Hasta que seas mía CAPITULO 8 #2
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CAPITULO 8 #2

—Elige cualquier automóvil. Cualquier conductor. Puedes llamar a alguien de confianza y enviarle la matrícula. Puedes compartir tu ubicación durante todo el trayecto. Pero no vas a salir sola.

—No eres mi dueño.

—No.

Su voz fue firme.

—Pero alguien te observó durante horas y todavía no sabemos por qué.

Elena quiso discutir.

Quiso decirle que no necesitaba su ayuda.

Que podía cuidar de sí misma.

Pero la fotografía seguía dentro de su bolso.

Y en ella aparecía saliendo de su apartamento sin saber que alguien la esperaba al otro lado de la calle.

—Quiero una conductora —dijo.

Lucien asintió.

—Margaret.

—La señora Keller está disponible —respondió ella.

—No quiero que sepa adónde voy.

—Puede darle la dirección directamente —dijo Lucien—. No recibiré el destino.

Elena lo miró con desconfianza.

—¿De verdad esperas que crea eso?

—No.

La respuesta la irritó.

—Pero puedes verificarlo tú misma —continuó—. El vehículo no pertenece a Ashcroft Group. Está registrado a nombre de una empresa externa. La conductora trabaja para una compañía privada y firmará un acuerdo de confidencialidad si lo deseas.

—Siempre tienes todo preparado.

—No para esto.

Elena notó que algo en su voz había cambiado.

—¿Qué quieres decir?

—No esperaba que alguien llegara hasta el edificio esta noche.

Aquella admisión la inquietó más que cualquier muestra de control.

Lucien siempre esperaba.

Siempre calculaba.

Si algo lo había sorprendido, entonces la amenaza era real.

—¿Tienes enemigos? —preguntó.

Una sonrisa fría apareció en sus labios.

—Muchos.

—¿Alguno que pudiera usarme para llegar a ti?

—Sí.

—Entonces tal vez todo esto comenzó cuando te acercaste.

—Tal vez.

—Y aun así lo hiciste.

—Sí.

—¿Por qué?

Lucien la observó en silencio.

—Porque cuando supe que alguien preguntaba por ti, ya era demasiado tarde para mantenerme lejos.

Elena sintió que aquellas palabras se instalaban en un lugar incómodo dentro de ella.

No quería que sonaran sinceras.

No quería que la sinceridad de Lucien la afectara.

—Eso no te convierte en un héroe.

—Nunca he querido serlo.

Margaret abrió el ascensor.

Una mujer alta de cabello oscuro aguardaba dentro.

Vestía un traje negro y mantenía las manos visibles.

—Señora Keller —dijo Margaret—, ella es la señorita Álvarez.

La mujer inclinó la cabeza.

—La llevaré adonde necesite.

Elena entró en el ascensor.

Antes de que las puertas se cerraran, miró a Lucien.

Seguía de pie en el recibidor.

Solo.

Inmóvil.

Con la fotografía de sus padres todavía sobre el escritorio detrás de él.

—No me sigas —dijo Elena.

—No lo haré.

—Ni envíes a nadie detrás.

Lucien no respondió.

Elena entrecerró los ojos.

—Lucien.

—No te seguiré.

—Eso no fue lo que dije.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—Buenas noches, Elena.

Ella dio un paso hacia delante, pero el ascensor ya descendía.

—Es un maldito manipulador —murmuró.

La señora Keller mantuvo la vista al frente.

—No estoy autorizada a emitir opiniones sobre el señor Ashcroft.

Elena la miró.

—Eso suena exactamente como una opinión.

La mujer disimuló una sonrisa.

Durante los primeros minutos del trayecto, Elena permaneció en silencio.

La ciudad se deslizaba detrás de los cristales oscuros.

Sacó el teléfono.

Tenía diecisiete llamadas perdidas.

Cinco eran de periodistas.

Cuatro de números desconocidos.

Tres de clientes.

Dos de Sofía.

Y tres de su padre.

