Hasta que seas mía CAPITULO 1 BAJO LA LLUVIA
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Hasta que seas mía

Hasta que seas mía

Por Francisco J Gonzalez reyes

© inepub.com

CAPITULO 1 BAJO LA LLUVIA

Bajo La Lluvia

La lluvia había transformado Manhattan en un espejo infinito.

Elena Álvarez descendió los escalones del Hotel Beaumont con la cámara colgada al cuello y el abrigo apenas cubriéndole los hombros. El aire olía a concreto mojado, café recién servido y gasolina. Era una combinación extraña que, por alguna razón, siempre le recordaba que estaba viva.

Sacó el teléfono para pedir un vehículo.

Cancelado.

Todos los conductores estaban ocupados.

Soltó un suspiro.

—Perfecto...

Guardó el móvil en el bolsillo y comenzó a caminar sin prisa.

La lluvia nunca le había molestado.

Al contrario.

Las ciudades mostraban su verdadera personalidad cuando nadie quería permanecer en ellas.

Levantó la cámara.

Un anciano protegía con su chaqueta a un perro callejero.

Click.

Un violinista tocaba bajo la marquesina de un restaurante francés.

Click.

Una pareja discutía sin darse cuenta de que el semáforo llevaba casi un minuto en verde.

Click.

Cada fotografía contaba una historia.

Cada historia desaparecía segundos después.

Por eso amaba aquel trabajo.

Porque congelaba instantes que jamás volverían a existir.

...

A doscientos metros de distancia, un sedán negro permanecía inmóvil junto al borde de la avenida.

El motor seguía encendido.

Nadie hablaba.

Lucien Ashcroft observaba a través del cristal ligeramente oscurecido.

No era un hombre impulsivo.

Jamás había perseguido a una mujer.

Jamás había necesitado hacerlo.

Ellas aparecían.

Sonreían.

Esperaban.

Después desaparecían.

Siempre era igual.

Pero aquella desconocida...

Ni siquiera sabía quién era él.

Y eso resultaba inesperadamente interesante.

—¿Quiere que avancemos, señor? —preguntó el conductor.

Lucien negó con un leve movimiento de cabeza.

—Todavía no.

Continuó observándola.

No caminaba como alguien que quisiera llamar la atención.

No miraba escaparates de lujo.

No llevaba joyas costosas.

No aparentaba pertenecer al mismo mundo que él.

Y, sin embargo...

Había algo en su forma de detenerse a contemplar la ciudad que hacía que todo lo demás dejara de importar.

Era como si el ruido desapareciera cada vez que ella levantaba la cámara.

Lucien entrelazó lentamente los dedos.

No le gustaban las casualidades.

Creía en los patrones.

En las estrategias.

En las decisiones.

Las casualidades solo eran movimientos que todavía no entendía.

—¿Cómo consiguió esa fotografía? —preguntó sin apartar la vista del parabrisas.

Ethan, sentado a su lado, respondió de inmediato.

—Uno de nuestros colaboradores estaba cubriendo la inauguración de la exposición. Ella apareció por accidente.

Lucien guardó silencio.

Por accidente.

Qué palabra tan curiosa.

Había construido un imperio evitando precisamente eso.

Los accidentes.

Y, sin embargo...

Allí estaba.

Esperando.

Sin una razón que pudiera explicar con lógica.

Elena cruzó la avenida justo cuando el semáforo cambió.

Por un instante levantó la vista.

Sus ojos recorrieron la fila de automóviles detenidos.

No vio nada fuera de lo normal.

El sedán negro permanecía inmóvil entre decenas de vehículos.

Continuó caminando.

Lucien la siguió con la mirada hasta que desapareció entre la multitud.

Solo entonces habló.

—Quiero volver a verla.

Ethan giró ligeramente la cabeza.

—¿Organizo una reunión?

Lucien negó.

—No.

—¿Entonces?

Una leve sonrisa apareció en el rostro del magnate.

Era apenas perceptible.

La misma sonrisa que utilizaba antes de cerrar los negocios más importantes de su vida.

—Las personas muestran quiénes son cuando creen que nadie las observa.

Prefiero conocer primero a la mujer...

antes de que ella conozca al hombre.

Ethan no respondió.

Después de diez años trabajando para Lucien, había aprendido a reconocer aquella expresión.

Era la expresión de alguien que acababa de fijarse un objetivo.

Y Lucien Ashcroft jamás abandonaba un objetivo.

Sin importar cuánto tiempo le tomara alcanzarlo.

Elena llegó a su apartamento poco antes de las once.

El edificio era antiguo, con paredes de ladrillo oscuro, escalones estrechos y un ascensor que se detenía entre pisos cuando hacía demasiado frío. No era lujoso, pero era suyo. Había pagado cada mueble, cada cámara y cada viaje con el dinero que ganaba trabajando.

Eso le bastaba.

Dejó las llaves en un pequeño recipiente de cerámica, encendió una lámpara y apoyó la cámara sobre la mesa del comedor.

El silencio la recibió como todas las noches.

Se quitó el abrigo mojado, caminó descalza hasta la cocina y abrió una botella de vino que llevaba varios días esperando en el refrigerador.

Mientras servía una copa, miró por la ventana.

La lluvia continuaba cayendo sobre Brooklyn.

En la calle, las personas corrían bajo paraguas negros sin imaginar que, desde las alturas, todas parecían formar parte de la misma fotografía.

Elena tomó la copa y regresó a la mesa.

Encendió la computadora.

Durante casi una hora revisó las imágenes tomadas aquella tarde. Eliminó las que carecían de emoción, corrigió algunas luces y marcó sus favoritas.

