CAPITULO 1 BAJO LA LLUVIA #2
—Señorita Álvarez —dijo el conductor—. La Fundación Bellmont envió el transporte.
Elena miró el automóvil.
Negro.
Cristales oscuros.
Durante un segundo recordó la fotografía de la noche anterior.
Se acercó lentamente.
—¿Ha estado antes frente al Hotel Beaumont?
El conductor mantuvo una expresión neutral.
—No sabría decirle, señorita. Trabajo con varios vehículos.
La respuesta no la tranquilizó.
Aun así, entró.
El interior olía a cuero y madera.
No había botellas de agua de plástico ni revistas viejas. Solo una caja estrecha colocada sobre el asiento contrario.
Encima había una tarjeta blanca.
Elena la tomó.
No tenía nombre.
Solo una frase escrita a mano.
«La libertad también consiste en saber cuánto vales.»
Elena leyó las palabras una segunda vez.
—¿Quién dejó esto?
—No lo sé, señorita.
—¿De verdad no lo sabe o le pagaron para no decirlo?
El conductor la observó por el espejo retrovisor.
—No me corresponde hacer preguntas.
—Qué conveniente.
Abrió la caja.
Dentro había una correa nueva para cámara, hecha de cuero negro. Era elegante, discreta y probablemente costaba más que algunos de sus lentes.
Elena cerró la caja de inmediato.
—Lléveme al evento y después devuelva esto a quien lo envió.
—No tengo instrucciones para recibir devoluciones.
—Entonces consígalas.
El conductor no respondió.
Elena miró por la ventana durante el resto del trayecto.
La recepción se celebraba en el último piso de un edificio privado junto a Central Park.
Cuando llegó, el salón ya estaba iluminado.
Candelabros de cristal colgaban del techo.
Camareros vestidos de blanco avanzaban entre los invitados con bandejas de champaña.
Las paredes estaban cubiertas por fotografías en blanco y negro de ciudades destruidas y reconstruidas después de la guerra.
Elena se sintió más cómoda al verlas.
La cámara siempre le devolvía el equilibrio.
Comenzó a trabajar.
Fotografió a los invitados, las obras, las copas, las conversaciones. Se movía con discreción entre políticos, empresarios y celebridades.
Nadie prestaba demasiada atención a la mujer detrás del objetivo.
Eso le permitía observarlos como realmente eran.
A las ocho y doce, el ambiente cambió.
No hubo anuncio.
No sonó música diferente.
Simplemente, varias conversaciones se detuvieron al mismo tiempo.
Elena bajó la cámara.
Un hombre acababa de entrar.
Era alto.
Vestía un traje negro sin corbata.
Caminaba acompañado por dos personas, aunque ninguna parecía estar realmente a su lado. La multitud se apartaba antes de que él llegara, como si su presencia ejerciera una presión invisible sobre el salón.
Elena sintió que lo había visto antes.
No sabía dónde.
Levantó la cámara y enfocó.
Entonces reconoció el perfil.
El hombre del automóvil.
Antes de que pudiera tomar la fotografía, él giró el rostro.
Sus ojos encontraron los de ella a través del lente.
Elena dejó de respirar.
No fue una mirada casual.
Él sabía exactamente dónde estaba.
Y parecía haberlo sabido desde el momento en que entró.
Lucien caminó hacia ella.
Elena bajó la cámara.
Cada paso reducía la distancia entre ambos con una lentitud calculada.
Cuando se detuvo frente a ella, no sonrió.
—La correa anterior estaba gastada —dijo.
Elena sostuvo la cámara con más fuerza.
—Así que fue usted.
—¿La recibió?
—También pedí que la devolvieran.
—Lo sé.
—Entonces sabe que no la quiero.
Lucien inclinó ligeramente la cabeza.
—Todavía la tiene.
—Porque su conductor se negó a aceptarla.
—Mi conductor sigue instrucciones.
—¿Y todos los que trabajan para usted hacen exactamente lo que les ordena?
—Los inteligentes, sí.
Elena lo miró con incredulidad.
—Debe ser agotador ser usted.
Una sombra de diversión apareció en los ojos de Lucien.
—No suele serlo.
—¿Quién es?
—Lucien Ashcroft.
El nombre le resultaba familiar.
Elena lo había visto en periódicos financieros, en artículos sobre adquisiciones y en fotografías de eventos donde los hombres importantes fingían no tener miedo de él.
—El patrocinador —dijo.
—Entre otras cosas.
—Duplicó mi tarifa.
