Hasta que seas mía CAPITULO 9 #3
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CAPITULO 9 #3

Se presentó, pero Elena no retuvo su nombre.

Mientras limpiaba la herida de la mano, Lucien permaneció junto a la ventana.

No hablaba.

No miraba el teléfono.

Solo vigilaba cada movimiento de la doctora.

—Necesitará tres puntos —dijo ella.

Elena apartó la mano.

—No.

—El corte es profundo.

—No quiero puntos.

—Podría abrirse.

Lucien se giró.

—Déjala trabajar.

Elena lo fulminó con la mirada.

—No te pedí permiso.

—No te lo estoy dando.

—Entonces cállate.

El médico miró a ambos con incomodidad.

Lucien volvió la vista hacia la ventana.

Elena dejó que la doctora continuara.

Tres puntos.

Un vendaje.

Revisión de la espalda.

No había fracturas.

Solo hematomas.

Cuando terminaron, Keller le entregó un abrigo.

—El ascensor está asegurado.

Elena se puso de pie.

El dolor en la cadera la hizo tambalearse.

Lucien avanzó.

Ella levantó una mano.

—No.

Él se detuvo.

Keller la sostuvo por el brazo.

—Puedo caminar.

—Lo sé —respondió ella—. Solo estoy aquí por si decide demostrarlo demasiado rápido.

Elena casi sonrió.

Casi.

Salieron de la habitación.

El pasillo estaba vacío.

Dos hombres vigilaban las escaleras.

El ascensor descendió sin detenerse.

En el vestíbulo no había huéspedes.

Solo personal del hotel y varios hombres de seguridad.

Lucien había convertido el lugar en una fortaleza en menos de una hora.

Afuera esperaba un vehículo negro.

Elena se detuvo.

—Quiero saber adónde vamos.

—A Brooklyn Heights —dijo Lucien—. Una casa privada.

—¿De quién?

—De Margaret.

Elena lo miró.

—¿Tu secretaria?

—Sí.

—¿Ella sabe que vamos?

—Nos espera.

—¿Y confías en ella?

—Con mi vida.

—Eso no significa que yo deba hacerlo.

—No.

Lucien abrió la puerta del automóvil.

—Pero esta noche tendrás que confiar en alguien.

Elena miró el interior.

Después lo miró a él.

—No en ti.

Lucien recibió las palabras sin apartarse.

—Lo sé.

Ella entró.

Keller se sentó delante.

Lucien ocupó el asiento opuesto.

El vehículo arrancó.

Durante varios minutos nadie habló.

Elena miró por la ventana.

Las calles se alejaban.

La ciudad seguía funcionando como si nada hubiera ocurrido.

Personas saliendo de restaurantes.

Parejas caminando.

Taxis deteniéndose.

El mundo no se había detenido porque alguien hubiera intentado secuestrarla.

—¿Por qué te llamó? —preguntó Lucien.

Elena volvió el rostro.

—¿Quién?

—Tu padre.

—Porque vio las noticias.

—No.

—¿Cómo sabes que no?

—Porque Julián no llama tres veces por una fotografía en la prensa.

Elena guardó silencio.

—¿Qué te dijo?

—Que no confiara en ti.

Lucien no pareció sorprendido.

—Eso esperaba.

—También dijo que mi madre tenía miedo de los Ashcroft.

—Eso también lo esperaba.

—¿Por qué?

—Porque mi padre era un hombre al que convenía temer.

—¿Y tú?

Lucien la miró.

—También.

—Al menos eres honesto.

—Contigo intento serlo.

Elena soltó una risa amarga.

—Me robaste ADN, ocultaste un informe y me enseñaste media fotografía.

—No dije que siempre lo consiga.

—¿Tu prueba genética puede estar manipulada?

Lucien endureció la expresión.

—No.

—Tú mismo dijiste que puedes fabricar cualquier cosa.

—No fabriqué eso.

—¿Dónde se hizo?

—En tres laboratorios distintos.

—¿Tres?

—Quería estar seguro.

Elena miró sus ojos grises.

—¿Esperabas que fuéramos hermanos?

—Temía que lo fuéramos.

—¿Y si el resultado hubiese sido positivo?

Lucien apartó la vista.

—Nunca me habría acercado.

La respuesta fue demasiado rápida para ser falsa.

Elena sintió una presión en el pecho.

—Pero me habrías seguido vigilando.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque mi padre pronunció tu nombre antes de morir.

—Siempre vuelves a eso.

—Porque fue la única vez que lo vi aterrorizado.

Elena lo observó.

—¿Richard Ashcroft tenía miedo de mí?

—No.

Lucien miró hacia la oscuridad detrás de la ventana.

—Tenía miedo de lo que ocurriría si alguien te encontraba antes que yo.

El vehículo redujo la velocidad.

Keller habló desde delante.

—Nos siguen.

Lucien levantó la cabeza.

—¿Cuántos?

—Un automóvil. Dos ocupantes. Lleva con nosotros desde el puente.

Elena sintió que el miedo regresaba de golpe.

—¿Es él?

—No lo sabemos —dijo Lucien.

El automóvil giró bruscamente.

Elena se sostuvo del asiento.

