CAPITULO 11
El hombre de la fotografía
—Es el verdadero padre de Victoria.
Las palabras de Julián quedaron suspendidas en medio de los disparos.
Elena sintió que el mundo se detenía durante un segundo.
Solo uno.
Después, otra bala atravesó la ventana y golpeó la pared detrás de ellos.
—¡Muévanse! —ordenó Keller.
Lucien tomó a Elena por la cintura y la arrastró detrás de una columna de piedra.
Ella apenas pudo procesar el movimiento.
—¿Qué acaba de decir? —preguntó.
—Después.
—No. Ahora.
—Elena.
—Dijo que Richard no era el padre de Victoria.
Lucien mantuvo una mano sobre la nuca de Elena, obligándola a permanecer agachada.
—Escúchame. Hay alguien disparando desde el otro lado de las vías. Si levantas la cabeza, no habrá después.
Elena apretó los dientes.
Victoria seguía en el suelo, junto a la mesa volcada.
Había recogido varias páginas de la carpeta y las sostenía contra el pecho.
Julián estaba tendido detrás del sillón.
Keller se desplazaba cerca de la puerta, hablando por el comunicador.
—Equipo norte, informe.
Solo respondió estática.
Keller maldijo.
—Han bloqueado las frecuencias.
Lucien sacó su teléfono.
No tenía señal.
—¿Las puertas?
—Comprometidas —respondió Keller—. Hay movimiento en el pasillo oeste.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Victoria soltó una risa corta.
—Por fin algo que no sabes.
Lucien la miró.
—Guarda silencio.
—Llevas treinta años intentando callar a todo el mundo. Mira lo bien que ha funcionado.
Elena se volvió hacia ella.
—¿Quién es ese hombre?
Victoria apretó la mandíbula.
—No es momento.
—Hace un minuto parecías tener muchas ganas de contar secretos.
—Ese no es mío.
—Hablas de tu padre.
Victoria giró lentamente el rostro.
Sus ojos eran fríos.
Pero debajo de la frialdad había algo más.
Miedo.
—Richard fue mi padre.
—Julián acaba de decir que no.
—Julián ha mentido durante media vida.
—Y tú también.
Victoria bajó la mirada hacia la fotografía.
El quinto hombre permanecía medio oculto entre las sombras.
Alto.
De hombros anchos.
Con la mano izquierda sobre Richard.
La misma postura del atacante del hotel.
—¿Cómo se llama? —preguntó Elena.
Julián intentó incorporarse.
—No digas nada.
Victoria lo observó.
—¿Todavía crees que puedes detener esto?
—No sabes lo que va a pasar si lo haces.
—Ya está pasando.
Un estruendo sacudió el pasillo.
Keller apuntó hacia la puerta.
—Señor, tenemos que salir.
—¿Ruta?
—La salida de mantenimiento detrás de la sala.
Victoria negó.
—Está cerrada.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lucien.
—Porque fui yo quien la cerró.
Lucien la miró con una furia silenciosa.
—¿Por qué?
—Porque no sabía a quién seguían.
—Nos trajiste a una trampa.
—Los hombres no venían detrás de ustedes.
Victoria miró a Julián.
—Venían detrás de él.
Julián cerró los ojos.
Elena sintió que el miedo volvía a crecer dentro de ella.
—¿Por qué mi padre?
—Porque sabe dónde está el libro —respondió Victoria.
—Ya dijiste eso.
—No me refería al registro.
Elena frunció el ceño.
—Entonces ¿a qué?
Victoria levantó las páginas que había recogido.
—Esto es una copia incompleta. El verdadero libro de Valmere no es papel.
Lucien entendió antes que Elena.
—Una clave.
Victoria asintió.
—Una clave dividida en tres partes.
Julián se volvió hacia ella.
—Cállate.
—Una la tenía Evelyn —continuó Victoria—. Otra Richard. La tercera…
Miró a Elena.
Elena sintió que la piel se le enfriaba.
—La tenía mi madre.
Victoria sonrió sin alegría.
—Exactamente.
—¿Dónde está?