—Su trabajo vale más de lo que estaban pagándole.
—No le corresponde decidirlo.
—Alguien tenía que hacerlo.
Elena sostuvo su mirada.
Lucien no parecía incómodo con el silencio.
Al contrario.
Parecía disfrutarlo.
—¿Por qué me estaba observando anoche? —preguntó ella.
Por primera vez, algo cambió en su expresión.
No sorpresa.
Interés.
—Así que me vio.
—Mi cámara lo vio.
—Entonces su cámara es más observadora que usted.
—No responda una pregunta con otra provocación.
Lucien dio un paso más cerca.
No llegó a tocarla.
No lo necesitaba.
Su presencia bastó para hacer que Elena fuera consciente del espacio exacto que los separaba.
—La observaba porque quería saber si la fotografía era honesta.
—¿Qué fotografía?
—La que hizo que quisiera conocerla.
Elena sintió un escalofrío que no tenía relación con el frío del salón.
—No sé de qué está hablando.
—Lo sabrá.
—Eso suena como una amenaza.
—No amenazo, Elena.
Escuchar su nombre en la voz de aquel hombre la hizo tensarse.
—No recuerdo habérselo dicho.
—No lo hizo.
—¿Investigó sobre mí?
Lucien no negó nada.
—Sé lo necesario.
—No tiene derecho.
—Los derechos son conceptos que las personas utilizan cuando desean sentirse seguras.
—Y usted debe creer que está por encima de ellos.
Lucien la observó durante varios segundos.
—Creo que la mayoría de las personas pide permiso porque teme asumir las consecuencias de sus decisiones.
—¿Y usted no teme nada?
—Sí.
—¿Qué cosa?
Su mirada descendió un instante hacia los labios de Elena antes de regresar a sus ojos.
—Perder el interés.
Elena sintió calor en el rostro.
No sabía si quería alejarse o demostrarle que no podía afectarla.
Eligió lo segundo.
—Entonces procure no aburrirse.
Levantó la cámara y tomó una fotografía a centímetros de su rostro.
El destello iluminó los ojos grises de Lucien.
Él no parpadeó.
—¿Qué hace? —preguntó.
—Mi trabajo.
—No le di permiso para fotografiarme.
Elena bajó la cámara.
—Pensé que pedir permiso era algo que hacían las personas que tenían miedo.
Durante un momento, ninguno habló.
Después Lucien sonrió.
Esta vez no fue una sonrisa cortés.
Fue lenta.
Oscura.
Peligrosamente sincera.
—Tal vez usted sea exactamente lo que esperaba.
—No soy nada que le pertenezca.
—Todavía no he dicho que lo sea.
—Pero lo pensó.
Lucien acercó el rostro lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.
—Pienso muchas cosas cuando la miro.
La respiración de Elena se volvió más lenta.
—Eso es problema suyo.
—Por ahora.
Antes de que pudiera responder, una mujer llamó a Lucien desde el otro lado del salón.
Él no apartó la mirada de Elena.
—Conserve la correa.
—No.
—La usará.
—Está muy seguro de sí mismo.
—Estoy seguro de usted.
Lucien se alejó.
Elena permaneció inmóvil, observándolo atravesar el salón mientras los invitados se acercaban para estrecharle la mano.
Quería convencerse de que aquel hombre era simplemente arrogante.
Un magnate acostumbrado a comprar atención.
Un desconocido con demasiado dinero y muy pocos límites.
Pero cuando levantó la cámara para revisar la fotografía que acababa de tomar, descubrió algo que la hizo apretar los labios.
Lucien Ashcroft estaba mirando directamente al objetivo.
No como un hombre sorprendido.
Sino como alguien que había permitido que ella capturara exactamente lo que deseaba mostrarle.
Elena amplió la imagen.
En sus ojos había una promesa.
No sabía de qué.
Todavía no.
Pero comprendió que aquel encuentro no había sido accidental.
La tarifa duplicada.
El automóvil.
El regalo.
La recepción.
Todo había sido organizado para colocarla frente a él.
Y mientras Lucien conversaba al otro lado del salón, levantó su copa en dirección a Elena.
Un gesto mínimo.
Una confirmación silenciosa.
Ella debería haberse marchado.
Debería haber entregado la cámara, rechazado el dinero y olvidado su nombre.
En lugar de hacerlo, sostuvo su mirada.
Y por primera vez desde que había entrado al salón, Lucien pareció completamente satisfecho.
Porque Elena acababa de aceptar el desafío.
Aunque todavía no comprendiera las reglas.