CAPITULO 2 #2
A las nueve y media ya estaba trabajando.
Había convertido una esquina del apartamento en un pequeño estudio, con dos monitores, discos duros, lentes cuidadosamente organizados y fotografías impresas cubriendo parte de la pared.
Durante varias horas editó las imágenes de la recepción.
Evitó la de Lucien.
La dejó al final.
Cuando por fin apareció en la pantalla, Elena se obligó a analizarla como una profesional.
La composición era perfecta.
La iluminación lateral marcaba la línea de su rostro.
El traje oscuro se fundía con el fondo.
Solo los ojos destacaban.
Grises.
Quietos.
Dirigidos completamente hacia ella.
No había nadie más en la fotografía.
Ninguna distracción.
Ningún indicio del salón lleno de invitados.
Parecía un retrato íntimo.
Demasiado íntimo para haber sido tomado en medio de una multitud.
Elena amplió la imagen.
Lucien no sonreía.
Sin embargo, había algo en su expresión que no estaba presente en las fotografías de periódicos.
Interés.
Posesión.
Una especie de paciencia peligrosa.
Elena cerró el archivo.
Cinco minutos después volvió a abrirlo.
—Ridícula —murmuró.
Su amiga Valeria llegó poco después del mediodía.
Entró sin esperar invitación, cargando dos bolsas de comida y hablando antes de que Elena pudiera saludarla.
—Traje comida tailandesa porque sé que cuando editas olvidas comer y después te conviertes en una persona insoportable.
—Siempre soy insoportable.
—Sí, pero con hambre eres peor.
Valeria dejó las bolsas sobre la mesa y se quitó el abrigo.
Tenía treinta años, cabello oscuro, una sonrisa fácil y la capacidad de detectar problemas antes de que Elena admitiera que existían.
Sus ojos encontraron la caja negra.
—¿Qué es eso?
—Nada.
Valeria se acercó.
—Las cosas que no son nada no vienen en cajas así.
Abrió la tapa antes de que Elena pudiera detenerla.
—Dios mío.
Levantó la correa con cuidado.
—Esto cuesta una fortuna.
—Probablemente.
—¿Quién te la dio?
Elena guardó silencio.
Valeria miró las iniciales grabadas.
Después la miró a ella.
—¿Quién te la dio?
—Lucien Ashcroft.
La correa casi cayó de sus manos.
—¿El Lucien Ashcroft?
—No sé cuántos existen.
—El multimillonario.
—Sí.
—El que compró tres compañías en menos de un año.
—No sigo sus actividades.
—El que casi nunca aparece en público.
—Ayer apareció.
Valeria dejó la correa dentro de la caja.
—Empieza desde el principio.
Elena lo hizo.
Le contó sobre el automóvil frente al hotel.
La fotografía.
El contrato duplicado.
El regalo.
La recepción.
La conversación junto a la barra.
Omitió algunos detalles.
La forma en que él había mirado sus labios.
La proximidad entre ambos.
El efecto que había tenido escuchar su nombre en aquella voz.
Valeria permaneció en silencio hasta que terminó.
—Eso no es normal.
—Gracias por la revelación.
—No lo digo necesariamente como algo malo.
Elena la miró.
—Investigó sobre mí antes de conocerme.
—Eso sí es extraño.
—Me observó desde un automóvil.
—Muy extraño.
—Consiguió mi número.
—Cada vez peor.
—Y me llamó esta mañana para decirme que sabe que iré a una subasta a la que no pienso ir.
Valeria abrió una de las bolsas de comida.
—¿A qué hora empieza?
—A las ocho.
—¿Qué vas a ponerte?
Elena la miró con incredulidad.
—No voy a ir.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—También lo dices mirando el reloj cada cinco minutos.
Elena apartó la vista.
Valeria sonrió.
—No quieres ir porque te lo pidió.
—No quiero ir porque está convencido de que puede manipularme.
