CAPITULO 7 #2
—Estabas desmontando una exposición que casi nadie había visitado. Sonreías cada vez que el dueño de la galería pasaba cerca, pero cuando creías estar sola dejabas de hacerlo.
Un recuerdo regresó con una claridad dolorosa.
Las cajas vacías.
Las luces que se apagaban una por una.
La humillación de fingir que la exposición había sido un comienzo cuando sentía que era el final.
—No tenías derecho a observarme.
—Lo sé.
Lucien lo dijo sin intentar defenderse.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
—Porque no pude apartar la mirada.
Elena soltó el aire lentamente.
—Eso no es romántico, Lucien.
—Nunca he dicho que lo sea.
—Suena enfermizo.
—Tal vez.
La honestidad de la respuesta la dejó sin palabras.
Lucien se acercó.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que la distancia entre ambos comenzara a sentirse intencional.
—No voy a convertir mi interés en una historia bonita para que resulte más fácil aceptarlo. Te vi. Quise saber quién eras. Compré tus fotografías y seguí tu carrera.
—Investigaste mi vida.
—Sí.
—Sabías lo de mi familia.
—Sí.
—Lo de Sofía.
—Sí.
—Lo de mi estudio.
—Sí.
Cada respuesta aumentaba la rabia de Elena.
—¿Y todavía esperas que no te considere peligroso?
—No.
—Entonces ¿qué esperas?
Los ojos de Lucien permanecieron fijos en ella.
—Que decidas conociendo la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que nunca he fingido ser inofensivo.
Elena sintió que aquellas palabras bajaban lentamente por su espalda.
Lucien continuó:
—Sé lo que puedo hacer. Sé cuánto poder tengo y cuánto daño podría causar si dejara de controlarlo. No espero que confíes en mí porque te envíe regalos o porque organice una gala en memoria de mi madre.
—¿Entonces por qué debería confiar en ti?
—No deberías.
La respuesta llegó sin vacilación.
—Todavía no.
Elena lo observó durante varios segundos.
—Eres increíble.
—No era un cumplido.
—No lo tomé como tal.
Lucien extendió la mano hacia el sobre.
—Ábrelo.
—No.
—Viniste por respuestas.
—Vine para escucharlas de ti.
Él retiró la mano.
—Entonces pregunta algo que realmente te importe.
Elena sintió una punzada de irritación.
—Todo esto me importa.
—No.
Lucien inclinó ligeramente la cabeza.
—Quieres saber por qué aparecí ahora.
Elena permaneció inmóvil.
Aquella era la pregunta.
La única que había evitado desde el principio.
—Cinco años —dijo—. Pudiste acercarte en cualquier momento. ¿Por qué esperaste hasta la noche de la lluvia?
El rostro de Lucien perdió parte de su calma.
Solo durante un instante.
Pero Elena lo vio.
—Porque antes no podía.
—Eso no significa nada.
—Significa que acercarme a ti habría puesto tu vida en peligro.
El silencio cayó entre ellos.
Elena sintió que toda la conversación cambiaba de dirección.
—¿Peligro por qué?
Lucien miró hacia la ciudad.
—Por mi familia.
—¿Qué tiene que ver tu familia conmigo?
—Más de lo que imaginas.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Qué cosa?
—Dar una respuesta que crea diez preguntas más.
Lucien apretó la mandíbula.
—Hay cosas que todavía no puedo contarte.
—Entonces no me pediste que viniera por la verdad. Me pediste que viniera por la parte que decidiste compartir.
—No te pedí que vinieras.
—Sabías que lo haría.
—Sí.
—Eso es casi lo mismo.
Lucien regresó al escritorio y tomó la copa.
No bebió.
Solo la sostuvo entre los dedos.
—Hace cinco años, mi padre todavía dirigía parte del Grupo Ashcroft.
—Pensé que estaba muerto.
—Lo está.
—¿Cuándo murió?
—Hace tres años.
Elena comenzó a unir las fechas.
—¿Y después de su muerte ya podías acercarte a mí?
—No inmediatamente.
—¿Por qué?
—Porque la muerte de un hombre no destruye todo lo que construyó.
Elena miró el sobre.
—¿Eso está explicado ahí?
—Parte de ello.
—¿Y el resto?
—El resto está relacionado con algo que ocurrió antes de que nacieras.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—¿Cuándo?
Lucien la miró de nuevo.
—Cuando sepa quién filtró la información de la galería.
Elena sintió que el estómago se cerraba.
—¿Crees que está relacionado?
—No creo en coincidencias.
—Dijiste que la lluvia fue una.
—Lo fue.
—Pero estar allí no.
—No.
—¿Me estabas siguiendo esa noche?
—Sí.
La respuesta llegó con una claridad brutal.
Elena retrocedió un paso.
—¿Desde cuándo?
—Desde que recibí una llamada informándome que alguien había comenzado a hacer preguntas sobre ti.
—¿Quién?
—No lo sé todavía.
—¿Por qué alguien haría preguntas sobre mí?
Lucien dejó la copa.
—Eso es lo que intento descubrir.
Elena sintió una mezcla de rabia y miedo.
