Hasta que seas mía CAPITULO 10 #2
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CAPITULO 10 #2

Un hombre de seguridad señaló el pasillo.

—Están en la sala de espera privada.

Elena avanzó.

Lucien caminó a su lado.

—No entres primero.

—No empieces.

—Elena.

—Es mi padre.

—Y Victoria es impredecible.

—¿Le tienes miedo?

Lucien no respondió.

Aquello la sorprendió más que cualquier palabra.

Llegaron a una puerta de madera oscura.

Keller se colocó delante.

—Yo entro primero.

Elena quiso protestar.

Lucien le lanzó una mirada.

Por una vez, ella no discutió.

Keller abrió.

La sala tenía sillones de cuero, una chimenea apagada y grandes ventanas que daban a las vías.

Victoria estaba de pie junto a una mesa.

Llevaba un abrigo blanco manchado de sangre.

En una mano sostenía una pistola.

Julián estaba sentado en un sillón.

Tenía el labio roto.

Un corte sobre la ceja.

Las muñecas marcadas.

Pero estaba vivo.

—Papá.

Julián levantó la cabeza.

—Elena, no.

Ella dio un paso.

Victoria apuntó el arma hacia el suelo, pero no la guardó.

Lucien se colocó delante de Elena.

—Baja el arma, Victoria.

Victoria sonrió sin alegría.

—Siempre tan dramático.

—Bájala.

—Si quisiera dispararle, ya lo habría hecho.

—No me refería a él.

Los ojos de Victoria se desplazaron hacia Elena.

—Ah.

Elena apartó a Lucien.

—¿Qué le hiciste?

—Salvarle la vida.

—Está cubierto de sangre.

—La mayoría no es suya.

Elena corrió hacia Julián.

Él intentó levantarse.

El dolor lo obligó a permanecer sentado.

Ella se arrodilló frente a él.

—¿Qué pasó?

Julián le tocó el rostro.

—No deberías estar aquí.

—¿Quién te hizo esto?

Él miró a Lucien.

—Te dije que no confiaras en él.

Lucien no se movió.

—No fui yo quien lo llevó —dijo Victoria.

Julián volvió la mirada hacia ella.

—Pero sabías que vendrían.

—Sospechaba.

—Y no advertiste a nadie.

—¿A quién? ¿A la policía que lleva treinta años obedeciendo a los Ashcroft?

—Tú eres una Ashcroft.

Victoria sonrió.

—Solo cuando me conviene.

Elena sostuvo la mano de su padre.

—¿Quién entró en tu casa?

Julián guardó silencio.

—Papá.

—No lo vi bien.

—¿Era Gabriel Mercer?

El rostro de Julián cambió.

Lucien lo notó.

—Está vivo —dijo.

No era una pregunta.

Julián bajó la mirada.

—No lo sé.

Victoria soltó una risa breve.

—Sigues mintiendo igual que antes.

Elena se puso de pie.

—¿Tú sabes quién fue?

Victoria dejó la pistola sobre la mesa.

—Sé quién dio la orden.

Lucien avanzó.

—¿Quién?

Victoria lo miró.

—Tú no haces preguntas aquí.

—Entonces responde a Elena.

—Siempre tan dispuesto a usarla como llave.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Victoria tomó una carpeta de cuero que estaba sobre la mesa.

—Tu padre sabe que ha llegado el momento de hablar.

Julián se tensó.

—No.

—Ya intentaron matarte.

—Precisamente por eso.

—No. Intentaron llevarte con vida.

Elena miró a su padre.

—¿Por qué?

Julián cerró los ojos.

Victoria dejó la carpeta frente a él.

—Porque eres el único que sabe dónde está.

Lucien se acercó a la mesa.

—¿Dónde está qué?

Victoria no apartó los ojos de Julián.

—El libro de Valmere.

El nombre pareció vaciar el aire de la habitación.

Lucien quedó inmóvil.

—Eso no existe.

Victoria sonrió.

—Richard también decía eso.

—¿Qué libro? —preguntó Elena.

Julián apoyó los codos sobre las rodillas.

Parecía haber envejecido diez años en una noche.

—No era un libro normal.

—Entonces ¿qué era?

—Un registro.

—¿De qué?

Julián miró a Lucien.

—De todo.

Victoria abrió la carpeta.

Dentro había copias de documentos antiguos, fotografías y páginas quemadas por los bordes.

—Pagos —dijo—. Sobornos. Nombres de políticos. Jueces. Policías. Empresarios. Fechas. Cuentas bancarias. Richard registró cada operación de Valmere durante años.

Elena miró a Lucien.

—Dijiste que Valmere estaba vinculada a lavado de dinero y terrenos.

—Eso era lo que podía probar.

Victoria deslizó una página sobre la mesa.

—Valmere no era una empresa. Era una red.

