Hasta Que Nuestros Mundos Choquen Capítulo 30
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Capítulo 30

Katerina

No tengo ni idea de donde saqué las fuerzas y la valentía de enfrentarme así al Comandante, pero lo hice y eso me basta para sentirme orgullosa, aunque me deprimió el comentario que hizo. Mis amigos no están en el Hades, siempre fueron buenos.

​ Desde que me encerraron aquí he cedido a todo lo que ellos querían con la esperanza de que me dejen en paz, pero las torturas solo escalaron.

Pues ya no más. Si voy a morir mínimo me iré diciendo la verdad y por eso es que también tenía que decirle todo a Alexander; todo lo que había estado haciendo ruido en mi cabeza, pero no fue hasta que lo vi aquí que hizo sentido.

—Lo que dijiste fue muy valiente.

—Sólo dije la verdad—. Intento moverme, pero mi cuerpo me reclama.

​ Ya no siento la mayor parte de mi cuerpo y casi no lo observo para no recordar cada una de las cosas que me hicieron.

Supongo que los dioses hicieron que aguantara porque sabían que él vendría por mi pues la verdad, yo ya estaba lista para ceder completamente y dejar que sus torturas acaben conmigo.

—Kate, ¿estás bien?—Vuelve a tomar su lugar a mi lado.

—¿Fuera de que cada centímetro de mi cuerpo duele y que acaban de decir que moriremos?

Si, —pienso mejor— no. No quiero que nuestros amigos vuelvan a pasar por todo lo que pasaron con Jack y lo demás.

Y mi padre… no creo que sobreviva a esto.

Me hizo prometer que dejaría que él se fuera primero que yo.

—Estoy seguro que tu padre está orgulloso de ti y todo lo que hiciste por ayudar a Aethel.

—A veces el orgullo no es suficiente. Por hacer lo correcto voy a morir. ¿Qué va a ser de la sociedad si cuando alguien intenta hacer lo correcto termina peor que antes? ¿Tan mal estamos que hemos llegado a ese punto? No me lo puedo creer.

—La gente que sabe qué es lo correcto luchará y no se rendirá hasta ganar, como tú—. Me agarra ambas manos como reafirmación.

—¿Los tortolitos están disfrutando sus últimas horas?— Mi cuerpo entero entra en pánico.

​ Ambos volteamos y vemos a mis dos pesadillas lado a lado en las puertas de nuestras celdas. Mi respiración se acelera y mi vista se nubla.

—¿Qué mierda quieren? Una vez que se da la sentencia no pueden torturar más a los prisioneros—. Escucho que Alexander habla, pero su voz suena como si la estuviera escuchando a través de una almohada.

—Sabemos las reglas traidor. Por esas reglas estamos aquí. ¿Algún último deseo?— Dice el que casi abusa de mi a regañadientes.

​ Alexander me observa y creo que mi expresión revela todo lo que necesita para levantarse y acercarse a los barrotes.

—Quiero que me cambien a su celda.

—Por qué no me sorprende.

​ Los hombres voltean los ojos mientras abren su celda, lo agarran mientras abren la mía, lo avientan dentro, y luego se van.

No pasan ni dos segundos cuando sus suaves manos ya están rodeándome y sus labios están probando los míos.

No puedo evitar llorar en medio de los besos sabiendo que estoy con él una vez más.

—Nunca me sueltes Alex —aprieto mi agarre— por favor.

—No pienso hacerlo princesa.

​ No sé cuántas horas nos quedan, pero le sacaré provecho a cada segundo que tengo con él.

Me acerco a su oído y le susurro mi último deseo.

Sus labios se unen con los míos y nos dejamos llevar.

La primera vez —que parece que ha pasado una eternidad de eso— fue más provocadora, pero ésta, al ser nuestra última, fue más dulce y romántica.

Exploramos cada parte de nuestro cuerpo y alma hasta que nos volvimos una persona y creo que, lo que empieza una vida es la mejor forma de disfrutar lo último de otra.

​ Nos acurrucamos en una esquina agotados, pero en paz. Sus brazos acariciaban mi cuerpo de una forma acogedora y tranquilizante. Sólo nos quedaba esperar nuestra hora.

—Gracias por cumplir mi último deseo—. Recargo mi cabeza en su pecho.

—Estoy para servirte princesa—. Me da un beso en la cabeza.

—Alex… ¿Crees que veremos otra vez a los demás? ¿A mi madre?

—Si Kate. Si lo creo.

—Me siento mal al sentirme…

—¿Feliz?

—Un poco.

—No tienes por qué sentirte así. Todos buscamos reencontrarnos con nuestros seres queridos.

***

—Kate, levántate—. La voz de Alexander endulza mis oídos.

​ No sé en qué momento me quedé dormida. No tenía intención de hacerlo, pero no había dormido desde que me trajeron aquí y estar en sus brazos me tranquiliza.

—¿Cuánto tiempo estuve dormida?

—No mucho.

—¿Pasa algo?— Mi pregunta se responde sola al ver las antorchas.

