CAPITULO 7
Respuestas
Las puertas del ascensor se abrieron directamente en el último piso.
Elena permaneció inmóvil durante un segundo.
No había un pasillo lleno de oficinas ni empleados caminando de un lado a otro. Solo un recibidor amplio, silencioso y rodeado de ventanales que mostraban Manhattan extendiéndose bajo la noche.
Una mujer de unos cincuenta años levantó la vista desde un escritorio de madera oscura.
Vestía un traje azul marino y llevaba el cabello recogido con una precisión que parecía imposible a aquella hora.
—Buenas noches, señorita Álvarez.
Elena salió del ascensor lentamente.
—¿También sabía que iba a venir?
La mujer cerró la carpeta que tenía delante.
—El señor Ashcroft me indicó que, si usted aparecía sin cita, debía dejarla pasar.
Otra decisión tomada antes de que ella pudiera tomarla.
—¿Cuándo dio esas instrucciones?
La mujer sostuvo su mirada.
—Hace cinco años.
Elena sintió que algo se tensaba dentro de ella.
—¿Cómo se llama?
—Margaret Hale. Soy la directora de la oficina privada del señor Ashcroft.
—¿Él está aquí?
—Sí.
Margaret se puso de pie y señaló una puerta doble al fondo.
—Puede pasar.
Elena no se movió.
—¿No va a anunciarme?
Una sonrisa discreta apareció en el rostro de la mujer.
—No es necesario.
—¿Por qué?
—Porque la está esperando.
Elena apretó la correa del bolso.
Lucien siempre estaba esperando.
Esperando su llamada.
Esperando que apareciera en la gala.
Esperando que finalmente llegara hasta aquella oficina.
Como si cada decisión de Elena fuera simplemente una pieza que él ya hubiera visto caer.
Margaret abrió una de las puertas.
—Adelante.
El despacho era mucho más sobrio de lo que Elena imaginaba.
No había esculturas extravagantes ni fotografías de Lucien estrechando manos con presidentes o empresarios. Tampoco premios colocados para impresionar a quienes entraran.
Solo una biblioteca que cubría una pared completa, un piano negro junto a uno de los ventanales y un escritorio enorme de madera oscura.
Lucien estaba de espaldas.
Miraba la ciudad con una copa de whisky en una mano.
Se había quitado la chaqueta del traje. Llevaba las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos y la corbata ligeramente aflojada.
No se giró cuando ella entró.
—Pensé que tardarías un día más.
Elena cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Deja de hacer eso.
Lucien tomó un pequeño sorbo antes de mirar por encima del hombro.
—¿Hacer qué?
—Hablar como si supieras exactamente lo que voy a hacer.
Ahora sí se giró completamente.
—Normalmente lo sé.
—Eso no es una virtud.
—Nunca dije que lo fuera.
Elena avanzó hasta el escritorio, sacó el sobre negro del bolso y lo dejó caer sobre la madera.
—No lo abrí.
Lucien observó el sobre sin tocarlo.
—Lo sé.
—No puedes saberlo.
—Si lo hubieras abierto, no habrías venido.
Elena guardó silencio.
Odiaba que tuviera razón.
Lucien dejó la copa sobre una mesa lateral.
—¿Qué ocurrió?
Ella soltó una risa seca.
—¿De verdad vas a fingir que no lo sabes?
—Sé que la prensa publicó fotografías de la gala. También sé que encontraron tu estudio y comenzaron a llamar a tus clientes.
Elena entrecerró los ojos.
—¿Cómo sabes lo de mis clientes?
—Porque ordené que investigaran el alcance de la filtración.
—Claro. Por supuesto que lo hiciste.
—Necesitaba saber cuánto daño habían causado.
—El daño lo causaste tú.
Lucien recibió la acusación sin cambiar de expresión.
—Sí.
Aquella respuesta la desconcertó.
Había esperado una defensa.
Una explicación.
Cualquier intento de apartar la responsabilidad.
—¿Así de fácil?
—No.
Lucien caminó hasta el escritorio, pero se mantuvo al otro lado.
—Nada de esto es fácil.
—Mi estudio está rodeado de periodistas. Dos clientes cancelaron sus sesiones. El propietario del edificio amenaza con no renovarme el contrato y hay desconocidos investigando a mi familia.
—Lo sé.
—Entonces haz algo.
La frase salió antes de que Elena pudiera detenerla.
El silencio que siguió le resultó insoportable.
Lucien apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que detengas esto.
—Puedo hacerlo.
—¿Cómo?
—La mayoría de esos medios tienen propietarios, inversores o anunciantes que dependen de empresas relacionadas con mi grupo. Una llamada sería suficiente para que las fotografías desaparecieran antes del amanecer.
Elena sintió un escalofrío.
No era una amenaza pronunciada con ira.
Era simplemente una descripción de su poder.
—Entonces llama.
Lucien no se movió.
—Antes necesito que entiendas el precio.
—¿Qué precio?
—Si intervengo públicamente, confirmarán que existe una relación entre nosotros. Quizá no una relación sentimental, pero sí una conexión lo bastante importante como para que Lucien Ashcroft amenace a varios medios por una fotógrafa desconocida.
—No soy una fotógrafa desconocida.
—Lo sé.
Elena apretó la mandíbula.
—Ellos no.
—Eso también lo sé.
Lucien dio la vuelta al escritorio.
—Puedo proteger tu estudio. Puedo impedir que vuelvan a acercarse a tus clientes. Puedo comprar el edificio esta misma noche y asegurar que nadie vuelva a amenazar con echarte.