Detrás de ellos, unos faros hicieron el mismo movimiento.

Keller aceleró.

—No van a perderse.

Lucien sacó el teléfono.

—Vehículo gris, dos ocupantes, entrando a Brooklyn por Atlantic. Intercéptenlo.

—¿Quién va a interceptarlo?

—Mi equipo.

Elena miró por la ventana trasera.

El automóvil gris estaba más cerca.

—Lucien.

—Agáchate.

—No.

—Elena.

—No voy a esconderme sin saber qué ocurre.

El cristal trasero estalló.

Elena gritó.

Lucien se lanzó sobre ella.

La cubrió con su cuerpo mientras Keller giraba violentamente.

Otro disparo golpeó la carrocería.

Elena quedó atrapada bajo Lucien.

Podía sentir su respiración.

El peso de su cuerpo.

El calor de una mano cubriéndole la cabeza.

—¿Estás herida? —preguntó él.

—No.

—No te muevas.

—¿Y tú?

Lucien no respondió.

Elena vio algo oscuro extendiéndose por la manga de su camisa.

—Estás sangrando.

—No importa.

—Te dispararon.

—Solo rozó.

Otro impacto sacudió el vehículo.

Keller tomó una curva.

El automóvil gris perdió terreno.

Dos camionetas negras aparecieron desde una calle lateral y se colocaron entre ellos.

Hubo un frenazo detrás.

Después nada.

Keller siguió conduciendo.

—Los tienen bloqueados —dijo.

Lucien se apartó lentamente de Elena.

Había sangre en su hombro.

Más de la que admitiría.

—Necesitas un médico.

—Tú también.

—Ya me atendieron.

—Entonces será el mismo.

Elena lo miró.

—¿Siempre das órdenes incluso cuando te disparan?

—Especialmente cuando me disparan.

Ella debería haber apartado la mirada.

No lo hizo.

Lucien tenía el rostro más cerca de lo habitual.

Había furia en sus ojos.

Pero no dirigida hacia ella.

—Me cubriste.

—Sí.

—Pudiste morir.

—No.

—No puedes saberlo.

—No iba a permitir que te alcanzaran.

Elena sintió que algo se quebraba en su resistencia.

No confianza.

Todavía no.

Pero algo.

—No vuelvas a hacerlo.

Lucien la observó.

—Lo haré cada vez que sea necesario.

—Eso no es una respuesta bonita.

—No intento darte respuestas bonitas.

El vehículo volvió a acelerar.

Lucien se recostó.

Elena miró la sangre en su camisa.

—Déjame ver.

—No.

—Lucien.

—No es grave.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque puedo mover el brazo.

—Eso no significa nada.

—Significa que la bala no entró.

Elena extendió la mano.

Se detuvo antes de tocarlo.

Lucien miró sus dedos.

Después su rostro.

—¿Puedo? —preguntó ella.

Algo cambió en sus ojos.

—Sí.

Elena apartó la tela rota con cuidado.

La bala había abierto una línea profunda sobre el hombro.

La piel estaba cubierta de sangre.

—Necesita puntos.

—Probablemente.

—Estás demasiado tranquilo.

—Tú estás aquí.

—Eso no debería tranquilizarte.

—Lo hace.

Elena levantó la mirada.

Por un instante, el ruido del motor desapareció.

También el miedo.

También todo lo que sabía de él.

Solo quedaron aquellos ojos grises y la forma en que la miraban.

Como si el mundo entero pudiera arder mientras ella siguiera respirando.

El teléfono de Lucien sonó.

Él respondió sin apartarse.

—Habla.

Escuchó unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Dónde?

Elena retiró la mano.

Lucien se enderezó.

—No los pierdan.

Colgó.

—¿Qué pasó? —preguntó Elena.

—El automóvil gris estaba vacío cuando mi equipo llegó.

—¿Cómo puede estar vacío?

—Los ocupantes saltaron antes del bloqueo.

—¿Los encontraron?

—No.

—Entonces siguen cerca.

Lucien miró hacia delante.

—No es lo peor.

Elena sintió que el estómago se cerraba.

—¿Qué?

—Encontraron algo en el asiento trasero.

—¿Qué cosa?

Lucien sostuvo su mirada.

—Una fotografía de la estación de Cold Spring.

Elena se quedó inmóvil.

—No les dije dónde me reuniría con mi padre.

—A mí no.

—A nadie.

Lucien apretó el teléfono.

—Entonces no están siguiendo tus movimientos.

—¿Qué significa eso?

—Que están escuchando tus llamadas.

Elena pensó en su padre.

En la estación.

En las siete de la mañana.

—Él está en peligro.

—Sí.

—Tenemos que ir ahora.

—No.

—Lucien.

—Si vamos directamente, los llevaremos hasta él.

—Ya saben dónde será la reunión.

—Quizá. Pero todavía no saben dónde está esta noche.

—¿Y si sí?

Lucien llamó a alguien.

—Quiero dos equipos en la casa de Julián Álvarez. Sin contacto. Solo observación. Avísenme si alguien entra o sale.

Elena lo miró.

—¿Ya tenías la dirección?

Lucien terminó la llamada.

—Sí.

—Claro.

—No hay tiempo para discutirlo.