Hasta que seas mía CAPITULO 2 #4
13%

CAPITULO 2 #4

Solo había sido el primer movimiento.

CAPÍTULO 4

El regalo

La mañana comenzó con un silencio extraño.

Elena abrió la puerta de su pequeño estudio de fotografía y se quedó inmóvil.

Sobre el escritorio había una caja negra perfectamente envuelta con un lazo del mismo color.

No había remitente.

No había tarjeta.

Solo su nombre escrito con una caligrafía impecable.

Frunció el ceño.

—¿Quién dejó esto?

Sofía, su asistente, levantó la vista desde el ordenador.

—Cuando llegué ya estaba ahí. Pensé que era tuyo.

Elena observó la caja durante varios segundos antes de acercarse.

No era pesada.

La abrió lentamente.

Dentro encontró una cámara Leica edición limitada.

Nueva.

Impecable.

Su corazón dio un vuelco.

Aquella cámara costaba más que todo el equipo con el que había trabajado durante los últimos tres años.

Debajo había una pequeña tarjeta negra.

Solo contenía una frase.

«Las personas con talento merecen herramientas a su altura.»

No había firma.

Pero ella no necesitaba verla.

—No puede ser...

Sacó el teléfono inmediatamente.

Marcó el único número que jamás había guardado en sus contactos y que, sin embargo, recordaba de memoria.

Contestó al segundo tono.

—Buenos días, Elena.

Su voz sonaba tranquila.

Como si hubiera estado esperando aquella llamada.

—¿Qué demonios significa esto?

—Buenos días para ti también.

—No voy a aceptar regalos tuyos.

—Todavía no te he pedido que los aceptes.

Ella cerró los ojos.

—¿Cómo encontraste mi estudio?

Al otro lado hubo un breve silencio.

—Te dije que volveríamos a vernos.

—Eso no responde mi pregunta.

—No.

—Lucien...

Su voz se endureció.

—Esto empieza a ser incómodo.

Él dejó escapar una ligera risa.

—¿Incómodo?

—Sí.

—Interesante. Yo lo llamaría inevitable.

Elena respiró hondo.

—Voy a devolverte esta cámara.

—Haz lo que quieras con ella.

—¿No te importa perder algo tan caro?

—No considero una pérdida invertir en aquello que me interesa.

Aquellas palabras la dejaron sin respuesta.

Porque por primera vez sintió que él no hablaba de la cámara.

Hablaba de ella.

Lucien rompió el silencio.

—Esta noche tengo una cena.

—No iré.

—No era una invitación.

Ella frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué me lo dices?

—Porque serás la fotógrafa oficial del evento.

Elena sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué?

—Tu agencia aceptó el contrato hace dos horas.

Ella giró lentamente hacia Sofía.

—¿Entró algún correo esta mañana?

La joven abrió el portátil.

—Sí... uno del Grupo Ashcroft. Confirmaron un evento privado para esta noche. La tarifa es... Dios mío...

Elena cerró los ojos.

Lucien ya lo había organizado todo.

Sin preguntarle.

Sin darle tiempo para negarse.

—Te espero a las ocho —dijo él con absoluta calma.

La llamada terminó.

Ella permaneció inmóvil durante varios segundos.

...

Por primera vez desde que lo conoció, entendió que enfrentarse a Lucien Ashcroft no sería tan sencillo como decir «no».

***

En el último piso de la Torre Ashcroft, Manhattan se extendía bajo un cielo gris cubierto por nubes.

Lucien permanecía inmóvil frente al enorme ventanal de su oficina, una copa de whisky descansaba sobre el escritorio de nogal sin que la hubiera tocado. Desde aquella altura, los automóviles parecían simples puntos moviéndose en silencio entre las avenidas.

La puerta se abrió con un leve golpe.

—Señor Ashcroft.

Su asistente personal entró con una carpeta en la mano.

—La agencia confirmó el servicio fotográfico para esta noche. Todo está preparado.

Lucien asintió sin apartar la vista de la ciudad.

—¿Y Elena Álvarez?

—Todavía no ha confirmado personalmente su asistencia.

Él sonrió apenas.

—No hace falta.

El asistente dudó un instante.

—¿Quiere que prepare un reemplazo por si decide no presentarse?

Lucien negó lentamente con la cabeza.

—Vendrá.

—¿Está tan seguro?

Por primera vez se giró.

Sus ojos transmitían una calma que resultaba mucho más inquietante que cualquier gesto de ira.

—Las personas creen que toman decisiones por sí mismas.

Hizo una breve pausa.

—Hasta que alguien entiende exactamente cómo funciona su mundo.

El asistente guardó silencio.

Conocía esa mirada.

Era la misma que Lucien tenía antes de cerrar una negociación imposible.

La misma que había hecho caer empresas enteras.

—¿Desea aumentar la seguridad del evento?

Lucien tomó por fin la copa de whisky, la hizo girar lentamente entre los dedos y observó el líquido color ámbar.

—No.

—¿Por qué, señor?

Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Porque todavía quiero que crea que puede escapar.

El asistente inclinó la cabeza y salió de la oficina sin añadir una sola palabra.

Lucien volvió a mirar Manhattan.

En algún lugar de aquella inmensa ciudad, Elena seguramente seguía convencida de que todo aquello era una simple coincidencia.

Él sabía que no.

