Hasta que seas mía CAPITULO 2 #3
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CAPITULO 2 #3

Lucien detuvo el paso.

La miró con una intensidad que la hizo lamentar la pregunta.

—¿Por qué dice eso?

—Porque nadie puede relajarse cerca de usted.

—Usted sí.

—No estoy relajada.

—Pero tampoco tiene miedo.

Elena giró la copa entre los dedos.

—Todavía no he decidido si debería tenerlo.

Lucien se acercó un poco más.

—Cuando lo decida, dígamelo.

—¿Para qué?

—Para saber si debo tranquilizarla...

o darle una razón.

Elena sintió que el aire se volvía más denso.

—Eso vuelve a sonar como una amenaza.

—No.

La voz de Lucien descendió.

—Es una promesa de honestidad.

Antes de que ella respondiera, las luces disminuyeron.

Los invitados comenzaron a ocupar sus asientos frente al escenario.

Lucien señaló una mesa en primera fila.

—Nuestros lugares.

—¿Nuestros?

—Compré dos.

—Antes de saber que vendría.

—Sabía que vendría.

Elena se sentó.

Lucien ocupó la silla a su lado.

Sobre la mesa había dos paletas numeradas.

Elena tomó una.

—¿Puedo apostar?

—Puede hacer lo que quiera.

—Eso no suena como usted.

—No me conoce lo suficiente para saber cómo sueno.

La subasta comenzó.

Las primeras obras alcanzaron cifras que Elena consideraba absurdas.

Un cuadro abstracto se vendió por ciento veinte mil dólares.

Una botella de vino de colección por cincuenta mil.

Un viaje privado a una isla del Mediterráneo por casi el doble.

Lucien no levantó la paleta.

Parecía más interesado en las reacciones de Elena que en los objetos.

—¿No le gusta nada? —preguntó ella.

—Todavía no.

El siguiente lote apareció en la pantalla.

Una cámara Leica de edición limitada, fabricada décadas atrás y perteneciente a un fotógrafo reconocido.

Elena enderezó la espalda.

—Hermosa —murmuró.

Lucien observó su expresión.

—¿La quiere?

—No.

—Miente otra vez.

—Admirar algo no significa querer poseerlo.

—En mi experiencia, sí.

El precio inicial fue anunciado.

Veinte mil dólares.

Varias paletas se levantaron.

Elena miró la cámara proyectada en la pantalla.

Lucien tomó su paleta.

Ella le sujetó la muñeca antes de que pudiera alzarla.

El contacto los sorprendió a ambos.

La piel de Lucien estaba cálida.

Su pulso permanecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—No —susurró Elena.

Lucien bajó la mirada hacia los dedos que rodeaban su muñeca.

Después la miró a ella.

—Suélteme.

No hubo dureza en su voz.

Pero sí una autoridad inmediata.

Elena sintió un estremecimiento.

No retiró la mano.

—No va a comprarla.

—¿Por qué?

—Porque después intentará dármela.

—¿Y si la quiero para mí?

—No sabe usarla.

—Podría aprender.

—No tendría paciencia.

—Podría contratarla para enseñarme.

Elena apretó ligeramente los dedos.

—Lucien.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

Algo oscuro cruzó sus ojos.

—Repítalo.

Elena retiró la mano.

—No compre la cámara.

Lucien tomó la paleta.

La puja había alcanzado los cuarenta mil dólares.

La levantó.

—Cincuenta mil —anunció el subastador.

Elena lo miró con furia.

Otro comprador ofreció sesenta.

Lucien levantó nuevamente la paleta.

—Setenta mil.

—Está loco —susurró Elena.

—Probablemente.

La puja continuó.

Ochenta.

Noventa.

Cien mil.

Elena dejó la copa sobre la mesa.

—Deténgase.

Lucien no apartó la vista del escenario.

—Pídalo correctamente.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Diga mi nombre.

—No sea ridículo.

El otro comprador ofreció ciento diez mil.

