Capítulo 18
Alexander
Mi mano talla mis ojos que son molestados por los rayos del sol.
¿No cerré la cortina antes de dormir? Intento levantarme para cerrarla, pero un peso me detiene.
Al voltear, veo un bosque de rizos azabache por todo mi pecho y almohada y los recuerdos de la noche anterior aparecen como flashes que me sacan una sonrisa.
Lo que pasó debió ser un error, pero no se sintió como uno.
Debo admitir que el código negro me hizo dudar un poco, pero todo lo que he experimentado con los demás —sobre todo con Kate— me recuerdan que tomé la decisión correcta.
Todos nos morimos de algo y yo hice las paces con las formas en las que la muerte puede tocar mi puerta.
Al menos podré decidir algunos de los términos de mi partida; irme feliz y sin arrepentimientos.
Le quito un par de mechones de la cara y me tomo el tiempo para admirarla.
Su rostro está tranquilo y su posición me deja ver su deformidad más claro.
Anoche que se la tracé no se sintió como esperaba, era suave como su piel y ahora con el sol iluminándola la hace ver más hermosa de lo que ya es.
Su cuerpo, cubierto por la sábana, encaja perfectamente con el mío y solo quiero quedarme así para siempre.
—Quedártele viendo a la gente es de mal gusto—. Su voz somnolienta me ensancha la sonrisa.
Sus párpados se abren dejando ver esos majestuosos lagos azules que cautivan y me vuelven loco.
—Buenos días a ti también princesa—. Uno nuestros labios—. ¿Dormiste bien?
—Como no dormía en años—. La timidez en su voz es notable—. ¿Tú?— Su mano se encuentra con mi pecho debajo de las sábanas.
—¿Contigo a lado? No pude haber dormido mejor—. Una risita sale de su boca al mismo tiempo que su rostro arde; amo verla sonrojarse—. ¿Quieres desayunar?
—Sipi. ¿A dónde iremos?— Se endereza estirándose.
—A la cocina. Yo te voy a cocinar.
—Ahora resulta que también cocinas—. Rodeo su cadera con mis brazos y la atraigo hacia mí para darle besos por toda la cara. Kate solo ríe.
—Sé hacer mucho más que eso—. En la élite nos enseñaron a matar sí, pero también a hacer labores domésticas por si estamos encubierto.
—Ver para creer.
—Creo que ya te enseñé mucho en la noche—. Le susurro y siento su cuerpo contraerse con nervios.
—¿Vas a enseñarme tus habilidades culinarias o no?
—Penosa.
Me levanto de la cama y recojo las prendas del suelo. Le paso la suya mientras paso mi camisa por la cabeza y empieza a vestirse. Antes de que mi camisa cubra su cuerpo le doy una última mirada a su pecho y el recuerdo de mi boca sobre ellos vuelve a mí con una sonrisa lujuriosa.
—Deja de ver—. Estira la tela para cubrirse.
—Nunca me cansaré de verte a ti o a tu cuerpo.
Pone los ojos en blanco, pero su sonrisa delata el gusto por mi comentario. Cuando nos terminamos de vestir me acerco a ella y la tomo en brazos.
—¡Alexander bájame!— Patalea y se remueve como niña chiquita, pero la sostengo más fuerte.
—De ninguna manera. Tengo que cuidarte y más si ayer hice todo menos eso—. Deja de luchar al instante y sonrío triunfante.
—Ya para con esos comentarios.
—¿O qué? ¿Repetiremos lo de ayer? No tengo ningún problema con eso princesa.
—Eres insufrible.
—Así me quieres.
—Mmm a veces.
—¿Ah sí? A veces dices —aprovecho que una de mis manos está en su cadera y le hago cosquillas. Kate ríe sin parar y se remueve para que pare—. Los sonidos que hiciste ayer no mostraban el “a veces.”
Seguí con las cosquillas hasta que llegamos a la cocina y la senté en una de las cuatro sillas que había alrededor de la mesa. Me lavo las manos en el pequeño pebete que hay en una esquina y volteo a verla.
—¿Algo en especial que se le antoje a mi princesa?
—Sorpréndeme—. Dice inocentemente.
Honestamente, solo le pregunté por cortesía porque ya tenía un desayuno en mente.
Prendo un poco de fuego y mientras las llamas aparecen, saco la fruta que tengo guardada y empiezo a cortarla y colocarla en un pequeño plato.
