Capítulo 17
Katerina
Entramos a su casa corriendo con la tormenta a nuestras espaldas dejando el sonido de la lluvia en segundo plano.
Alexander fue a tomar unas telas para poder secarnos y hasta que me la puso encima y mi cuerpo comenzó a calentarse, me di cuenta qué tanto estaba temblando.
Él se colocó la suya y fue a prender las velas que tenía.
—Qué bonita casa—. Hablé mirando alrededor.
—Gracias.
—¿Tu madre no está?
—No, está de viaje.
—Oh, okay.
Las gotas de nuestras vestimentas chocar con el piso era lo único que se escuchaba y mi mente no pudo evitar volver a cuando estaba sentada arriba de él y sentir… por los dioses. Lo peor es que no quería que el beso se detuviera. Alexander se fue sin decir una palabra y no supe que hacer.
A decir verdad, la casa era simple y no tenía mucho toque personal por lo que mi cumplido no era del todo verdad. Aun así, me pasee por la sala acercándome a cada vela que había para calentarme un poco más.
—Toma—. Salto del susto y volteo.
—No te oí entrar.
—Lo siento.
Alexander ya se ha cambiado a una camisa blanca holgada, unas medias calzas negras apretadas, pero sin señal alguna del… bulto y unos pantuflos negros. Su cabello aún seguía mojado y desordenado. ¿Cuánto tiempo estuve sola?
«Sigue comiéndotelo con la mirada.»
Volteo a todos lados rezando para que mi cara no delate mis pensamientos. Finalmente, mis ojos caen en el montón negro que lleva en las manos.
—No te preocupes —aclaro mi garganta—. ¿Qué es eso?
—Ropa seca para que te cambies y te calientes más rápido.
—¿Es tuya?
—Si. ¿Algún problema con eso princesa?
—En absoluto—. Tomo la ropa con pena y mi cara arde aún más.
—Te puedes cambiar en la segunda puerta a la derecha.
—Okay.
Paso a su lado y camino a donde me indicó con su mirada siguiéndome hasta que cruzo la puerta, es un cuarto de lavado simple pero acogedor.
Dejo su ropa a mi lado y dejo caer la tela ya mojada al suelo.
Me quito la capa pesada, los botines, y finalmente desabrocho las cuerdas cruzadas en mi pecho que sostienen la capa exterior de mi vestido.
La tela se desliza y hace un sonido opaco cuando estampa con el suelo.
Dudo en si quitarme la capa interior, pero decido a favor porque mi pelo ya se encargó de mojar toda la parte de atrás y no creo aguantar el corsé mucho más, el frío choca con mi piel en segundos así que me cubro con su ropa rápido.
Me observo a través del espejo que tiene y suelto una pequeña risa al ver que su ropa me queda enorme por la diferencia de altura.
Su olor está impregnado en todas las prendas y me tomo unos segundos para poder identificar los olores; cítricos y sándalo.
Con esa mezcla en mente, tomo la tela con la que me sequé, la extiendo, doblo mi ropa mojada, la coloco encima, y luego tomo dos extremos contrarios para formar un tipo de bolsa.
Tomo mis botines con la otra mano y salgo.
Cuando regreso a la entrada, Alexander está sentado en uno de los tres sillones que había con un libro en mano, no sabía que le gustaba leer; ahora lo veo mucho más atractivo. Su mirada sale de las páginas y se concentra en mí.
—Estas muy chaparra—. Se ríe.
—Como te atreves —finjo indignación—. ¿Por qué dices eso?
—Ese conjunto es tres tallas más chicas que la mía.
—¿En serio?
—Si.
—No puede ser.
Se coloca frente a mí, me quita la bolsa improvisada y botines y se va. Al seguirlo, veo que entra al cuarto donde estaba antes y empieza a colgar mi ropa en una cuerda que no había notado antes.
—Así se secará más rápido.
—Vaya, entonces sí sabes cosas del hogar—. Me cruzo de brazos con un intento fallido de ocultar mi sonrisa.
—¿Por qué no sabría?
—Porque eres hombre.
—Golpe bajo —bromea mientras regresamos a la entrada—. Si dijeras eso en público, ya tuvieras una daga en tu cuello—. Nos sentamos en el sillón donde él estaba previamente—. Por cierto, te ves muy bien con mi ropa.
Tuve que tragar saliva para ahogar a las mariposas que revoloteaban como locas en mi estómago.
«Deberías verme sin ella.»
Cierro mis ojos para borrar ese pensamiento y controlar mis nervios y vergüenza al pensar en esas cosas.
—¿En qué piensas Katerina?— Se cruza de brazos sonriendo juguetonamente mientras se giraba para verme de frente.
—En nada—. Mierda.
—Mjm —su risa se ensancha—. Deberíamos dormir princesa, es tarde.
—Si deberíamos—. Gracias a los dioses que cambió de tema.
Apagamos todas las velas de la entrada y caminamos a otra puerta que daba a una habitación.
Con cada vela que prendía, se veía más claramente y entonces entré en cuenta que era su habitación; lo que faltaba.
Intenté distraerme de ese hecho mientras observaba todo.
Un pequeño escritorio en la esquina, un tapete blanco afelpado, un pequeño librero, y…
oh no, esto no puede estar pasando, pero al mismo tiempo es lo más lógico, una sola cama.
