CAPITULO 6 #2
Un programa de televisión solicitaba una entrevista exclusiva.
Una revista ofrecía dedicarle un reportaje completo bajo el título «La mujer detrás del hombre más poderoso de Manhattan».
Elena cerró el correo.
—Ni siquiera saben quién soy.
—Quizá esto podría ayudar al estudio —dijo Sofía con cuidado—. No digo que esté bien, pero hay muchas ofertas.
—No quieren mi trabajo.
—Algunos sí.
—Quieren una parte de él.
Sofía guardó silencio.
Elena se puso de pie y caminó por el estudio.
Aquel lugar le había costado años.
Había trabajado en bodas que no quería fotografiar, retratos corporativos interminables y sesiones mal pagadas solo para mantenerlo abierto.
Había vendido su automóvil.
Había renunciado a vacaciones.
Había aceptado dormir cuatro horas durante semanas.
Y ahora, de un día para otro, las personas que jamás habían mostrado interés en sus fotografías querían conocerla porque Lucien Ashcroft la había sostenido durante una canción.
—No voy a aceptar ninguna oferta relacionada con él —dijo.
—De acuerdo.
—Y tampoco hablaré con la prensa.
—Bien.
—Los clientes habituales deben saber que seguimos trabajando con normalidad.
Sofía asintió.
—Me encargo.
Elena intentó concentrarse durante el resto de la mañana.
No lo consiguió.
Cada pocos minutos sonaba el teléfono.
Los periodistas continuaban frente al estudio.
Dos clientes llamaron para cancelar.
Otros tres pidieron adelantar sus sesiones porque querían publicar fotografías antes de que aumentaran las tarifas.
A la una de la tarde llegó un correo del propietario del edificio.
El mensaje era breve.
Los demás inquilinos se habían quejado por la presencia de reporteros en la entrada. Si la situación continuaba, tendría que reconsiderar la renovación del contrato del estudio.
Elena leyó el mensaje dos veces.
Después una tercera.
—No puede hacer eso —dijo Sofía.
—Puede inventar cualquier razón cuando llegue el momento de renovar.
—Lucien podría...
—No.
La respuesta de Elena fue inmediata.
Sofía cerró la boca.
—No voy a llamarlo para que arregle esto.
—Solo iba a decir que quizá pueda hablar con la prensa.
—Ese es el problema.
Elena señaló la ventana.
—Todo esto existe por él. Si aparece para solucionarlo, solo confirmará lo que están diciendo.
Sofía se sentó frente a ella.
—¿Te ha llamado?
Elena miró su teléfono.
No había ningún mensaje de Lucien.
Ninguna llamada.
Nada.
Desde que había abandonado la gala, Lucien no había intentado comunicarse con ella.
—No.
—Eso es extraño.
—Le pedí distancia.
—¿Se lo pediste exactamente?
Elena recordó el baile.
«Esto no es interés, Lucien. Es vigilancia.»
También recordó que él la había soltado en cuanto se lo exigió.
—No con esa palabra.
—Quizá entendió el mensaje.
Elena debería haberse sentido aliviada.
Eso era lo que quería.
Que Lucien se alejara.
Que dejara de decidir por ella.
Que su presencia no ocupara cada rincón de su vida.
Sin embargo, el silencio de él le provocaba una incomodidad que no estaba dispuesta a analizar.
Esperó hasta las seis de la tarde para abandonar el estudio.
La mayoría de los periodistas ya se habían marchado, aunque dos permanecían dentro de un automóvil estacionado al otro lado de la calle.
Sofía salió por la puerta trasera.
Elena esperó quince minutos y después hizo lo mismo.
Tomó dos calles secundarias antes de pedir un taxi.
Durante el trayecto revisó el teléfono varias veces.
Lucien seguía sin comunicarse.
Cuando llegó a su apartamento, encontró el pasillo vacío.
Ningún paquete.
Ninguna tarjeta negra.
Ninguna prueba de que él hubiera intentado entrar otra vez en su día.
Elena cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Había conseguido lo que quería.
Distancia.
Entonces ¿por qué sentía que Lucien seguía controlando la situación incluso desde su ausencia?
Dejó el bolso sobre una silla y abrió el ordenador.
