CAPITULO 9
La puerta
La puerta de la habitación se abrió lentamente.
La silla se arrastró sobre el suelo con un sonido áspero.
Elena retrocedió hasta chocar con el borde de la cama.
—Lucien…
—Ve al baño —ordenó él desde el teléfono—. Ahora.
La mano enguantada desapareció un instante detrás de la puerta.
Elena aprovechó ese segundo.
Corrió.
Entró en el baño y cerró con llave justo cuando escuchó pasos dentro de la habitación.
Apoyó la espalda contra la puerta.
Tenía el teléfono apretado contra la oreja y la otra mano sobre la boca para contener la respiración.
—Estoy dentro —susurró.
—¿Hay ventana?
Elena miró a su alrededor.
El baño era pequeño. Mármol claro. Espejo amplio. Ducha cerrada con cristal.
Ninguna ventana.
—No.
—¿Puedes bloquear la puerta?
—Está cerrada.
—Eso no va a detenerlo.
—Gracias por tranquilizarme.
Lucien ignoró el comentario.
—Busca algo pesado.
Elena miró el mueble bajo el lavabo.
Nada.
La papelera.
Un dispensador de jabón.
Toallas dobladas.
—No hay nada.
—Elena, escúchame. Necesito que hagas exactamente lo que te diga.
—¿Dónde estás?
—En camino.
—¿Cómo sabes dónde estoy?
Hubo un segundo de silencio.
—La conductora informó el nombre del hotel.
Elena cerró los ojos.
—Me prometió que no lo haría.
—Informó a la compañía que llegaste a salvo. Yo exigí el lugar.
—Por supuesto.
—Puedes enfadarte después.
Un golpe sacudió la puerta del baño.
Elena dio un salto.
El picaporte se movió.
Alguien estaba intentando abrir.
—Sabe que estoy aquí.
La voz de Lucien cambió.
Ya no había frialdad.
Solo una concentración brutal.
—Abre la ducha.
—¿Qué?
—Hazlo.
Elena corrió el cristal y abrió el grifo.
El agua cayó con fuerza.
—Ya.
—Deja el teléfono cerca de la puerta. Que escuche el agua.
—¿Y yo?
—Escóndete detrás de la cortina.
—No hay cortina.
—¿El mueble del lavabo está elevado?
Elena miró.
Había un espacio estrecho entre el mueble y el suelo.
Imposible.
—No puedo meterme ahí.
Otro golpe.
La madera crujió.
—Lucien…
—Mira el techo.
Elena levantó la cabeza.
Había una rejilla de ventilación.
—No puedo subir.
—Entonces rompe el espejo.
—¿Qué?
—Rómpelo y toma un fragmento grande.
Elena se quedó inmóvil.
—No.
—Necesitas algo con qué defenderte.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Lucien…
—Elena.
Su voz fue baja.
Firme.
—Hazlo.
Ella miró el dispensador de jabón.
Lo tomó con ambas manos y golpeó el espejo.
No ocurrió nada.
Volvió a hacerlo.
Una grieta atravesó el cristal.
Al tercer golpe, el espejo estalló.
El sonido pareció llenar toda la habitación.
Elena soltó el dispensador y tomó un fragmento grande envuelto en una toalla.
La puerta del baño volvió a sacudirse.
—Lo tengo.
—Bien.
—¿Cuánto falta?
—Cuatro minutos.
Elena soltó una risa nerviosa.
—No tengo cuatro minutos.
—Entonces tendrás que conseguirlos.
La puerta se abrió varios centímetros.
La cerradura había empezado a ceder.
Elena se colocó junto a la pared, fuera de la línea directa de entrada.
El corazón le golpeaba tan fuerte que apenas escuchaba.
—No cuelgues —susurró.
—No voy a hacerlo.
—Promételo.
—Te lo prometo.
La puerta se abrió un poco más.
Una hoja metálica apareció entre el marco y la cerradura.
El hombre estaba forzándola.
Elena apretó el fragmento de espejo.
La toalla comenzaba a teñirse de rojo.
Se había cortado la palma.
No sentía dolor.
Solo miedo.
—Está entrando.
—Cuando abra, no intentes enfrentarlo.