—Entonces ve y demuestra que no puede.
—Eso sería exactamente lo que quiere.
—Qué situación tan complicada.
Valeria abrió un recipiente y le entregó unos palillos.
—Aunque existe otra posibilidad.
—¿Cuál?
—Que quieras verlo.
Elena la miró fijamente.
—No lo conozco.
—Eso nunca ha impedido sentir atracción.
—No he dicho que me atraiga.
Valeria rio.
—No hacía falta.
Elena tomó el recipiente de comida.
—Es arrogante.
—Sí.
—Controlador.
—Sí.
—Está demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere.
—Definitivamente.
—Y no respeta límites.
La sonrisa de Valeria desapareció un poco.
—Eso último sí importa.
Elena asintió.
—Lo sé.
—Puedes sentir curiosidad y aun así mantenerte alerta.
—No necesito que me protejas.
—No te estoy protegiendo. Te estoy recordando que un hombre atractivo sigue siendo un desconocido.
Elena bajó la mirada hacia la comida.
—No voy a entregarle el control de nada.
—Bien.
—Y no voy a ir.
—Perfecto.
Valeria comió un bocado.
—Entonces, ¿puedo llevarme el vestido negro que compraste en París y nunca has usado?
Elena levantó la vista de inmediato.
—No.
Valeria sonrió.
—Eso pensé.
A las seis de la tarde, Elena seguía negándose a tomar una decisión.
Había terminado de editar las fotografías.
Había enviado el trabajo a la fundación.
Había limpiado el apartamento.
Había respondido correos que llevaba días ignorando.
Y aun así, la subasta permanecía en su mente.
No por el evento.
Por él.
A las seis y veinte entró en la ducha.
Se dijo que no significaba nada.
A las seis y cuarenta abrió el armario.
Solo quería comprobar que el vestido negro seguía allí.
A las siete comenzó a maquillarse.
Podía arrepentirse en cualquier momento.
A las siete y veinte se puso el vestido.
Era sencillo.
Negro.
De tela suave, con la espalda descubierta y un corte elegante que abrazaba su cuerpo sin parecer diseñado para llamar la atención.
A las siete y treinta miró su reflejo.
No parecía una fotógrafa camino al trabajo.
Parecía una mujer dispuesta a cometer una imprudencia con plena conciencia.
Tomó la cámara.
Después la dejó sobre la cama.
Aquella noche no iba a esconderse detrás de un objetivo.
El teléfono vibró.
Un mensaje de Valeria.
«¿Sigues sin ir?»
Elena respondió:
«Exacto.»
Valeria contestó casi de inmediato.
«Mentirosa.»
Elena sonrió pese a sí misma.
Cuando salió del edificio, no había ningún automóvil esperándola.
Lucien había cumplido su palabra.
No había insistido.
No había enviado un conductor.
No había dejado otra caja.
Por alguna razón, eso la irritó.
Pidió un vehículo y llegó a la Galería Beaumont a las ocho y doce.
La entrada estaba iluminada por columnas de luz blanca.
Varias cámaras fotografiaban a los invitados frente a un muro cubierto por los nombres de organizaciones benéficas.
Elena estuvo a punto de pedirle al conductor que continuara.
Entonces vio a Lucien.
Estaba de pie en lo alto de las escaleras.
Traje oscuro.
Camisa blanca.
Sin corbata.
Hablaba con una mujer rubia que sostenía su brazo con demasiada familiaridad.
Lucien no había visto a Elena.
O fingía no haberlo hecho.
Elena pagó el vehículo y descendió.
La noche era fría.
El viento movió su cabello mientras cruzaba la acera.
A mitad de las escaleras, Lucien giró el rostro.
Sus ojos encontraron los de ella.
No sonrió.
No mostró sorpresa.
Se limitó a observarla desde arriba.
Lentamente.
Desde los zapatos hasta el rostro.