Lucien levantó la paleta.

Elena volvió a sujetar su muñeca.

Esta vez con más fuerza.

—Lucien, deténgase.

Él la miró.

El sonido de la sala desapareció para Elena.

Lucien observó su mano sobre él.

Después sus labios.

Finalmente, sus ojos.

—Como quiera.

Bajó la paleta.

La cámara fue vendida al otro comprador.

Elena soltó su muñeca lentamente.

—¿Por qué hizo eso?

—¿Qué cosa?

—Obligarme a decir su nombre.

—No la obligué.

—Manipuló la situación.

—Y usted eligió detenerme.

—Porque estaba a punto de gastar una fortuna por capricho.

Lucien inclinó la cabeza.

—No era por la cámara.

—Entonces, ¿por qué?

—Quería escuchar cómo sonaba mi nombre en su boca.

Elena dejó de respirar durante un instante.

Lucien se acercó a su oído.

—Sonó mejor de lo que imaginaba.

Elena sintió calor bajo la piel.

La parte racional de su mente le exigía levantarse.

Alejarse.

Recordar que aquel hombre estaba jugando con ella.

Pero otra parte, más silenciosa y peligrosa, quería descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—Usted es imposible —dijo.

—Y aun así sigue aquí.

La subasta continuó.

Elena apenas prestó atención a los siguientes lotes.

Podía sentir la presencia de Lucien a su lado.

El roce ocasional de su rodilla.

El calor de su cuerpo.

La calma con la que ocupaba el espacio.

Cuando el evento terminó, la mayoría de los invitados se dirigió hacia una recepción privada.

Elena tomó su bolso.

—Me voy.

Lucien se levantó.

—La llevaré.

—Puedo pedir un vehículo.

—No es una pregunta.

Elena lo miró.

—Entonces la respuesta sigue siendo no.

Lucien se acercó.

No la tocó.

Se limitó a ocupar el espacio frente a ella.

—Son casi las once. Ha bebido. Lleva un vestido que no la protege del frío y hay fotógrafos en la salida.

—Puedo cuidarme sola.

—Nunca he dicho lo contrario.

—Entonces deje de decidir por mí.

—No estoy decidiendo por usted.

Lucien sostuvo su mirada.

—Estoy ofreciéndole una opción más inteligente.

Elena quiso discutir.

Pero sabía que tenía razón respecto a los fotógrafos.

No quería que su rostro apareciera al día siguiente junto al nombre de Lucien Ashcroft.

—Saldré por otra puerta.

—Ya la están esperando allí también.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo los vi llegar.

Elena apretó la mandíbula.

—¿Cuál es su plan?

—Bajaremos al estacionamiento privado.

—¿Y después?

—La llevaré a casa.

—¿En el mismo automóvil desde el que me observaba?

Lucien no negó nada.

—Sí.

Elena sostuvo su mirada durante varios segundos.

—No intente nada.

Una sonrisa lenta apareció en los labios de Lucien.

—Elena...

Si intentara algo, no tendría que advertírmelo.

Ella sintió un escalofrío.

—Eso es exactamente lo que diría un hombre del que debería desconfiar.

—Entonces desconfíe.

Lucien extendió la mano.

—Pero venga conmigo.

Elena miró su mano.

Grande.

Quietamente abierta.

No era una orden.

No del todo.

Era una invitación.

Una elección.

Y eso la hizo todavía más peligrosa.

Después de unos segundos, colocó su mano sobre la de él.

Los dedos de Lucien se cerraron con firmeza.

No demasiado fuerte.

Lo suficiente para hacerle sentir que, una vez aceptado el contacto, él no pensaba soltarla hasta llegar a donde había decidido llevarla.

Caminaron hacia el ascensor privado.

Elena podía sentir las miradas de quienes aún permanecían en el salón.

Lucien no parecía notarlas.

O no le importaban.

Las puertas se cerraron.

Por primera vez, quedaron completamente solos.

El silencio dentro del ascensor fue distinto.