—¿Y tu solución fue acercarte?
—Mi solución fue asegurarme de que podía llegar hasta ti antes que cualquier otra persona.
—No soy una adquisición.
—Nunca dije que lo fueras.
—Hablas de mí como si fueras responsable de protegerme.
—No necesito que me des permiso para impedir que alguien te haga daño.
—Sí lo necesitas.
Lucien se acercó hasta quedar frente a ella.
—Para tocarte, sí.
Su voz era baja.
Controlada.
—Para entrar en tu casa, sí. Para decidir por ti, sí. Pero no necesito permiso para colocar hombres en la calle y evitar que alguien te siga.
Elena sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Hay hombres vigilando mi edificio?
—Desde esta mañana.
—Retíralos.
—No.
La negativa fue tranquila.
Absoluta.
—Acabas de decir que no decidirías por mí.
—Dije que no necesito tu permiso para protegerte.
—Eso es decidir por mí.
—Entonces puedes odiarme por ello.
—No tienes derecho.
—No.
Lucien inclinó ligeramente el rostro hacia ella.
—Pero sigo haciéndolo.
La cercanía hizo que Elena levantara la barbilla.
No iba a retroceder.
—¿Y si llamo a la policía?
—Les diré exactamente quiénes son y por qué están allí.
—¿Y si exijo que se marchen?
—Los reemplazaré por otros que no puedas ver.
Elena lo miró con incredulidad.
—Estás loco.
—Probablemente.
—Esto no es protección. Es control.
—A veces se parecen.
—Solo para hombres como tú.
—No existen muchos hombres como yo.
—Gracias a Dios.
Por primera vez, Lucien sonrió de verdad.
Fue una expresión breve.
Inesperada.
Y convirtió su rostro en algo más peligroso precisamente porque lo hizo parecer humano.
Elena apartó la mirada.
No quería notar ese tipo de detalles.
—Retira a tus hombres —repitió.
—Cuando sepa quién está investigándote.
—No.
—Entonces convénceme.
Elena volvió a mirarlo.
—¿Qué?
—Dame una alternativa que garantice tu seguridad y la aceptaré.
—No puedes convertir esto en una negociación.
—Todo es una negociación.
—Mi vida no.
—Especialmente tu vida.
Elena dio un paso hacia él.
—No soy una de tus empresas.
—Lo sé.
—No puedes comprarme.
—Nunca lo he intentado.
—La Leica.
—Un regalo.
—El contrato de la gala.
—Trabajo pagado.
—El automóvil.
—Transporte.
—La seguridad.
—Necesaria.
—Todo tiene una explicación perfecta contigo.
—No perfecta.
Lucien bajó la mirada hacia sus labios durante un segundo.
—Solo lógica.
Elena notó el movimiento.
También notó cómo el aire cambiaba entre ambos.
No estaba segura de quién se había acercado primero.
Quizá ninguno.
Quizá toda aquella conversación los había llevado hasta una distancia en la que cualquier respiración parecía demasiado íntima.
—No me mires así —dijo Elena.
—¿Así cómo?
—Como si ya hubieras decidido lo que quieres.
—Lo decidí hace mucho tiempo.
Su voz fue apenas un murmullo.
Elena debería haberse apartado.
No lo hizo.
—¿Y qué quieres?
Los ojos de Lucien regresaron a los suyos.
—A ti.
La respuesta fue sencilla.
Sin adornos.
Sin una sonrisa.
Elena sintió que el pulso le golpeaba en el cuello.
—No me conoces.
—Sé más de ti que la mayoría.
—Eso no significa que me conozcas.
—Entonces deja que lo haga.
—¿Y después qué?
—Después decidirás si lo que sientes es suficiente para quedarte.
—Hablas como si ya supieras que siento algo.
—Lo sé.
Elena soltó una risa nerviosa.
—Otra vez creyendo que puedes leerme.
—No necesito leerte.
Lucien levantó una mano lentamente.
No llegó a tocarla.
Detuvo los dedos a pocos centímetros de su rostro.
Esperó.
Elena sintió la tentación de cerrar aquella distancia.
Precisamente por eso dio un paso atrás.
La mano de Lucien descendió.
No intentó detenerla.
—No confundas atracción con confianza —dijo ella.
—Nunca lo haría.
—Ni con permiso.
—Tampoco.
—Entonces mantén la distancia.
Lucien la observó durante varios segundos.
Después retrocedió.
Un paso completo.
—Como quieras.
Elena sintió una extraña decepción que se negó a reconocer.
Volvió hacia el escritorio y tomó el sobre.
—Me lo llevaré.
—Es tuyo.
—Pero no significa que vaya a abrirlo.
—Lo harás.
—Deja de decirme lo que haré.
—Entonces sorpréndeme.
Elena guardó el sobre en el bolso.
—¿Qué vas a hacer con la prensa?
—Nada esta noche.
—Lucien.
—Mañana publicarán una declaración.
—¿Qué dirá?
—Que fuiste contratada por tu talento. Que no mantengo una relación sentimental contigo y que cualquier intento de invadir tu privacidad tendrá consecuencias legales.
Elena lo miró con cautela.