Lucien tomó el documento.

Su rostro se endureció.

—¿De dónde sacaste esto?

—De la caja fuerte de mi madre.

—Evelyn no tenía una caja fuerte.

—Tú tenías diez años. No sabías muchas cosas.

—¿Por qué lo ocultaste?

Victoria inclinó la cabeza.

—Qué interesante escuchar esa pregunta de ti.

Elena abrió la carpeta.

Vio columnas de números.

Iniciales.

Direcciones.

Una fotografía de Richard junto a varios hombres.

Y otra imagen.

Su madre.

Más joven.

De pie frente a la casa del incendio.

Elena tomó la fotografía.

—¿Cuándo fue esto?

Julián se quedó pálido.

—Una semana antes.

—¿Por qué estaba allí?

—Trabajaba con Evelyn.

—¿En qué?

—En sacar el libro del país.

Elena sintió un golpe de frío.

—Mi madre sabía de Valmere.

—Sí.

—¿Y tú?

Julián asintió.

—También.

—Entonces Lucien tenía razón. Trabajabas para ellos.

—Al principio.

—¿Qué significa eso?

—Que no entendí lo que era Valmere hasta que ya estaba dentro.

—¿Qué hacías?

Julián tragó saliva.

—Movía documentos. Abría empresas. Firmaba propiedades.

—Lavabas dinero.

—Sí.

La respuesta directa dolió más que una excusa.

Elena se apartó de él.

—Me dijiste que eras contador.

—Lo era.

—Me dijiste que nunca habías tenido problemas con la ley.

—Porque Richard se aseguró de que no quedara nada a mi nombre.

—Excepto firmas.

—Sí.

Elena sintió que las piezas de su infancia cambiaban de forma.

Los viajes repentinos.

Las mudanzas.

El miedo de su madre.

Las puertas cerradas.

—¿Mamá quería denunciarlo?

—Quería huir.

—¿Con Evelyn?

—Sí.

Victoria apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi madre descubrió que Richard planeaba vender el libro a sus propios socios.

Lucien levantó la vista.

—Eso no tiene sentido.

—Richard sabía que Valmere estaba terminando. Algunos de los hombres involucrados querían eliminar toda evidencia. Él decidió usarla para garantizar su supervivencia.

—¿Chantaje?

—Exactamente.

Lucien miró a Julián.

—¿Mi padre provocó el incendio para recuperar el libro?

—No —respondió Julián.

Elena recordó las palabras del desconocido.

Richard salió solo.

Su madre gritaba desde el jardín.

Evelyn quedó dentro.

—Entonces ¿quién inició el fuego?

Julián apretó las manos.

—Gabriel.

El nombre llenó la sala.

Lucien no mostró sorpresa.

Solo una frialdad absoluta.

—¿Bajo órdenes de quién?

Julián miró a Victoria.

Ella no respondió.

—¿De Richard? —preguntó Elena.

—No.

—Entonces ¿de quién?

Julián abrió la boca.

Un golpe seco resonó contra la ventana.

El cristal se agrietó.

Lucien se lanzó sobre Elena.

La bala atravesó la sala y se incrustó en la pared.

—¡Al suelo! —gritó Keller.

Las luces se apagaron.

La habitación quedó en oscuridad.

Victoria tomó su arma.

Julián cayó junto al sillón.

Elena quedó atrapada bajo el cuerpo de Lucien.

—¿Estás herida? —preguntó él.

—No.

Otro disparo rompió el cristal.

Keller respondió desde la puerta.

Se escucharon gritos en el pasillo.

Lucien cubrió la cabeza de Elena.

—No te muevas.

—Mi padre.

—Keller lo tiene.

—No lo veo.

—Elena.

Una tercera bala atravesó la mesa.

La carpeta de Valmere cayó al suelo.

Las páginas se dispersaron.

Victoria se arrastró hacia ellas.

—¡Déjalas! —ordenó Lucien.

—Son lo único que nos mantiene vivos.

—Ahora mismo están intentando matarnos por ellas.

Victoria recogió una fotografía.

Elena alcanzó a verla bajo la luz de emergencia.

Era una imagen de Richard.

Evelyn.

Julián.

Su madre.

Y un quinto hombre.

El rostro estaba parcialmente cubierto por una sombra.

Pero Elena reconoció la postura.

La altura.

La mano izquierda apoyada sobre el hombro de Richard.

El mismo hombre que había entrado en su habitación.

—Gabriel —susurró.

Julián la escuchó.

—No.

Elena lo miró.

—¿Qué?

—Ese no es Gabriel.

Otro disparo impactó en la puerta.

Lucien arrastró a Elena detrás de una columna.

—¿Entonces quién es? —preguntó ella.

Julián miró la fotografía desde el suelo.

Su rostro se llenó de terror.

—Es el verdadero padre de Victoria.