—Ni a punto de morir se separan. Tráiganlos.

​ Ante las órdenes del Comandante, uno abre la celda y otros dos entran para separarnos y ponernos los grilletes.

Cuando me levantan mi garganta emite un quejido de dolor; mis piernas se sintieron como si caminara en fuego y vidrio roto.

El que estaba al mando ni se inmutó —no me sorprende— sólo dio media vuelta y empezó a ir escaleras arriba.

Los dos que nos encadenaron se ponen a cada lado y, con empujones, me hacen avanzar.

—¡Cuidado!—Los tres volteamos—. ¿No ven que está lastimada?— Alexander fulmina con la mirada a los hombres desde atrás.

​ Cuando salimos de las mazmorras, mis ojos tardan en acostumbrarse a la luz que viene de las ventanas y que hace mucho no veía.

El calor del edificio también abraza mi cuerpo magullado.

Después de caminar un buen rato, salimos a una especie de patio, donde el viento y sol nos reciben con calidez y donde sólo se encuentra una especie de carreta.

​ Mi cuerpo emite un doloroso sonido cuando cae contra el medio de transporte, pero los hombres que me empujaron no me dan tiempo ni de procesar porque me sientan y unen los grilletes a una cadena adjunta al transporte.

A Alexander lo colocan frente a mí y hacen lo mismo.

Mientras avanza, los rostros del Comandante y los que supongo que son los generales nos siguen con expresiones apáticas desde un balcón.

—Ni siquiera se dignan a venir porque saben que Aethel los destruirá.

—Son unos cobardes—. Alex coincide.

—Tengo miedo—. Digo después de un rato.

—Yo también, pero tenemos que ser fuertes.

—Estoy harta de ser fuerte.

—Sólo será esta vez. Por tus amigos y tu padre.

​ El resto del camino no dijimos nada, pero no hizo falta pues horas antes habíamos dicho todo lo que teníamos que decir. Su mano hacía pequeños círculos en la mía y yo lo apretaba.

​ Cuando llegamos a la plaza, la tensión podía sentirse por todo el tumulto de gente que estaba expectante de la tragedia que iba a pasar.

Dos hombres se quedaron con nosotros detrás de unos árboles enormes que bloqueaban la vista del público mientras otro se subía a la tarima.

El aire se hizo más denso y mi vista empezó a nublarse. Ya está. Este es el fin.

—Hoy la Élite Light-Hell los ha reunido a ustedes, pueblo de Aethel para que sean testigos del castigo a dos criminales.

Criminales que han cometido la traición, allanamiento, robo, y asesinato—.

El de la tarima habló y Alexander me abrazó—.

Light-Hell no dejará que estos criminales salgan impunes.

Y sean todos testigos de que la Élite no busca más que proteger a su pueblo.

​ Bufo por la ironía de ese discurso. Los hombres nos agarran y nos conducen a la tarima.

Al aparecer hubo un eco de gritos ahogados; algunos lloraban y otros protestaban de que éramos inocentes.

Subimos a la estructura y entonces los vi…

mis amigos estaban en la esquina más lejana con lágrimas en sus ojos.

Mina y Creta intentaron correr en nuestra dirección, pero Femris y Hadrian se los impidieron.

​ Mi vista después se dirige a la otra esquina donde la figura de mi padre está aferrada al árbol a su lado con la misma expresión que aquella noche donde nuestra familia fue destruida.

Sé que tiene la intención de hacer algo así que disimuladamente niego con la cabeza para que se detenga.

No quiero meterlo en problemas y, a este punto, él ya no puede hacer nada; nadie puede.

Mientras colocan la soga alrededor de mi cuello solo puedo dedicar un intento de sonrisa a mis seres queridos y una disculpa con la mirada luego al chico que está a lado mío a punto de sufrir el mismo destino que yo.

​ El hombre que antes habló dice unas palabras, pero no escucho.

Mi mente vuela al pasado, a todos esos recuerdos que me llevaré a la tumba y que me dieron una vida plena y me hicieron la persona más feliz del mundo.

Observo cómo el público empieza a llorar y muchos desvían la mirada, incluyendo mis amigas.

No las culpo, yo también haría lo mismo.

Entonces siento cómo el banco en el que estaba parada ya no está y mi cuerpo empieza a pedir aire.

​ No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando estoy a punto de perder el conocimiento mi mirada se fija en un punto entre mis amigos y mi padre y sonrío.

Pues los que están parados ahí no pueden ser vistos físicamente.

Ophidio, Azure, Galatea, Jack, y mi madre me observan con una sonrisa porque saben que estaré con ellos.

A lado está una mujer con sus dos pequeños y está siendo abrazada por un hombre, Isabel y Justin.

Están todos juntos. La figura de Alexander apareciendo a lado de ellos es mi señal para cerrar mis ojos y esperar el reencuentro que no tarda mucho en llegar.

No decimos nada, pero no es necesario. Alexander me toma la mano y mi madre y amigos me abrazan, Isabel y su familia asienten en agradecimiento y desaparecen…

Una luz blanca aparece cegándonos al instante.