CAPITULO 8
La última palabra
—La noche en que mi padre murió y pronunció tu nombre.
Elena no supo cuánto tiempo permaneció mirándolo.
La fotografía seguía entre sus dedos.
Su padre.
El padre de Lucien.
La casa de piedra.
La frase escrita al reverso.
Y ahora aquello.
Su nombre en la boca de un hombre moribundo al que nunca había conocido.
—No —dijo finalmente.
Lucien no se movió.
—Elena…
—No.
Dejó la fotografía sobre el escritorio como si quemara.
—No puedes decir algo así y quedarte mirándome como si esperases que lo acepte.
—No espero que lo aceptes.
—Entonces explícate.
Lucien mantuvo la vista fija en ella.
Por primera vez desde que Elena lo conocía, parecía no tener preparada una respuesta.
No porque no la supiera.
Porque no quería pronunciarla.
—Mi padre murió en esta ciudad hace tres años —dijo al fin—. Oficialmente, de un ataque al corazón.
—¿Oficialmente?
—Eso dice el informe.
—¿Y tú qué crees?
Lucien apartó la mirada hacia los ventanales.
Las luces de Manhattan se reflejaban en el cristal, pero él no parecía verlas.
—Creo que alguien se aseguró de que muriera antes de poder contarme toda la verdad.
Elena sintió un frío lento recorrerle los brazos.
—¿Lo asesinaron?
—No tengo pruebas.
—Eso no fue lo que pregunté.
Lucien giró el rostro hacia ella.
—Sí.
La respuesta cayó con una contundencia brutal.
Elena lo observó sin saber qué decir.
Había algo en él que había cambiado.
La calma seguía allí.
El control también.
Pero debajo de ambos aparecía una oscuridad más antigua que su obsesión por ella.
—¿Dónde murió?
—En una propiedad de la familia, al norte del estado.
—¿Estabas con él?
—Llegué unos minutos antes del final.
—¿Y pronunció mi nombre?
Lucien asintió.
—Dos veces.
Elena sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.
—¿Qué dijo exactamente?
Lucien tardó en responder.
—Dijo: “Encuentra a Elena Álvarez”.
—¿Nada más?
—Después intentó decir algo sobre una llave.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué llave?
—No lo sé.
—¿Y luego?
—Pronunció el nombre de tu padre.
Elena volvió a mirar la fotografía sobre el escritorio.
—¿Mi padre estaba allí?
—No.
—¿Lo llamaste?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
Una expresión casi imperceptible cruzó el rostro de Lucien.
Desprecio.
—Que nunca había conocido a mi padre.
—Pero esta fotografía demuestra que mintió.
—Sí.
—Tal vez no es mi padre.
Lucien guardó silencio.
Elena se aferró a aquella posibilidad.
—La imagen es antigua. Podría ser otra persona. Podrías estar equivocado.
—No lo estoy.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Lucien caminó hasta uno de los cajones del escritorio y sacó otra carpeta.
La abrió.
Había copias de documentos, registros de empresas y varias fotografías antiguas.
—Porque investigué cada vínculo que existió entre ellos.
Elena miró los papeles sin tocarlos.
—Claro que lo hiciste.
—Tu padre trabajó durante cuatro años para una empresa llamada Valmere Holdings.
—Nunca he escuchado ese nombre.
—Nadie debía hacerlo.
—¿Qué clase de empresa era?
—Una sociedad privada utilizada por mi padre para comprar propiedades, mover dinero y realizar operaciones que no quería asociar directamente al apellido Ashcroft.
Elena levantó la vista.
—¿Operaciones ilegales?
—Algunas.
—¿Y mi padre participó?
—No sé hasta qué punto.
—Pero estás dispuesto a insinuarlo.
—Estoy dispuesto a decirte lo que encontré.
Elena tomó uno de los documentos.
El nombre de su padre aparecía en una lista de empleados.
