Hasta Que Nuestros Mundos Choquen Epílogo
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Epílogo

Esa misma noche.

Caminé por las solitarias calles hasta llegar a la plaza….

Me quedé unos minutos frente a la tarima buscando mi fuerza, pero fue inútil. Aun así obligué a mi cuerpo y volteé. Mis ojos se llenaron de lágrimas en segundos al verlos así, al verla así… mi querida hija.

Su cuerpo balanceándose lentamente por la cuerda alrededor de su cuello, con la poca ropa que le quedaba tan manchada de rojo que no veías el color original, con tantas heridas y marcas en su cuerpecillo que era imposible diferenciar el tiempo en el que fueron hechas, y sus ojos…

sus ojos que yacían vacíos sin esa chispa que tanto la caracterizaba.

Me apresuré a subir a la plataforma y cerrarle sus ojos para que descansara.

Mis manos temblorosas corren a rodear su cintura y acomodarla como la cargaba cuando era una niña.

Tomé la daga que tenía escondida y solté su magullado cuello de su prisión haciendo que caiga completamente en mis brazos.

Pegué su cabeza a mi pecho y la abracé con todas mis fuerzas mientras su cabello era mojado por mis lágrimas que salían sin parar.

Me obligo a ver más allá de ellas para observar mi alrededor hasta encontrar lo que busco; una carreta que veo entre unos árboles.

Bajo de la plataforma con ella en brazos y la coloco suavemente en el transporte para después volver.

Corto la soga del cuello de él y lo coloco a un lado de ella.

La arrastro hasta las afueras del pueblo y me detengo frente a la lápida ya desgastada de mi esposa… su madre.

—Es tu turno de cuidarla—. Un pequeño sollozo se me escapa—. Siempre lo has hecho mejor que yo.

Tomo una pala y empiezo a cavar un gran agujero. Para cuando termino, el sol está empezando a salir. Lo tomo a él y lo recuesto luego la tomo en brazos y hago lo mismo, pero dejando su cabeza en su torso, entonces me levanto y les hecho un último vistazo.

Por la forma en la que se miraron antes de que el aire se les corte pude darme cuenta de que realmente se amaron.

A pesar de las diferencias que Kate vagamente me comentó fueron hechos el uno para el otro.

La mirada de él no se apartó ningún segundo de ella mientras el aire se le iba cortando, no puedo ser yo quién los separe eternamente.

Volví a bajar y tomé la mano helada de ella.

—Lo siento melodía—. Susurré dándole un último beso en la frente—. Siento no haber podido protegerte mejor.

Salí del agujero y arranqué una rosa que estaba en una esquina. Amarré un lazo negro en ella y la coloqué en su pecho para cubrir su cuerpo con tierra. Cada tramo que ponía sobre ella llevaba un fragmento de mi corazón como años atrás cuando enterré a mi amada, aunque este dolor era… diferente.

Para el momento en el que estaban completamente cubiertos el sol brillaba ajeno del momento que pasaba bajo sus rayos y sin tristeza o angustia alguna; me llenó de rabia.

Sin pensarlo, tomé la pala y comencé a golpearla contra el árbol que estaba cerca de ahí.

Golpeé y golpeé hasta que la herramienta se partió y mis brazos dejaron de responder; no me hizo sentir mejor.

Volví a sus tumbas y caí de rodillas como si cargara el peso del mundo en mi cuerpo.

Lloré y grité hasta que mis cuerdas vocales se rindieron.

Sus vidas fueron arrebatadas de la forma más espantosa y muchísimo antes de lo que debieron y la maldita élite lo tomó como un espectáculo que olvidarán dentro de dos meses o menos.

Ninguno de los tres que yacen aquí merecían lo que les trajo; solo querían hacer un bien y tener vidas tranquilas.

El egoísmo humano es tan frustrante. La élite pagará y, aunque no viva para verlo, estaré rebosante en mi tumba cuando caiga ese veneno que tanto daño ha hecho a Aethel.

—Ya me conociste a mí, Alexander, ahora te toca conocer a mi luz… —digo viendo la tumba de a lado—. Cuídalas hasta que yo llegué por favor.