Un niño saltando sobre un charco.

Un violinista bajo una marquesina.

La silueta de una mujer reflejada en un escaparate.

Y después...

Un automóvil negro.

Elena acercó la imagen.

No recordaba haberlo fotografiado.

Probablemente había quedado en el fondo mientras capturaba otra escena.

El vehículo estaba estacionado al otro lado de la avenida. Los cristales eran oscuros, pero la luz de un semáforo permitía distinguir vagamente a un hombre en el asiento trasero.

No podía ver su rostro completo.

Solo el perfil.

La línea firme de la mandíbula.

Una mano descansando sobre la rodilla.

Y la sensación incómoda de que estaba mirando directamente hacia ella.

Elena sostuvo la copa sin beber.

Amplió la imagen un poco más.

La fotografía perdió nitidez.

No había nada extraordinario.

Un hombre dentro de un automóvil.

Eso era todo.

Sin embargo, algo en aquella postura la inquietó.

No parecía distraído.

No parecía esperar a nadie.

Parecía observar.

Elena negó con la cabeza y cerró la imagen.

—Estás cansada —murmuró.

Terminó el vino y apagó la computadora.

A varios kilómetros de distancia, Lucien Ashcroft se encontraba en la sala privada de uno de los restaurantes más exclusivos de Manhattan.

Frente a él, dos hombres discutían los términos finales de una adquisición valorada en cuatrocientos millones de dólares.

Lucien apenas los escuchaba.

—Nuestra junta no aceptará una reducción del doce por ciento —dijo uno de ellos—. Es una cifra imposible.

Lucien permaneció en silencio.

El hombre aclaró la garganta.

—Señor Ashcroft, quizá no me expliqué correctamente.

—Se explicó perfectamente.

—Entonces comprenderá nuestra posición.

Lucien tomó la copa de agua que tenía frente a él.

—La comprendo.

—Bien.

—Eso no significa que me importe.

El silencio cayó sobre la mesa.

El segundo empresario desvió la mirada.

Lucien bebió un sorbo y dejó la copa exactamente en el mismo lugar.

—Han perdido tres contratos importantes en seis meses —continuó—. Sus accionistas están nerviosos. Sus bancos también. Y dentro de nueve semanas tendrán que refinanciar una deuda que no pueden pagar.

El rostro del hombre cambió.

—Esa información es confidencial.

—No para mí.

Lucien colocó una carpeta sobre la mesa.

—Mi oferta expira a medianoche. Después de esa hora, compraré la deuda en lugar de la compañía. El resultado será menos agradable para ustedes.

Nadie respondió.

Lucien se levantó, ajustó el saco y abandonó la habitación sin despedirse.

No necesitaba escuchar la decisión.

Ya la conocía.

Ethan lo esperaba en el pasillo.

—Aceptarán —dijo.

—Lo sé.

Caminaron hacia el ascensor privado.

—¿Encontraste lo que pedí?

Ethan le entregó una tableta.

—Elena trabaja mañana en una recepción organizada por la Fundación Bellmont.

Lucien revisó la información.

—¿Quién la contrató?

—La directora del evento.

—Ya no.

Ethan lo miró.

—¿Quiere cancelar su contrato?

—Quiero reemplazarlo.

—¿Con qué?

Lucien levantó la vista.

—Con uno mejor.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Ambos entraron.

—Ashcroft International será el patrocinador principal de la recepción —continuó Lucien—. Duplica su tarifa y asegúrate de que la invitación llegue antes de las ocho.

—¿Desea que aparezca su nombre?

—No.

—Entonces no sabrá que viene de usted.

Lucien guardó la tableta en el interior de su saco.

—Todavía no.

A la mañana siguiente, Elena despertó con el sonido insistente de su teléfono.

Abrió los ojos lentamente.

Eran las siete y cuarenta y tres.

Tenía tres llamadas perdidas y un correo marcado como urgente.

Se sentó en la cama, apartó el cabello de su rostro y abrió el mensaje.

La Fundación Bellmont había cambiado los términos del contrato.

La nueva oferta era exactamente el doble de lo acordado.

Incluía transporte privado.

Acceso completo al evento.

Y una condición adicional: debía permanecer hasta el cierre de la recepción.

Elena leyó el mensaje dos veces.

Después llamó a la directora.

—Dime que no es un error.

La mujer rio al otro lado de la línea.

—No es un error.

—¿Por qué duplicaron mi tarifa?

—Tenemos un nuevo patrocinador.

—¿Quién?

—No puedo decirlo todavía.

Elena se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Y desde cuándo los patrocinadores deciden cuánto debe ganar una fotógrafa?

—Desde que este decidió cubrir todos los gastos del evento.

—Eso no responde mi pregunta.

—Elena, acepta el dinero.

—No me gusta cuando las cosas aparecen sin explicación.

—Entonces piensa que tu trabajo finalmente está siendo pagado como merece.

Elena permaneció en silencio.

No necesitaba el dinero de manera desesperada, pero la nueva cantidad cubriría dos meses de alquiler y parte del viaje que llevaba semanas planeando.

—¿A qué hora debo estar allí?

—A las siete.

—Llegaré a las seis y media.

Colgó.

Durante el resto de la mañana intentó convencerse de que aquello era simplemente una oportunidad profesional.

Nada más.

A las seis y veinticinco, un automóvil negro se detuvo frente a su edificio.

El conductor descendió y abrió la puerta trasera.

Elena se quedó inmóvil en la acera.

Era un vehículo demasiado elegante para recoger a una fotógrafa que llevaba el equipo en una mochila desgastada.