—Esa es la pregunta por la que llevan años muriendo personas.
Otro golpe sacudió la puerta.
La madera se abrió varios centímetros.
Keller disparó hacia el pasillo.
Alguien cayó.
Un segundo hombre respondió.
Las balas golpearon el marco.
Lucien empujó a Elena más abajo.
—Keller.
—Dos atacantes confirmados. Posiblemente más.
—¿Refuerzos?
—A cuatro minutos.
—No tenemos cuatro minutos.
Lucien miró hacia la parte trasera de la sala.
Había una puerta estrecha junto a la chimenea.
—Dijiste que estaba cerrada.
Victoria asintió.
—Con una cerradura de seguridad.
—¿Código?
—No lo tengo.
—¿Quién lo tiene?
—Richard lo cambió antes de morir.
Lucien se levantó parcialmente y disparó hacia el pasillo.
Elena se sobresaltó.
Nunca lo había visto sostener un arma.
No le temblaba la mano.
—Lucien.
—Quédate abajo.
—¿Desde cuándo llevas eso?
—Desde el hotel.
—Me aseguraste que estaba a salvo.
—Nunca dije que lo creyera.
Victoria se arrastró hasta la puerta de mantenimiento.
Pasó los dedos por el teclado.
—Seis números.
—¿Una fecha? —preguntó Elena.
—Richard no utilizaba fechas.
Lucien la observó.
—Usaba precios de cierre.
Victoria levantó la cabeza.
—¿De acciones?
—De operaciones importantes.
—¿Cuál?
—Esta estación fue adquirida por una empresa vinculada a Valmere en 1998.
Lucien marcó una secuencia.
La pantalla se iluminó en rojo.
—Incorrecto —dijo Victoria.
—Puedo verlo.
—Qué alivio.
Otro impacto golpeó la puerta principal.
Keller volvió a disparar.
—Señor, se nos acaba el tiempo.
Elena miró la fotografía.
Richard.
Evelyn.
Julián.
Su madre.
El hombre desconocido.
En la esquina inferior había una fecha escrita.
Octubre de 1994.
Pero debajo, casi borrados por el tiempo, aparecían varios números.
—Espera.
Tomó la fotografía.
Lucien se volvió.
—Elena, abajo.
—Hay números.
—¿Dónde?
Ella se arrastró hasta la puerta de mantenimiento.
—Aquí.
Victoria acercó la imagen a la débil luz de emergencia.
—Cuarenta y siete, doce, treinta y uno.
—Son seis números —dijo Elena.
Lucien introdujo 471231.
La pantalla volvió a ponerse roja.
—No.
Elena dio la vuelta a la fotografía.
La frase seguía allí:
Lo que enterramos aquella noche debe permanecer con nosotros.
Debajo, había una marca casi invisible.
No era un número.
Era una letra.
R.
—Quizá hay que leerlos al revés.
Lucien introdujo 132174.
La luz cambió a verde.
La cerradura se abrió.
Victoria la miró.
—Eso era.
Keller retrocedió hacia ellos.
—Todos dentro. Ahora.
Lucien abrió la puerta.
Detrás había una escalera estrecha que descendía bajo la estación.
Victoria ayudó a Julián a levantarse.
Él la apartó.
—No me toques.
—Te saqué vivo de tu casa.
—Después de llevarlos hasta mí.
—No fui yo.
—Siempre eres tú, Victoria. Aunque no sostengas el arma.
Elena se colocó junto a su padre.
—Apóyate en mí.
Julián la miró.
—No deberías haber venido.
—Ya lo dijiste.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Keller disparó otra vez.
—¡Muévanse!
Entraron en la escalera.
Lucien fue el último.
Cerró la puerta detrás de ellos.
Keller accionó un seguro interior.
Un segundo después, varias balas golpearon el metal.
La escalera descendía hacia un túnel húmedo.
No había luz.
Lucien activó la linterna de su teléfono.
—¿Adónde lleva? —preguntó Elena.
Victoria caminaba delante.
—A un antiguo depósito ferroviario.
—¿Tiene salida?
—Debería.
