CAPITULO 10
Sangre compartida
—¿Con Victoria Ashcroft? —repitió Elena.
Keller asintió.
—Los encontraron frente a la estación de Cold Spring hace menos de cinco minutos.
—Quiero hablar con él.
—No responde al teléfono —dijo Lucien.
Elena se volvió hacia él.
—Entonces llévame.
Lucien no contestó de inmediato.
La habitación pareció cerrarse a su alrededor.
Margaret seguía junto a la puerta. Keller sostenía el teléfono con una mano. El médico guardaba los instrumentos sin atreverse a intervenir.
Elena dio un paso hacia Lucien.
—Dijiste que no impedirías que viera a mi padre.
—Y no lo haré.
—Entonces vámonos.
—Primero necesito saber por qué Victoria está con él.
—Puedes preguntárselo cuando lleguemos.
—No voy a llevarte directamente a una situación que no entiendo.
—Mi padre apareció con sangre en la puerta de su casa y ahora está con tu hermana. No tenemos tiempo para que entiendas cada detalle.
Lucien la miró con dureza.
—Victoria no es mi hermana.
Elena se detuvo.
—¿Qué?
El silencio cambió.
Margaret bajó la mirada.
Keller no se movió.
Lucien pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de revelar.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Elena.
Lucien respiró lentamente.
—Victoria es hija de Richard, pero no de mi madre.
—Eso sigue convirtiéndola en tu hermana.
—No legalmente.
—No te pregunté por documentos.
—Elena…
—¿Quién es su madre?
Lucien miró hacia Margaret.
La mujer no dijo nada.
Aquello fue suficiente para despertar una nueva sospecha.
Elena observó a ambos.
—No.
Margaret levantó el rostro.
—Señorita Álvarez…
—No me diga que también usted forma parte de esto.
Lucien dio un paso.
—Margaret no es la madre de Victoria.
Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Entonces ¿quién?
—Evelyn.
La palabra cayó como una piedra.
Elena sintió que su mente se negaba a aceptarla.
—Evelyn era la hermana de Richard.
—No de sangre.
—Me dijiste que era tu tía.
—Así la criaron.
—¿Qué significa eso?
Lucien desvió la mirada un instante.
—Evelyn fue adoptada por mis abuelos cuando tenía seis años. Richard tenía once. Crecieron como hermanos.
—Y después tuvieron una hija.
—Sí.
Elena sintió náuseas.
—¿Victoria sabe?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes del incendio.
—¿Y por qué todo el mundo la llama Ashcroft?
—Porque Richard la reconoció años después.
—¿Evelyn murió sabiendo que él la reconocería?
Lucien apretó la mandíbula.
—No.
Elena pensó en la casa ardiendo.
En Evelyn atrapada.
En Richard cubierto de sangre.
En una niña que quizá había perdido a su madre aquella noche.
—¿Cuántos años tenía Victoria?
—Ocho.
—¿Estaba allí?
Lucien no respondió.
Elena sintió que el miedo se transformaba en certeza.
—Estaba allí.
—Sí.
—¿Vio el incendio?
—Sí.
—¿También vio a mi madre?
Lucien negó lentamente.
—Victoria nunca habló con claridad sobre lo que vio.
—¿Porque no recuerda?
—Porque aprendió muy pronto que algunos recuerdos podían matarla.
Elena lo miró fijamente.
—Y aun así la descartaste como responsable del secuestro.
—Porque sé lo que le ocurrió aquella noche.
—No. Sabes lo que ella te contó.
—Conozco a Victoria.
—¿De verdad?
Lucien sostuvo su mirada.
—Lo suficiente para saber que no secuestraría a Julián sin una razón.
—Eso no suena como una defensa.
—No lo es.
Elena recogió el abrigo que había dejado sobre una silla.
—Nos vamos.
Lucien no intentó detenerla esta vez.
—Keller, prepara el vehículo.
—Ya está listo.
