Hasta que seas mía CAPITULO 2
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CAPITULO 2

Las reglas del juego

El murmullo del salón volvió poco a poco.

Los invitados retomaron sus conversaciones, las copas volvieron a chocar y la música recuperó el protagonismo, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Pero para Elena, el ambiente había cambiado por completo.

Observó la pantalla de su cámara una vez más.

La fotografía de Lucien seguía allí.

Impecable.

Fría.

Intimidante.

Era la clase de retrato que cualquier revista financiera pagaría una fortuna por publicar.

Y, aun así, decidió no borrarlo.

—¿Todo bien?

La voz de Clara, la organizadora del evento, la sacó de sus pensamientos.

—Sí.

—¿Segura?

—Solo necesito un café.

Clara sonrió.

—Hay una barra privada al fondo.

El mejor café del edificio.

Elena asintió y caminó hacia el extremo opuesto del salón.

Necesitaba unos minutos lejos de aquel hombre.

Le bastó llegar a la barra para descubrir que el café ya la estaba esperando.

—Espresso doble, sin azúcar.

Elena frunció el ceño.

—Yo no lo pedí.

El barista sonrió con cortesía.

—Lo pidió el señor Ashcroft.

Ella soltó una pequeña risa incrédula.

—Claro que sí...

Tomó la taza.

No porque quisiera aceptar el gesto.

Sino porque necesitaba comprobar hasta dónde pensaba llegar aquel hombre.

El café estaba exactamente como le gustaba.

Eso la incomodó aún más.

—¿Cómo demonios...?

—Porque observé que nunca pone azúcar.

La voz apareció detrás de ella.

Lucien.

Elena giró lentamente.

—¿Siempre aparece sin hacer ruido?

—Solo cuando vale la pena.

—Empiezo a pensar que tiene demasiado tiempo libre.

—Todo lo contrario.

—Entonces debería ocuparlo en otra persona.

Lucien la observó unos segundos.

—No me interesa otra persona.

Elena bebió un sorbo de café.

—Eso no es un cumplido.

Es preocupante.

—¿Por qué?

—Porque apenas me conoce.

—Conocer a alguien lleva tiempo.

Despertar interés...

solo unos segundos.

Ella apoyó la taza sobre la barra.

—No soy un proyecto.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces deje de actuar como si pudiera planificar mi vida.

Lucien guardó silencio.

Después dio un paso hacia la enorme ventana que daba a Central Park.

Las luces de la ciudad iluminaban parcialmente su rostro.

—¿Ve esa ciudad?

Elena no respondió.

—Miles de personas creen que controlan su destino.

Escogen un trabajo.

Una pareja.

Un apartamento.

Una rutina.

Después un accidente...

una llamada...

o una sola decisión...

lo cambia absolutamente todo.

Se volvió hacia ella.

—La vida nunca pregunta si estás preparada.

Simplemente ocurre.

—¿Y usted cree que es ese cambio en mi vida?

—No.

Lucien sonrió apenas.

—Creo que ya ocurrió.

Solo que todavía no lo acepta.

Elena sintió el impulso de marcharse.

Sin embargo, permaneció donde estaba.

Eso le molestó más que cualquier palabra pronunciada por él.

—¿Sabe qué pienso?

preguntó.

—Dígamelo.

—Creo que está acostumbrado a que todos le digan que sí.

—Es verdad.

—Pues yo no soy una de esas personas.

Lucien sostuvo su mirada.

—Eso también lo sé.

Elena tomó nuevamente la taza.

—Entonces debería dejar de insistir.

—¿Y perder la oportunidad de conocer a la única mujer que no intenta impresionarme?

Ella negó con la cabeza.

—No entiendo qué espera encontrar.

—Todavía no lo sé.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto...

quiero conversar.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

Elena sonrió con ironía.

—No le creo.

—No necesito que me crea.

Necesito que tenga curiosidad.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Durante unos segundos ninguno habló.

Solo el sonido lejano del piano llenó el silencio.

Finalmente Elena dejó la taza vacía sobre la barra.

—Tengo que trabajar.

Lucien hizo un leve movimiento con la cabeza.

—Lo sé.

Ella comenzó a alejarse.

Había dado apenas tres pasos cuando volvió a escuchar su voz.

—Elena.

Se detuvo.

No giró de inmediato.

—Mañana a las ocho de la noche habrá una subasta benéfica en la Galería Beaumont.

Ella continuó de espaldas.

—No voy a ir.

—Ya lo sé.

Entonces, ¿para qué invitarme?

—Porque cambiará de opinión.

Elena giró lentamente.

—¿Siempre está tan seguro de todo?

Lucien respondió con absoluta tranquilidad.

—No.

Solo de las personas que realmente observo.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después sonrió por primera vez desde que lo conocía.

No fue una sonrisa amable.

Fue una sonrisa desafiante.

—Entonces prepárese para equivocarse, señor Ashcroft.

Se dio media vuelta y desapareció entre los invitados.

Lucien permaneció inmóvil.

Ethan apareció a su lado unos instantes después.

—¿Quiere que prepare la invitación para mañana?

Lucien observó el lugar donde Elena había desaparecido.

—No.

—¿No asistirá?

—Sí asistiré.

—Entonces...

Lucien acomodó el puño de su camisa con calma.

—No voy a invitarla otra vez.

Ethan lo miró confundido.

—¿Está seguro?

Lucien dejó escapar una leve sonrisa.

—Ella vendrá.

No porque yo se lo pida.

Vendrá porque no soportará quedarse con la duda.

Y la curiosidad...

es una fuerza mucho más poderosa que cualquier invitación.