—¿Qué hago?
—Golpea la luz.
Elena miró el interruptor.
—¿Por qué?
—Déjalo a oscuras. Tú ya sabes dónde estás. Él no.
La cerradura cedió.
Elena apagó la luz.
El baño quedó iluminado únicamente por el resplandor que entraba desde la habitación.
La puerta se abrió.
Una silueta apareció en el marco.
Alta.
Vestida de negro.
El rostro cubierto.
El hombre avanzó un paso.
Miró hacia la ducha.
Elena contuvo la respiración.
Él se acercó al cristal empañado.
Extendió la mano.
La abrió de golpe.
No había nadie.
Se giró.
Elena lanzó el brazo con todas sus fuerzas.
El fragmento de espejo le cortó el antebrazo.
El hombre gruñó.
La sujetó por la muñeca.
El dolor le atravesó el brazo.
El fragmento cayó al suelo.
Elena intentó gritar, pero una mano le cubrió la boca.
El teléfono cayó junto al lavabo.
—¡Elena! —se escuchó la voz de Lucien.
El hombre miró hacia el aparato.
Elena le mordió la mano.
Él la soltó con una maldición.
Ella corrió hacia la salida.
No llegó.
La agarró por el cabello y tiró hacia atrás.
Elena perdió el equilibrio.
Cayó contra el borde de la bañera.
El golpe le robó el aire.
El hombre se inclinó sobre ella.
—Deja de luchar.
Su voz era grave.
Distorsionada detrás de la máscara.
Elena levantó una rodilla y golpeó entre sus piernas.
Él se dobló.
Ella se arrastró hacia el teléfono.
Lo alcanzó con la punta de los dedos.
—Lucien…
El hombre le pisó la mano.
Elena gritó.
—¡No la toques! —rugió Lucien desde el teléfono.
El desconocido recogió el aparato.
Lo observó durante un segundo.
Después se lo acercó al oído.
—Llegas tarde, Ashcroft.
Elena dejó de moverse.
Lucien guardó silencio.
El hombre continuó:
—Igual que tu padre.
La llamada se cortó.
El desconocido dejó caer el teléfono y lo aplastó con el zapato.
Elena lo miró.
—¿Quién eres?
Él volvió el rostro hacia ella.
—Alguien que lleva demasiado tiempo esperando.
La tomó del brazo.
Elena intentó soltarse.
—¿Esperando qué?
—A que uno de los dos cometiera un error.
—¿Uno de los dos?
El hombre tiró de ella para ponerla de pie.
—Tú o Lucien.
—No sé de qué hablas.
—No importa.
Sacó una jeringa del bolsillo.
Elena sintió que el miedo se convertía en pánico.
—No.
Intentó retroceder.
El hombre la empujó contra la pared.
—Esto será más fácil si dejas de moverte.
—Vete al infierno.
—Probablemente.
Elena lanzó la cabeza hacia delante y golpeó su nariz.
Él retrocedió.
La jeringa cayó.
Ella corrió hacia la habitación.
Tropezó con la silla.
Cayó de rodillas.
El hombre salió detrás de ella.
Elena se levantó como pudo y corrió hacia la puerta del pasillo.
La alcanzó.
Abrió.
Una figura apareció frente a ella.
Elena gritó.
—Soy yo.
La señora Keller.
La conductora la sujetó por los hombros.
—¿Está herida?
—Está detrás.
Keller empujó a Elena hacia un lado y sacó un arma.
El hombre apareció en la puerta del baño.
Se detuvo al verla.
—No se mueva —ordenó Keller.
El desconocido levantó lentamente las manos.
—Llegaste antes de lo esperado.
—Al suelo.
Él inclinó la cabeza.
—No creo que eso ocurra.
Metió una mano dentro de la chaqueta.
Keller disparó.
El estruendo ensordeció a Elena.
El hombre se lanzó hacia la ventana.
Golpeó el cristal con el hombro.
No se rompió.
Keller avanzó.
—Al suelo.
El hombre tomó una lámpara y la lanzó.
Keller se apartó.
Él corrió hacia la puerta.
Elena quedó en medio.
El desconocido la sujetó por el cuello y la puso delante de su cuerpo.