—Eso no suena convincente.
—No he bajado aquí desde que tenía diecisiete años.
Lucien se detuvo.
—¿Richard te traía?
Victoria continuó caminando.
—Richard traía a muchas personas a lugares donde nadie podía oírlas.
El tono hizo que Elena sintiera un escalofrío.
Julián respiraba con dificultad.
—¿Te duele algo?
—Las costillas.
—¿Te golpearon?
—Sí.
—¿Quiénes?
—Hombres que no conocía.
—¿El mismo que entró en mi hotel?
Julián giró la cabeza.
—¿Entraron en tu habitación?
—Intentaron llevarme.
Su padre perdió el poco color que le quedaba.
—No.
—Estoy bien.
—No entiendes lo que significa.
—Entonces dime quién es.
Julián siguió caminando.
—No puedo.
Elena se detuvo.
—¿No puedes o no quieres?
—Es lo mismo.
—No para mí.
Lucien pasó junto a ellos.
—Sigan moviéndose.
Elena se volvió hacia él.
—No me des órdenes.
—Puedes discutir conmigo cuando no haya hombres intentando atravesar una puerta para matarnos.
—A ella no la callas.
Lucien miró a Victoria.
—Porque Victoria disfruta demasiado escuchándose.
—Y tú disfrutas demasiado siendo obedecido —respondió ella.
—Por una vez, ambos podrían cerrar la boca —dijo Julián.
El silencio cayó.
Elena nunca había escuchado a su padre hablar así.
Continuaron descendiendo.
Al final de la escalera encontraron un túnel de ladrillo.
Viejas tuberías recorrían las paredes.
El suelo estaba cubierto por una capa fina de agua.
Victoria avanzó hacia la derecha.
—La salida está por aquí.
—¿Estás segura? —preguntó Keller.
—No.
—Excelente.
Elena caminaba junto a Julián.
Cada paso parecía dolerle.
—¿Dónde está mamá en todo esto?
Él tropezó.
—No hables de ella aquí.
—Llevas toda la vida diciéndome cuándo puedo hablar.
—Porque no quería que terminaras así.
—¿Así cómo?
Julián la miró.
—Dentro del mundo de los Ashcroft.
Elena sintió que Lucien escuchaba, aunque caminaba delante.
—No estoy dentro de su mundo.
Julián miró el abrigo de Lucien sobre sus hombros.
Elena no se había dado cuenta de que él se lo había puesto al salir del automóvil.
—¿No?
Ella apretó los labios.
—Esto no tiene que ver con él.
—Todo tiene que ver con él.
Lucien se detuvo.
—No utilice a Elena para atacarme.
Julián soltó una risa amarga.
—¿Atacarte? Tú la seguiste. Investigaste su vida. La acercaste a una familia que ha destruido a cualquiera que toca.
—Ella ya estaba involucrada antes de conocerme.
—No lo sabía.
—Eso no la hacía menos vulnerable.
—La hacía libre.
Lucien avanzó hacia él.
—La hacía ciega.
Elena se colocó entre ambos.
—Basta.
Julián la miró con dolor.
—No sabes quién es.
—Sé más de lo que tú me has contado.
—No es suficiente.
Lucien habló con voz baja.
—Entonces cuéntele todo.
Julián endureció el rostro.
—Tú primero.
—Ya no queda mucho que ella no sepa.
Victoria soltó una risa desde el fondo del túnel.
—Eso es lo más gracioso que has dicho esta noche.
Lucien giró hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
Victoria no respondió.
Llegaron a una bifurcación.
Dos túneles se abrían frente a ellos.
Uno descendía.
El otro subía ligeramente.
Victoria miró ambos.
—No lo recuerdo.
Keller observó el suelo.
—El de la izquierda tiene huellas recientes.
Lucien se agachó.
Marcas de botas.
Varias.
—No estamos solos aquí abajo.
Elena sintió que Julián se tensaba.
—Tomemos el otro.
—Podría estar bloqueado —dijo Keller.
—El de la izquierda nos lleva directamente hacia ellos.
—O hacia la salida.