Más pequeño.

Más íntimo.

Elena intentó retirar la mano.

Lucien no la soltó.

—Ya no hay nadie mirando —dijo ella.

—Lo sé.

—Entonces puede soltarme.

Lucien bajó la mirada hacia sus manos unidas.

—Podría.

Elena levantó la vista.

—Pero no quiere.

—No.

La respuesta fue inmediata.

El ascensor comenzó a descender.

Elena sintió cada piso como una cuenta regresiva.

—No acostumbro tomar de la mano a desconocidos —dijo.

—Ya no somos desconocidos.

—Sé su nombre. Eso no significa que lo conozca.

Lucien dio un paso hacia ella.

Elena retrocedió hasta sentir la pared del ascensor a su espalda.

Él se detuvo frente a ella.

No la tocó con la otra mano.

No acercó el rostro más de lo necesario.

Pero su presencia la rodeó por completo.

—¿Qué quiere saber? —preguntó.

Elena tragó saliva.

—Por qué yo.

Lucien la observó con una intensidad insoportable.

—Porque no bajó la mirada.

—Eso no puede ser todo.

—Porque me desafía incluso cuando está nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Su respiración dice lo contrario.

Elena intentó controlar el ritmo.

Lucien lo notó.

—Porque quiere marcharse —continuó—, pero sigue buscando razones para quedarse.

—Eso es arrogancia.

—No.

Su pulgar rozó lentamente el dorso de la mano de Elena.

Un gesto mínimo.

Casi inocente.

Pero el cuerpo de ella reaccionó como si hubiera sido algo mucho más íntimo.

—Eso es atención.

El ascensor se detuvo.

Las puertas se abrieron hacia el estacionamiento privado.

Lucien no se movió de inmediato.

—Todavía puede irse sola —dijo.

Elena lo miró.

Esperaba una orden.

Una insistencia.

Otro movimiento calculado.

En cambio, él soltó su mano.

El espacio vacío entre ambos se sintió repentinamente frío.

Lucien salió del ascensor.

No miró atrás.

Elena permaneció dentro.

Podía dejar que las puertas se cerraran.

Podía regresar al vestíbulo.

Podía pedir un vehículo y poner fin a aquella noche.

Lucien caminó hacia el sedán negro sin comprobar si ella lo seguía.

Estaba convencido de que lo haría.

Elena odiaba esa seguridad.

Odiaba más que tuviera razón.

Salió del ascensor.

Lucien se detuvo junto al automóvil.

La observó acercarse.

—No sonría —dijo ella.

—No estoy sonriendo.

—Lo está haciendo por dentro.

—Tal vez.

El conductor abrió la puerta.

Elena se detuvo antes de entrar.

—Solo me llevará a casa.

—Sí.

—No habrá desvíos.

—No.

—No subirá conmigo.

Lucien guardó silencio.

—Dígalo —exigió Elena.

—No subiré a su apartamento.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Por qué siento que está dejando algo fuera?

Lucien acercó el rostro apenas unos centímetros.

—Porque empieza a conocerme.

Elena entró en el automóvil.

Lucien lo hizo después.

Las puertas se cerraron.

Mientras el vehículo abandonaba el estacionamiento, Elena miró por la ventana y comprendió que acababa de tomar una decisión que no sabía cómo deshacer.

Lucien se sentó a su lado en completo silencio.

No intentó tocarla.

No volvió a provocar.

No necesitaba hacerlo.

Su victoria estaba en algo mucho más sencillo.

Ella había dicho que no iría.

Había jurado que no entraría en su juego.

Y ahora viajaba junto a él en la oscuridad de Manhattan, llevando todavía en la piel el recuerdo de su mano.

Elena volvió el rostro hacia la ventana.

—No ha ganado nada.

Lucien la observó desde el reflejo del cristal.

—Todavía no.

Y la tranquilidad con la que lo dijo hizo que Elena comprendiera que, para Lucien Ashcroft, aquella noche no había sido una conquista.