respirar.

—¿De quién?

Lucien miró primero a ella.

Después a Elena.

—De Richard Ashcroft.

El silencio llenó el automóvil.

Elena sintió que su mente rechazaba la frase.

—Eso es imposible.

Victoria se volvió lentamente.

—Richard murió hace cuatro años.

Lucien no parpadeó.

—El cuerpo todavía estaba caliente.