A él no parece afectarle tanto ese hecho y a mí tampoco debería, pero después de lo de la feria, lo del camino hacia la feria y mi reciente pensamiento, me afecta. Demasiado. Que los dioses me ayuden.
—¿Vamos a dormir los dos aquí?— Mi voz se iba apagando con cada palabra.
—Si —me observa con cautela—. ¿Algún problema?— Si, bastantes.
—No, es sólo que… —piensa rápido— nunca he compartido cama con-
—¿Un hombre?
—Ajá.
—No muerdo Katerina. Pero si tanto problema te causa dormir con tu novio, el sillón está disponible—. Se sienta en la orilla de la cama destendida con una pequeña sonrisa.
—¿Quieres que me vaya a dormir al sillón?— Ahora si me indigno de verdad.
—Si no quieres compartir cama… pues sí.
—Hombre tenías que ser, —pongo los ojos en blanco— qué mal novio y anfitrión eres—. La verdad no veo hora para salir de aquí.
Me cruzo de brazos y me doy media vuelta, pero antes de que pueda abrir la puerta su mano se posa sobre esta impidiendo que me vaya.
Tan cerca de salir. Su otra mano me voltea y luego la acomoda en la pared a la altura de mi estómago, acorralándome; justo como el día de los juegos invernales.
Mi respiración se corta cuando su cara está a centímetros de la mía.
—Si crees que te voy a dejar ir estás muy equivocada—. Me dice al oído y se me eriza la piel.
—P-pero si d-dijiste que me-
No me dejó terminar.
—No crees que lo decía en serio… —su aliento acaricia el lóbulo de mi oreja—¿o sí?
Regresa su vista a mi rostro y suelta una risa; seguramente se dio cuenta que estoy toda roja.
La mano derecha, que anteriormente estaba en la puerta, se posa sobre mi deformidad y la traza lenta y detalladamente.
Mi cuerpo entero reacciona indebidamente a ese toque y cierro los ojos como si eso ahuyentara la sensación debajo de mi estómago y los recuerdos de sus provocaciones anteriores cuando en realidad regresan con más fuerza.
—Mírame Katerina—. Obedezco sin rechistar. ¿Desde cuándo mi nombre suena tan bien en su boca?
Nos miramos hasta que terminó de trazar mi deformidad y luego sus ojos cafés se dirigieron a mi boca y mis ojos a la suya, pero nadie hizo nada hasta que sus manos me tomaron firmemente —la izquierda en mi cadera y la derecha en mi nuca— y estampó sus labios con los míos.
Aunque me preocupó su herida a él parece habérsele olvidado.
Intenté separarme, pero su agarre no me dejó así que me dejé llevar.
¿A quién engaño? No quiero que esto pare.
Nos hubiéramos quedado más tiempo de no ser por la falta de oxígeno.
—Siéntate en la cama—. Ordena con una voz ronca que nunca le había escuchado pero que lo hace ver muy sexy.
Se separa de mí y yo, con todas las ganas del mundo, obedecí.
Casi no me dio tiempo de tocar la cama cuando Alexander ya estaba entre mis piernas con una sonrisa llena de lujuria.
Me volvió a besar mientras sus manos trazaban mi cuerpo hasta llegar al borde de la camisa que traía puesta.
Tomé todo el autocontrol que pude y puse mis manos arriba de las de él.
—Espera.
—¿Quieres parar?— Sus ojos no se despegaron de los míos—. Podemos parar si quieres.
—No, pero me preocupan tus heridas.
—Que no te preocupen—. Su mirada se vuelve más penetrante—. ¿Pasa algo más?— El ardor vuelve con fuerza y desvío la mirada.
—Nunca he estado des- —Al parecer interrumpir se volvió su cosa favorita.
Me toma del mentón y me obliga a verlo. Su rostro cambia completamente pues su sonrisa y sus ojos ya no muestran lujuria sino ternura.
—Estoy seguro de que eres perfecta.
Sus palabras me sacan una sonrisa penosa.
Nunca he pensado que mi cuerpo es feo, pero tampoco es el más hermoso y oír eso ayuda a mi ego, pero también a mi confianza.
Coloco mis manos en su nuca y lo acerco para darle un beso que me corresponde.
Este beso —a diferencia de los anteriores— es diferente; como una reafirmación de que puedo confiar en él.
—¿Continuamos?— Pregunta cuando nos separamos y yo solo pude asentir.
Sus manos reanudan el movimiento anterior y pasa la camisa por mi cabeza con movimientos desesperados pero cuidadosos para que ni mi cabeza ni mis rizos se lastimen y la avienta a algún lado del cuarto.
Se separa un poco para observar y yo siento la necesidad de cubrirme, pero me resisto.
Él observa todo con fascinación; como si estuviera frente a la obra más hermosa del mundo.
—Como dije, —sonríe y suspira— perfecta.
Se vuelve a acercar y cubre mis senos con sus manos y da leves caricias. Echo la cabeza para atrás mientras cierro los ojos y muerdo mi labio inferior para que los sonidos no escapen, pero una de sus manos va a mi boca y deshace la jaula improvisada.
—No te contengas—. Me dice con esa voz ronca de hace rato.