Buscó las noticias más recientes.
La fotografía del baile aparecía en decenas de páginas.
Algunos artículos repetían la misma información.
Otros habían comenzado a investigar su familia, sus estudios y antiguos trabajos.
Uno incluía una fotografía tomada años atrás frente a la casa de su padre.
Elena cerró la página con violencia.
Aquello ya no era simple curiosidad.
Estaban desmontando su vida pieza por pieza.
El teléfono sonó.
Un número desconocido.
Estuvo a punto de ignorarlo, pero respondió.
—¿Sí?
—Señorita Álvarez, soy Daniel Price, del periódico Chronicle. Solo necesito confirmar si el señor Ashcroft compró todas las obras de su primera exposición.
Elena sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Quién le dijo eso?
—Tenemos una fuente cercana a la galería.
—No tengo comentarios.
—También nos informaron que el señor Ashcroft lleva años siguiendo su carrera. ¿Considera romántico que haya esperado tanto tiempo para acercarse a usted?
Elena colgó.
Permaneció inmóvil con el teléfono entre las manos.
La sala privada.
Las fotografías.
El secreto que Lucien había protegido durante cinco años ya estaba llegando a la prensa.
Aquello no podía ser casualidad.
Alguien de la galería había hablado.
O alguien del personal de Lucien.
O Victoria.
Elena caminó hasta el escritorio.
Sacó la llave.
Abrió el cajón.
El sobre negro permanecía exactamente donde lo había dejado.
Lo tomó.
Esta vez no dudó antes de romper el sello.
Pero justo cuando introdujo un dedo debajo del papel, se detuvo.
No.
No quería conocer la verdad de aquella manera.
No quería sentarse sola en su apartamento y leer una explicación preparada cuidadosamente por Lucien.
Quería escucharlo.
Quería hacer preguntas.
Quería ver su rostro cuando respondiera.
Volvió a guardar el sobre.
Después tomó el teléfono y buscó el número que seguía sin almacenar en sus contactos.
Lo observó durante varios segundos.
No llamó.
Si lo hacía, Lucien sabría que había conseguido llevarla hasta él.
Elena dejó escapar una risa amarga.
Eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
Él no había necesitado llamarla.
No había enviado otro automóvil.
No había aparecido frente a su estudio.
Simplemente había desaparecido y había permitido que el peso de todo lo que ella desconocía hiciera el trabajo por él.
Elena tomó el abrigo.
Veinte minutos después, el taxi se detuvo frente a la Torre Ashcroft.
El edificio se elevaba sobre la avenida como una columna de cristal negro. Incluso de noche, las oficinas de los pisos superiores permanecían iluminadas.
Elena pagó y descendió.
El vestíbulo estaba casi vacío.
Un guardia de seguridad se acercó antes de que alcanzara la recepción.
—Buenas noches. ¿Tiene una cita?
—No.
—Entonces deberá regresar durante el horario de atención.
Elena respiró hondo.
—Necesito hablar con Lucien Ashcroft.
La recepcionista levantó la vista al escuchar el nombre.
Observó a Elena durante un instante y algo cambió en su expresión.
La había reconocido.
—¿Señorita Álvarez?
Elena sintió que la irritación regresaba.
—Sí.
La mujer se puso de pie.
—Un momento, por favor.
Tomó el teléfono y realizó una llamada breve. No explicó quién era Elena. No pareció necesario.
Después colgó.
—Puede subir.
El guardia se apartó.
Elena no se movió.
—¿Así de fácil?
La recepcionista mantuvo una expresión profesional.
—El señor Ashcroft dejó instrucciones.
Elena apretó la correa de su bolso.
—¿Qué clase de instrucciones?
La mujer señaló los ascensores privados al fondo del vestíbulo.
—Dijo que, si usted venía, no debíamos hacerla esperar.
Elena miró las puertas metálicas.
Lucien había sabido que terminaría allí.
Quizá no esa noche.
Quizá no de aquella manera.
Pero lo había sabido.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Elena entró.
Solo había un botón iluminado.
El último piso.
Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, comprendió que la distancia que había intentado imponer durante todo el día no la había alejado de Lucien.
La había conducido directamente hacia él.