Julián Álvarez.
El cargo era consultor administrativo.
Había una fecha de ingreso.
Veintiocho años atrás.
Y una fecha de salida.
Poco después del nacimiento de Elena.
—Esto puede ser falso.
—Lo verifiqué en tres archivos distintos.
—Tú puedes fabricar lo que quieras.
La mandíbula de Lucien se tensó.
—Sí.
—Entonces ¿por qué debería creerte?
—No deberías hacerlo solo porque lo digo.
Elena soltó el documento.
—Todo contigo termina de la misma forma.
—¿Cómo?
—Me das una verdad y después me recuerdas que podrías manipularla.
—Porque sería absurdo fingir que no tengo los medios.
—No. Es porque disfrutas tenerme insegura.
Algo cambió en los ojos de Lucien.
—No disfruto verte asustada.
—Pero sí dependiente.
—No.
—¿Entonces qué?
Lucien se acercó lentamente al escritorio.
—Quiero que cuando decidas quedarte cerca de mí lo hagas sabiendo exactamente quién soy.
Elena sintió que la rabia regresaba.
—No estoy decidiendo quedarme.
—Sigues aquí.
—Porque acabas de decirme que tu padre murió pronunciando mi nombre.
—Podrías irte.
—Y tú sabes que no lo haré.
—Sí.
—Eso es lo que te gusta.
Lucien no negó la acusación.
—Me gusta que busques respuestas.
—Me gusta poco la forma en que me obligas a buscarlas.
El silencio se extendió entre ambos.
Elena señaló la carpeta.
—¿Qué más encontraste?
Lucien cerró los documentos.
—Que mi padre y el tuyo dejaron de verse poco antes de que nacieras.
—Eso ya lo sé por las fechas.
—No fue una separación amistosa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque dos semanas después alguien incendió una de las propiedades de Valmere Holdings.
Elena dejó de respirar durante un instante.
—¿La casa de la fotografía?
—Sí.
Miró de nuevo la imagen.
La casa de piedra parecía enorme, aislada y silenciosa.
—¿Murió alguien?
—Una mujer.
—¿Quién?
Lucien sostuvo su mirada.
—Mi tía, Evelyn Ashcroft.
Elena sintió un nudo en el estómago.
—¿Tu padre culpó al mío?
—Nunca públicamente.
—¿En privado?
—No lo sé.
—Pero lo sospechas.
—Sospecho que la noche del incendio cambió todo.
—¿Por qué?
Lucien abrió otra sección de la carpeta.
Había una copia de un informe policial.
Gran parte del texto estaba tachado.
—Porque el incendio comenzó en una habitación cerrada desde dentro.
—Eso no prueba nada.
—No.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Tu nombre aparece en una declaración.
Elena sintió que el cuerpo se le tensaba.
—Yo no había nacido.
—Precisamente.
Lucien deslizó el informe hacia ella.
Una línea estaba marcada con tinta negra.
Elena leyó en silencio.
“El señor Ashcroft afirmó que la disputa comenzó por Elena.”
Levantó la vista de inmediato.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
—Tal vez se refería a otra Elena.
—Eso pensé al principio.
—¿Y después?
—Encontré una carta escrita por mi padre.
—¿Dónde?
—Dentro de una caja fuerte que solo él conocía.
—¿Y qué decía?
Lucien no respondió.
Elena lo miró fijamente.
—Lucien.
—No tengo la carta original.
—¿Qué significa eso?
—Desapareció la misma noche en que murió.
—¿Quién podía entrar a la caja fuerte?
—Solo él.
—Y tú.
—No conocía la combinación.
—¿La viste antes de que desapareciera?
—Una vez.
—Entonces dime qué decía.
Lucien bajó la mirada hacia la fotografía.
—Hablaba de una promesa.
—¿Qué promesa?
—Protegerte.
Elena sintió que el despacho se volvía demasiado silencioso.