La partida apenas acababa de comenzar.

CAPÍTULO 5

Bajo su mirada

A las siete y cincuenta y dos de la noche, Elena seguía dentro del automóvil sin encontrar una razón suficientemente buena para abrir la puerta.

Frente a ella se alzaba el Hotel Beaumont, una construcción de piedra clara iluminada por cientos de luces doradas. Una fila de vehículos negros avanzaba lentamente hasta la entrada principal, donde fotógrafos, asistentes y miembros de seguridad recibían a los invitados.

El evento no se parecía en nada a los trabajos que solía aceptar.

No era una boda pequeña.

No era una exposición de artistas emergentes.

Tampoco una sesión privada en alguno de los estudios que apenas podían permitirse pagar sus servicios.

Aquello era otro mundo.

Uno que olía a dinero incluso desde el otro lado de la calle.

Elena bajó la mirada hacia la cámara que descansaba sobre sus piernas.

La Leica.

Había pasado toda la tarde repitiéndose que la llevaría únicamente para devolvérsela. Sin embargo, antes de salir del estudio había colocado una batería cargada y una tarjeta de memoria en su interior.

Solo para comprobar que funcionaba, se había dicho.

Una mentira demasiado débil para resultar convincente.

El conductor miró por el espejo retrovisor.

—¿Se encuentra bien, señorita?

—Perfectamente.

La palabra salió con más seguridad de la que sentía.

Tomó aire, guardó la cámara dentro del bolso y abrió la puerta antes de poder arrepentirse.

El ruido la envolvió de inmediato.

Tacones golpeando el mármol.

Voces pronunciando apellidos importantes.

Destellos de cámaras.

Hombres de traje oscuro acompañando a mujeres cubiertas de joyas que probablemente costaban más que el edificio donde Elena tenía su estudio.

Había elegido un vestido negro sencillo, ceñido en la cintura y con una abertura discreta en una de las piernas. No era ostentoso, pero sabía que le quedaba bien. Llevaba el cabello recogido de forma descuidada y unos pendientes pequeños que habían pertenecido a su madre.

Era una fotógrafa.

No una invitada.

No necesitaba encajar.

Se repitió aquello mientras cruzaba las puertas.

Una mujer vestida de gris la esperaba junto al mostrador de recepción.

—Señorita Álvarez.

Elena se detuvo.

—Sí.

—Soy Margaret Collins, coordinadora del evento. El señor Ashcroft pidió que la acompañara personalmente.

Por supuesto que lo había hecho.

—Puedo encontrar el salón por mi cuenta.

Margaret mantuvo una sonrisa impecable.

—Estoy segura. Aun así, tengo instrucciones precisas.

Elena reprimió el impulso de responder.

La siguió a través del vestíbulo hasta una escalera de mármol decorada con arreglos de flores blancas. En la planta superior, dos puertas enormes se abrían hacia un salón repleto de invitados.

Sobre el escenario principal había una frase escrita en letras doradas:

FUNDACIÓN ELEANOR ASHCROFT

Elena disminuyó el paso.

No había oído hablar de aquella fundación.

Margaret debió notar su curiosidad.

—La gala se celebra cada año para financiar programas educativos y refugios para mujeres y niños —explicó—. La fundación fue creada por el señor Ashcroft en memoria de su madre.

Elena dirigió la vista hacia el salón.

Aquello no encajaba con la imagen que se había formado de él.

Lucien Ashcroft era control.

Poder.

Arrogancia envuelta en un traje perfecto.

No lo había imaginado organizando una gala benéfica.

—No aparece demasiado en la prensa —continuó Margaret—. Él prefiere que la atención se concentre en los proyectos.

—Eso resulta difícil de creer.

La coordinadora sonrió con discreción.

—Muchas cosas sobre el señor Ashcroft lo son.

Antes de que Elena pudiera preguntar algo más, Margaret le entregó una acreditación.

—Puede desplazarse libremente por el salón. El señor Ashcroft pidió que no tuviera restricciones.

—Qué considerado.

—También indicó que debía entregarle esto.

Margaret extendió la mano.

Era otra tarjeta negra.

Elena la tomó con evidente desconfianza.

En ella había una sola frase:

«Esta noche quiero ver mi mundo a través de tus ojos.»

Elena apretó la tarjeta entre los dedos.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿No es el anfitrión?

—El señor Ashcroft siempre sabe exactamente cuándo debe aparecer.

Margaret se alejó antes de que Elena pudiera responder.

Durante los primeros veinte minutos se concentró exclusivamente en trabajar.

Fotografió la decoración, las mesas, las conversaciones entre empresarios y las sonrisas cuidadosamente practicadas de quienes sabían que podían aparecer en la prensa al día siguiente.

La Leica respondía con una precisión extraordinaria.

Cada disparo era silencioso.

Cada imagen parecía capturar detalles que sus otras cámaras habrían perdido.

Elena odiaba admitir cuánto le gustaba.

Estaba ajustando la exposición cuando una alteración casi imperceptible atravesó el salón.

Las conversaciones disminuyeron.

Algunas personas se giraron hacia la entrada.

Otras se apartaron.

Elena no necesitó levantar la vista para saber quién había llegado.

Lo sintió.

Como si la presencia de Lucien pudiera modificar el aire de una habitación.

Cuando finalmente lo miró, lo encontró de pie junto a las puertas.