CAPITULO 8 #3
Cuando Elena se giró, la señora Keller seguía junto a la entrada.
Le mostró la tarjeta.
—Ya está.
La mujer asintió.
—Buenas noches, señorita Álvarez.
—¿Va a decirle dónde estoy?
—No.
—¿Aunque pregunte?
—No me preguntará.
Elena sintió curiosidad.
—¿Por qué está tan segura?
La señora Keller abrió la puerta.
—Porque usted le pidió que no la siguiera.
—Eso nunca lo ha detenido.
La conductora la miró por primera vez con una expresión directa.
—Hay cosas que el señor Ashcroft no respeta.
Hizo una pausa.
—Pero un límite pronunciado con claridad suele ser una de ellas.
Antes de que Elena pudiera responder, la mujer salió.
La habitación estaba en el sexto piso.
Era pequeña, limpia y completamente impersonal.
Elena cerró la puerta con seguro.
Después colocó una silla debajo del picaporte, aunque sabía que era absurdo.
Dejó el bolso sobre la cama.
Sacó las dos fotografías.
La que mostraba a sus padres.
Y la que alguien había tomado de ella aquella mañana.
Las colocó una junto a la otra.
En una, su padre sonreía junto a Richard Ashcroft.
En la otra, Elena caminaba sin saber que la estaban observando.
Pasado y presente.
Dos imágenes separadas por veintisiete años.
Unidas por alguien que todavía no conocía.
El teléfono vibró.
Era Sofía.
Elena estuvo a punto de responder, pero no sabía qué podía contarle sin ponerla en peligro.
Dejó que la llamada terminara.
Después llegó un mensaje.
“Estoy preocupada. Solo dime que estás bien.”
Elena escribió:
“Estoy bien. No estoy en casa. Mañana te explico.”
No era verdad.
No sabía si podría explicar algo.
El teléfono volvió a vibrar.
Número desconocido.
Elena lo observó hasta que la llamada se cortó.
Un mensaje apareció unos segundos después.
“Tu padre miente.”
Elena sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Otro mensaje.
“Lucien también.”
Se acercó a la ventana y miró la calle.
No vio nada fuera de lo normal.
Vehículos.
Luces.
Personas caminando.
Cerró las cortinas.
El teléfono vibró una tercera vez.
Esta vez era una fotografía.
Elena la abrió.
Era la imagen completa de la casa de piedra.
Su padre aparecía a la izquierda.
Richard Ashcroft en el centro.
Y a la derecha había una mujer joven sosteniendo una mano sobre el vientre.
Elena acercó la imagen.
Reconoció el rostro.
Había visto aquella sonrisa en cientos de fotografías familiares.
Era su madre.
Embarazada.
Debajo de la imagen había un último mensaje.
“Pregúntale a Julián quién es realmente tu padre.”
El teléfono cayó sobre la cama.
Elena permaneció inmóvil.
No respiró.
No pudo hacerlo.
La habitación pareció inclinarse.
Tomó la fotografía recortada y volvió a mirar el borde irregular.
Su madre había estado allí.
Junto a Richard Ashcroft.
Con una mano sobre el vientre.
Embarazada de ella.
El teléfono comenzó a sonar.
El nombre de Lucien apareció en la pantalla.
Elena no respondió.
La llamada terminó.
Volvió a sonar.
Esta vez abrió la comunicación.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde estás?
La voz de Lucien era distinta.
Tensa.
—No importa.
—Elena, escucha con atención. Alguien entró en el sistema de seguridad del edificio y descargó las grabaciones de esta noche.
Ella miró la fotografía completa en el teléfono.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Yo recibí un mensaje.
Hubo un silencio.
—¿Qué decía?
Elena tragó saliva.
—Que mi padre miente.
—No respondas.
—También decía que tú mientes.
Lucien no contestó.
—¿Es cierto? —preguntó ella.
—¿Qué más te enviaron?
—Una fotografía.
La respiración de Lucien cambió.
—Descríbela.
—Mi padre. El tuyo. Y mi madre.
Silencio.
Un silencio largo.
Demasiado revelador.
—Ya la habías visto —dijo Elena.
—Sí.
La respuesta la atravesó.
—Me enseñaste la mitad.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no sabía quién tenía la imagen completa.
—Mientes.
—No sobre eso.
—¿Sabías que mi madre estaba embarazada?
—Sí.
Elena cerró los ojos.
—¿Sabías que podían cuestionar quién es mi padre?
Lucien no respondió.
—Contéstame.
—Sí.
Elena sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Desde el principio.
—Sí.
—Te acercaste a mí sabiendo que podía ser…
No pudo terminar la frase.
Lucien la completó con una frialdad dolorosa.
—Mi hermana.
Elena dejó de respirar.
Ninguno de los dos habló.
La palabra quedó entre ellos.
Monstruosa.
Imposible.
—No —susurró Elena.
—No creo que lo seas.
—Pero no lo sabes.
—Tengo razones para pensar que no.
—¿Qué razones?
—No puedo hablar de esto por teléfono.
Elena soltó una risa rota.
—Claro.
—Dime dónde estás.
—No.
—Elena.
—No vuelvas a decir mi nombre como si tuvieras derecho.
—Alguien sabe que tienes la fotografía.
—¿Y qué?
—Eso significa que sabe dónde estás.
La frase apenas había terminado cuando alguien golpeó la puerta.
Tres golpes.
Lentos.
Elena se quedó completamente inmóvil.
Lucien habló al otro lado de la línea.
—¿Qué fue eso?
Ella miró la silla bajo el picaporte.
—Alguien está en la puerta.
—No abras.
Los golpes se repitieron.
—¿Quién es? —preguntó Elena.
Silencio.
Después, una voz masculina respondió desde el pasillo.
—Señorita Álvarez, recepción. Tenemos un paquete para usted.
Elena sintió que el teléfono temblaba en su mano.
—No pedí nada.
Lucien habló con una calma aterradora.
—Aléjate de la puerta.
El picaporte comenzó a moverse.
La silla se deslizó unos centímetros sobre el suelo.
—Lucien…
—Ve al baño. Cierra la puerta.
La cerradura cedió con un sonido metálico.
—Ahora, Elena.
Ella retrocedió.
La puerta de la habitación se abrió lentamente.
Y antes de correr hacia el baño, Elena alcanzó a ver una mano enguantada empujando la silla desde el otro lado.