CAPITULO 2 #5
Vestía un esmoquin negro que parecía hecho exclusivamente para él. El cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, aunque un mechón había comenzado a caer sobre su frente. No sonreía, pero saludaba con breves movimientos de cabeza a quienes se acercaban.
Lucien podía permanecer inmóvil y aun así parecer el centro de todo.
Sus ojos recorrieron el salón.
No se detuvieron en los empresarios.
Ni en las mujeres que intentaban llamar su atención.
La encontraron a ella.
Elena sintió la presión de aquella mirada incluso a varios metros de distancia.
Lucien se excusó de la conversación que acababan de iniciar con él y comenzó a caminar en su dirección.
No tuvo prisa.
No la necesitaba.
Sabía que ella no se movería.
—Llegaste —dijo al detenerse frente a ella.
—Estoy trabajando.
—No dije lo contrario.
Sus ojos descendieron hacia la cámara.
Una ligera satisfacción apareció en su expresión.
—Dijiste que ibas a devolverla.
—Y lo haré.
—Después de utilizarla.
—Necesitaba comprobar que no estuviera defectuosa.
—Naturalmente.
Elena entrecerró los ojos.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que acaba de ganar.
Lucien se inclinó apenas hacia ella.
—Todavía no he ganado nada.
La cercanía hizo que su voz llegara más baja.
Más íntima.
—Lo sabrás cuando ocurra.
Elena sostuvo su mirada, negándose a retroceder.
—No deberías estar tan seguro de ti mismo.
—No lo estoy.
—Podrías engañar a cualquiera.
—No estoy seguro de mí —aclaró—. Estoy seguro de ti.
Antes de que pudiera responder, una mujer apareció junto a ellos.
Era alta, elegante y de una belleza tan precisa que parecía imposible encontrar un solo detalle fuera de lugar. Llevaba un vestido rojo oscuro y una cadena de diamantes alrededor del cuello.
Apoyó una mano sobre el brazo de Lucien con demasiada familiaridad.
—Pensé que no llegarías.
Lucien bajó la vista hacia la mano.
La mujer la retiró con naturalidad, como si el gesto no hubiera significado nada.
—Victoria —dijo él.
No había afecto en su tono.
Tampoco rechazo.
Solo reconocimiento.
Los ojos verdes de la mujer se posaron sobre Elena.
—No nos han presentado.
—Elena Álvarez —dijo Lucien—. Es la fotógrafa oficial de la gala.
Victoria observó la Leica.
—Vaya. Debe de ser extraordinariamente buena. Lucien no suele confiar su imagen a desconocidos.
—No fotografío imágenes —respondió Elena—. Fotografío personas.
La sonrisa de Victoria se tensó.
—Entonces debes de tener un trabajo complicado esta noche.
Elena sostuvo su mirada.
—Los disfraces suelen decir más que los rostros.
Lucien escondió una sonrisa.
Victoria lo notó.
—¿Nos acompañas? —preguntó ella—. Mi padre quiere hablar contigo antes de la subasta.
—En unos minutos.
—Lleva toda la noche preguntando por ti.
—Entonces puede esperar un poco más.
El silencio entre ellos fue breve, pero suficiente.
Victoria volvió a mirar a Elena.
Esta vez sin fingir amabilidad.
—Ten cuidado con esa cámara. Lucien aprecia mucho las cosas que considera suyas.
Elena sintió que aquellas palabras escondían algo más.
—La cámara no es suya —respondió—. Y yo tampoco.
La mirada de Lucien se endureció ligeramente, aunque no parecía molesto.
Parecía interesado.
Victoria dejó escapar una risa suave.
—Eso mismo dijimos todas al principio.
Se alejó sin despedirse.
Elena esperó hasta que estuviera fuera de alcance antes de mirar a Lucien.
—Encantadora.
—Victoria cree que la sinceridad es una forma de crueldad.
—¿Y qué es realmente?
—Una mujer acostumbrada a que nadie le diga que no.
Elena arqueó una ceja.
—Qué curioso. Pensé que eso era precisamente lo que te atraía de las personas.
—Solo cuando soy yo quien escucha la negativa.
—¿Hubo algo entre ustedes?
Lucien guardó silencio.
Elena se arrepintió de la pregunta en cuanto la formuló.
No tenía derecho a sentir curiosidad.
Mucho menos aquella punzada incómoda que había aparecido cuando Victoria tocó su brazo.
—No es asunto mío —añadió rápidamente.
—No —respondió Lucien—. No lo es.
La frialdad de la respuesta la irritó más de lo que debía.
Se dispuso a alejarse, pero él añadió:
—Victoria y yo estuvimos comprometidos durante tres meses.
Elena se detuvo.
—¿Comprometidos?
—Nuestras familias consideraron que era una buena decisión.
—Eso suena muy romántico.
—Nunca dije que lo fuera.
—¿Qué ocurrió?
—Descubrimos que dos personas incapaces de ceder no deberían compartir una vida.
—¿Quién terminó la relación?
—Yo.
La respuesta fue inmediata.
—¿Por qué?
Lucien la observó durante un instante demasiado largo.
—Porque podía imaginar perfectamente el resto de mi vida junto a ella.
—Eso normalmente sería una razón para casarse.
—Para mí fue la razón para no hacerlo.
Algo en aquella frase hizo que Elena guardara silencio.
Antes de que pudiera pensar demasiado en ella, Margaret se acercó para avisar a Lucien que la subasta estaba a punto de comenzar.
Él asintió.
—Debo subir al escenario.
—Entonces ve.
—Quiero que te quedes después.
—Mi contrato termina a las once.