Keller apuntó.
—Suéltela.
El hombre apretó el brazo alrededor de Elena.
—Baje el arma.
—No.
—Entonces morirá.
Elena sintió algo frío contra las costillas.
Un cuchillo.
Keller no bajó el arma.
—No saldrá de este hotel.
—No necesito salir.
Elena trató de respirar.
—¿Qué quieres?
El hombre acercó la boca a su oído.
—Que abras los ojos.
—No entiendo.
—Pregúntale a tu padre por la noche del incendio.
—Ya lo hice.
—No preguntaste lo correcto.
Keller avanzó medio paso.
—Suéltela.
—Pregúntale quién cerró la puerta de Evelyn.
Elena sintió un escalofrío.
El hombre continuó:
—Y pregúntale por qué tu madre gritaba desde el jardín.
—Cállate.
—Pregúntale por qué Richard Ashcroft salió solo.
—Cállate.
El cuchillo presionó más fuerte.
—Y después pregúntale a Lucien por qué enterró el informe original.
Elena dejó de respirar.
—¿Qué informe?
El hombre soltó una risa baja.
—Ese es el problema. Ninguno te cuenta todo.
Una sombra cruzó el pasillo.
El hombre giró el rostro.
Fue suficiente.
Keller disparó.
La bala impactó en su hombro.
El desconocido soltó a Elena.
Ella cayó al suelo.
Keller se lanzó sobre él.
El cuchillo resbaló por la alfombra.
El hombre golpeó a Keller con el codo y corrió hacia la salida de emergencia al final del pasillo.
Keller volvió a disparar.
Falló.
La puerta metálica se cerró detrás de él.
Elena permaneció en el suelo.
No podía moverse.
No sabía si estaba herida.
No sabía si la sangre que veía era suya.
Keller se arrodilló frente a ella.
—Míreme.
Elena levantó los ojos.
—¿Dónde está?
—Huyendo por las escaleras.
—Ve tras él.
—No voy a dejarla sola.
—Puede escapar.
—Mi prioridad es usted.
—Lucien te envió.
Keller no respondió.
Eso fue suficiente.
Elena miró hacia la puerta abierta.
—¿Sabías dónde estaba?
—Sí.
—Me mentiste.
—No.
—Dijiste que no le dirías.
—No le dije nada. Él lo averiguó por su cuenta.
—Todo el mundo siempre tiene una explicación.
Keller tomó una toalla y envolvió la mano herida de Elena.
—Debe presionar.
—Estoy bien.
—No lo está.
—Él dijo que Lucien enterró un informe.
Keller detuvo las manos.
Solo un segundo.
Elena lo vio.
—Sabes de qué hablaba.
—No.
—Mientes.
—No tengo acceso a los asuntos privados del señor Ashcroft.
—Pero reconociste la frase.
—Reconocí el nombre de Evelyn.
—¿Quién era realmente?
Keller apretó la venda.
—Eso debe preguntárselo al señor Ashcroft.
—Estoy cansada de que todos me digan lo mismo.
Se escucharon pasos en el pasillo.
Varios.
Keller levantó el arma.
Dos hombres vestidos de oscuro aparecieron en la entrada.
Detrás de ellos venía Lucien.
Elena lo miró.
Nunca lo había visto así.
No llevaba chaqueta.
La corbata había desaparecido.
El cabello estaba desordenado y su rostro había perdido por completo aquella serenidad que parecía imposible romper.
Sus ojos encontraron los de Elena.
Se detuvo.
Solo un instante.
Después caminó hacia ella.
—¿Dónde está herida?
Elena retrocedió.
—No me toques.
Lucien quedó inmóvil.
Keller se puso de pie.
—Corte superficial en la mano. Golpe en la espalda y posible contusión en la cadera. El agresor escapó por las escaleras. Está herido en el hombro.
Lucien no apartó la mirada de Elena.
—¿La tocó?
—Intentó inmovilizarla —respondió Keller.
—Te pregunté a ti —dijo Lucien.
Elena sostuvo su mirada.
—Sí.
Algo oscuro apareció en su rostro.
—¿Dónde?
—No importa.
—Para mí sí.
—Claro. Porque todo tiene que tratarse de ti.