—¿Protegerme de quién?
—Eso no estaba claro.
—¿Mi padre sabía de esa carta?
—Creo que sí.
—¿Y por qué tu padre iba a prometer proteger a una niña que todavía no había nacido?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Has investigado cinco años. No me digas que no sabes nada.
—Sé muchas cosas.
Lucien la miró con una intensidad casi dolorosa.
—Pero ninguna explica por qué dos hombres destruyeron su amistad por ti antes de que nacieras.
Elena apartó la vista.
Aquello no tenía sentido.
Nada de aquello tenía sentido.
Su padre había sido siempre reservado, pero no misterioso. Había trabajado, había cuidado de su familia y había evitado hablar del pasado como tantos hombres de su generación.
Nunca había mencionado a los Ashcroft.
Nunca había hablado de una empresa llamada Valmere.
Nunca había contado que una mujer había muerto en un incendio.
Y jamás le había dado motivos para pensar que su nacimiento estaba relacionado con una promesa entre dos familias.
—¿Mi madre sabía algo? —preguntó.
—No encontré ninguna conexión directa con ella.
—¿La investigaste también?
Lucien no respondió.
Elena levantó la mirada.
—¿La investigaste?
—Sí.
La palabra le dolió más de lo esperado.
—¿Hasta dónde llegaste?
—Elena…
—¿Hasta dónde?
—Historial médico, registros laborales, viajes, propiedades, cuentas antiguas.
Elena sintió una oleada de furia.
—Estás enfermo.
—Necesitaba saber si había alguien más relacionado.
—Era mi madre.
—Lo sé.
—Murió sin poder defender su privacidad y tú entraste en cada parte de su vida.
Lucien aceptó las palabras sin retroceder.
—Sí.
—¿Y no te arrepientes?
Él permaneció en silencio durante unos segundos.
—Me arrepiento de que fuera necesario.
—Eso no es arrepentimiento.
—Es lo único que puedo ofrecerte.
Elena tomó el bolso.
—No.
Lucien frunció el ceño.
—¿No qué?
—No voy a quedarme aquí mientras conviertes a mi familia en un expediente.
Caminó hacia la puerta.
Lucien no intentó detenerla.
—Elena.
Ella se giró.
—¿Qué?
—Llama a tu padre.
—No necesito que me lo digas.
—No hables de esto por teléfono.
Elena soltó una risa sin humor.
—¿También escuchas mis llamadas?
—No.
—¿Todavía?
La mirada de Lucien se endureció.
—No hables de esto por teléfono porque no sabemos quién más está buscando la misma información.
—¿Y debo confiar en tu consejo?
—En este caso, sí.
—¿Por qué?
Lucien señaló la fotografía que el desconocido había tomado de ella aquella mañana.
—Porque alguien sabía dónde encontrarte antes de que la prensa publicara tu nombre.
Elena apretó el bolso.
—Tal vez eras tú.
Lucien recibió la acusación sin moverse.
—Podría haberlo sido.
—Eso no te ofende.
—No.
—¿Por qué?
—Porque sería inteligente que me consideraras sospechoso.
—¿Lo eres?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Lucien la miró de una manera distinta.
Sin arrogancia.
Sin provocación.
—No de aquello que temes.
—No sé qué temo.
—Yo sí.
—Claro. Tú siempre sabes todo.
Elena abrió la puerta.
Margaret seguía en el recibidor, aunque ahora hablaba en voz baja por teléfono.
Al verla, colgó de inmediato.
—El vehículo está preparado —dijo.
—No voy a usarlo.
Lucien salió detrás de ella.
—Sí, lo harás.
Elena se giró.
—¿Perdón?
—No permitiré que salgas sola después de lo que ocurrió en el estacionamiento.
—No puedes retenerme aquí.
—No voy a hacerlo.
—Entonces déjame marcharme como quiera.
Lucien se acercó.