—No te pregunté cuándo termina tu contrato.
—Y yo no he aceptado quedarme.
Lucien dio un paso hacia atrás.
—Todavía.
Se alejó junto a Margaret.
Elena lo observó subir al escenario.
El murmullo del salón se apagó cuando tomó el micrófono.
No necesitó elevar la voz.
—Gracias por estar aquí.
Su forma de hablar era distinta a la que utilizaba con ella. Seguía siendo firme, pero había perdido parte de aquella provocación constante.
—Hace diecisiete años, mi madre abrió las puertas de nuestra casa a una mujer que había escapado con sus dos hijos y no tenía ningún lugar al cual ir.
No era parte de una organización. No tenía recursos preparados ni experiencia.
Solo vio a alguien que necesitaba ayuda y decidió no mirar hacia otro lado.
Elena levantó lentamente la cámara.
Lucien continuó:
—La Fundación Eleanor Ashcroft existe porque aquella noche comprendí que el poder no significa poseer más que los demás. Significa tener la capacidad de cambiar algo y elegir hacerlo.
Elena presionó el obturador.
Por primera vez desde que lo había conocido, Lucien no parecía un hombre intentando dominar la habitación.
Parecía un hijo hablando de su madre.
Había una sombra en su mirada.
Una grieta diminuta en la armadura.
Y Elena la fotografió.
La subasta comenzó poco después.
Obras de arte, joyas y experiencias privadas alcanzaron cifras que a Elena le resultaban absurdas. Lucien permaneció cerca del escenario, conversando con los donantes y supervisando cada detalle.
Sin embargo, cada cierto tiempo la buscaba entre la multitud.
Siempre sabía dónde estaba.
Cerca de las diez y media, la orquesta cambió el ritmo y varias parejas comenzaron a ocupar el centro del salón.
Elena aprovechó para tomar fotografías desde uno de los laterales.
Estaba enfocando a una pareja mayor cuando una mano cubrió suavemente el objetivo.
Bajó la cámara.
Lucien estaba frente a ella.
—Estás bloqueando mi trabajo.
—Tu trabajo puede esperar una canción.
—El mío sí. El tuyo, aparentemente, no.
—Esta noche el mío consiste en conseguir donaciones.
—Entonces deberías seguir sonriendo a los millonarios.
—Ya conseguí su dinero.
Extendió la mano.
—Ahora quiero bailar.
Elena miró su palma.
—Contrataste una fotógrafa, no una acompañante.
—Lo sé.
—Entonces busca a Victoria.
—No quiero bailar con Victoria.
—Hay al menos cincuenta mujeres en este salón que aceptarían sin pensarlo.
—Por eso te lo estoy pidiendo a ti.
Elena soltó una risa incrédula.
—Esa lógica no tiene ningún sentido.
—Para mí sí.
—No sé bailar.
—Otra mentira.
—¿Cómo podrías saberlo?
Lucien inclinó la cabeza.
—Cuando escuchas música, marcas el ritmo con los dedos de la mano izquierda.
Elena bajó la mirada.
No se había dado cuenta de que lo hacía.
—Eso no significa que sepa bailar.
—Significa que tu cuerpo entiende la música aunque tú intentes controlarlo.
La forma en que pronunció la palabra cuerpo hizo que un calor inesperado recorriera su piel.
Lucien mantuvo la mano extendida.
No la tocó.
No la obligó.
Esperó.
Elena debería haberse negado.
Debería haber recogido el equipo, entregado la cámara y abandonado el hotel.
En lugar de hacerlo, dejó su Leica sobre una mesa cercana y colocó los dedos sobre la palma de él.
Lucien cerró la mano lentamente.
La condujo hasta el centro del salón.
Una de sus manos se posó en la cintura de Elena. La otra sostuvo la suya.
El contacto era correcto.
Adecuado.
Y, aun así, demasiado íntimo.
—Relájate —murmuró él.
—Estoy relajada.
—Tienes los hombros tensos.
—Porque estoy bailando con un hombre que organiza mi vida sin consultarme.
—Solo organicé una noche.
—Entraste en mi estudio.
—No entré personalmente.
—Eso no mejora las cosas.
—Te envié una cámara.
—Que no pedí.
—Y aceptaste utilizarla.
Elena lo miró con furia.
—Siempre encuentras la forma de convertir todo en una victoria.
—No.
Lucien la acercó apenas cuando otra pareja pasó junto a ellos.
El movimiento hizo que el pecho de Elena rozara el suyo.
—Solo presto atención a lo que haces, no únicamente a lo que dices.
—Eso suena como una excusa para ignorar mis límites.
La expresión de Lucien cambió.
Su mano permaneció en la cintura de ella, pero la presión disminuyó.
—Dime que quieres que te suelte.
Elena abrió los labios.
La respuesta debería haber sido sencilla.
Sin embargo, no salió.
Lucien sostuvo su mirada.
—Eso pensé.
—No confundas mi silencio con permiso.
—Nunca lo haría.
—Entonces ¿por qué estás sonriendo?
—Porque sigues aquí.
Elena apartó la vista.
La música continuó envolviéndolos.
A su alrededor había decenas de personas, pero la proximidad de Lucien hacía que el resto del salón pareciera distante.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente.
Él no fingió no entender.
—¿Por qué no?
—Porque hombres como tú no envían cámaras de miles de dólares a mujeres que apenas conocen.
—Hombres como yo no suelen encontrar mujeres como tú.
—No sabes nada de mí.
—Sé que llevas los pendientes de tu madre cuando necesitas sentirte valiente.
Elena se quedó inmóvil.
Lucien siguió moviéndose con la música, guiándola.