CAPITULO 9 #4
—Siempre hay tiempo para violar mi privacidad, pero nunca para discutirlo.
—Puedes odiarme mañana.
—Ya lo hago hoy.
Lucien sostuvo su mirada.
—No.
Elena sintió una punzada de rabia.
—No me digas lo que siento.
—No me odias.
—¿Y tú qué sabes?
—Si me odiaras, no habrías tocado mi herida.
Elena apartó la mirada.
—Eso se llama humanidad.
—No cuando se trata de mí.
El vehículo se detuvo frente a una casa de ladrillo oscuro.
No había letreros.
No había seguridad visible.
La puerta se abrió antes de que bajaran.
Margaret apareció en la entrada.
Ya no llevaba el traje azul marino.
Vestía pantalones oscuros y un suéter sencillo.
Por primera vez parecía una persona fuera de la Torre Ashcroft.
—Entren —dijo—. Rápido.
Keller salió primero.
Elena bajó después.
Lucien lo hizo al final.
Margaret vio la sangre en su camisa.
—¿Qué ocurrió?
—Nada importante.
—Eso parece bastante importante.
—Después.
Entraron.
La casa era cálida.
Llena de libros, fotografías familiares y muebles que no habían sido elegidos por un diseñador.
Elena miró alrededor.
—¿Vives aquí?
—Desde hace treinta y dos años —respondió Margaret.
—Pensé que alguien como Lucien te habría comprado una mansión.
Margaret miró a Lucien.
—Lo intentó.
—No insistí demasiado —dijo él.
—Intentaste comprar las dos casas vecinas.
—Para darte privacidad.
—Quería vecinos.
Elena no pudo evitar una sonrisa.
Lucien la vio.
No dijo nada.
Margaret condujo a Elena hasta una habitación de invitados.
—Hay ropa en el armario. El baño está al fondo. Nadie conoce esta dirección fuera de un grupo muy reducido.
—El hombre sabía dónde estaba el hotel.
—Esta casa no aparece vinculada a Ashcroft.
—Eso dijeron del automóvil.
Margaret sostuvo su mirada.
—Tiene razón en desconfiar.
La respuesta sorprendió a Elena.
—¿De Lucien también?
Margaret miró hacia el pasillo.
—Especialmente de Lucien cuando cree que está protegiendo a alguien.
—Puedo oírte —dijo él desde la sala.
—Lo sé.
Margaret volvió a Elena.
—Pero esta noche puede dormir aquí sin miedo.
—No creo que pueda dormir.
—Entonces al menos cierre los ojos.
Un médico llegó poco después.
Mientras atendía a Lucien en la sala, Elena permaneció en la puerta de la habitación.
Él se había quitado la camisa.
Elena intentó no mirar.
Falló.
Lucien tenía varias cicatrices.
Una cerca de las costillas.
Otra en el abdomen.
Una más antigua sobre el pecho.
No parecían accidentes.
Él notó su mirada.
—Puedes preguntar.
—No quiero saber.
—Mientes mal.
—Y tú demasiado bien.
El médico terminó los puntos.
Lucien se puso una camisa limpia que Margaret había dejado sobre una silla.
—¿Tu padre respondió? —preguntó.
Elena miró el teléfono nuevo que Keller le había dado.
—No.
—Llámalo otra vez.
—Dijiste que escuchan mis llamadas.
—Este teléfono está limpio.
Elena marcó.
Sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nadie respondió.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Lucien llamó a su equipo.
Esperó.
Su rostro se endureció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
Él no respondió.
—Lucien.
Terminó la llamada.
—La casa de tu padre está vacía.
Elena sintió que el pecho se le cerraba.
—Tal vez salió.
—La puerta estaba abierta.
—¿Entraron?
—Sí.
—Te dije que solo observaran.
—Había sangre en el porche.
Elena dejó caer el teléfono sobre la mesa.
—No.
Lucien se acercó.
—Elena.
—No.
—Escúchame.
—Dijiste que estaría protegido.
—Dije que enviaría hombres.
—Entonces fallaron otra vez.
La acusación salió rota.
Lucien la recibió sin moverse.
—Sí.
Elena sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
—Tenemos que ir.
—No puedes.
—Es mi padre.
—Y alguien quiere que corras hacia él.
—Me da igual.
—A mí no.
—No te corresponde.
—Esta noche sí.
Elena dio un paso hacia la puerta.
Lucien se interpuso.
No la tocó.
—Quítate.
—No.
—Lucien.
—Si tu padre fue llevado, quien lo hizo espera que vayas a buscarlo.
—Entonces iré.
—No sola.
—No contigo.
—Eso ya no es una opción.
Elena lo miró con furia.
—¿Vas a encerrarme?
Lucien sostuvo su mirada.
—Si es necesario.
—Hazlo y nunca volveré a confiar en ti.
—Prefiero que no confíes en mí a que termines muerta.
Elena sintió que la rabia se mezclaba con el miedo.
—No puedes controlar todo.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si pudieras.
—No puedo controlar todo.
Lucien se acercó un poco.
—Pero puedo controlar esa puerta.
Elena lo abofeteó.
El sonido llenó la habitación.
Margaret apareció en el pasillo.
Keller también.
Lucien no se movió.
Una marca roja comenzó a aparecer en su mejilla.
Elena respiraba con dificultad.
—No vuelvas a decidir por mí.
Lucien la miró.
—Entonces no me obligues a elegir entre tu odio y tu vida.
El teléfono de Keller sonó.
Respondió.
Escuchó unos segundos.
Su rostro cambió.
—Señor.
Lucien volvió la cabeza.
—¿Qué?
Keller miró a Elena.
—Encontraron al padre de la señorita Álvarez.
Elena corrió hacia ella.
—¿Dónde?
—En Cold Spring.
—¿Está vivo?
Keller tardó un segundo en responder.
—Sí.
Elena cerró los ojos.
—¿Qué ocurrió?
—Apareció frente a la estación.
—¿Está herido?
—No sabemos.
—¿Por qué no?
Keller miró a Lucien.
—Porque no está solo.
Elena sintió que el alivio desaparecía.
—¿Con quién está?
Keller tragó saliva.
—Con Victoria Ashcroft.