Elena sintió que el estómago se le cerraba.

Su padre rara vez llamaba más de una vez.

Abrió el historial.

Las llamadas habían comenzado poco después de que ella llegara a la Torre Ashcroft.

¿Había visto las noticias?

¿Alguien lo había contactado?

¿O Lucien le había avisado?

Presionó su nombre.

El teléfono sonó dos veces.

—Elena.

La voz de su padre llegó tensa.

No sorprendida.

Tensa.

—Papá.

—¿Dónde estás?

—En un automóvil.

—¿Sola?

Elena miró a la señora Keller.

—Con una conductora.

—¿Quién la envió?

—Eso no importa.

—¿La envió Ashcroft?

Elena se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes que estoy con él?

Al otro lado de la línea hubo un silencio breve.

Demasiado breve.

—Las fotografías están en todas partes.

—No me preguntaste si estaba con Lucien. Preguntaste quién envió el automóvil.

—Elena, escúchame.

—No. Tú escúchame.

La señora Keller miró discretamente por el retrovisor y luego volvió la vista al camino.

Elena bajó la voz.

—Encontré una fotografía.

Su padre no respondió.

—Apareces con Richard Ashcroft frente a una casa de piedra.

El silencio se volvió más pesado.

—¿Dónde la viste?

Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.

No había negación.

No había confusión.

Solo miedo.

—Entonces sí eres tú.

—Elena, no hables de eso por teléfono.

Las mismas palabras de Lucien.

Exactamente las mismas.

—¿Por qué?

—Porque no es seguro.

—¿Quién escucha?

—No lo sé.

—¿Qué ocurrió en esa casa?

—No puedo explicártelo ahora.

—¿Conocías a Richard Ashcroft?

—Sí.

—¿Trabajaste para él?

Su padre tardó en responder.

—Sí.

Elena cerró los ojos.

—¿Por qué me mentiste?

—Porque había cosas que debían permanecer enterradas.

La frase escrita en la fotografía apareció en su mente.

Lo que enterramos aquella noche debe permanecer con nosotros.

—¿Qué enterraron?

—No preguntes eso.

—Una mujer murió.

La respiración de su padre cambió.

—¿Quién te habló de Evelyn?

—Lucien.

—Dios mío.

La angustia en su voz fue tan real que Elena sintió miedo.

—Papá, dime qué pasó.

—No por teléfono.

—Entonces iré a verte.

—No.

—Necesito respuestas.

—No vengas a casa.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién puede estar vigilando.

Elena miró por la ventana.

Los edificios pasaban demasiado rápido.

De pronto, cada vehículo parecía seguirlos.

Cada rostro en la acera parecía observarla.

—¿Estás en peligro?

—Todavía no lo sé.

—¿Mamá sabía algo?

Su padre guardó silencio.

—Papá.

—Tu madre sabía lo suficiente para tener miedo.

Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Miedo de quién?

—De los Ashcroft.

—Lucien dice que su padre prometió protegerme.

—Lucien dice lo que necesita decir para mantenerte cerca.

—¿Lo conoces?

—No personalmente.

—Entonces no puedes saberlo.

—Conocí a su padre.

La voz de Julián se volvió más dura.

—Y sé lo que ese apellido es capaz de hacer.

—Lucien cree que Richard fue asesinado.

—No hables de eso.

—¿Sabes quién lo mató?

—Elena.

—¿Fuiste tú?

La pregunta escapó antes de que pudiera contenerla.

Del otro lado solo hubo silencio.

Un silencio tan largo que Elena sintió que el mundo se detenía.

—Papá.

—No.

—¿No lo mataste o no vas a responder?

—Yo no maté a Richard Ashcroft.

Elena soltó el aire.

—Pero sabes quién lo hizo.

—Sé quién quería verlo muerto.

—¿Quién?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué?

—Porque mientras menos sepas, más segura estarás.

Elena apretó el teléfono.

—Ya no estoy segura.

—Lo sé.

—Alguien me fotografió esta mañana.