Saco un tenedor, me volteo dejando el plato frente a Kate y el cubierto se lo entrego en la mano.
—Por mientras.
—Si que estabas preparado.
—Me gusta planear de antemano y tener la cocina llena.
Vuelvo al fogón* y, estando el fuego listo, saco un sartén, las gachas, la miel, y el agua para preparar el porridge**. Lo sirvo en un pequeño cuenco colocando unos pedazos de fruta encima y con una cuchara en mano pongo el platillo en frente de ella retirando el que ya está vacío.
* El fogón es la versión antigua de la estufa. Estaban hechas de piedra, barro, y metal para calentar. En la parte de abajo había un hueco designado para la leña que calienta el metal y permite cocinar.
** Porridge = avena
—Se ve muy bueno.
—Y todavía no pruebas lo mejor.
—Alexander, ¿tú quieres que suba de peso?
—Te quiero consentir, es todo.
Echo otra madera para que el fuego no se acabe y cambio a otro sartén. Saco huevos y algunas hierbas para darle más sabor al platillo. En segundos tengo dos perfectos omelettes listos para servirse.
Primero retiro el cuenco vacío y luego pongo un plato frente a cada uno mientras tomo asiento.
—Provecho.
Katerina toma un pedazo y me concentro en su reacción.
De todas las tareas domésticas que me enseñaron, la cocina fue en la que sobresalí y nunca dudé de mi habilidad, pero en el plazo de tiempo que el pedazo va del plato a la boca de Kate mi mente vuela a todo lo que pudo salir mal y que si le gustará de verdad o sólo lo dice por cortesía.
Da el primer mordisco y sus ojos caen en los míos dejándome ver claramente el brillo crecer. Sonríe como pequeña con cada mordisco que da y siento el aire salir de mis pulmones.
—¡Alexander esto está delicioso!
—Obviamente. Lo cociné yo.
—Tu nivel de humildad es impresionante—. Noto el sarcasmo en su voz.
—Claro. Ahora come antes de que se enfríe.
El desayuno se pasó entre platicas y risas. Me gusta estar afuera y con los demás, pero estar los dos solos relajados pasándolo bien es mejor que cualquier plan grupal.
Ahora estamos de vuelta en la cama, yo con la espalda recargado en la pared y Kate sentada frente a mi platicándome algo, pero casi no estoy escuchando, estoy más concentrado en sus movimientos y expresiones.
Cada que cuenta algo que la emociona sonríe sin parar y mueve mucho las manos; se me hace muy tierno y nunca me cansaría de ver esto.
—¿Estás escuchándome?
—No—. La vergüenza se apodera de mí—. Lo siento.
—Ajá. Mejor ya no te cuento nada—. Cruza los brazos de forma exagerada.
—Platícame. Me encanta verte contar cosas que te gustan.
—No ya no—. Hace como que se voltea.
—Bueno. Hagamos algo más.
No la dejo reaccionar pues me abalancé sobre ella y la coloqué a horcajadas de mí.
—¡Alexander!— Su voz se ahoga con mis labios.
Aunque no me molestaría repetir lo de anoche no quiero que piense que solo la quiero para eso, pero eso no significa que pueda hacer otras cosas.
Katerina no tarda en ceder y aprovecho eso para profundizar los besos. Quisiera decir que no son de necesidad, pero estaría mintiendo. Necesito sus labios sobre los míos y que no se vaya de mi lado. Necesito todo de Kate .
Dicho eso, bajo mis labios a su cuello y dejo círculos húmedos en casi todo el lugar. Kate tenía sus brazos alrededor de mi nuca y con cada beso que le daba ella acariciaba mi pelo mientras emitía jadeos y gemidos justo en mi oreja, dándome más motivación.
Después de atacar su cuello bajé mis manos a sus pechos y no pude evitar acariciarlos. Su espalda se arquea con cada apretón que doy y yo siento mi pantalón encoger y mi respiración entrecortarse.
—A-alexander no.
—No haremos nada más. Te lo prometo.
Eso bastó para que se relajara. Bajé un poco mi camisa descubriendo sus hombros y sus pechos. Dejé besos húmedos en cada lugar y Kate no paró de gemir. Al final terminé por venirme, pero no me importó.
Sé que Katerina sintió ya que su rostro la delató. Le di un último beso y la dejé a un lado mientras me paraba.