—Dos unidades delante. Dos detrás. Nadie se acerca a la estación sin mi autorización.
Keller salió.
Margaret se acercó a Elena.
—Lleve esto.
Le entregó un pequeño teléfono.
—¿Otro?
—Este no está conectado a ninguna de sus cuentas. Solo tiene tres números guardados: el mío, el de Keller y el del señor Ashcroft.
Elena miró la pantalla.
—Qué reconfortante.
—No tiene que confiar en él para usarlo.
Elena guardó el aparato.
Lucien tomó una chaqueta oscura y se la puso con cuidado. El movimiento tensó los puntos del hombro.
Elena notó cómo ocultó el dolor.
—No deberías viajar.
—No voy a quedarme aquí.
—Te acaban de disparar.
—A ti intentaron secuestrarte.
—No estamos compitiendo.
—Entonces deja de usar mi herida como excusa para ir sin mí.
Ella abrió la boca.
No encontró una respuesta.
Margaret los observó durante un segundo.
—Ambos tienen una forma agotadora de preocuparse por el otro.
—No estoy preocupada por él —dijo Elena.
—Por supuesto.
Lucien abrió la puerta.
—Margaret.
—Ya me callo.
El trayecto hacia Cold Spring comenzó bajo una lluvia fina.
Elena ocupó el asiento trasero junto a Lucien. Keller conducía. Dos camionetas negras avanzaban delante y otras dos los seguían.
La ciudad quedó atrás.
Las luces se hicieron menos frecuentes.
Durante varios minutos, Elena miró por la ventana sin hablar.
El vidrio reflejaba su rostro pálido.
El vendaje en la mano.
La sombra de Lucien sentado a su lado.
—¿Por qué no me hablaste de Victoria? —preguntó al fin.
—No era mi secreto.
—Pero usaste información sobre mi familia cuando te convenía.
—Sí.
—¿Y la de Victoria merece más respeto?
Lucien volvió el rostro hacia ella.
—Victoria ha pasado toda su vida pagando por decisiones que no tomó.
—Eso no responde.
—No te hablé de ella porque su origen no cambia lo que está ocurriendo contigo.
—Ahora está con mi padre. Parece bastante relevante.
—Ahora sí.
Elena soltó una risa sin humor.
—Siempre decides cuándo algo se vuelve relevante.
—No siempre acierto.
—Al menos eso ya lo sabemos.
Lucien observó el vendaje de su mano.
—¿Te duele?
—No cambies de tema.
—No lo cambio.
—Sí, me duele.
—¿La cadera?
—También.
—El médico dijo que debes descansar.
—Y yo dije que no voy a hacerlo.
—Lo sé.
Elena giró hacia él.
—Deja de responder como si me conocieras.
—Te conozco.
—No.
—Sé que aprietas la mandíbula cuando tienes miedo.
Ella la relajó de inmediato.
Lucien continuó:
—Sé que te enfadas cuando alguien intenta ayudarte porque confundes protección con control.
—Contigo no tengo que confundir nada.
—Sé que tocas el borde de tu pulgar con el índice cuando estás tratando de no llorar.
Elena separó los dedos.
—Y sé que llevas veinte minutos mirando mi hombro cada vez que crees que no me doy cuenta.
—Porque estás sangrando otra vez.
Lucien bajó la vista.
Una pequeña mancha oscura había atravesado la camisa limpia.
—No es nada.
—Eso dijiste antes.
—Sigo vivo.
—Qué argumento tan brillante.
Elena tomó una gasa del botiquín del automóvil.
—Quítate la chaqueta.
Lucien la observó.
—No.
—Entonces deja que se abra la herida.
—Pensé que no estabas preocupada.
—Estoy preocupada por no tener que cargar con tu cadáver.
Una sombra de sonrisa apareció en la boca de Lucien.
Elena frunció el ceño.
—No sé qué te causa gracia.
—Tu forma de cuidar a alguien mientras finges que lo estás insultando.
—No te estoy cuidando.
—Claro.
