CAPITULO 2 #6
—Sé que tu estudio estuvo a punto de cerrar hace seis meses y que rechazaste la ayuda de tu padre porque preferías fracasar por tu cuenta antes que permitirle recordarte que tenía razón.
La respiración de Elena se volvió más lenta.
—¿Investigaste mi vida?
—Sé que fotografías personas cuando creen que nadie las observa. Sé que no corriges las cicatrices en tus retratos. Sé que vendiste tu automóvil para pagar el tratamiento médico de Sofía cuando enfermó su hermana.
—Basta.
—Y sé que finges no sentir curiosidad por mí porque la curiosidad te parece más peligrosa que el miedo.
Elena retiró la mano de la suya.
—Te dije que basta.
Lucien la soltó de inmediato.
Aquello la sorprendió.
No intentó retenerla.
No discutió.
Elena retrocedió.
—Esto no es interés, Lucien. Es vigilancia.
—Existe una diferencia.
—No desde donde estoy yo.
—Entonces déjame mostrártela.
—No quiero que me muestres nada.
Recogió la cámara de la mesa y se alejó del centro del salón.
Podía sentir las miradas de varias personas siguiéndola, pero no le importó.
Necesitaba aire.
Necesitaba distancia.
Cruzó una puerta lateral sin saber adónde conducía y terminó en un corredor silencioso, lejos de la música. A ambos lados había cuadros, fotografías antiguas y puertas cerradas.
Caminó hasta encontrar una pequeña sala iluminada.
La puerta estaba entreabierta.
Entró.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías.
No eran imágenes de empresarios ni retratos familiares.
Eran escenas cotidianas.
Una anciana alimentando palomas.
Un niño dormido en el metro.
Una pareja abrazada bajo un toldo mientras llovía.
Elena reconoció la colección antes de ver la firma.
Eran sus fotografías.
Su primera exposición.
La que había presentado cinco años atrás en una galería diminuta de Brooklyn y que casi nadie había visitado.
Se acercó lentamente a una de ellas.
En la placa inferior se leía:
COLECCIÓN PRIVADA DE LUCIEN ASHCROFT
El sonido de unos pasos la hizo girarse.
Lucien estaba en la puerta.
No parecía enfadado.
Tampoco sorprendido de encontrarla allí.
—Compraste mis fotografías.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace cinco años.
Elena sintió que el suelo se desplazaba bajo sus pies.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque dijiste que nos conocimos bajo la lluvia.
—Tú me conociste bajo la lluvia.
Lucien entró en la sala.
—Yo te vi mucho antes.
Elena observó las paredes.
Todas las fotografías de aquella exposición estaban allí.
Incluso las que nunca había conseguido vender.
—¿Estuviste en la galería?
—Llegué cuando estabas desmontando la exposición.
Un recuerdo lejano regresó a ella.
Una noche fría.
Cajas apiladas junto a la puerta.
La decepción de haber vendido una sola fotografía después de meses de trabajo.
Y un hombre al fondo de la galería.
Vestido de negro.
Hablando con el propietario.
No había visto su rostro con claridad.
—Las compraste todas —susurró.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
—Pedí que no lo hicieran.
—¿Por qué?
Lucien se acercó a la fotografía de la pareja bajo la lluvia.
—Porque no quería que el dinero cambiara lo que hacías.
—Podrías haberme contactado.
—Todavía no.
Elena lo miró.
—¿Todavía?
—No era el momento.
—¿Y ahora sí?
Los ojos de Lucien descendieron hacia ella.
—Ahora ya no estoy dispuesto a seguir observando desde lejos.
Elena sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
Durante días había creído que la lluvia, el automóvil y la invitación habían sido el comienzo.
Pero Lucien había conocido su trabajo durante años.
Había poseído una parte de su mirada mucho antes de que ella supiera su nombre.
—¿Todo fue planeado? —preguntó.
Él no respondió inmediatamente.
Y ese silencio fue peor que cualquier confesión.
—La noche de la lluvia —insistió Elena—. ¿Fue una coincidencia?
Lucien acortó la distancia entre ambos hasta quedar a pocos pasos.
—La lluvia sí.
—¿Y que estuvieras allí?
Su rostro permaneció sereno.
—No.
Elena apretó la cámara entre las manos.
—¿Qué hiciste?
—Tomé una oportunidad que llevaba demasiado tiempo esperando.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la única respuesta que puedo darte esta noche.
—No tienes derecho a decidir qué puedo saber.
—Tienes razón.
La facilidad con la que lo admitió la desconcertó.
Lucien metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre pequeño.
Lo dejó sobre una mesa.
—Cuando estés preparada para saber por qué te busqué, abre esto.
Elena miró el sobre.
Su nombre estaba escrito en el frente.
La misma caligrafía de la caja.
—¿Qué contiene?
—La verdad.
—¿Qué clase de verdad?
Lucien sostuvo su mirada.
—La que hará que decidas si vuelves a verme.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Y si decido que no?
Algo oscuro atravesó los ojos de Lucien, pero su voz permaneció tranquila.
—Entonces tendré que vivir con la única derrota que realmente me importa.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—El automóvil te llevará a casa cuando quieras. Nadie intentará detenerte.
Elena miró el sobre.
—Lucien.
Él volvió el rostro.
—¿Desde cuándo me observas?
La respuesta llegó sin vacilación.
—Desde mucho antes de que aprendieras mi nombre.
Y salió de la habitación.
Elena permaneció sola, rodeada por fotografías que había tomado cuando aún creía que nadie importante estaba mirando.
Sobre la mesa, el sobre parecía esperar por ella.
Podía dejarlo allí.
Podía marcharse.
Podía regresar a su vida y fingir que Lucien Ashcroft no había estado oculto en los márgenes de su historia durante cinco años.
Extendió la mano.
Sus dedos rozaron el papel negro.
Y por primera vez no supo qué le aterraba más:
descubrir la verdad...
o descubrir que una parte de ella deseaba conocerla.