—No quiero que compres mi edificio.
—Por eso todavía no lo he hecho.
—¿Todavía?
—Elena.
Su voz descendió.
—Estoy intentando darte opciones.
—Tus opciones siempre terminan dejándome dentro de tu mundo.
—Porque ya estás dentro.
—No por elección.
Algo cambió en la expresión de Lucien.
No fue ira.
Fue algo más breve.
Más oscuro.
—Tienes razón.
Elena esperaba que continuara, pero él permaneció en silencio.
—¿Eso es todo?
—No.
Lucien recogió el sobre del escritorio.
—Viniste porque quieres respuestas. No porque necesites que solucione un problema que sabes resolver por ti misma.
—No sabes por qué vine.
—Has pasado todo el día rechazando ofertas, ignorando llamadas y defendiendo tu estudio. Podrías haberme llamado desde la primera noticia, pero esperaste hasta que alguien reveló que compré tu exposición.
Elena sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Quién habló?
—Un antiguo empleado de la galería.
—¿Por qué ahora?
—Porque alguien le pagó.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
—No te creo.
Lucien sostuvo su mirada.
—No suelo mentirte.
—Solo ocultas la verdad.
—No es lo mismo.
—Para quien está del otro lado, sí.
Lucien bajó la vista hacia el sobre.
—Entonces pregúntame.
Elena respiró hondo.
Había imaginado aquel momento durante todo el trayecto. Había preparado frases, reproches y preguntas.
Ahora que lo tenía delante, ninguna parecía suficiente.
—¿Por qué compraste mis fotografías?
Lucien caminó hacia la biblioteca.
En una sección lateral había una única imagen enmarcada.
Una anciana riendo bajo la lluvia mientras un niño intentaba cubrirla con un paraguas demasiado pequeño.
Elena la reconoció de inmediato.
Había sido una de las primeras fotografías de las que realmente se sintió orgullosa.
—¿Recuerdas esta imagen? —preguntó él.
—Claro que la recuerdo.
—¿Sabes por qué la compré?
—Supongo que estás a punto de decírmelo.
Lucien contempló la fotografía.
—Porque todos los que asistieron a aquella exposición miraron al niño.
—Era el centro de la imagen.
—No.
Él señaló el rostro de la anciana.
—El centro era ella.
Elena guardó silencio.
—El niño intentaba protegerla —continuó Lucien—. Pero ella no necesitaba protección. Estaba riendo porque sabía que él no podía cubrirla por completo y, aun así, lo dejaba intentarlo.
Elena observó la fotografía.
Nunca había escuchado a nadie describirla de aquella manera.
—¿Eso fue lo que viste?
—Vi a una mujer permitiendo que alguien creyera que podía salvarla.
La voz de Lucien se volvió más baja.
—Aunque ambos sabían que no era cierto.
Elena lo miró.
Había algo en aquella interpretación que no hablaba de la fotografía.
—¿Y eso te hizo comprar toda la exposición?
—No.
Lucien apartó la mirada de la imagen.
—Eso hizo que me quedara.
Regresó al escritorio y abrió uno de los cajones.
Sacó una carpeta delgada.
La dejó frente a Elena.
—Ábrela.
Ella no se movió.
—¿Qué contiene?
—La primera fotografía tuya que vi.
Elena abrió la carpeta.
Dentro había una copia de una revista local publicada cinco años atrás.
En una de las páginas aparecía una entrevista breve sobre fotógrafos emergentes de Nueva York.
Junto al texto había una imagen de Elena dentro de la galería.
Era más joven.
Llevaba el cabello recogido de manera desordenada y tenía una mancha de pintura en una de las manos.
No miraba a la cámara.
Estaba ajustando una de sus fotografías en la pared.
Elena leyó el titular.
LA MUJER QUE FOTOGRAFÍA LO QUE LOS DEMÁS ESCONDEN
—Esto no explica nada.
—Lee la última pregunta.
Elena bajó la vista.
La periodista le había preguntado por qué nunca eliminaba las cicatrices, arrugas o marcas de las personas que fotografiaba.
La respuesta de Elena aparecía subrayada.
«Porque las imperfecciones cuentan la parte más importante de una historia. El rostro que alguien muestra al mundo casi nunca es el verdadero.»
Levantó lentamente la mirada.
—Estuviste en mi exposición por esta entrevista.
—Sí.
—¿Por qué te interesó tanto esa respuesta?
Lucien guardó silencio.
Por primera vez desde que Elena había entrado, pareció medir cada palabra con auténtica precaución.
—Porque toda mi vida ha sido construida alrededor de una imagen.
—Todos tenemos una.
—La mía mueve mercados.
—Eso no la hace más real.
—Precisamente.
Lucien caminó hacia el ventanal.
—Desde niño me enseñaron qué debía mostrar. Cómo caminar. Cómo hablar. Cuándo sonreír. Qué preguntas responder y cuáles ignorar. Mi apellido siempre entraba en una habitación antes que yo.
Elena permaneció junto al escritorio.
—Y pensaste que yo podía ver detrás de eso.
—No.
Él volvió el rostro.
—Pensé que quizá eras la primera persona capaz de hacerlo.
La respuesta provocó un silencio distinto.
No era cómodo.
Pero tampoco hostil.
Elena cerró la carpeta.
—Podrías haber hablado conmigo aquella noche.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estabas llorando.
Elena sintió que el cuerpo se le tensaba.
—Yo no estaba llorando.