Lucien se quitó la chaqueta.
Elena se acercó lo suficiente para levantar la tela de la camisa.
El olor de su piel y su colonia la envolvió.
Intentó ignorarlo.
Presionó la gasa sobre la herida.
Lucien respiró más hondo.
—¿Te duele?
—No.
Elena aumentó la presión.
Él cerró los ojos un instante.
—Mentiroso.
—No quería darte la satisfacción.
—¿De qué?
—De descubrir que puedes hacerme daño.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Elena retiró la mirada.
—Parece que ya hay demasiada gente intentando hacerlo.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
Lucien abrió los ojos.
—Porque a ti te lo permitiría.
Elena sintió un escalofrío.
—Eso no suena sano.
—Nunca he afirmado serlo.
Ella fijó la gasa con cinta.
Sus dedos rozaron la piel de Lucien.
Él no se movió.
Elena pudo sentir su respiración cerca de su cabello.
—Ya está —dijo.
Intentó apartarse.
Lucien sujetó suavemente su muñeca.
No la apretó.
Solo la detuvo.
Elena lo miró.
—Suéltame.
—Lo haré.
Pero no lo hizo todavía.
Sus ojos descendieron hacia la mano vendada de Elena.
—Cuando escuché tu grito por el teléfono…
Su voz perdió firmeza.
—Pensé que no llegaría.
Elena dejó de resistirse.
—Pero llegaste.
—No fui yo quien te salvó.
—Keller trabaja para ti.
—Eso no cambia que yo llegué después.
—No puedes controlar el tiempo.
—No.
Lucien levantó la mirada.
—Pero puedo asegurarme de que nadie vuelva a acercarse tanto.
—Eso tampoco puedes prometerlo.
—Puedo intentarlo.
—Y destruir todo a tu alrededor mientras lo haces.
—Si es necesario.
Elena retiró la muñeca.
Lucien la dejó ir.
—Ahí está el problema —dijo ella—. Para ti siempre es necesario.
El vehículo redujo la velocidad.
Keller miró por el espejo.
—Estamos a diez minutos.
Elena volvió a mirar la carretera.
—¿Cómo encontraron a mi padre?
—Una cámara de tránsito detectó el vehículo de Victoria —respondió Keller—. Estaba estacionado frente a la estación.
—¿Sigue allí?
—Sí.
—¿Y ellos?
—Dentro del edificio.
—¿La estación está abierta?
—No al público a esta hora. Victoria tiene acceso a una sala privada.
Elena miró a Lucien.
—¿Tu familia también es dueña de la estación?
—No.
—Sorprendente.
—El ferrocarril utiliza servicios de seguridad de una empresa vinculada a Ashcroft.
—Eso significa que sí.
—Indirectamente.
—Siempre hay una palabra elegante para esconder la verdad.
Lucien no discutió.
La lluvia aumentó.
Las gotas golpeaban el techo del automóvil como pequeñas piedras.
Cuando llegaron a Cold Spring, la estación parecía abandonada.
El edificio antiguo se levantaba junto a las vías, rodeado por árboles oscuros y faroles amarillentos.
No había pasajeros.
Solo vehículos negros.
Hombres armados vigilaban las entradas.
Elena abrió la puerta antes de que Keller terminara de estacionar.
Lucien la sujetó por el brazo.
—Espera.
—Mi padre está dentro.
—Y no sabemos quién más.
—Victoria.
—No sabemos si está sola.
Elena se liberó.
—Entonces averígualo mientras camino.
Lucien salió detrás de ella.
Keller los alcanzó.
—La zona está asegurada. No detectamos movimiento fuera del edificio.
—¿Francotiradores? —preguntó Lucien.
—Los techos están limpios.
—Eso dijeron en el hotel.
Keller endureció la expresión.
—Esta vez lo comprobé personalmente.
Entraron por una puerta lateral.
El interior olía a madera húmeda y metal.
Las luces estaban encendidas, pero la estación permanecía en silencio.