CAPÍTULO 3

La invitación

Elena durmió mal.

No porque estuviera cansada.

No porque el vino de la noche anterior hubiera sido demasiado fuerte.

Durmió mal porque, cada vez que cerraba los ojos, veía la misma expresión.

La mirada de Lucien Ashcroft atravesando el salón.

El gesto tranquilo con el que había levantado su copa.

La seguridad irritante de un hombre convencido de que ella terminaría haciendo exactamente lo que él esperaba.

A las siete de la mañana, Elena abandonó cualquier intento de volver a dormir.

Se levantó, recogió su cabello y caminó hacia la cocina con una camiseta demasiado grande y los pies descalzos.

La caja negra seguía sobre la mesa.

No la había abierto desde que regresó.

La observó mientras preparaba café.

La correa de cuero permanecía dentro.

Perfecta.

Costosa.

Completamente innecesaria.

Elena bebió un sorbo y se apoyó contra la encimera.

Podía devolverla.

Podía enviarla a las oficinas de Ashcroft International con una nota breve.

No vuelva a enviarme nada.

La idea le produjo una satisfacción momentánea.

Después recordó la forma en que Lucien había pronunciado su nombre.

Como si ya lo conociera demasiado bien.

Como si llevara semanas repitiéndolo en silencio.

Elena dejó la taza sobre la mesa y abrió la caja.

La correa era más suave de lo que imaginaba.

En el interior, casi ocultas junto a una costura, había dos iniciales grabadas.

E. A.

Elena retiró la mano de inmediato.

No era un regalo comprado apresuradamente.

Había sido hecho para ella.

Eso significaba que Lucien lo había planeado antes de conocerla.

Antes de aquella recepción.

Quizá incluso antes de la noche en que lo había fotografiado dentro del automóvil.

Un sonido breve interrumpió sus pensamientos.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Elena observó la pantalla durante varios segundos antes de contestar.

—¿Sí?

—Buenos días.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

La voz grave y serena de Lucien llenó el silencio del apartamento.

Elena miró la hora.

—¿Cómo consiguió mi número?

—Buenos días, Elena.

—No cambie de tema.

—No lo estoy cambiando. Estoy esperando que responda al saludo.

Ella apretó los labios.

—Buenos días.

—Mucho mejor.

—Ahora responda.

—Estaba en el contrato de la fundación.

—Mi número se entregó para asuntos profesionales.

—Este es un asunto profesional.

Elena miró la caja abierta sobre la mesa.

—¿Llamarme a las siete de la mañana es profesional?

—Sabía que estaría despierta.

—No sabe nada sobre mí.

—Sé que suele levantarse temprano cuando ha dormido mal.

Elena quedó inmóvil.

—¿Me está observando?

—No esta mañana.

—Eso no es una respuesta tranquilizadora.

—No pretendía tranquilizarla.

Elena tomó la taza de café y caminó hacia la ventana.

En la calle no había automóviles negros.

Al menos, ninguno que pudiera ver.

—¿Qué quiere?

—Una respuesta.

—Ya se la di anoche.

—No recuerdo haberle hecho una pregunta.

Elena cerró los ojos un instante.

—La subasta.

—Exactamente.

—No voy a ir.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

No parecía sorprendido.

—Miente.

Elena abrió los ojos.

—¿Perdón?

—Todavía no ha decidido.

—Acabo de hacerlo.

—No. Está intentando convencerse.

—¿Siempre contradice a las personas sobre sus propias decisiones?

—Solo cuando escucho dudas en su voz.

Elena dejó la taza en el alféizar.

—No hay ninguna duda.

—Entonces no aparecerá esta noche.

—Correcto.

—Perfecto.

La facilidad con la que aceptó la respuesta la desconcertó.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—¿No va a insistir?

—No necesito hacerlo.

Elena soltó una risa seca.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué cosa?

—Esa arrogancia.

—No es arrogancia cuando uno tiene razón.

—Espero que disfrute mucho esa subasta sin mí.

—No será tan interesante.

La línea quedó en silencio durante unos segundos.

Elena imaginó a Lucien en algún despacho enorme, vestido de negro, observando Manhattan desde las alturas mientras la provocaba con absoluta calma.

—Devuélvame la fotografía —dijo ella.

—¿Qué fotografía?

—La que mencionó anoche.

—No le pertenece.

—Es una fotografía mía.

—Fue tomada por otra persona.

—Sin mi permiso.

—Usted hizo lo mismo conmigo.

Elena miró su cámara, apoyada junto a la caja.

—La diferencia es que yo estaba trabajando.

—Y yo estaba buscando una respuesta.

—¿La encontró?

Lucien tardó un momento en contestar.

—Encontré más preguntas.

Elena sintió un calor inesperado en el pecho.

—Eso suena como un problema suyo.

—Lo era.

—¿Era?

—Hasta que contestó el teléfono.

Elena permaneció callada.

Lucien también.

No había prisa en su respiración.

No había incomodidad.

Parecía capaz de quedarse al otro lado de la línea durante horas, escuchando únicamente el silencio.

—Tengo trabajo —dijo ella finalmente.

—Lo sé.

—Entonces déjeme hacerlo.

—Que tenga un buen día, Elena.

—Usted también.

—Nos vemos esta noche.

La llamada terminó antes de que ella pudiera responder.

Elena apartó el teléfono de su oído y miró la pantalla.

La irritación llegó primero.

Después la curiosidad.

Y, finalmente, una sensación que se negó a nombrar.

Guardó el número bajo un solo nombre.

Ashcroft.

Nada más.

No pensaba llamarlo.

No pensaba escribirle.

Y definitivamente no pensaba asistir a ninguna subasta.