CAPITULO 6
Distancia
El sobre permaneció cerrado durante todo el camino a casa.
Elena lo sostuvo sobre sus piernas mientras el automóvil avanzaba por las calles de Manhattan. Las luces de los edificios se deslizaban sobre el cristal, apareciendo y desapareciendo como recuerdos que se negaban a permanecer quietos.
No recordaba en qué momento había abandonado el hotel.
Tampoco recordaba haberse despedido de nadie.
Solo podía escuchar las palabras de Lucien repitiéndose una y otra vez dentro de su cabeza.
«Tú me conociste bajo la lluvia.
Yo te vi mucho antes.»
Cinco años.
Lucien Ashcroft había conocido su trabajo durante cinco años.
Había comprado todas las fotografías de su primera exposición y había ordenado que nadie le revelara su identidad.
La había observado desde lejos.
Había esperado.
¿A qué?
¿A que apareciera el momento adecuado para entrar en su vida?
Elena bajó la mirada hacia el sobre negro.
Su nombre estaba escrito con la misma caligrafía impecable que había visto sobre la caja de la Leica.
Dentro se encontraba la explicación.
O al menos la versión que Lucien había decidido entregarle.
Podía abrirlo.
Nada se lo impedía.
Solo tenía que introducir un dedo debajo del sello y terminar con todas las preguntas que la habían acompañado desde que salió de aquella habitación.
Sin embargo, no lo hizo.
Cuando el automóvil se detuvo frente a su edificio, el conductor bajó para abrirle la puerta.
—Hemos llegado, señorita Álvarez.
Elena guardó el sobre dentro de su bolso.
—Gracias.
—El señor Ashcroft indicó que el vehículo quedaría disponible durante el resto de la noche, por si necesitaba trasladarse a algún otro lugar.
Por supuesto que lo había hecho.
—No lo necesitaré.
—Buenas noches, señorita.
Elena observó cómo el automóvil se alejaba antes de entrar en el edificio.
Subió los tres pisos por las escaleras, aunque el ascensor funcionaba perfectamente. Necesitaba moverse. Sentir que todavía podía escoger algo, aunque solo fuera la forma de llegar a su apartamento.
Al cerrar la puerta detrás de ella, el silencio la envolvió.
Dejó la Leica sobre la mesa de la cocina.
Después colocó el sobre junto a ella.
Dos objetos enviados por Lucien.
Uno representaba todo lo que él podía darle.
El otro, todo lo que todavía se negaba a contarle.
Elena se quitó los zapatos y caminó descalza hasta el dormitorio. Se deshizo del vestido, se puso una camiseta amplia y regresó a la cocina.
El sobre seguía allí.
Esperándola.
Preparó una taza de té que no llegó a beber.
Se sentó frente a él.
Lo tomó entre las manos.
Durante algunos segundos estuvo a punto de abrirlo.
Entonces recordó la tranquilidad con la que Lucien había dicho que aquella verdad determinaría si volvería a verlo.
Eso era precisamente lo que la molestaba.
Incluso cuando aparentaba concederle una elección, Lucien controlaba las condiciones.
Él elegía qué sabía.
Cuándo lo sabía.
Y de qué manera debía descubrirlo.
Elena se puso de pie.
Caminó hasta el pequeño escritorio situado junto a la ventana, abrió el cajón inferior y guardó el sobre en su interior.
Después cerró con llave.
—No.
La palabra salió en voz alta.
No iba a abrirlo porque él hubiera decidido que era el momento.
Si Lucien quería que ella conociera la verdad, tendría que decírsela mirándola a los ojos.
Sin acertijos.
Sin sobres negros.
Sin otra jugada perfectamente calculada.
Esa noche durmió poco.
Cada vez que cerraba los ojos regresaba al salón del hotel.
A la mano de Lucien sobre su cintura.
A la manera en que había disminuido la presión cuando ella habló de sus límites.
A la fotografía de la pareja bajo la lluvia.
A la habitación llena de imágenes que creía olvidadas.
Y, sobre todo, a la certeza inquietante de que Lucien había estado presente en un momento de su vida en el que ella ni siquiera sabía que existía.
Cuando despertó, todavía no había amanecido por completo.
El apartamento estaba cubierto por una luz azulada.
Elena permaneció varios minutos mirando el techo antes de levantarse.
Preparó café y encendió el teléfono.
Tenía diecisiete llamadas perdidas.
Frunció el ceño.
La mayoría provenían de números desconocidos.
También había seis mensajes de Sofía.
El primero decía:
«Llámame cuando despiertes.»
El segundo:
«Elena, esto se está saliendo de control.»
El tercero incluía un enlace.
Elena lo abrió.
La página pertenecía a una revista digital de sociedad.
Una fotografía ocupaba casi toda la pantalla.
Ella y Lucien bailando en el centro del salón.
La imagen había sido tomada justo cuando él la había acercado para evitar que otra pareja chocara con ellos. Desde el ángulo del fotógrafo, sus cuerpos parecían unidos. Elena tenía una mano apoyada en el hombro de Lucien y él la observaba como si no existiera nadie más a su alrededor.
El titular era todavía peor.
¿QUIÉN ES LA MISTERIOSA MUJER QUE CONQUISTÓ A LUCIEN ASHCROFT?
Elena sintió que el estómago se le cerraba.
Continuó leyendo.
El artículo afirmaba que Lucien había permanecido alejado de relaciones públicas desde la ruptura de su compromiso con Victoria Pembroke. Describía a Elena como una desconocida fotógrafa que había captado la atención del empresario más codiciado de la ciudad.
Desconocida.