Su padre respiró con fuerza.

—¿Dónde?

—Frente a mi apartamento.

—¿Ashcroft vio la foto?

—Sí.

—Entonces ya sabe que te encontraron.

—¿Quiénes?

—Elena, necesito que hagas exactamente lo que voy a decirte.

Su voz había cambiado por completo.

Ya no sonaba como su padre.

Sonaba como un hombre que había esperado durante años la llegada de aquella llamada.

—Ve a un lugar público. No regreses a tu apartamento. No vayas al estudio y no hables con la policía todavía.

—¿Por qué no?

—Porque no sabemos a quién pertenecen.

—Eso no tiene sentido.

—Hazme caso.

—No voy a esconderme sin entender nada.

—Entonces ven a verme.

Elena se incorporó.

—Acabas de decirme que no fuera a casa.

—No a casa.

—¿Dónde?

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Recuerdas la antigua estación de tren en Cold Spring?

—Sí.

—Mañana. A las siete de la mañana.

—¿Por qué tan lejos?

—Porque allí podré saber si alguien te sigue.

Elena miró a la conductora.

—No puedo esperar hasta mañana.

—Tienes que hacerlo.

—Papá…

—Lleva la fotografía.

—¿Por qué?

—Porque necesito ver cuál de ellas te dio.

Elena frunció el ceño.

—¿Cuál de ellas?

Su padre maldijo en voz baja.

—Escúchame con atención. No le digas a Lucien dónde nos veremos.

—Él ya conoce la fotografía.

—Eso no significa que conozca todo.

—¿Qué falta?

—La otra mitad.

Elena sintió que la piel se le erizaba.

—¿Qué otra mitad?

—La imagen que tienes fue cortada.

Elena abrió el bolso y sacó la fotografía.

La observó con atención.

En el extremo derecho, junto a Richard Ashcroft, el borde era irregular.

No lo había notado antes.

La imagen había sido recortada.

—¿Quién estaba a su lado?

—Eso te lo diré mañana.

—Dímelo ahora.

—No.

—Estoy cansada de que todos decidan qué puedo saber.

—Esta vez tendrás que aceptarlo.

—¿Por qué?

—Porque si digo su nombre por teléfono y alguien escucha, no llegarás a la estación.

Elena sintió un vacío en el estómago.

—¿Me estás diciendo que podrían matarme?

La voz de su padre se quebró ligeramente.

—Te estoy diciendo que llevo veintisiete años intentando evitarlo.

La llamada terminó.

Elena mantuvo el teléfono junto al oído.

La pantalla mostraba el nombre de su padre y la duración de la conversación.

Nada más.

—Señorita Álvarez —dijo la conductora—, ¿desea cambiar el destino?

Elena tardó unos segundos en reaccionar.

—Sí.

—¿Adónde?

Pensó en su apartamento.

En el estudio.

En Sofía.

En Lucien.

No sabía cuál de todos era el lugar menos peligroso.

—A un hotel.

—¿Tiene alguno en mente?

Elena miró la fotografía recortada.

—Uno que no pertenezca a los Ashcroft.

La señora Keller asintió.

—Conozco uno.

—Y no le diga a nadie dónde me deja.

—Mi contrato me obliga a informar únicamente que llegó a salvo.

—¿A Lucien?

—A la compañía.

—Que seguramente le pertenece.

La mujer no respondió.

Elena soltó una risa amarga.

—Claro.

Veinte minutos después, el vehículo se detuvo frente a un pequeño hotel en Tribeca.

No había prensa en la entrada.

Tampoco hombres con cámaras.

La señora Keller bajó primero y revisó la calle antes de abrirle la puerta.

—Esperaré hasta que confirme que tiene una habitación.

—No es necesario.

—Para mí sí.

Elena quiso discutir, pero estaba demasiado cansada.

Entró en el vestíbulo.

Reservó una habitación con un nombre abreviado y pagó con una tarjeta que casi nunca utilizaba.

La recepcionista le entregó la llave.