La mujer que lo acompañaba continuó hablando, pero Lucien ya no la escuchaba.
Elena subió el último escalón.
Se detuvo frente a él.
—Llegó tarde —dijo Lucien.
—No recuerdo haber aceptado una invitación.
—Aun así vino.
Elena miró a la mujer rubia.
—Tal vez solo sentía curiosidad por la galería.
—No.
—¿Otra vez diciéndome lo que pienso?
—Esta noche no necesita decirlo.
Su mirada descendió brevemente hacia el vestido.
Elena sintió el peso de aquella atención como una caricia que no había autorizado, pero que tampoco consiguió ignorar.
La mujer rubia soltó el brazo de Lucien.
—¿No vas a presentarnos?
Lucien mantuvo los ojos en Elena.
—Elena Álvarez.
Después miró a la otra mujer.
—Camille Laurent.
Camille extendió la mano.
—He escuchado su nombre.
Elena la estrechó.
—Eso es extraño. Yo nunca había escuchado el suyo.
Camille sonrió, aunque sus ojos permanecieron fríos.
—Lucien ha hablado de usted.
Elena miró al magnate.
—¿De verdad?
—Camille exagera.
—Nunca exagero.
Lucien dirigió una mirada breve hacia ella.
Fue suficiente.
Camille entendió el mensaje.
—Disfruten la noche —dijo antes de alejarse.
Elena la siguió con la vista.
—Parece encantadora.
—No lo es.
—¿Su novia?
—No.
—¿Amante?
Lucien arqueó ligeramente una ceja.
—¿Eso le preocupa?
—Solo intento comprender el terreno.
—Creí que no pensaba jugar.
Elena sostuvo su mirada.
—No juego cuando desconozco las reglas.
Lucien ofreció su brazo.
—Entonces acompáñeme.
Ella observó el gesto.
—Puedo caminar sola.
—No lo dudo.
—Entonces no insista.
Lucien bajó el brazo sin mostrar molestia.
—Como prefiera.
Entraron juntos.
La galería era más grande de lo que Elena había imaginado.
Esculturas modernas ocupaban pedestales de mármol.
Las paredes mostraban pinturas de colecciones privadas.
Al fondo, un escenario aguardaba el inicio de la subasta.
Los invitados hablaban en voz baja.
Todo parecía diseñado para que el dinero cambiara de manos sin perder la elegancia.
—¿Qué se subasta? —preguntó Elena.
—Arte, joyas y experiencias privadas.
—¿Experiencias?
—Cenas con chefs reconocidos. Viajes. Acceso a lugares normalmente cerrados al público.
—¿Y usted qué piensa comprar?
Lucien la miró.
—Todavía no lo sé.
—Eso no parece propio de un hombre que planifica todo.
—Algunas decisiones dependen de lo que uno encuentra.
Un camarero les ofreció champaña.
Elena tomó una copa.
Lucien rechazó la suya.
—¿No bebe? —preguntó ella.
—Cuando necesito pensar con claridad, no.
—¿Y esta noche necesita pensar?
—Esta noche necesito observar.
Elena bebió un sorbo.
—¿A las obras?
—No.
La respuesta fue tan directa que ella apartó la mirada.
Continuaron recorriendo la galería.
Lucien conocía a todos.
Empresarios.
Coleccionistas.
Políticos.
Actores.
Cada persona que se acercaba lo hacía con una mezcla de respeto e inquietud.
Él respondía con pocas palabras.
Nunca parecía impresionado.
Nunca parecía necesitar a nadie.
Elena comenzó a entender que el poder de Lucien no estaba en sus millones.
Estaba en la forma en que todos medían sus palabras frente a él.
—¿Siempre causa ese efecto? —preguntó.
—¿Cuál?
—La gente parece contener la respiración cuando usted se acerca.
—La gente teme decir algo que pueda utilizar en su contra.
—¿Y lo hace?
—Cuando es necesario.
—Debe sentirse solo.