Como si los años que había dedicado a su trabajo no significaran nada.
Como si su identidad comenzara en el instante en que un hombre poderoso había decidido bailar con ella.
Siguió bajando.
Había otra fotografía.
Lucien acercándose a ella al principio de la gala.
Otra en la que hablaban junto a una mesa.
Otra donde la mano de él descansaba en su cintura.
El artículo especulaba sobre cuánto tiempo llevaban viéndose.
Inventaba encuentros secretos.
Incluso sugería que la contratación de Elena como fotógrafa oficial había sido una excusa para presentarla públicamente.
—Idiotas —murmuró.
El teléfono volvió a sonar.
Sofía.
Elena respondió de inmediato.
—Estoy viendo las noticias.
—Entonces ya sabes por qué llevo una hora llamándote.
—¿Cómo consiguieron mi nombre?
—No lo sé. Pero encontraron el estudio.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Qué significa que encontraron el estudio?
—Hay periodistas afuera.
—¿Cuántos?
—Cinco cuando llegué. Ahora creo que son ocho.
Elena cerró los ojos.
—No les digas nada.
—No pensaba hacerlo. Pero uno intentó entrar detrás de un cliente.
—¿Está todo bien?
—Sí. Cerré la puerta. Aunque tenemos otro problema.
—¿Qué ocurrió?
Sofía guardó silencio durante un instante.
—Los Richardson cancelaron la sesión familiar de esta tarde.
—¿Por qué?
—La señora Richardson dijo que no quería aparecer relacionada con ningún escándalo.
Elena apretó la taza de café.
—No existe ningún escándalo.
—Lo sé.
—Solo hice mi trabajo.
—También lo sé.
El tono de Sofía se volvió más suave.
—Pero la gente no está viendo eso.
Elena caminó hasta la ventana. Apartó ligeramente la cortina y miró hacia la calle.
No había periodistas frente a su edificio.
Todavía.
—No abras el estudio —dijo—. Voy para allá.
—Elena, quizá deberías quedarte en casa.
—Ese estudio es mío. No voy a esconderme porque unas revistas decidieron inventar una historia.
—¿Y si te siguen?
—Que lo intenten.
Se vistió rápidamente.
Eligió unos pantalones oscuros, botas y un abrigo largo. Recogió el cabello en una coleta y guardó su cámara habitual en el bolso.
La Leica permaneció sobre la mesa.
La observó antes de salir.
Por un momento pensó en llevársela.
Finalmente decidió dejarla allí.
No quería que nadie la fotografiara utilizando el regalo de Lucien y lo convirtiera en otra prueba de una relación que no existía.
Al llegar a la calle del estudio comprendió que Sofía no había exagerado.
Había dos vehículos estacionados frente a la entrada y un grupo de reporteros ocupaba parte de la acera. Algunos sostenían cámaras. Otros hablaban por teléfono mientras vigilaban la puerta.
Elena pidió al taxista que la dejara al final de la calle.
—¿Segura? —preguntó él—. Parece que están esperando a alguien.
—A mí.
El hombre la miró por el espejo, sorprendido.
Elena pagó y salió antes de que pudiera reconocerla.
Avanzó con la cabeza ligeramente inclinada, esperando pasar desapercibida.
No funcionó.
—¡Señorita Álvarez!
La primera voz provocó que todos se giraran.
En cuestión de segundos la rodearon.
—¿Desde cuándo conoce a Lucien Ashcroft?
—¿Son pareja?
—¿Fue él quien la contrató para la gala?
—¿Qué opina Victoria Pembroke de su relación?
—¿Es cierto que el señor Ashcroft financia su estudio?
Elena continuó caminando.
—No voy a responder preguntas.
Las cámaras comenzaron a disparar.
Los destellos aparecían frente a sus ojos.
—¿Pasó la noche con él?
Elena se detuvo.
Se giró hacia el hombre que había hecho la pregunta.
—No tiene derecho a preguntarme eso.
—Entonces ¿lo niega?
—Dije que no tiene derecho.
—¿Es una relación seria?
—No existe ninguna relación.
La frase provocó una nueva oleada de preguntas.
—¿Lucien Ashcroft sabe que lo está negando?
—¿Fue solo una aventura?
—¿Está avergonzada de él?
Elena apretó los dientes y continuó hasta la puerta.
Sofía abrió desde el interior y volvió a cerrarla en cuanto ella entró.
Durante varios segundos ambas permanecieron en silencio.
Las voces de los periodistas atravesaban el cristal.
—Esto es una locura —dijo Sofía.
Elena se quitó el abrigo.
—Se cansarán.
—¿Cuándo?
—Cuando encuentren una historia más interesante.
Sofía la observó con preocupación.
—¿Qué ocurrió anoche?
—Trabajé.
—Elena.
—Y bailé con él.
—Eso ya lo vi.
—No ocurrió nada más.
Sofía se apoyó contra el escritorio.
—La forma en que te mira en esa fotografía no parece nada.
Elena evitó responder.
Encendió el ordenador y abrió el correo del estudio.
Había más de cien mensajes nuevos.
Algunos pertenecían a periodistas.
Otros a desconocidos que querían contratarla.
Uno ofrecía el triple de su tarifa habitual para una sesión privada.
Otro solicitaba expresamente que utilizara «la cámara que Lucien Ashcroft le había regalado».
Elena sintió una punzada de rabia.
—¿Cómo saben lo de la Leica?
Sofía miró la pantalla.
—Quizá alguien de la gala habló.
—Nadie debería saberlo.
Siguió revisando los mensajes.
Varias marcas querían colaborar con ella.